DESPUÉS DE LA MEDIA RUEDA

Unos quince sin Paul Anka

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Cuando mi hermana cumplió los quince, en mi casa “el horno no estaba pa’ galleticas”. Nos parecía innecesario presentarla en sociedad, como se hace en toda América, vistiendo de largo por primera vez a la homenajeada. Nada de gastos de salón alquilado, tampoco coreografías de valses malsonantes en algún tocadiscos desvencijado. Cero quince parejas, cero corsages de flores para cada muchacha y ni pensar en la sesión fotográfica de moda.

Nunca nos gustó la idea. Éramos de la onda disco e Irakeres, de K.C. & the Sunshine Band y de todo lo que nos pareciera moderno, lo que no incluía valsear con Strauss.

Se corrió la voz de que no íbamos a celebrar en grande. Tuvimos que soportar las visitas del familión y el vecindario, que en el Cerro, es más o menos lo mismo.

¡No, no, no! Van a creer que somos unos muertos de hambre o unos tacaños—soltó la prima Lolita, herida en sus sentimientos de exhibicionista nata—. Mis quince los celebramos en el Casino Español, con una coreografía divina. Como nací el 4 de diciembre, Eusebio diseñó unos trajes muy perros y tocaron unos tambores batá, en honor a Shangó.

Lo contaba como si no hubiéramos presenciado aquel horror: los batá le daban entrada a “Put your head on my shoulder”. Lolita se contorneaba como batidora envuelta en capa de shantú cristal. El diablo colora’o. De pronto cuatro bailarinos (bailarines no eran) la llevaban en hombros a su pareja de baile. Lolita tiraba al piso la capa y marcaba el primer paso de vals. Otra canción. Desaparecía el traje y se convertía en un leotard color carne incrustado de pescados de goma, estrellas y caballitos de mar disecados, para bailar la versión de “Marea baja” de Mantovani, tambien acompañada de batá.

Yo no sé ni que santo rezaba en el santoral cuando nació Carmen —susurró mi pobre madre, atribulada.

Algo inventaremos. Y si no alcanza el dinero, vamos a alquilar el Salón Turquino del Habana Libre, que es más barato —Lolita insistía—, como hizo Esmeralda la de enfrente. Pero con un mejor coreógrafo, claro.

A Esmeralda la metieron en un vestido rosado y blanco con un montón de paraderas y enaguas. Sólo le faltaban las velitas para ser un cake de cumpleaños. La volvieron un trompo con “Danubio azul”. Era una mulatica chancletera, no acostumbrada a caminar (mucho menos bailar) en tacones. El barrio entero notó su cara de torturada. Como el padre era “carrero” de una fábrica de refrescos, pudimos tomar todo el Son que nos dio la gana. Algo bueno tuvo aquella fiesta.

Si quieren batá, conozco quien se lo toca por unos quilitos pa’l almuerzo —era Rósula Colombat, nuestra vecina. Nos separa solamente una tapia por el patio. Todas las conversaciones se escuchan de un lado al otro. Unos minutos después, sentimos su forma peculiar de tocar el timbre. No faltó su opinión:

Como Carmita es tan rubianca mejor le hacemos algo bien ‘uropeo, con musiquita de Polanco.

Rósula se refería al canadiense de origen libanés Paul Anka. RCA Victor había producido un disco con sus grandes éxitos. La gente identificó el título con la funesta celebración. Y no podía faltar en cumpleaños de quinceañera que se respetara. Los Quince de Paul Anka, a ritmo de vals.

¡Eso es! Algo bien parisien, una fantasía bien berraca, con trajes inspirados en el palacio de Sans Souci.

Sans Souci está en Berlín —fue lo único que añadió mi padre.

No importa, Berlín y Francia pertenecen a París —para Lolita todo lo que no sea México, Miami, Angola o Nueva Yol forma parte del continente París. Y mejor no buscarse líos corrigiéndola.

Nací en Cruces y me crié en el Cerro. No me siento de ‘Uropa ni de París —aclaró mi hermana.

Lolita pareció pensar un momento.

¿Cruces no es la Villa de los Molinos? Podemos hacer una coreografía y disfrazarte de Quijote.

No hay dinero pa’ ninguna de esas mamarrachadas y no se hable más —acotó mi abuela—. Que los muchachos lo celebren con el grupito de siempre, brincando y saltando con la música que les guste. Es una fiesta pa’ divertirse, no pa’ complacer a nadie. Así lo celebren hasta en la Conchinchina.

Lolita fue a abrir la boca. Mi abuela se le acercó y le puso la mano en el hombro. No hizo falta que dijera nada. Nuestra prima enmudeció. Terca, el día de la fiesta se apareció con un ejemplar alquilado del LP de Paul Anka. Mi tía Nena lo escondió. No lo encontraron hasta que se fue el último invitado.

Esa noche bailamos “Bacalao con pan”, el “Rock around the clock” de Bill Halley & his Comets, “Love to love you, baby” de Donna Summer y “La compota de palo” de Los Van Van… las veces que nos dio la gana, tomando refresco y comiendo ensalada de coditos con mayonesa hecha en casa.

Paul Anka, el “Danubio azul”, las coreografías con batá y los cambios de maxifalda brillaron por su ausencia. Si se comentó algo en el barrio de nuestra fortuna o nuestra tacañería, nunca nos enteramos.

 

 

 

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8 pensamientos en “Unos quince sin Paul Anka

  1. !Cuántas memorias! Estás compitiendo con un programa de CMQ TV, que se llamaba “El humo del recuerdo”. Sigues muy bien, Ernán.

  2. Yo este año cumplo 15 por segunda ocasión jeje, voy a buscar el disco del Paul Anka jaja. Cuando me tocó a mi cumplir 15 se volvieron a llevar las coreografías con sus parejas y todo. A mi la verdad me hacía ilusión, y con 8 parejas de amigos, que no 15, nos montamos unas 3 piezas de baile, un vals entre ellos, pero la que más recuerdo fue La Lambada jajaja y las caras de todos cuando empezó a tocar, a partir de ahí fue despelote total, Van Van incuido. Y la música de caballito (Disco) como le dice mi madre. Lo importante es pasárselo bien. Un beso. Uyy qué bueno es recordar, como vivir una vez más.

    • Felices segundos quince, yo en cualquier momento llego a los cuartos.
      Bailé sólo una “coreografía” en mi vida de pepillo, como bateador emergente. Faltó uno de los “caballeros” y me soltaron al ruedo. Era un vals sencillo y salí bien del lance. Pero lo mío era la música de caballitos. Todavía en las discotecas nostálgicas doy que hacer, de vez en cuando. 🙂
      Me hubiera divertido mucho bailando despelotado con los Van Van y la lambada en tus quince, pero ya estaba en el Polo Norte y pasadito de edad para ello. Cuando uno es joven, divertirse es lo importante. Después (aunque se sufre pero se goza) vienen las responsabilidades y los desencantos.
      Un beso y a disfrutar de las patatas con chorizo, beicon y pimentón este fin de semana. Se ven deliciositas!

  3. Los quince. Obsesión hay con celebrar esa fiesta por todo lo alto. Puede que no haya para comer, pero los quince se celebran si o si. Eso mas o menos lo escuche en la Habana mas de una vez.

    Lo mejor del cuento, lo del disco alquilado de Paul Anka, todo una forma de vida resumida en un simple detalle. Cuidate

    • Eres muy perspicaz. 🙂 La frase del alquiler no fue gratuita. Existe toda una “industria” alrededor de la celebración de los quince. Desde locales para la fotografía, estereotipada hasta el cansancio, hasta alquiler de trajes y corsages. Existía la tienda estatal Primor en la calle Galiano, donde se garantizaba la venta por la Libreta de Productos Industriales de zapatos de tacón alto a las quinceañeras.
      Los discos de Paul Anka, los Beatles y otros cantantes en inglés eran casi prohibidos por las autoridades, pero un lujo tenerlos. Dicotomía gobierno-pueblo.
      Y exacto: podían estar meses comiendo arroz, pero los quince se celebraban tirando la casa por la ventana. Un abrazo desde el Polo Norte.

  4. Los 15 años en Cuba…. pobres niñas matando el enano de las madres. Recuerdo un señor que se llamaba Vicente en Stgo. de Cuba, que fue bailarin y era el coreografo de los 15 de Paul Anka.

  5. Lo de Paul Anka era en toda Cuba. Supongo que el canadiense nunca sabrá lo popular que era y quizás siga siéndolo en algunos lugares recónditos de la isla. Gracias Castellanos, por buen bailador y fiel lector.

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