DESPUÉS DE LA MEDIA RUEDA

Fieles… difuntos

4 comentarios

milagrosa copyright maría liliana neret

Era dos de noviembre. Como siempre, por esa fecha, los mayores irían al Cementerio de Colón a pie. A Carmen y a mí nos llevarían por primera vez.

La costumbre pueblerina era limpiar y embellecer las tumbas de los familiares por el día y después, a la caída de la tarde, regresar para velar a los muertos toda la noche. Se llevaba comida y algo que beber. Nos habíamos mudado a la Habana hacía años. Allí no se hacía lo mismo.

Ya en Colón mi padre se dedicó a rellenar con un pincel las letras del epitafio de mi abuelo materno y el juego de naipes en full de ases que lo adornaba. Las mujeres limpiaban y acomodaban.

Me aburría sin hacer nada. Había oído que muy cerca estaba enterrada la Milagrosa y deserté, aprovechando el lío que se armó por la aparición de una lagartija, horror de horrores para mi madre.

Encontré la tumba, rodeada siempre de creyentes. La Milagrosa había muerto en 1903 de su primer parto, enterraron el niño a sus pies y cuando la fueron a exhumar lo encontraron en su regazo. Eso y la visita del esposo enloquecido dando gritos de «despierta, Amelia, despierta», golpeando las aldabas de la lápida, bastaron para crear la leyenda.

Me paré frente al sepulcro y traté de encontrarle sentido a toda aquella gente rezando y poniéndole flores. Adiviné la presencia de mi progenitor. No me reprendió, bajó la voz y soltó con tono siniestro:

Imagínate lo que estar encerrado en un lugar chiquitico y oscuro. Te va faltando el aire hasta ahogarte, se te acaban las esperanzas de salir, gritas y nadie lo escucha. A esta mujer se le partieron las uñas de tanto arañar la caja ‘e muerto y pensó en su hijo. Al menos tuvo su compañía.

Giré para mirar a mi viejo. Una señora nos reprendió. No se le daba la espalda a la Milagrosa. Araldo Hernández es el hombre más ateo del mundo, le hizo un mohín de burla.

Vamos, que tu madre se preocupa por gusto.

Mi viejo conoce bien las cosas que me gustan. Siempre que me perdía era el primero en encontrarme, aunque a veces era él quién se me escapaba.

Esa noche hubo apagón. Nos sentamos en el portal, mi hermana y yo en los tres escalones de la entrada, mi tío Pablito, Pedro Valdés, el padre de mi prima Lolita y Araldo, balanceándose en mecedoras con sus asientos y respaldares de fresca rejilla. Hacía mucho calor para la época del año. La tenebrosa luz del quinqué se prestaba para buenos cuentos de aparecidos. Olía a keroseno.

Hoy se abren los caminos entre el mundo de los muertos y el de los vivos. era Pablito, preludiando lo que venía después. Mi primer trabajo en La’bana, cuando vinimos de Cruces, fue de vigilante nocturno en La Concha.

Era el balneario favorito de mi padre. Sospecho que por barato, más que nada. Estaba entre las playas de Marianao, en los barrios al oeste de la capital.

Buen trabajito. —Apuntó mi padre.

Aburrido, es cierto, pero pagaban bastante bien. Un dos de noviembre me estaba quedando dormido. De buenas a primeras, frente a mí, se apareció una rubia en trusa. Venía mojada y temblorosa, pálida a la luz de la luna medio nublada. Le noté algo raro, pero como estaba tan buena…

Mi padre miró a mi hermana y murmuró un «pa’dentro.» A Pablito a veces se le iba la mano con narraciones prohibidas para menores. Carmen entró en la casa corriendo, la asustaban aquellas anécdotas. Pablito prosiguió:

La mujeranga se acercó y sentí un frío raro, como si la corriente viniera de ella. Abrió la boca como pa’ hablar y salió agua. Les juro que tenía algo oscuro entre los labios. Pensé que estaba mascando andullo o alguna mezcla por el estilo. Parecía extranjera. Sentí pasos detrás de mí y recordé entonces que no la había escuchado llegar. Miré atrás. Era el policía que daba la ronda por allí. Me saludó jocoso. «Buena nochecita del coño ‘e su madre pa’ los fieles difuntos… ¿No trajiste el termo con café, pa’ alebrestarme un poco con un trago?» Me sorprendió que hablara así delante de una mujer desconocida y se la señalé con discreción. Abrió los ojos como un desquiciado.

Cuando miraste la rubia ya no estaba… adivinó Pedro Valdés.

Ni por todo aquello. El policía me acompañó. Dimos una vuelta para asegurarnos. Cuando regresamos a mi puesto, contó una historia pa’ poner los pelos de punta. Una americana, que vivía cerca, venía todas las noches a nadar. Parecía que se había golpeado con los arrecifes que hay en algunas partes del fondo arenoso y se había ahogado después. Encontraron el cuerpo una mañana, verdoso. No tenía familia en Cuba y no le hicieron autopsia, ni investigaron su muerte. Se había ahogado y ya. No podía ser otra que esa… Yo no era el único que había visto su espíritu.

¿La volviste a ver?

Después no hubo quién me hiciera trabajar otra noche de los muertos. Pero se me olvidó con el tiempo, pues no me había salido más. Allá por el cincuentidós, hice la guardia el dos de noviembre. Me acuerdo de la fecha por el golpe de estado de Batista, meses antes. Estaba más que despierto. Leía el Libro del Convalesciente de Enrique Jardiel Poncela, que me mata de la risa siempre. De pronto sentí el frío raro y ahí estaba la americana. Más blancuza que nunca. Dijo algo. Sonaba a inglés, nada entendí. «Amante mató a mí. Pregunta Chori, él saber…» Repitió en español. Y empezó a vomitar sangre, agua, algas… hasta cangrejos vomitó. El Chori era un tipo que escribía su nombre en cuanto muro existía en Marianao. Decían que estaba loco. «Perra maldita, al infierno» Dije y cerré los ojos, cuando los abrí todavía estaba. «Justicia, mi querer justicia» Entendí en aquella voz aguada. Desapareció. Esperé al policía, aterrorizado. Se lo conté todo. El hombrín era buena gente y listo. Lo pensó por muchos días antes de pedir que reabrieran la investigación. Una noche se me apereció con la buena nueva: El Chori identifico al amante de la muerta. Interrogaron al tipo y enseguida confesó. Era un crimen pasional por celos y estaba lleno de remordimientos. Le metieron veinte años en cana.

¿Y la americana?

Nadie volvió a verla. Los muertos casi siempre nos visitan pa’ alumbrarnos o pa’ buscar su paz, como hizo ella. No se le debe tener miedo, sobrino.

Yo estaba en la gloria. El miedo me pone en mi punto, incluso duermo mejor después de ver una buena película de fantasmas. Nada mejor que escuchar a aquellos hombres del campo, haciendo sus cuentos de aparecidos en una noche de los fieles difuntos. De seguro estaban allí con nosotros, tambien disfrutando sus historias.

Anuncios

4 pensamientos en “Fieles… difuntos

  1. Qué suerte tener esas anécdotas que contar. Me encantaba a mi sentarme a escuchar los cuentos de mi abuela y su tía también. Qué bueno leerte!!

    • Magela: Cuentos de campesinos, narración oral urbana, llámese lo que sea, se están perdiendo, con toda la oralidad. Era tan personal sentarse a escucharlos, como una canción de cuna para arrullarnos. Ahora todo es sms o textear. Pronto ni las vocales se usarán. A mí el punto de tertulia y converseteo me fascinan. Soy de los que opinan que no hay nada mejor que una buena tertulia, acompañada de un simple café o un té, si encima tenemos alguno de los dulces que cocinas tú: todo un lujo.

  2. Tema difícil, Ernán, pero salvado con la misma soltura que otros. Yo en particular me quedo con el diccionario anterior, por aquello de la temática… Pero la verdad es que cuando me engolosino con su vocabulario, casi que me olvido de lo que habla! Gracias por tanto, un abrazo.

    • Felix: son narraciones orales, era mejor escucharlas de noche, con los grillos haciendo ruido alrededor y el chirrido de las mecedoras, Gracias por poder leerte, aquí y allá.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s