DESPUÉS DE LA MEDIA RUEDA

La’bana por quince centavos

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habana 1920 a

Si fuese preciso dar un sobrenombre a la capital de Cuba,

como lo ostentan pueblos y héroes en los poemas homéricos,

se le podría llamar Habana «la Alegre».

Es una ciudad que sonríe al que llega,

sin que pueda decirse con certeza dónde está su sonrisa.

La vuelta al mundo de un novelista

Vicente Blasco Ibáñez 1923

‘—Ya conozco de memoria todos los pelos de cada mono en el Zoológico.

Protesté, como siempre. Era domingo, yo tendría unos ocho años. Mi padre impaciente por iniciar el paseo y mi hermana loca por ver los animalitos.

Nos estábamos comiendo un cable. Mi viejo limpiando pisos en una fábrica de jabón, mi madre sin trabajo. Vivíamos en la casa de mi abuela con ella, mis tías Eche y Nena, la prima Lolita, mis progenitores y mi hermana.

Íbamos a pasear los domingos por la mañana. El zoo nos quedaba a distancia caminable y a mi única hermana, Carmen, le fascinaba. Eran salidas gratis, además. Me aburría ver bichos en dos patas, en cuatro patas y sin patas, con pelos, caparazones o plumas. Quería conocer otros sitios lejanos, visitar el acuario, ver agua y peces. Sentirme el Dick Sand de «Un capitán de quince años».

El parque con fieras enjauladas de la avenida 26, siguió siendo nuestra única opción. Hasta un fin de semana en que a mi viejo se le ocurrió la mejor idea de nuestra infancia.

El aprendiz de curioso no va a protestar hoy, —se refería a mí —este domingo será de aventuras.

Desde el Parque Manila, a dos cuadras de casa, partían una serie de rutas de omnibus hacia diferentes lugares de La’bana, en todas direcciones, incluso fuera de ella. Nos montamos en la ruta once. Mi padre se las arregló para convencer al chofer de que nos regalara tres billetes de transferencia. Así regresaríamos sin tener que pagar. Del Cerro a nuestro destino y viceversa, por tres medios. Quince centavos.

Nuestro progenitor había hecho averiguaciones sobre la aparición de un ”monstruo” en San Miguel del Padrón. Años atrás, una cantera de piedra se había llenado de agua de la noche a la mañana. Se perdieron máquinas de excavación, camiones y otros enseres, sumergidos misteriosamente. Hacía semanas, un señor que vivía cerca de la laguna estaba recogiendo leña en la orilla. Un animal antediluviano sacó la cabeza de la superficie. Miró con fijeza al anciano. Tanto se asustó el hombre que regresó huyendo a casa, escribió una misiva explicativa y se ahorcó. En los últimos días se habían repetido los avistamientos.

Bajamos de la guagua llenos de expectativa y caminamos. El lugar me pareció tenebroso y al mismo tiempo espléndido. Altas paredes de roca cortadas en ángulos rectos, agua turbia, mucha y sin olas.

No vimos al monstruo. Pero mi padre se las agenció para convertir aquello en un acontecimiento. Con su facilidad de palabra preguntó a cuanto caminante nos cruzamos. Muy pocos se desentendieron, la mayoría adivinó en nosotros un público ávido. Contaron leyendas de esclavos africanos o aborígenes taínos sobre madres de agua. Con detalles sobre las apariciones del dinosaurio.

El domingo después, viajamos en la ruta 58. Destino: Cojímar. Mi progenitor usó su mejor técnica manipulativa y se echó al desconocido chofer en el bolsillo. Otros tres boletos de transferencia como resultado.

Carmen ya ni preguntaba por los monos del Zoológico pero nuestro viejo indagó con insistencia sobre el paradero de alguien. Creí que era algún conocido. Los vecinos le indicaron.

—Lo del tal Santiago es un cuento. dijo uno riendo El pescador amigo de Jemingüei era Goyo Fuentes, con ese era el que siempre navegaba. Búsquenlo a él. Seguro que anda por La Terraza.

Terminamos allí, en el bar donde Ernest Hemingway fondeaba su yate, el Pilar. Aquél era el territorio dónde se desarrollaba ”El viejo y el mar”, la novela que mi padre estaba leyendo. Nos sentamos frente al Caribe, mientras nuestro guía nos contaba la historia del libro. Su entusiasmo era evidente. Un hombre podrá ser derrotado, pero no vencido. Esa frase, la decepción cuando nos dijeron que Goyo andaba pescando y el olor de las algas secas sobre la costa, se quedaron en mi memoria.

A partir de entonces, cada fin de semana nos preparaba un nuevo viaje de descubrimientos. A veces con un objetivo, como el Museo Napoleónico. Entrada gratis. En la casa del millonario cubano Orestes Ferrara, está expuesto la mayor colección de memorabilia napoleónica fuera de Francia. Otro hacendado enriquecido con la producción de azúcar, Julio Lobo, había acopiado objetos de Bonaparte y su época.

En otras ocasiones sólo nos bajábamos de la guagua y explorábamos el lugar, regresando con la transferencia. Ìbamos conociendo La’bana los tres, impulsados por una simple curiosidad campesina. Llevábamos un termo con agua helada, algunos bocaditos preparados por mi madre y un montón de alegrías garantizadas. Sobre todo por disfrutar de un papá diferente, el de las aventuras del fin de semana.

Alguna vez salimos con el pie izquierdo, como en una ocasión que bajamos de la ruta 43 y dimos la vuelta por algo que supimos después se llamaba Palo Caga’o. Un llega y pon como el Platanito, el Fanguito, la Finquita… y tantos otros en la ciudad. Ahí están todavía. Supimos desde niños que otros vivían en la miseria, nosotros éramos pobres circunstanciales.

Hace un mes paseaba por Avenida 26 con mi primo René Gómez. La curiosidad nos llevó a entrar al Zoológico. Allí estaban otros monos, otras iguanas, otras cebras y quizás los mismos cocodrilos, igual de tristes y quietos por la falta de libertad. No valía la pena mirarlos.

Hoy me asomo a la ventana, todo está cubierto de una nieve sucia, manchada de gris. Ni un solo árbol guarda vestigios de verde. Reflexiono. Mi pataleta dominical sirvió para conocer la sonrisa con que nos recibió La’bana, aunque no pueda decirse con certeza donde está.

fuerte cojímarfoto: David Lansing

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27 pensamientos en “La’bana por quince centavos

  1. La segunda foto es del fuerte de Cojimar, construido en 1645. La que encabeza es una de la primeras imágenes que debió haber visto Blasco Ibáñez al llegar a La’bana en 1922.

  2. La media rueda, como siempre, dando una vuelta completa a la infancia y la nostalgia del paraíso perdido. Un abrazo.

  3. Eso mismo decía Böll de Irlanda: el autor asegura que ésta Irlanda existe, pero no se responsabiliza de que el visitante que allí llegue la encuentre. Fenomenal.

  4. Esa nostalgia al asomarte a la ventana nos trae, a los que te leemos, una bocanada de aire fresco. La nieve sucia que se te presenta tras los cristales es efímera, tu literatura es eterna. Gracias, Ernán.

    • Lo curioso, amigo Ángel, es que veo lo que escribo como un simple ejercicio de exorcismo. Nostalgia pura, sin pretensiones ni poesía. Tengo comenzadas decenas de entradas. Cuando narro alguna anécdota en público, los amigos me dicen: – Ahí tienes un post.
      Traje un montón de fotos viejas de Cuba. Las enseñé a los íntimos.
      En una está mi madre, sentada en la costa de Cojimar. Siempre fue muy sensible al sol y tiene una sombrilla cubriéndola. Nos bañamos en el mar, mis primas, Carmen, mi padre y yo. Toda la ropa se la colocamos sobre la sombrilla, para protegerla más. Parece algo circense, una payasa con un disfraz improvisado. Recuerdo que nos sirvió para burlarnos y reirnos con ella.
      Volvimos varias veces a Cojimar, persiguiendo a un Goyo Fuentes que llegó a parecernos tan irreal como Santiago. Nunca lo vimos. Se convirtió en un pretexto para estar cerca del mar, en un lugar que entonces no era turístico.
      Mis padres se las arreglaron para hacernos pasar una infancia deliciosa, olvidando las carencias, rodeados siempre de parientes y amigos que aportaban su buen humor y su ayuda. Pasaban muchas cosas desagradables puerta afuera y puerta adentro. De eso nos escudaron, a su manera.
      Gracias por los elogios, amigo.

  5. Vaya con el monstruo de San Miguel del Padrón… yo creo que la tribu de La Korea y La Cuevita lo asaron y se lo comieron porque a mi no me llegó ni un leve suspiro de esa historia. Caramba lo que me perdí de mi querida localidad, pero menos mal que estás tú para contarla con esos gratos recursos de tu memoria y tu palabra. Quiero más 😉

  6. Tú no habías nacido cuando el monstruo. 🙂 Tantos fueron los comentarios y las apariciones que en 1971 salió por el diario. Enviaron un equipo de buzos e hicieron explicaciones científicas. Qué si capas de agua de diferentes temperaturas, que si un tronco de árbol flotando… Después se olvidó.
    Mi padre es un fabulador de primera, hijo de repentista. Se inventaba pretextos para aquellos viajes. Mi viejo sabe que no soy capaz de mantener interés por lo mismo más de veinte minutos, si no conlleva un misterio.
    No te preocupes, Magelita que habrá más, De hecho hay mucho más. Hay cosas que no cuento pues no me parecen interesantes. A estas tres anécdotas las creía aburridas.
    Traje en mi maleta, hace veinte años, los tres tomos de “La vuelta al mundo de un novelista” de Vicente Blasco Ibáñez. Esas crónicas, junto con las de Renée Méndez Capote, las de Gustavo Robreño y las de Guillermo Cabrera Infante (sobre todo “Vidas para leerlas”) son mis lecturas favoritas. Las recomiendo de corazón.

  7. Qué decirte, Ernán. Bellísima ciudad, la visité una vez y, de alguna manera, la revisito ahora con tus escritos… Hermosa foto también, vaya azul y vaya blanco! Un abrazo.

    • Gracias, Félix. No puedo dilucidar si es el cristal de la nostalgia, el hecho de estar rodeadas del mar Caribe o la incidencia casi perpendicular de los rayos solares en el cinturón del Trópico: Los colores primarios en nuestras islas son más fuertes que donde vivo, sobre todo ese azul que mencionas.
      Recuerdo que en 1997, ya en Suecia, habíamos pasado un invierno muy largo, muy oscuro y muy gris. En los primeros días de primavera, iba bordeando un lago camino a la escuela, Toda la nieve derretida, el verde tierno de mayo en las ramas, olor dulzón a humedad y el cielo sin nubes, con un sol que hacía recordar su existencia, quemando, después de cinco meses con temperaturas muy por debajo del cero. Un día de gloria para cualquier escandinavo. Levanté los ojos, buscando más azul. Me faltaba.
      Suelo conformarme con poca cosa, hacer un banquete de un pan y una limonada, reirme como un tonto de mis propias desgracias. Aquella tarde me pareció el cielo tan escaso de azul, que se me salieron las lágrimas. Suena ridículo. Fue mi reacción natural. (seré ridículo por naturaleza) Por suerte iba solo. Ahora lo cuento sin vergüenza alguna.
      Claro que será un secreto entre tú y yo…. 🙂

  8. Ernán: Algunos monos se los robaron para trabajos de santería y malongo kongo o para comérselos… Qué cosas!
    Qué bueno que el torreón de Cojimar este en pie, aún. Yemaya lo ha respetado.
    Habaguanex o A’bana? Uhhhh-@

    • Alfre: Eso de robarse los monos tiene que haber sido un “trabajo interno”. Como chillan esos bichos! Hubo que dormirlos primero…
      Habaguanex era un cacique que vivía en la zona y por eso los españoles le pusieron San Crístóbal de la Habana a la ciudad, creo. No conozco a ningún habanero que pronuncie: La Habana, a no ser que sea actor o locutor profesional. Todos decimos La’bana y a mí me sabe mejor en la boca. Cosas mías! 🙂 Un abrazo!

  9. Gracias por la visita, pero y sobre todo, gracias porque de otra forma habría sido difícil encontrar esto que escribes. La belleza de nuestros terruños, está ahí, por todos lados y en todos los rincones. Aunque a veces y en algunos casos, sólo sea en nuestra memoria.

    • La visita fue un placer, la pasé muy bien con tus entradas. Narras las cosas de una manera muy simpática, además de que creo que son importantísimas.
      Gracias a tí, tambien por rebloguearme. Ya nos veremos aquí y allá. Saludos.

  10. ¡Me encantó! Es muy luminoso. ¡Gracias!

  11. Los recuerdos de la infancia, cuando llegas aciertas edades curiosamente se hacen mas fuertes…Incluso que los de juventud.

    Las dos fotos preciosas. La primera evocacion de unos tiempos que se perdieron con la lluvia. La segunda de otros mas cercanos.

    Ese morro por alguna circunstancia siempre me fascino. No es que tenga nada especial, pero siempre me lo imagine sufriendo el asalto de piratas y corsarios.

    Cuídate

    • Por ese pedazo de playa entraron las fuerzas inglesas que nos invadieron en 1762, convirtiéndonos en Cumberland Island durante once meses. Se desarrolló la industria azucarera, entre otras mejoras. Otro gallo cantaría si hubiéramos pertenecido al Caribe anglófono. 🙂
      Te imaginas una Cuba sin mulatas chinas de ojos verdes bailando guaguancó? Sin boleros, congas, cha cha chá, mambo o danzones… Horror de horrores!
      Sin un Guillermo Cabrera Infante, un Lezama Lima o un Ernesto Lecuona.
      Mi juventud fue un poco complicada y picantica (la revolución sexual de los 70), mejor la dejamos en el tintero…
      Un cálido abrazo desde el Polo Norte

  12. Plared: Con toda la autoridad de “criollo rellollo” que poseo: te defino como Español Aplatana’o. En tus años en Cuba la sentiste y conociste por dentro. Es cosa que los viajeros (y mucho menos los turistas) no hacen. Tus narraciones sobre el señor venido a menos de la calle Prado, los bailes de la Tropical, el baño en el malecón… Cuba profunda. Saludos, amigo.

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