DESPUÉS DE LA MEDIA RUEDA

Un fin de semana en Londres. Sábado.

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National Gallery. Después de la media rueda.

Desperté temprano. A las siete ya estaba desayunando en el restorán del hotel: dos huevos fritos, tres tipos de salchichas tambien fritas, bacon, de más está decir que frito, cuatro tostadas con mantequilla, judías blancas con salsa de tomate y té con leche. Rara combinación. Típico desayuno inglés.

Tomé el tren urbano subterráneo, the tube, como ellos lo llaman. El metro londinense es el más viejo del mundo, construido hace más de un siglo y medio. Sus galerías bajo tierra son más estrechas que las de Estocolmo.

Llegué a la estación de Baker Street, doblé una calle y encontré la casita museo del genial detective creado por Arthur Conan Doyle. Allí estaba el guajirito de Cruces frente al hogar ficticio de Sherlock Holmes, el más grande, más suspicaz e inteligente de los sabuesos del mundo literario. Como Conan Doyle inventó la dirección, el número no existía y lo intercalaron, rompiendo la progresión numérica. El lugar parecía sencillo, con una tienda de souvenirs debajo y encima las habitaciones del amigo del doctor Watson, decorado todo según la descripción del escritor. Demasiado temprano para poder entrar, lo sabía, mas la sensación de caminar por el sitio que tanto había imaginado desde adolescente no tenía comparación. Me parecía estar oliendo el tabaco en la pipa de Sherlock y hasta escucharlo desafinando su violin.

Al alejarme, volví a mirar la casa en la distancia. Recordé que por aquellos días, en una encuesta de las escuelas británicas, la mayoría de los estudiantes aseguró que Winston Churchill era un personaje ficticio y Holmes era real. Algo para levantarle la autoestima a todos los pichones de escritor.

Tomé el metro y continué viaje hasta Piccadilly Circus. A esas horas, sin turistas ni luces, era un lugar sin magia alguna.

Disfrutando un Londres que despertaba, caminé despacio por la zona curioseando hasta Trafalgar Square, donde está la columna con la estatua del almirante Nelson, vencedor en la batalla del mismo nombre. Los relieves que la rodean están hechos con el bronce de los cañones de las armadas vencidas, la francesa y la española. Todo un detalle del poder del Imperio Británico.

La plaza insinúa a los visitantes que los ingleses tuvieron el imperio colonial más poderoso de la tierra. En todos los continentes, sin excepción, existen países que fueron colonizados por los británicos. Eran y son muy bondadosos. Lo pueden atestiguar los nativos de las tierras “descubiertas”. No los que murieron masacrados, claro, los descendientes de los sobrevivientes.

En Trafalgar Square comencé a sentirme conquistado, entre las palomas, las dos bellas fuentes, los leones, la llovizna, la entrada de la National Gallery, pero sobre todo porque, a una distancia caminable, se puede ver la Torre del Parlamento. Recordé a Samuel y a Bernardo, mis amigos de hace tantos años. En los terribles días de mayo de 1980, cuando más de 116 000 cubanos abandonaron la isla por mar, salíamos de Playita 16 los tres. Íbamos comentando nuestra falta de cojones, cuando escuchamos las campanadas de la réplica del Big Ben en la habanera 5ta Avenida. Bernardo se detuvo aparatoso. Con un gesto teatral que envidiaría Sarah Bernhard, dijo: «At last, London.» Nos carcajeamos los tres, pero la frustración nos minaba. Dos semanas después Bernardo escapó de la isla. Al fin Londres, me dije, deseando que tanto Samuel como Bernardo estuvieran conmigo. Recordándolos, sonó la campana de la torre, eran ya las diez.

Corrí al quiosco del TKTS en Leicester Square. Ya había una larga cola. Cuando llegué a la taquilla no tenían entradas para “Hairspray”. “La ratonera” de Agatha Christie costaba un Potosí. Lo único disponible era ”Wicked” en la función normal y el musical de “El Señor de los Anillos” en la matinée. Algo que me negaba a ver, comprimir tan extensa historia en una pieza teatral de tres horas me parecía absurdo, pero no me quedó otro remedio que sacar las entradas para las dos de la tarde. Once libras esterlinas por un asiento en la sexta fila. Vería a las siete y media ”Wicked” el cuento de las brujas de Oz antes de que llegaran Dorothy y Toto al país maravilloso.

Regresé a la cercana National Gallery. Maravillosos cuadros : Corregios, Tizianos, Canaletos, Da Vincis y como es lógico los Hogarth, Turner y Gaingsbourough. Lo que más me impresionó fué el cartón de Leonardo Da Vinci: “La virgen y el niño con Santa Ana y San Juan Bautista”, “La dama de pie ante la espineta ” del gran Vermeer y “La venus del espejo” de Velázquez. Esta galería es menor, menos aplastante que el Louvre y por ende más absorvente que el museo parisino. Me entretuve, mirando cuadro por cuadro, analizándolo todo.

La realidad me despertó con un campanazo del Big Ben. Miré mi reloj: la una y cuarenticinco. La función comenzaba en un cuarto de hora.

El area del West End es enorme. Los teatros se pegan unos con otros, pero están dístribuidos entre callejones y calles difíciles de encontrar. A las dos menos cinco estaba tan perdido como Colón en 1492, cuando se creía en las Indias mientras desembarcaba en Cuba.

Detuve un taxi de los negros y le enseñé la entrada al chofer. Me sentí estrella de alguna vieja película de la Rank Organisation.

Por favor, lléveme a este lugar, ahora mismo.

Monté detrás. El auto era espacioso, más que la cama del hotel. El chófer sugirió explicarme el camino, en vez de cobrar por llevarme. Insistí. Jamás habría encontrado el edificio. Estaba a un costado del Covent Garden. Era el Theatre Royal Drury Lane, el más viejo de la ciudad y de donde sale el profesor Higgins la noche que se encuentra a Eliza Doolitle vendiendo flores en “My fair lady”.

Ya había comenzado la función. El portero, derrochando simpatía y haciendo revolotear sus pestañas bajo unas cejas bien depiladas, respondió a mis disculpas y a mi expresión de Charles Chaplin en “La quimera del oro” con una sonrisa. «Haré una excepción, sir, pero nadie puede entrar después que el espectáculo haya comenzado.»

Abrió una puerta colateral. Salimos por un costado de la cabina de audio. Acomodó al guajiro en una de las filas de atrás y explicó que no podíamos molestar a nadie en ese momento. En el intermedio me buscaría para llevarme a mi asiento.

Frodo estaba cantando algo con Gandalf. Fue difícil engancharme en la trama. Cuando los cuatro hobbits cantan The road goes on el niño Ernán se maravilló. «Bajo las estrellas y la luna, toma el camino, no importa cuán lejos. A dónde lleva, nadie nunca sabe. No mires atrás. Sigue por donde te lleve, lejos del sol. Toma el camino, te lleve a donde te lleve.» Ese día cumplía catorce años de mi drástica decisión, la canción era una ilustración del resultado. Adiós Cuba, bienvenido mundo.

La puesta en escena era una mezcla de circo, canción y bailes apoyando la trama. Supongo que si había lagunas lógicas el subconsciente las llenaba con lo leído y visto en el cine .

Llegó el intermedio. Salí a comprarme un programa y el cd con la música de la puesta. El portero, sonriendo con displicencia, me llevó a mi privilegiado asiento. De pronto estuve rodeado de temibles orcos que corrían por los pasillos de la platea. Casi frente a mí, Gollum descendía cabeza abajo por un telón, preludiando el segundo acto. Resolvieron las batallas con mucha ingeniosidad. El tercer acto es más emotivo. Las canciones son más complicadas vocalmente. Un musical que desconocía.

Después de los aplausos salí por un costado del teatro, sorprendido y satisfecho. Exploré un rato el bello Covent Garden, que antes fuera el Apple Market, un mercado de flores y frutas, ahora convertido en un mercado de artesanías y repleto de bares y restoranes. Visité la Iglesia de San Pablo, diseñada por Iñigo Jones, llamada tambien la Iglesia de los Actores, por las tarjas de numerosos histriones de todas las épocas que la adornan.

Los muchos artistas callejeros que actúan en el lugar tienen un público muy receptivo y bullicioso, quizás turistas. Londres es una urbe cosmopolita de seis millones de gentes muy vivas y ambiente mundano. Aún así unos españoles que conocí allí encontraban la ciudad y sus gentes muy frías. Sin dudas no han estado en Estocolmo. Todo es relativo.

Busqué un lugar donde vendieran fish and chips, quería probar la comida basura londinense. Hallé el Golden Union Fish Bar cerca de Oxford Street. Sirven una porción abundante en una caja de cartón para llevar. Pescado crujiente por fuera, jugoso por dentro y muchas patatas fritas. Los salpiqué con vinagre, como se hacía en el siglo XIX y no con ninguna salsa moderna. Delicia para mi paladar criollo.

Caminé hacía el Thamesis, por la City. Noté que a mi alrededor no había turistas. Me asusté. Creía que la burbuja reventaría, sabía que la cara de la ciudad que estaba viendo era la agradable, la que se vende a los viajeros. Mucho más allá existe un Londres pobre, lleno de pandillas e injusticias, como cualquier ciudad grande en este planeta revuelto.

Descubrí el sitio que ven los políticos y los hombres de negocios. Edificios modernísimos que contrastaban con todo lo que había visto antes. Andaba por la calle Strand y los alrededores del Embankment, donde los restaurantes son de diseño, con decoraciones en beige, blanco y negro, vajillas en beige, blanco y negro y clientes vestidos en beige, blanco y negro. Jamás me alcanzaría ni para pagar un entrante en aquellas tabernas de lujo.

Subí a la primera guagüita coloradita de dos plantas que vi acercarse, tomé el metro en la primera estación que hallé y regresé al West End, a tiempo para ver ”Wicked”.

No había pérdida, el teatro era vecino al de Billy Elliot, el Apollo Victoria Theatre con su inconfundible fachada art deco. No es un musical superficial, es una parábola sobre la sociedad actual de triunfadores y perdedores. Hellen Dallimore como Glinda, el atractivo Adan García en Fiyero y Nigel Planer como el mago de Oz, muy convincentes. La sorpresa fue el vozarrón y la presencia escénica de Idina Menzel como la verde y fea Elphaba. En Defying gravity pone al público de pie. ”Wicked” no me decepcionó en lo absoluto pero me dejó con el disco duro repleto. Son casi tres horas de espectáculo cargado de drama y giros. Necesitaba dormir y para eso estaba el hotel. El metro bullía de jóvenes, que comenzaban su cacería del week end.

Ya estoy mayor para esos rituales. Subí a mi cuarto, puse la cabeza en la almohada y comencé a roncar un segundo después. El domingo sería un maravilloso día, aunque echaría de menos las funciones de teatro.

continuará…

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13 pensamientos en “Un fin de semana en Londres. Sábado.

  1. Un día muy intenso. ..
    Yo me lleve una pequeña decepción con los Fish and chips y me sorprendió que tienen medio mundo metido en el Museo británico. Esta gente han saqueado todo?
    Pero la verdad es que me vine muy contenta de allí. Me gustó muchísimo y la gente me pareció muy agradable.
    Un saludo.

    • Quería verlo todo y me faltó mucho por ver. Mi madre dice que mi padre y yo tenemos “complejo de descubridores” y que siempre tenemos que estar explorando. 🙂
      Entre los ingleses y los alemanes se lo repartieron todo. Los museos de Berlín son alucinantes.
      La conocida cortesía inglesa me parece algo natural en ellos, con un aire de familiaridad que tiene un cierto toque de humor. Las empleadas me decían “darling” y los hombre “sir”. Después de vivir tantos años en un país donde nadie saluda a nadie, el cambio fue muy positivo. 🙂
      Me alegro la hayas pasado bien. Saludos!

  2. Tengo pendiente una visita a Londres… Gracias por recordármelo! Excelente post!

  3. Una muy bella canción y un placer estar y pasear por Londres sin moverme de casa. Excelente descripción, estupenda ambientación y lujo de detalles. Lo dicho, acabas de inventar una nueva forma de viajar. Estamos ante el ocio del mañana. Gracias y saludos

    • Amigo Manuel:
      A los siete años mi tía Nena me regaló dos libros por mi cumpleaños: un Manual de marinería (con mapamundi al final) y los tres tomos de “La vuelta al mundo de un novelista” de Vicente Blasco Ibáñez. Los tengo aquí conmigo y de vez en cuando los releo, con mucho cuidado pues ya al segundo le falta casi una década para cumplir la rueda entera de publicado.
      Blasco Ibáñez fue el primer cronista de viajes que leí y su prosa me encandiló. Jamás podré compararme a él, pero la forma en que describe historia, sociedad, artes culinarias, costumbres, arquitectura, teatro, música y patrimonio de cada uno de los lugares que visitaba es brillante.
      A cada ciudad que visito le hago una crónica, para que mis padres y familia lo disfruten conmigo. Excesivamente largas, quizás, pero es el detalle lo que las ilumina.
      Muchísimas gracias por tu paciencia, Un gran amigo me llamó ahora mismo por teléfono para apuntarme que tanta palabra asusta y ya ves… 🙂
      Saludos.

      • Las palabras nunca deberían pasar de moda, es de lo mejor que nos queda. Y me encantan las crónicas sentidas y disfrutadoras como la que has hecho de Londres. Un abrazo, amigo

  4. Precisamente el detalle evocador, es lo que me gusta de lo que leo……Cuidate

    • Gracias Plared, me alegra te guste.
      Londres es mi único viaje solo. Siempre “turisteo” acompañado. La economía no me había permitido salir del Polo Norte desde hacía siete años. Había terminado una relación que me desgastó en lo emocional. Mi corta estancia allí me devolvió fuerzas.
      Revisando disquetes hace unos días encontré las crónicas de Atenas, París y la capital inglesa. la última era la más corta. Faltan un domingo intenso y una mañana de lunes reflexiva.
      Saludos desde…

  5. Ernán yo suelo tener también un pedacito de explorador. Cuando voy a alguna nueva ciudad suelo terminar el día agotada porque quiero exprimir cada rincón. Hasta ahora la experiencia queda dentro de las fronteras españolas, pero es que me he propuesto recorrer toda esta geografía riquísima poco a poco, pero cada vez que leo estos posts me entran unas ganas de irme a Londres tremendas, cuando lo haga ya tengo una excelente guía a disposición. Un abrazo

    • Lo de recorrer España te lo envidio. Sólo conozco parte de Madrid y de Barcelona. Siempre he soñado con perderme por Andalucía, Galicia, Asturias o el País Vasco. Adivino que me sentiría en casa por esos lares. A veces lo decimos bromeando pero es la Madre Patria de la mayoría de los cubanos.
      Un abrazo, Magelita linda, una alegría tenerte siempre por aquí.

  6. …me gustó mucho lo leído… me sentí viajando, eso me gusta… ya quiero que continúe para ver a donde iremos ahora…

    • Continuará el lunes, sin falta.
      A mí tambien me gusta que todos podamos viajar. Disfrutar la diferencia. Conocer sociedades con otras reglas, lenguas y estilos de vida, con todo lo que eso implica: gastronomía, arquitectura, arte, ocio, historia, literatura… Después comparar. Aunque al final terminemos siempre en el mismo lugar.
      Gracias al pelacables, cuentacuentos, afilacuchillos y todo lo demás. Un placer leerte y conocerte.

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