DESPUÉS DE LA MEDIA RUEDA

Los giros de una Giselle

23 comentarios

Jorge Bacelo, mi amigo de Fontanar, me encaramó en el tercer piso del habanero teatro García Lorca. Bailaban El lago de los cisnes.

Anímate, muñecón. así me llama todavía—. En el segundo acto la cisne mala tiene que dar una pila de fouettés. Eso sí te va a gustar.

Sólo veía en el escenario unas flaquitas vestidas con tutú, a las que Sigmund Freud diagnosticaría complejo de trompo.

Llegó el esperado momento, el público del gallinero miraba en suspenso, aguantando la respiración. Parecía la escena de la ducha en ”Psicosis”, contando giros en vez de puñaladas.

¡Nada más veinte y ocho! soltó Bacelo, decepcionado—. Alicia Alonso sigue siendo la que más ha dado. ¡Treinta y tres fouettés!

La Alonso se habría clavado como un tornillo en el escenario, pensé. Aunque su ballet favorito no llevaba tantas vueltas, era Giselle.

Hasta la marca de galleticas dulces de mantequilla que la Prima Ballerina Assoluta del BNC había bautizado, se llamaba así. Venían envasadas en un recipiente de hojalata redondo y aplastado, decorado en azul prusia con unas zapatillas rosadas. Las cintas de seda formando el nombre en letras sinuosas. Luego de comerse los dulces, la gente usaba las latas para guardar pizzas y otros alimentos.

En Cuba estábamos en una de tantas épocas de hambruna después de 1959, tipo Corea del Norte, de la que la prensa internacional nunca se hará eco.

Comer en un restaurante era una hazaña y un lujo. Las reservaciones se hacían por teléfono. Se podía estar horas discando (gerundio en desuso) y siempre daba ocupado.

Unos días después de la función de El lago de los cisnes, mi tía Nena logró reservar dos mesas en un mismo día para el restaurante ”Las Bulerías”, especializado en comidas españolas. Era como ganarse dos premios gordos seguidos en la lotería.

Nos engalanamos y partimos al Vedado, frente al Hotel Habana Libre. Allí estaba el restaurante, semiescondido. Nos sentaron a Tía Nena, mi madre, mi hermana y a mí en una mesa. En la otra, mi tía política Ada, una de las personas más tímidas que he conocido, sus dos hijas María y Zeida y Rosulita, la nieta de nuestra vecina santiaguera.

Como primer plato pedimos, los ocho, fabada asturiana. Tía Nena y Ada sacaron sus latas de Giselle de las carteras, con disimulo, debajo de la mesa. Con habilidad de prestigitadores, fueron desapareciendo los abundantes pedazos de chorizo, tocino, morcillas y trozos de hueso de jamón en las dos latas de Giselle. Algunas judías se quedaron en los platos. Luego serían comidas in situ por nosotros. Los envases se deslizaron asiento por asiento, hasta llegar a Ada y Tía Nena, de regreso. Sus contenidos serían congelados después y usados, en pequeñas dosis, para darle sabor a platos caseros.

Nuestro equipo cumplió la misión. Mi madre guardó, bien cerrada y envuelta en una bolsita de plástico, la lata de Giselle repleta de embutidos y pedazos de tocino.

Ada, nerviosa, escondió recipiente y manos bajo su mesa. Se demoraba, inexperta y asustada. Llevarse comida de los restaurantes estaba prohibido. Por un instante vimos su rostro aterrorizado. Fragmentos de segundos después un sonido metálico hizo que todos los ojos miraran en dirección de mi tía política.

El salón comedor de Las Bulerías está construido en dos niveles, estábamos sentados en el superior. La lata de Giselle, colmada ahora de productos secundarios de matanza porcina, cayó de canto y destapada al piso. Impulsada por su contenido y las leyes de la física, comenzó a girar, acercándose al centro de gravedad y desparrando la comida (la quedada por comer, en este caso) por todo el salón.

Nadie movió un músculo. Nadie se atrevió a reclamar la tenencia del envase. Dejamos ir nuestros esfuerzos girando y girando. Tía Nena observó como rodaba por el suelo lo que le había causado un callo en el dedo índice, mi madre y Ada vieron desaparecer la mitad del sabor en nuestros potajes.

Mi padre, que no estaba allí, habría observado el sueldo de un mes, irse marcando las más elegantes rotaciones en una linea recta limpísima. Yo vi las zapatillas de ballet de Alicia Alonso, en su papel de Giselle, dando, cuesta abajo, la mejor secuencia de fouettes en toda la historia del ballet internacional.

Estoy primaria y absolutamente seguro de que sobrepasaron los treinta y tres de la Prima Ballerina Assoluta.

Sólo que esta vez quienes los contamos, no tuvimos ánimo de aplaudir.

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23 pensamientos en “Los giros de una Giselle

  1. Genial. Lo lamento por la situación, pero me reí mucho con tu relato 🙂

    • Con los años esas memorias se hacen agridulces. Creo que los cubanos hemos sobrevivido a todo con un humor irónico, incluso muy negro. Mi hermana me recordó la anécdota en mi último viaje, dándole ese toque ligero, pero a mis padres todavía le dolía. Se lo noté en el desacostumbrado silencio. Me alegro que te hayas reído, traté de impartirle un efecto chaplinesco, Gracias, Santiagazo. Un abrazo.

  2. Ay, que bueno… Me he reído teniendo ganas de llorar. Yo no viví esa etapa, pero otra de las tantas interminables, “el periodo especial”. Creo que era peor, la comida de los restaurantes durante el periodo especial eran como esas comidas caseras de esta historia, sólo era sabor… De qué, no se…

    • Nina: Nada ha sido tan duro como el “período especial”, en todos los sentidos. Reirse con ganas de llorar, es la sensación que quería lograr. La catarsis por medio de la risa. Un abrazo a toda la familia.

  3. Jajaja madre mía qué cosas me desternillo, pero después de la risa he pensado que a mi me hubiera pasado exactamente como a Ada. Para esas cosas me pongo torpe y la lío parda jejeje. Pobrecillos todos viendo tirado el esfuerzo por la borda

    • Ahora le pude ver la vena tragicómica, pero fue terrible. Recuerdo que salimos de allí sin hablar palabra. Compartimos entre todos, como familia que somos. (aún lo hacemos) No comentamos jamás lo sucedido, como para intentar olvidarlo. pero ha pasado mucho tiempo…

  4. Me ha entrado hambre de leer fabada Asturiana y eso que es hora de desayunar, que relato más bonito, te tengo pendiente un email, no me he olvidado. Suerte, muchos éxitos y si no te lo puedo decir después un abrazo, felices fiestas y que empiece el próximo año con buen pie.

  5. Ja, ja, qué bueno lo de “muñecón”. Y qué forma más tierna de llamar. Ojalá se estilara más por el resto de hispanohablantes. Yo sé que Santiago Pérez y yo, por estos sures, no nos podemos quejar pero qué vida tiene el lenguaje en Cuba, Ernán! Un abrazo.

    • Los Muñecones son unas figuras gigantes que se usan en la comparsas de los carnavales en Cuba. Casi siempre son feos y cabezones. Se mueven de una manera cómica y arritmica. 🙂 Él me lo dice de cariño, garantizado y probado durante 35 años de amistad. Otro abrazo para tí.

  6. Alicia Alonso no tuvo nunca un público tan sorprendido y expectante, como lo tuvo aquella lata de Giselle. Y aunque el catálogo de fouettés que exhibió en el restaurante español no levantó los aplausos de la audiencia, hoy con los estómagos más satisfechos, nos regalan a todos los lectores una anécdota deliciosa, como seguramente lo estaban los embutidos que huían asustados… Un abrazo, Ernan.

    • Huyeron asustados pues los iban a “reciclar” en otros caldos y potajes. Quemados en la hogera y vueltos a quemar. La doble Inquisición de las cocinas cubanas.
      Abrazos para tí, desde este Polo Norte, pionero del Calentamiento Global.

  7. Asi mismo era caro amigo. La bajeza personalizada. No todo el mundo tenia teléfono, ni aun hoy. Reservar un turno era imposible. Lo demás era la realidad, asi de surrealista. Yo también pasé por esos trances. Es que no tenían cajitas los pobres y si las había (que lo dudo) nadie se atrevia a pedirla. Eso debe seguir hasta nuestros días. Que pena y que bochorno! Después de tenerlo todo nos quedamos sin nada…que castigo está pasando nuestro pueblo. Es un Karma de p-y señor mio. Gracias por estas pinceladas…

    • Sucedió en la década de 1970. Una falta total de proteinas, sólo vendían azúcar, arroz y frijoles, No existía la posibilidad de comprar aceite, carnes, sal, especias o pescado, papel sanitario, pasta dental o jabón. Hasta el boniato, los aguacates y el maiz faltaron. Seguro que tambien los importábamos de USA antes de 1959. 🙂 Los productos españoles de Las Bulerías eran suministrados directamente por la Embajada Española. Franco nunca ocultó sus simpatías por el hijo del gallego.

      • Hasta pasados lo 80 y pico recuerdo todavía 2 marcas de aceite de oliva, una era Carbonell y la otra quizás tu la recuerdes. De alguna manera nos salvaron. Algunos turroncitos también llegaron. Recuerdo el frio y el chocolate Pionero. Y las 8:30 pm para oir Nocturno. Espero que lo toques en tu Blog. Te acuerdas de A las 20 horas? -@

  8. Hola. Esa manera tuya de combinar en esta narración a la prima ballerina, la situación en Cuba y la escena en el restaurante con ese temido final, es sencillamente, arte. Qué gusto tener la oportunidad de leer estas líneas. Abrazos, Luis

    • Mi querido Luis:
      Modesto Dezá se acompleja todo con tus elogios, pero Ernán Dezá (a pesar de la resaca) se alegra muchísimo y te da las gracias por ellos .
      Un fuerte abrazo desde este Polo Norte repleto de tomtens benévolos.

  9. Alfre:
    “A las veinte horas” fue el primer programa radial que transmitió canciones en inglés después de 1959 en una emisora nacional. Radio Internacional era provincial y tenía a “Now” a las 9 am, donde criticaban hasta la saciedad “las entrañas del monstruo” pero ponían a Aretha Franklin, Led Zeppelin, Temptation, Blood, Sweat and Tears, Wilson Pickett, Simon & Garfunkel, entre otros pocos. No me lo perdía.
    “Nocturno” fue muy importante en el paso de mi pubertad a la adolescencia. A los once años era un gordito feísimo pero me tiraba en el sofá a escuchar los poemas de Bécquer o Pablo Neruda en “Nocturno Romántico” y me imaginaba cosas con aquél “me gustas cuando callas, porque estás como ausente y parece que un beso te cerrara la boca”. Mi furia eran Domenico Modugno y Serrat, Raphael, Nino Bravo, Alberto Cortés, Manzanero o Mina. Llegué a creerme que aquellas canciones y poemas con las películas del Hollywood dorado, eran lo que debía ser el amor. Es curioso que siempre rechacé la literatura amorosa pero las canciones empalagosas me ponían a mil. Tendría una oreja hormonal? 🙂

  10. Lo que cuentas es triste, pero lo superas con el humor, y es un humor que tiene una dulzura muy especial. No me cabe duda de que con él serías capaz de sobrevivir a un holocausto atómico! Mis felicitaciones, leer una entrada tuya es quedar enganchado y me parece que acabas de ganarte a otro fiel seguidor.

    • Don José: Me conmueves, otra vez. De niño leí un relato de Alphonse Daudet, no recuerdo si era uno de sus Cuentos del lunes, en él narra sobre una mulata caribeña que llega al norte de Francia con un periquito enjaulado. Primero muere el pajarito de frío y después ella, de tristeza. Un grupo de cubanos ha sobrevivido veinte años en el Polo Norte, gracias a ese humor y a nuestra música, que se ha vuelto más que nostalgia, un mundo aparte.
      Gracias por sumarte. Mi casa es tú casa, así de simple.

  11. Simplemente delicioso. ¡Gracias!

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