DESPUÉS DE LA MEDIA RUEDA

Playita 16 (II)

12 comentarios

 

 

Estábamos tirados al sol, sobre un pedazo inclinado de hormigón armado. Alberto Carlos Girona Cross sacó un radiecito de su mochila escolar.

―En la costa no hay interferencias, se oye muy bien la FM. ¿Cuál emisora te gusta más? ― soltó con expresión de picardía.

―Cualquiera. ―me hice el mundano, como siempre actuaba delante de mi amigo. No sabía de que hablaba.

―Te pondré la WGBS.

Cuando mi compañero de clases y escapadas halló lo que buscaba en el dial, no se escuchaba la voz del Siempre Transmitido, ni consignas revolucionarias cada tres minutos. Si alguien se enteraba que escuchábamos emisoras norteamericanas, nos acusarían por “diversionismo”, palabrota que no existe en castellano.

―And you were listening to Eagles, with Best of my love.  Five weeks as number one. American hit parade. ―se nos acercó un tipo canoso comentando lo que escuchábamos.¡En inglés! Supe más tarde que se llamaba Bernardo, era traductor y hablaba ocho idiomas. Tenía consigo una libreta donde anotaba los títulos de los hits y la frecuencia con que los ponían. Todo un vicioso del pop y el soul, del cine musical , Barbra Streisand y los diseños de Cecil Beaton. Podía estar horas comentando los de “My fair lady”. Personaje por personaje.

―¿Y ustedes, no se van a bañar? ―preguntó Domingo, el propietario de los ojos verdes. Chorreaba agua y sus pestañas mojadas parecían aún más coposas.

Diez minutos más tarde yo persiguía al ojiverde en el agua,  sorprendentemente clara. Buceamos por dentro de túneles en la roca y llegamos a la “piedrita de las morenas”. Un pedrusco que se elevaba cerca de la orilla. Allí se podía descansar, apoyando los pies.

Con Domingo aprendí a correr por el diente’ perro, con Samuel,  quién se hacía pasar por médico y era el nadador más rápido de la tribu, a identificar el primer canto del veril de la plataforma insular y a esquivar tiburones. Mantequilla quiso iniciarme en los misterios del surf. No los asimilé. En tierra firme, yo hallaba ingeniosos los “venenazos” del Nengo, graciosas las ocurrencias de Albert (en realidad se llamaba Ruperto), intrigantes las incongruencias del Plátano.

Si, por excepción, entraba un policía despistado, las estaciones de radio norteamericanas eran substituídas en cadena, una tras otra, por cubanas aburridas.

Una tarde nublada un tipo feo, en nada parecido a Javier Bardem, se acercó a hablarme de la frecuencia con que pasaban las lanchas guardafronteras y lo acertado que sería “irse en balsa” ajustándose a sus horarios. Al notar mi desinterés, habló del manuscrito que llevaba escondido en la mochila. Me aburría con sus comentarios sobre los que él llamaba intelectuales oficialistas o vacas sagradas. Preferí irme a nadar y perderme del lugar. Lo volví a ver varias veces, tratando de bajear a otros muchachones. Se lo comenté a Bernardo, mi amigo Cecil Beatómano.

―¡Oh darling! Please, believe me. Don’t mind him. He’s totally crazy. Ganó un premio de la UNEAC, ha publicado libros, pero ahora le ha dado por hablar mal del gobierno. Dicen que está huyendo de la policía, se esconde en casa de X. ,but the writer Reinaldo Arenas is not that important, darling. A nadie se le ocurriría denunciarlo. ―Y  se puso a describirme la coreografía que le había montado Bob Fosse para su próxima película a filmar en Hollywood, donde su otro yo, la gran estrella Bernhard Beaton, aparecería vestido con una minifalda metálica de Paco Rabanne y un peinado en forma de punta de flecha.

Pasé un quinquenio completo, entre congreso y congreso del partido comunista reinante, prendido a las rocas de la costa como otra almeja más.. Tomando el sol conocí a G.G.G. que escribía artículos para la Revista Opina, a R. M. que publicaba sobre ballet para “Le figaro” e iba a 16 a buscar “quitajoyas” (variante playera de prostitución masculina), a F., quién trabajaba en la embajada francesa y se daba vida de pachá. Alguno me invitó a comer al restaurante “La Torre”, G.G.G. me prestó “The boys from Brazil” de Ira Levin, el primer best seller que leí en inglés, R. M. me sentó junto a Alicia Alonso en un palco. Me quedé dormido mirando la premier cubana de “La bella durmiente.” El ballet y yo no transmitimos en la misma frecuencia.

Un jueves de abril en 1980, Año del Segundo Congreso, ví salir a Domingo del agua haciendo aspavientos. Se dejó caer de espaldas contra las piedras más afiladas y se restregaba contra ellas. Supe que algo andaba mal.

―Clávale el arpón y mátalo. ¡Haz algo!

Me acercó la escopeta de pesca submarina. Un pulpo, con la cabeza del tamaño de una toronja, se le había pegado a la espalda. Las ventosas de sus tentáculos succionaban hombro y parte del brazo del muchacho. Alguien agarró la testa del animal e intentó meterle los dedos en los ojos. El octópodo se puso furioso y pareció aferrarse más al ojiverde, que gritó de dolor. Samuel ya estaba con nosotros.

―Esto es lo más raro del mundo. Estos bichos son muy tímidos. ¿Alguien tiene una fosforera?―Gritó. Apareció el encendedor en un instante y Samuel lo acercó al pulpo, que se agitó al sentir el fuego. ― Agárralo por la cabeza y tíralo p’al agua. ¡Con cuidado, coño!¡Qué te coge a tí!

Hice lo que el nadador más rápido de Playita 16 me pidió, cuando el animal aflojó su abrazo. Empujada más por mis miedos que por mi fuerza, la bestia voló al mar lanzando chorros de tinta.

La piel del ojiverde estaba llena de puntos rojos. Su rostro ni podía fingir la sonrisa.

Fue la única vez que presencié algo parecido a un accidente en aquél sitio. Los pulpos son casi inofensivos para el hombre. No me podía quitar el episodio de la cabeza. ¿Una señal de lo que vendría?

El día siguiente llegué a mi refugio. Desierto, como un cine de barrio proyectando una película rusa. Imaginé a los bañistas atacados por monstruos enormes de ocho tentáculos. Los sobrevivientes huyendo de la costa aterrorizados.

L., que vivía en los edificios de al lado, me gritó desde su balcón.

―¡Niño! Abrieron la Embajada del Perú y to’l mundo está pa’llá. Se van pa’la Yuma. No pierdas tiempo y vete ahora mismo.

Regresé a casa convertido en un zombie. No estaba preparado para los horrores que vinieron después. Bernardo, el crazy Reinaldo Arenas y muchos otros tomaron el camino de los botes.  

Días más tarde supe que una turba espontánea, indignada por su deserción había golpeado a Alberto Girona hasta dejarlo casi sin conocimiento. Cuando pudo entrar a la Embajada del Perú le habían arrancado el reloj, los lentes, la camisa y los zapatos. Después se repitieron los llamados Actos de Repudio, llegando a extremos de crueldad.

Meses después alguien hizo que pavimentaran el diente’perro y lo limpiaran de erizos. Pusieron sombrillas y kioscos con ruedas para vender granizado. La Playita se llenó de abuelitas que cuidaban niños chillones. Se dejaron de escuchar las emisoras de FM norteamericanas.

El mármol de Carrara volvió a ser arrecife. Nunca volví.

 Imagen

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12 pensamientos en “Playita 16 (II)

  1. Genial Ernán, y como siempre, me quedo con ganas de más…

  2. AY.Q SAÚDADES. ESE HOMBRE ..Q CUENTAS Q TRABAJABA EN LA EMBAJADA FRANCESA .CREO LO CONOCI. .Y ME CONTAROM FUE VICTIMA DE HOMICIDIO? ? ? SERÁ EL MISMO? ? MAS LA PLAYITA DE 16 .TIENE HISTORIAS PARA TODOS LOS JOVENES DE ESA EPOCA. YO TENIA UM AMIGO DEL PRE SAUL DELGADO. QUE NOS IVAMOS DE TARDE. .JHON HILBERT. …AY. .Q TEMPOS .SERÁ Q NO VUELVEN MAS???????

  3. Sencillamente genial. Sigue así, que no se pierda la memoria colectiva. No pierde el interés ni un instante.

  4. Excelente, relato, verídico para mis recuerdos, no era asiduo…fui en algún momento.

    • Gracias, Luis. Es bueno saber que otras personas comparten mi visión de Playita 16 conmigo. Creía que la había idealizado demasiado. 🙂 Gracias por los elogios.

  5. Muy bueno, ya nadie le cree a uno cuando uno cuenta que alli hubo hasta una patana anclada en la parte honda, uno nadaba hasta alli, se subia por una escalera y se podia tirar de cabeza o de pie, segun tus destrezas.

  6. Me acabo de trasladar a una época que no he vivido y a un espacio que no he pisado. Y todo gracias a ti. Fabuloso. Tienes una escritura sensitiva!

  7. Gracias, Isa! Ese lugar y ese espacio son más definitorios que ninguna escuela oficial que cursé. Iremos juntos algún día, te lo prometo.

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