DESPUÉS DE LA MEDIA RUEDA

Nené y el lector de tabaquería

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No recuerdo haber visto a mi abuela materna meterse en la cama y dormirse de un tirón. Nunca. Desde mis siete años compartíamos cuarto, cada uno en su cama personal. Abuela encendía la lámpara, leía hasta que la vencía el sueño. Una noche tomé el primer libro que encontré. A leer hasta que apagara la luz. Mimetismo infantil. Primero fue una necesidad (el menor asomo de claridad me desvela) luego se convirtió en placer.

Cuando tía Nena notó mi interés, lo alimentó con la colección El tesoro de la juventud, con Verne, Dumas y Salgari. Me rendía soñando con Phileas Fogg, el capitán Nemo o Sandokan.

La madre de mi madre leía cosas como Maria Antonieta de Stefan Sweig, su favorito El conde de Montecristo del gran Dumas o Rojo y negro de Stendhal. Nada de Corín Tellado ni otras novelitas rosas. Era sorprendentemente selectiva. Una mujer que sólo sabía leer, escribir, sumar y restar.

Abuela Nené no había tenido tiempo como tuvo el bisabuelo de Pupito, nuestro vecino de los altos, de detenerse a escuchar embelesado a través de las ventanas en la esquina habanera de Sitios y Ángeles al lector de tabaquería de El Fígaro. Aquel anciano contaba orgulloso su primera impresión, pues fue la fábrica de tabacos donde se inició la costumbre en Cuba, en 1865. Gracias a un asturiano inmigrante: Saturnino Segundo Martínez.

A los catorce años casaron a Nené con un hombre de treinta y cinco. A los nueve meses exactos nació su primera hija. Mi abuelo se jugaba el sobre del cobro diez minutos después de ganarlo. Ludópata empedernido. Era la época de las Vacas Flacas y del Machadato. Estrecheces económicas. Harina de maíz con aguacate. Con mucha suerte: una lata de sardinas y arroz. Con el tiempo, nueve hijos. Pero, como en la vida de muchos cubanos, por su camino se había cruzado un lector de tabaquería.

Durante unos meses, abuela trabajó como despalilladora. Suficiente. Se enganchó en los destinos de los protagonistas de las novelas. La entonación, las pausas llenas de expectativa, el dramatismo y el énfasis que usaba el lector en las galeras eran insustituibles. Como las jornadas de Nené sólo duraban dos o tres horas diarias perdía el hilo. Laito, su tío solterón, no la ofendía dándole dinero. La inundó de libros. Nené se hizo tan dependiente de esas vidas de ficción como mi abuelo de los ases de la baraja.

El catalán Jaume Partagás construyó el primer estrado para un lector de tabaquería en la Habana, el sábado 23 de febrero de 1866. Y se convirtió, por transmisión, en el culpable de la pasión de abuela por la lectura, la mía y la de muchos otros criollos.

Hasta el mismísimo Victor Hugo se enteró del interés causado por sus libros en el gremio de tabaqueros cubanos. Le escribió a los obreros de Partagás, agradeciéndolo.

Se había leído antes para las torcedoras en Cadiz, Sevilla y Madrid desde la década de 1830. La costumbre llegó a la isla. Al principio los mismos obreros criollos pagaban de sus bolsillos a quiénes les leían. Muchos dueños se opusieron, fueron prohibidas las lecturas después que comenzaron las guerras de independencia, en 1868. Pero la costumbre se afianzó en el exilio de Cayo Hueso, donde José Martí leyó con placer confeso y escrito.

Mis tíos Pablito y Nena tampoco se iban a la cama sin un libro. Ni mi padre o mi madre. Era la manera de su generación y la de mi abuela de conciliar el sueño. Viviendo la venganza de Edmundo Dantés, los miedos de la reina de Francia por perder su cabeza o la ambición arribista de Julien Sorel. Y todo gracias a la voz de un lector de tabaquería en su púlpito, que enseñó a los cubanos la magia de la lectura, más que ninguna escuela, ningún maestro o ninguna campaña de alfabetización masiva.

 

lector de tabaquería

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21 pensamientos en “Nené y el lector de tabaquería

  1. Es fascinante la figura del lector de tabaquería. Creo que su presencia era obligada y estaba recogida en el convenio por exigencia de los trabajadores. Es imposible no comparar el refectorio de un convento en el que se lee mientras se come con estas salas en las que se escucha mientras se tuercen los habanos 🙂 Los rezos de unos y los tabacos de otros eran productos hechos, sin duda, para confortar el alma.

  2. Las luchas sindicalistas exigieron la presencia pagada de un lector de tabaquería, desde antes del siglo XX. No los ha podido sustituir la radio. Como en algunas cárceles se hacía lo mismo anteriormente, las mesas en que se tuerce el puro habano (los llamamos tabacos en Cuba) pasaron a llamarse “galeras”. Conforta el alma, cultiva y acelera el ritmo de producción. Gracias, Santiago. Saludos.

  3. Es natural el amor por la lectura del cubano, gracias a esta costumbre que enseñó a la clase trabajadora a cultivarse.

  4. Muy Buena la referencia que hace Santiago sobre la antiquisima tradicion monastica de leer en el refectorio (entiendase comedor) mientras Los monjes o frailes comian en silencio absoluto siguiendo al lector que leia Vidas de Santos…

  5. Desde los primeros tiempos los propios tabaqueros elegían el libro que querían escuchar. No sé si alguien llevaría una estadística de los más leídos. Sería interesante saberlo. Las novelas históricas y las sociales Emile Zola, Benito Pérez Galdós, Victor Hugo, Vicente Blasco Ibáñez, Charles Dickens y otros, eran los favoritos de abuela. Supongo que era lo más popular en las fábricas de tabacos.

  6. Interesante planteamiento. Por el romanticismo de la Carmen de Prosper Merimee se filtra una opinión de la época: las torcedoras eran “mujeres ligeras”. Supongo que el hecho de ser independientes económicamente contribuyó a tal idea. Puede ser, mi amiguísimo Enrique, que la idea original sería leerle vidas de santos y otras lecturas edificantes a estas obreras. Un abrazo!

  7. Una vez, de visita a una tabaquería en cobertura periodística, lo que estaba vociferando el lector, era la primera página del Granma. No tenían caras de muy buenos amigos los tabaqueros. Ojalá y pasara más tarde a alguna página de literatura. Eso de conciliar el sueño con un libro es una experiencia que trasciende, cómo soñaba yo con los héroes de mis aventuras preferidas, jeje. Un beso Fidel

  8. Es lo normal desde hace años. No podía ser la excepción. Veinticuatro horas al día con lo mismo: Granma, los discursos, la mesa redonda…
    Un beso, Magela. Ahora mismo me alegraré la vida pasando por tu página.

  9. Evocadora historia y a la vez bonita en la nostalgia que desprende. Sabes,yo una vez fui a una fabrica de tabaco…..

    Tendría unos 22 años y una mulatona de cuerpo espectacular tras acabar de liar las hojas. Cogio el puro, se lo metió entre los muslos, le dio tres meneos y con su mas sugerente sonrisa me dijo…Fumatelo

    Inolvidable escena que me da que ya con mis años no pasara mas veces,…..Cuidate

  10. Supongo que serán las feromonas, dicen que el mejor puro es el que lía una mujer entre sus muslos sudados. Seguro que puedes atestiguarlo después de tu visita a la fábrica. Saludos.

  11. hola: para mí el lector de tabaquería es una figura entre mítica y real, los mayores en casa hablaban mucho de ello pero no conocí ninguno, mi familia era de panaderos y ferroviarios pero tb la lectura era importante para ellos, cuando se casaron mi abuela enseñó a leer y a escribir a mi abuelo, pichón de canario analfabeto, luego, cuando yo era pequeño viví tu misma experiencia, compartía la habitación con mi abuela, ya viuda, que leía hasta las mil fumando un veguero tras otro en la cama, era tan adicta a los libros que cuando le escaseaban lo mismo le metía mano a El Capital.

  12. Hola Argimiro! Qué gustazo leerte y saber que me lees. Espero que en el 2014 nos veamos en Bilbao o aquí. Cuántos libros buenos leía gracias a tí en Cuba. Y tu amistad de siempre? Todo un lujo. Un abrazo!

  13. gracias majete sabes que mi casa está abierta para tí y que te estamos esperando

  14. Ya vendrán mejores tiempos y nos encontraremos en Bilbao. Un beso para tí y otro para Bego.

  15. Este es antológico. Parece que uno esté allí, sumergido en las labores de los tabaqueros. Curiosamente yo estudié en una antigua fábrica de tabacos, pero ahora la han convertido en una especie de museo venido a menos. Un abrazo -y que sigan las entradas, por el bien de la prosa, humeante y olorosa, como un café.

  16. Félix: A mi café le pongo algo de canela y una pizquita de nuez de olor. Si quiero ser aún más indulgente: unas gotas de extracto de vainilla y un chorro de ron. Placeres sibaritas, como leerte.
    Gracias, sería mi orgullo que estuviéramos juntos en la antología. Un abrazo!

  17. Me ha gustado tu relato Ernán. A mi también me gustaría que me leyeran mientras trabajo. Sería sublime; no me pesaría ir a trabajar… ¡Magnífica idea!

  18. Tal parece que además de entretener y cultivar, aumenta la producción. A mi me sucede cuando escucho música trabajando. Siempre que no sea salsa, pues se me van los pies y comienzo a bailar… 🙂

  19. Bellísima texto, lleno de nostalgia

  20. Por cierto, ¿no usas Twitter? Encuentras algunos lectores

  21. Gracias, tú y yo transmitimos en la misma frecuencia: la nostalgia. Por eso gustamos de tus y mis textos. 🙂
    Y si, uso twitter, pero no lo tenía en esa época. Iré presentando poco a poco estos textos por allí. Gracias otra vez, ahora por el consejo.

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