DESPUÉS DE LA MEDIA RUEDA

Pituca se atiene a las consecuencias

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¿Llevas los pañuelos? El pantalón tiene dos bolsillos detrás para eso.

Uno para mí y uno para si alguna dama lo necesita. —yo repetía como detallando un inventario.

Era el ritual de la prima Pituca cada vez que iba a acompañarla. Zapatos bien cepillados, la raya de mis cabellos recta como el alma de una monja, el filo del pantalón marcado como la ambición de Martine, olor a colonia, los lentes de mis gafas bien limpios.

¿Quién monta primero en la guagua?

La mujer. La siento por dentro. Así los machos que se paran en el pasillo si está lleno el omnibus, me repellan el hombro a mí y no a ella. A la hora de bajar, bajo yo primero y le doy la mano, para ayudarla.

Diciendo barbaridades como eso de repellar no llegarás muy lejos.

Que me rocen el hombro con sus partes pudendas, entonces.

Así suena mejor. Y cuida esa boca por la calle. Esas palabras desafortunadas que usas no me sientan bien. No soy ninguna pelandruja.

Supongo que pelandruja era una expresión elegantísima. Por lo menos Pituca no me amenazaba como el padre de los hermanos Llamazares. Una vez les dijo a los dos, delante de mí, que les partiría las bocas si los volvía a oir decir asere. Y no era ni siquiera una mala palabra, aventurada o desafortunada.

Así hablaban y actuaban algunos en aquella época lejana. Aunque nadie había ido a la Universidad. Instrucción no es educación, eso se recibía en casa, fuera uno más pobre o menos pobre.

Jamás he escuchado a mi padre decir algo más ofensivo que caramba. A sus ochenta y siete años escuché a abuela Nené decir por primera y única vez hijo de puta, aseguro que el tipejo a que se refería se merecía bastante más que eso.

El extremo llegaba con la prima Pituca. Se tapaba los oídos cuando escuchaba a Los Van Van cantando ”La compota de palo”.

Una señorita, aunque rebasara la cuarentena, no podía andar de noche sola. Yo era el chaperón oficial de la familia. A mis otros primos no había palabra, castigo ni cintazo que los convenciera. Exigía que la llevara por dentro de la acera.

Si pasa un carro o una guagua y nos salpica con el agua de un charco, el caballero es quien debe mancharse la ropa, no la dama.

Ya me veía empapado en aguas residuales, fétidas, marrones. Después sería mordido por un perro rabioso o algo por el estilo. Tratábamos por todos los medios de no salir con ella. Le teníamos terror.

En realidad era prima de mi madre y un poco más joven que ella. La llamábamos Pituca Chaca Chaca, pues parloteaba sin puntos ni comas. Vestía siempre de negro y a mí se me antojaba que olía a talco micocilén.

Se casó como a los treinta años. Era tan pobretona como el resto de la parentela. Sólo tuvieron una discreta ceremonia civil. Firmaron los papeles por la mañana, luego se dirigieron a tomar el tren para Cienfuegos, donde disfrutarían la noche de miel y consumarían el matrimonio. Debían pasar bajo un andamio para llegar a la estación de ferrocarriles. Pituca se negó a hacerlo. Su aún no estrenado esposo, Alberto, trató de convencerla. Pituca abrió la boca en uno de sus discursos imparables, donde casi no se distinguían las consonantes. Tipo Julio Iglesias cantando en inglés.

Esta bien. dijo el marido. Para demostrarte que es una superstición tonta, tú irás por la calle y yo por debajo del andamio.

Pituca, disparando su ametralladora de vocales huérfanas, atravesó la acera. Miró asustada al hombre que caminaba sonriente y seguro. Todo marchaba bien hasta la mitad de lo andado. El cónyugue se envalentonaba, dispuesto a cantar victoria, vencedor de creencias vacías, apóstol del ateísmo realista.

De repente, en las alturas, un cubo lleno de mezcla se le cayó de las manos a un albañil. El obrero gritó azorado, pero no dio tiempo a evitar la tragedia. El balde, con todo su peso, vino a dar sobre la cabeza de Alberto. Murió en el momento, desnucado.

La prima de mi madre abrió la boca y se quedó callada unos minutos, por única vez en su vida. Antes de caer desmayada, alcanzó a pronunciar con claridad: ¡Viuda y señorita! ¡Ahoraestoy estoy jodida!

Jamás hablaba del incidente. Nadie se atrevía a recordárselo. Pasarón lustros que se hicieron décadas. Ella se agriaba más y más, sin probar el mantecado. El negro le sentaba cada vez peor y había escasez de tinte para sus cabellos, que griseaban en las raíces. Cuando no tenía nada que hacer, ojeaba un Manual de Buenas Costumbres y etiqueta que olía como ella. O quizás ella oliera al librito, de tanto manosearlo.

El habla involucionó en Cuba. La juventud, para horror de Pituca, soltaba las más soeces palabrejas con naturalidad. La vulgaridad y la falta de etiqueta sustituyeron a las normas de cortesía y urbanidad burguesa. Muchos creyeron que ser proletario era ser mal educado. Hasta Pituca comenzó a soltar coños y carajos. Tenía que atenerse a las consecuencias. Adaptándose, encontró novio.

Casi a punto de jubilarse se casó con un compañero de oficina. El nuevo esposo gritaba unas palabrotas que sorprenderían a los habitantes del Solar del Rebervero. No había Dios que le hiciera llevar a Pituca por dentro de la acera.

No volvimos a ver el Manual. Ninguna muchacha bonita del barrio volvió a ser definida en su boca como pelandruja. Fueron felices, pero más lo fui yo. Podría decir repellar todas las veces que quisiera, sin ganarme una reprimenda.

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12 pensamientos en “Pituca se atiene a las consecuencias

  1. Uyy qué horror pobrecilla, pero bueno menos mal que encontró consuelo aunque sea tarde, que siempre mejor vale que nunca. Pituuuca jaja así me decía mi mami de pequeñita: Ven aquí mi pituquita!!

    • Magela: En mis vacaciones en Cuba, hablé hace unos días por teléfono con Pituca. Tiene 92 años, fue una delicia conversar con ella. Protejo su nombre por respeto familiar, pero la historia no ha cambiado un ápice. Tú eres muy linda, nada tienes de Pituca. Seguro que todos querían bailar contigo. Te echo de menos. Acabo de llegar…

      • ¡Ya estás de vuelta!, qué bueeeno. Me alegra que hayas hablado con la Pituca, llegar a los 92 con la mente clara es cosa de esa generación. Mi abuela y la mayoría de sus hermanas (eran 9) son así de longevas y claras. Pues na bienvenido otra vez al ruedo y yo también he echado de menos tus comentarios. Un abrazo

  2. Pasaron los difuntos, y bien que se nota! Muy bueno, y lo que más me gusta la expresión que resuelve todo el cuento: “Adaptándose, encontró novio…”, demoledora pero con tierno respeto, como en mucho de Después de la Media Vuelta. Un abrazo!

    • Amigo Félix: A Pituca es fácil tomarle cariño, tuvo sólo un hijo y no ha tenido nietos, pero aun está viva. Como la mayor parte de las veces, cambio algunos nombres, por respeto. Lo que no impide que mis padres se hayan reído mucho al leer esta historia. Me obligaron a llamarla por teléfono para saludarla, hace unos días. Ya tiene 92 años y parece que anda en vías de llegar a centenaria, como algunos en mi familia. Un abrazo!

  3. ¡Morí de la risa!, en mi país se usa el término “Pituco” (o pituca según el género) para la gente que es tiene o aparenta tener plata y va con modales exagerados, un abrazo,
    suerte y muchos éxitos.

  4. Mi herma: Somos felices. Espero poder leerte muy a menudo, para ver cómo recreas todas las nuevas anecdotas que mami y papi te hicieron en tu reciente viaje a casa. Te extrañamos ya, y no hace 24 horas que saliste de aqui. Te queremos.

  5. me he reido con Pituca chaca chaca que ni te imaginas , se me antoja que seria un personaje peculiar para una novela costumbrista … un gustazo leerte siempre . a veces lo hago tarde , ,despues de que lo hayas publicado , pero lo hago . y siempre termino con buen sabor deboca. abrazo

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