DESPUÉS DE LA MEDIA RUEDA

La maestr’e’scuela

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A cuatro cuadras de mi casa está la Finquita, un llega y pon, como llamamos los cubanos a las villas miseria. Allí vivía ella. Lo sabía desde niño, fascinado por tener una vecina que salía por la televisión. No conocía su nombre, era sencillamente: la mujer que cantaba Vinagrito.

Recogía cuanto gato perdido existía y le mataba el hambre a los chiquillos a su alrededor. No quería irse a vivir a otro lugar, a pesar de que ni la policía se atrevía a entrar en la Finquita. Hasta los delincuentes querían y respetaban a aquella mujer que tenía un programa en la tele.

Crecí oyendo sus canciones pobladas de alitas de cucarachas, jicoteas, jutías, zunzunes y gatos. Luego en la locura de mi adolescencia, casi la olvidé.

A mis veinte años comencé a trabajar en el Parque Lenin. Un mediodía de domingo me detuve en la Peña Literaría, una especie de biblioteca campestre, abierta para todos. La invitada, a un encuentro que se celebraba en tal sitio, sería la escritora Renée Méndez Capote. No me quise perder su labia florida y su sentido del humor. La ingeniosa construcción, ocupada por estantes con libros estaba vacía. Pensé haber llegado tarde. Escuché voces más allá. Me acerqué.

Era un grupo de unas treinta personas, sentado en las piedras de una hondonada. La sorpresa me la dio mi vecina de La Finquita, conversando como si todos se conocieran. Vestida con un batón amplio y sobrio. Cabellos recogidos en una cola. Moviendo las manos para hipnotizarnos. Era el alma de aquella tertulia que compartió al principio con Francisco Garzón Céspedes: Los Juglares de la Peña Literaria.

Nos rodeaban dos paredones. Los helechos cubrían uno de ellos. El olor dulzón de las yagrumas, los trinos de los pajaros, las risas infantiles, las lagartijas reptando entre nosotros. Un lugar mágico.

Oigan cuántos sonidos lindos. Mejor que la orquesta más refinada. Hay que pegarse a la tierra, a lo natural. Bendigo estos domingos, en este trozo de monte escondido—. Nuestra anfitriona tocó una de sus orejas con el dedo índice—. Si van a un siquiatra, les dice: «cómprese una pecera y mire a los pececitos para aliviar el estrés». Yo no tengo que criar pececitos. Tengo la casa llena de animales. El sueldo se me va en leche y pescado para los gatos y la jicotea. Y duermo muy bien. Mi puerta no tiene ni pestillo. Quién quiera entrar, lo puede hacer cuando le dé la gana. No tengo grabadora, televisor… nada. Nada que robar. Yo y mi guitarra, familia, amigos… ¿Qué más quiere uno?

Así vivía. Compartiendo lo que tenía con los pobres de la tierra. Honrando siempre sus dos guías, Jesucristo y José Martí.

Siempre terminaba cantando La ronda de Gabriela Mistral. Aquella mañana todos nos convertimos en niños, al son de ”dame la mano y danzaremos, dame la mano y me amarás, como una sola flor seremos, como una flor y nada más”.

Días después coincidí con mi vecina en la panadería y no pude dejar de saludarla, comentando, estirado y protocolar:

Usted es una excelente conversadora. Estuve en su Peña el domingo. Un detalle encantador la idea de la Ronda. Hacer que nos diéramos las manos y cantáramos juntos al salir, me hizo sentirme un infante otra vez. No me pierdo la próxima por nada del mundo.

Tenemos mucho que aprender de los niños sonrió con dulzura, hablando con su acento villaclareño—. ¿No has observado cuando se encuentran por primera vez? «¿Tú, cómo te llamas?», preguntan. «Yo me llamo así y asá». Y se ponen a jugar sin problemas. Los grandes armamos un lío para acercarnos unos a los otros, con miedo a hacer un papelazo. Los años nos han llenado de miedos y complejos.

Estiré la mano riéndome y me presenté. Había entendido su mensaje. Le conté dónde vivía, dónde trabajaba y lo mucho que la había admirado en mi infancia.

Regresé a la Peña de los Juglares. Llevé a mi prima María, que se contagió de mi entusiasmo. Durante mis años de empleo en el Parque no falté a una sola de sus tertulias. Ella lo notó. Los asistentes escuchaban a los invitados hablando sobre sus vidas, contagiados con la sencillez de la trovadora, con la guitarra a su lado. Allí estuvieron desde los bailarines Alicia Alonso y Antonio Gades, hasta el cantante puertoriqueño Danny Rivera y el pintor ecuatoriano Oswaldo Guayasamín. Pero el imán entre las piedras era Teresita Fernández, la mujer que cantaba Vinagrito.

Yo soy una maestr’e’scuelarepetía, aclarando—. Hubo una época en que me quisieron maquillar y ponerme un vestido largo. Esa no era yo. Yo respeto y admiro a Rosita Fornés, pero lo mío es andar por ahí como decía José Martí, de maestra ambulante.

Mucho aprendimos con aquella maestra de escuela. Grandes y pequeños. Brutos y sabihondos. No de matemáticas ni de profundos e incomprensibles ganadores de premios Nobel. Enseñaba sobre la vida y sus goces, sobre la amistad y la bondad. Era como escuchar El principito de Antoine de Saint-Exupéry, traducido en palabras acubanadas, con el sabor de las guayabas, los corojos y los mameyes.

Al principio de la década de 1990, las calles de La’bana parecían haber sufrido un terremoto. Tantos eran (y son) los baches, que los autos no entraban hasta su casucha. Jorge Ybarra quiso homenajearla en el Teatro Mella. Para no ofenderla, llevó a Teresita caminando hasta mi casa «a tomarse un café», mientras esperaban el carro que los transportaría al teatro. Mi abuela, sentada en su mecedora, se puso a conversar con la artista. Parecían dos viejas amigas. Las dejé burlándose de la rivalidad de sus ciudades, Cienfuegos y Santa Clara.

siempre fui creyente y martiana —le escuché decir cuando regresamos mi padre y yo con las tazas de café—. Eso me trajo muchos problemas. Al principio de este gobierno, cuando rellenaba planillas para buscar empleo, escribía en donde decía religión: católica. No tenía por qué mentir. ¡La cara que ponía la gente al leerlo! Y me quedaba sin el trabajo.

No lo dijo con odio. Se me antojaba incapaz de odiar. Un dejo de cansancio se empezaba a mezclar con su pasión de siempre. Quizás la decepción de todos los que habían creído en la posibilidad del cambio.

Nunca me han gustado las casas grandes apuntó en el trayecto a la tertulia de Ybarra, con su sinceridad habitual—. Pero la de ustedes tiene como una luz. No tiene que ver con la amplitud o las ventanas altas. Me parece que se la ha dado tu abuela.

Recordarlo me sigue conmoviendo. Es una de las cosas más lindas que he escuchado sobre mi familia. Lo había tenido que decir la dulce trovadora que recogía gatos.

La vi unos días antes de irme de Cuba, a estudiar diseño teatral en Suecia.

No regresarás. Cómo la mayoría de los jóvenes. sentenció.

Noté amargura en su voz. No era por mi partida, sino por el evidente éxodo de una juventud desilusionada.

Hace unas semanas volví a mi país, de visita. Teresita se había mudado del barrio. Al pasar por donde vivía, quise mirar por encima de los trozos de tablas viejas que formaban su cerca y volver a verla llena de esperanzas, rodeada de gatos y chiquillos alborozados.

La noticia de su muerte, a los ochenta y tres años, me llegó hace unos días. No quiero contar cuánto me entristeció. Es un pedazo de la ingenuidad infantil, un trocito de esperanza disfrazado de gatico hambriento que se nos va, a la mayoría de los cubanos nacidos después de 1950. Me tranquiliza saber que debe estar cantando la Ronda, en algún lugar lleno de luz, tomando la mano de seres maravillosos.

 

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30 pensamientos en “La maestr’e’scuela

  1. He prometido a los gatos del barrio, que esta noche me sentaré en el jardín a leer en voz alta “La maestr’e’scuela”, ya están todos impacientes maullando a qué hora se pone el sol…

  2. Realmente precioso este retazo de tiempos perdidos que encierra bastante mas añoranza que otros escritos por ti..

    Este párrafo en especial me parece como bien dices…. Mágico

    Nos rodeaban dos paredones. Los helechos cubrían uno de ellos. El olor dulzón de las yagrumas, los trinos de los pájaros, las risas infantiles, las lagartijas reptando entre nosotros. Un lugar mágico.

    Cuídate y ya me contaras que tal fue por tu isla. Que ando últimamente muy desconectado de todo

    • Gracias Plared. Teresita Fernández merece mucha más poesía. Una mujer que llevaba la cubanía con sencillez. Lo raro es que estuve a punto de eliminar ese párrafo. El lugar que describo es un pequeño cañón o garganta, simplemente espectacular. Ofrece una especie de intimidad, al mismo tiempo rodeado de naturaleza… Hay cosas asombrosas en el Parque Lenin. Saludos calurosos desde el Polo Norte..

  3. Una hermosa crónica, más bien perfil, en el particular desfile de personajes cubanos que nos ofreces en cada entrada. Cada persona es un mundo por conocer. Saludos.

    • Gracias, Santiagazo. Es que el viaje a Cuba me ha puesto muy sentimental y me temo que subjetivo. 🙂
      Quise mucho a Teresita Fernández. Contestataria y rebelde con quién se merecía su rechazo, al mismo tiempo dulce con su pueblo. Una mujer muy adelantada a su época, en todos los sentidos. Un abrazote.

  4. “Honor a quien honor merece”. El más lindo de los tributos que hasta ahora he visto o leído. Tu crónica tiene el sabor dulce que nos seguirá recordando la voz de Teresita Fernández. Yo también me crucé con ella cuando trabajaba en el ICRT y realmente me quedo con el recuerdo de la persona encantadora que fue y que tú tan genialmente realzas aquí. Un beso enorme Ernán.

    • Magelita:
      Fue difícil escribirlo. Teresita Fernández era tan modesta que su comportamiento rayaba en la humildad. No estoy seguro que tantos elogios le hubieran gustado. Traté de ser fiel a lo que le gustaba: la sencillez. No pude. Todas las cosas alrededor de ella se convertían en poesía, como en su canción “Lo feo” (mi favorita) Gracias por considerarlo lindo.
      Supe hoy que en la Plaza Vieja se reunieron varios jóvenes, espontáneamente y cantaron sus canciones cogidos de la mano. Ella se pondría muy contenta viéndolo.
      Un abrazo!

      • Estaría igual encantada porque precisamente en la sencillez de la palabra encontraste una forma de tributo. Esa canción también me encanta, con ella la tristeza efectivamente puede cambiar de color. otro abrazo para ti

  5. Lindo !! Sólo puedo decirte : dame la mano y danzaremos !! .

  6. Teresita era una de esas flores silvestres que abundan en Cuba, recia y delicada a la vez. Todos los que fuimos niños entre los ’60 y los ’70 nos preguntamos alguna vez si de verdad “la luna es un queso metido en un mar de añil”. Casi 175 mil personas más han querido recordar a Vinagrito (ved la cantidad de visitas que tiene este vídeo) y aquí lo dejo para que los de entonces y los de ahora lo volvamos a escuchar en la voz de Teresita:

    • Me gusta tanto que la escucho una y otra vez. Gracias por ayudarme en este post y en los otros, pero más que nada por soportarme durante tantos años.

  7. Caramba, he puesto este sin darme cuenta de que ya estaba arriba, lo siento.
    Pues dejo este otro con más de 73 mil reproducciones:

    • La dedicatoria iba a ser: A Tere, que juega ahora con una niña de cristal azul. La eliminé pues me pareció repetitiva. Esta es una de las más tiernas. Y es que todas me gustan…

  8. Perdonen, pero no puedo evitarlo. Aquí la tenemos, soportando estoica y alegremente que este muchachote le cambie un poco la letra de su canción:

    • Gracias Luddita. Teresita era muy ocurrente, Seguro que algo le dijo después al “desletrado” en privado, sin ofenderlo y con gracia.
      Esta es mi canción favorita de ella. Vivimos en un mundo repleto de alitas de cucaracha y palanganas viejas. A sembrar violetas!

  9. Gracias, me encanto, no la habia escuchado antes. Gracias!

  10. Camino de Madrid, he leído este nuevo hallazgo de narrativa “mediavueltera”, que es como yo llamo en mi interior, disculpa, a esta golosina de remembranza y lenguaje. Y me ha aliviado el viaje, con lo que te dejo aquí mi agradecimiento. Pena de no contar por acá con figuras homólogas, aunque yo recuerdo en vida a la poetisa Gloria Fuertes (una mujer tierna de corazón duro, sacrificado, con poesía también para adultos -bueno de hecho la que hizo para niños también lo es, a ver si doy cuenta en el blog). Ja, ja, perdona el parrafazo, las cosas del autobús, el tiempo y el camino por delante! Un abrazo.

    • Félix: El parrafazo es otra delicia de las escritas por tí. No es para perdonarlo, si no para aplaudirlo. Gracias. Y háblanos de Gloria Fuentes, me has dejado con deseos de conocerla. Un abrazo y que disfrutes de los madriles.

  11. Qué bonita experiencia Ernán, y qué suerte haber podido nutrirte de su sabiduría y bondad.
    Un beso

  12. Dame la mano como te enseño la maestra d ´escuela y ven conmigo a jugar el juego del duelo.
    Lloremos, pero seamos considerados y no le digamos a los seguidores del blogg que no hay consuelo, que la muerte de un ser querido es irrevocable y que se nos vacia el corazon por decirlo de alguna manera porque en realidad el corazón es simplemente un músculo (nó un contenedor de emociones) salvo en los tangosargentinos y en las canciones cubanas. Lloremos, juguemos al duelo que tú has perdido la maestra que te enseño la inocencia y ambos, tu y yo, hemos perdido a alguien que hemos amado profundamente.Lloremos. Porque “sus ojos se cerraron y el mundo sigue andando…”

    • “…se apagaron los ecos de su reir sonoro…”
      Tomamos a familiares y a amigos por eternos. En cierta forma lo son.
      Ya hablaremos personalmente tú y yo. Y lloraremos, como estoy llorando ahora y como lloraste al escribir este bellísimo comentario. Y continuaremos ocultándole a los seguidores del blog que no hay consuelo. Que no nos alivia un “descanse en paz”, que lo queremos sagaz, ocurrente, siempre presto a la diversión y las cosas buenas de la vida, con nosotros, siempre.

  13. Pingback: La maestr’e’scuela | Aire Nuestro

  14. Un viaje maravilloso a través de lugares que no conozco acompañado de una mujer que pareciera conocer de toda la vida. Mi madre es maestra de escuela también. Conmovido por su relato.
    Salud!
    A.

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