DESPUÉS DE LA MEDIA RUEDA

Un fin de semana en Londres. Domingo

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Museo Británico. British Museum. El fotógrafo olía a curry.

Bien temprano, dejé que los carbohidratos y el colesterol del desayuno inglés del hotel me cargaran de energías.

Partí, haciendo cambio de tren y linea en Oxford Circus. Quería ver Whitechapel antes de que el mercado de Petticoat Lane abriera.

Ese lugar es muy importante para mí, en su callejón Brick Lane puse a vivir a Bill Collazo, héroe de una serie de novelas sin terminar.

En el mercado de Petticoat Lane, ahora Middlesex Street, se vende muy barato. Sospecho que la mayoría de la mercadería de marcas conocidas son copias. A pesar de los intentos del gobierno por impedirlo, la venta continúa desde hace casi trescientos años.

Recorrí aquella parte del East End bajo una llovizna insistente, pero poco encontré del ambiente que esperaba. Alguna esquina con una casa de piedra oscura, algún pub con el encanto de lo vetusto. Los nazis bombardearon la zona sesenta años antes. La mayoría de los oscuros callejones donde Jack el Destripador y otros malucos merodeaban en busca de sus víctimas, desapareció con las bombas alemanas. Alrededor de mil doscientas prostitutas procuraban también allí su clientela, obligadas por la pobreza extrema, la mayoría inmigrantes irlandesas o judías.

Dorset Street, conocida en la época victoriana como lo peor de Londres, es ahora privada, sin acceso al público. Me contenté con un paseo por Whitechapel Road, evocando las lecturas de Dickens, las travesuras del joven Lenin y La gente del abismo del norteamericano Jack London.

Visto Whitechapel, me marché a la casa del Parlamento tomando el metro. Subí las escaleras de la estación. Miré arriba y allí estaba el famoso edificio. Recorrí de orilla a orilla el puente de Westmister. Observé desde diferentes distancias la torre con su reloj, la que se conoce en medio mundo con el nombre erróneo de Big Ben. Se llama en realidad Saint Stephen o Clock Tower. Cuando se construyó el campanario, el comisario de las obras era un sir gordo llamado Benjamin Hall. La campana mayor es tan gruesa como lo era él. Por eso recibió el apodo de Big Ben, Benjamin el gordo. Así que no es el reloj o la torre, si no la campana más gruesa y pesada la que lleva tal apelativo.

Estuve casi una hora observando el Parlamento por todos los ángulos posibles. Es el símbolo indiscutible de la ciudad. Quizás haya otros edificios más interesantes pero el hogar del Big Ben y de las chusmísimas discusiones del Parlamento se impone.

De allí casi salté hacia la Plaza del Parlamento, con su monumento a Winston Churchill y otros estadistas, quizás todos personajes de ficción para los escolares británicos.

Antes de entrar a Westmister Abbey o colegiata de San Pedro, me enamoré de su portón norte. Sólo pude fotografiar por fuera. Se estaba oficiando la misa del Domingo de Ramos y los turistas no debíamos molestar a los parroquianos con nuestros flashes. En esta iglesia se coronan y entierran los monarcas británicos. Muchas intrigas, mucha habladuría, mucha conspiración y mucho veneno han encontrado hogar entre esos bancos y debajo de esas bóvedas góticas.

La próxima parada en el metro fué la City, la llamada milla cuadrada. Allí los romanos fundaron Londinium hace más de dos mil otoños. En ella se mezclan ahora bancos y compañías de seguros con edificios viejos. Entre ellos la más destacable es la catedral de Saint Paul, proyectada por el arquitecto Christopher Wren, tambien Sir, pero no como yo que solo soy de mentiritas, turístico.

Estaba fotografiando la construcción por fuera, cuando una guagüita coloradita de dos pisos se detuvo. El chofer bajó muy sonriente y, para mi sorpresa, me preguntó si quería una fotografía. Los turistas japoneses que abarrotaban el ómnibus, tan desconcertados como yo, nos tomaron un montón de instantáneas, desde las ventanas donde se acumulaban como sardinas en lata. El adorable chofer, un oso al que debí darle el teléfono del hotel, me hizo fuera de Saint Paul una de las dos únicas imágenes en que salgo de cuerpo entero en el viaje. La amabilidad inglesa con los turistas no tiene comparación. Y eso que mi inglés debe sonar muy raro en los oídos británicos. Si los cubanos destrozamos el castellano… ¡Imaginen el ingré!

Saint Paul Cathedral es bellísima, construida con una mezcla afortunada de estilos, clásico y barroco. Tampoco pude tirar fotos adentro, el Obispo de Londres que tiene su sede en esta iglesia, oficiaba misa. Compré dos velas y las encendí, como suelo hacer en los templos cristianos que visito, para desearle cosas buenas a mis seres queridos, familia y amigos.

Luego de deambular por St. Paul emprendí el camino de Canon Street hasta Tower Hill. Paseé por la Torre Blanca, la fortaleza de historia tenebrosa y sangrienta. Fue construida por Guillermo el Conquistador, que seguro mató más gente que Jack el destripador, pero nadie lo recuerda ya. Recorrí el museo de su interior, acongojado. Olía a traición, asesinatos y a la corrupción absoluta de los poderes absolutos, incluso en la sobria capilla de St. John.

En el patio Tower Green ponían un cadalso para evitar el escarnio público en las ejecuciones de los nobles. Enrique VIII se quitó de encima a tres de sus esposas decapitándolas allí. Así fueron los fundadores de las casas reales de Europa.

Dicen que la desaparición de los cuervos que habitan la Torre de Londres marcará el final del Imperio Británico. Hay pájaro negro para mucho rato en sus muros. Tranquila reina Isabel, te sobrevivirán…

Merodeé como hipnotizado por la orilla del Támesis, con el Puente de la Torre frente a mí. Lloviznaba casi con ternura. Creo que fue el momento más mágico del viaje.

Atravesé debajo del puente hasta St. Katharine’s Docks. Es una especie de marina, construida en el siglo XIX. Allí está la Dickens Inn, antes de llegar al pedacito de tierra donde estuvo el hospital que le da nombre. Lugar casi desconocido para los turistas y lleno de significación para mí. Juega un papel fundamental en “Bill Collazo y el tesoro de los Argonautas”, la primera novela de la serie.

Después de St. Katharine’s Docks, me fui a zapatear el Tower Bridge por el solo hecho, banal y egoísta, de saberme paseándolo. El pobre inmigrante cubano caminó por el Puente de la Torre en Londres, a unos metros sobre el Támesis. Otro sueño cumplido.

Bajé al metro, viajando hasta la estación de Tottenham Court Road. Comí por siete libras en un restaurante indio con buffé, dándole pérdidas al dueño.

Busqué en mi plano y seguí una calle. Iba nervioso por la expectativa y oliendo a curry. Lo primero a admirar en el Museo Británico es la piedra de Rosetta, en las salas de Egiptología. Sin esta piedra y Napoleón Bonaparte, todavía estuviéramos sin saber nada de historia antigua. En lo que él llamó su campaña de Egipto, llevó al Cairo decenas de matemáticos, historiadores y dibujantes, para que documentaran todo lo que pudieran encontrar sobre la historia del sitio, inventando la egiptología.

Unos soldados franceses hallaron en una ciudad cercana a Alejandría, la piedra de la que les cuento. En ella estaban escritos nombres de faraones en griego, copto y jeroglíficos antiguos. Jean Francois Champolión notó que los datos se repetían en los dos idiomas conocidos e infirió (divino verbo) que los jeroglíficos significaban lo mismo, descifrándolos. Le tomó años hacerlo. La piedra Rosetta es por ello un hito en la egiptología, la arqueología y la historia en general. A mí me parece una prueba irrefutable de la voluntad humana, de su hambre de conocimientos.

Un montón de objetos forma la colección: los polémicos mármoles de Lord Elgin, los relieves de los frontones del Partenón que compró en Grecia para protegerlos de la destrucción turca; el monumento de las Nereidas, la única estatua colosal que queda del mausoleo de Halicarnaso, una de las siete maravillas del mundo antiguo; dinteles de piedra mayas; estampas de Katsushika Hokusai, el dibujante japonés de “La ola”; la gigantesca cabeza de Ramsés II, etc.

Me detuve en las muestras de Mesopotamia, Asiria y Babilonia, sobre todo las estatuas y relieves de los palacios de Nínive y Nimrud. La ceguera del mundo islámico a la belleza anterior a su cultura, ha hecho posible que los ingleses se hayan apropiado de tales tesoros, aparte de lo bondadosos que sabemos que son. Deambulaba maravillado cuando la campanada de cierre advirtió: mi tiempo entre aquellas reliquias debía terminar.

Monté otra guagüita coloradita de dos pisos. Como la noche estaba despejada, subí a disfrutar del viaje hasta Piccadilly Circus. Decidí dar todo el recorrido de ida y vuelta, para ver parte de la ciudad desde un lugar privilegiado. El núcleo de París es menos viejo y está bien planeado por Hausman, se mantiene entre neoclasicismo, art noveau e imperio. Siempre romántico, amoroso y elegante en su homogeneidad. En Londres existe un edificio art deco al lado de uno gótico, un palacio renacentista pared con pared con una iglesia del barroco inglés, un museo neoclásico, casas de vivienda victorianas o georgianas circundando un banco post moderno. Una ciudad donde la arquitectura se enmaraña, desconcertando siempre. Sin patrón. Quizás por eso algunos no le ven el alma. A mí ese caos me conquistó a la fuerza. Quizás por vivir tantos años en una Estocolmo que sólo tiene dos entornos: gótico gris en el centro, concreto gris en las afueras. Todo sigue siendo relativo, más que nada la belleza.

Terminé la velada de tiendas en la City, comprando los regalos que me hago y hago a algunas amistades como recuerdo de mis viajes. Anduve divertido entre jóvenes y no tan jóvenes jugando el deporte de la conquista sexual. De regreso al hotel preparé el itinerario de mi última mañana londinense. Me había resignado ya a dejar muchos lugares de interés para próximas visitas.

continuará…

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Piedra Rosetta en el Museo Británico. El fotógrafo seguía oliendo a curry.

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26 pensamientos en “Un fin de semana en Londres. Domingo

  1. El mejor placer del lunes: viajar contigo.
    Das armonía al comienzo de mis semanas, cada vez más anodinas.
    Muchas gracias por este viaje.
    Un abrazo.

    • Luddita mía:
      Algún día viajaremos juntos, aunque pensándolo bien hemos recorrido tu Madrid y mi Estocolmo en familia y ha sido algo para recordar. No sólo por los chorizos de Rafa o los rollitos de canela de IKEA. 🙂
      Muchas gracías por “protegerme”. Cuando fuimos a la escuela los monosílabos se acentuaban y no hay manera que recuerde que ahora no se hace. Cosas que suceden después de la media rueda… Gracias por tu entusiasmo y gracias por ser mi Luddita bella.

  2. Qué razón tienes: en Londres suele lloviznar con ternura y si a esa llovizna tierna le añades el caos arquitectónico del centro tienes la esencia mágica de Londres.

  3. Gracias por ese magnífico paseo por Londres, me he trasladado a cierto día ya remoto en que tuve ocasión de pasear por muchos de los mismos lugares que tan bien describes. Me encanta.

    • Gracias y lo digo bajando la cabeza con humildad. Tus palabras me alientan, pues en esto de las crónicas sobre ciudades la maestría descansa en tu blog.
      La pasión y el conocimiento de un Madrid que sólo he visitado una vez, nos llena leyéndote. Me ha dado hasta envidia del fantasma de Raimunda en el Palacio de Linares.
      Saludos desde el Polo Norte.

  4. Ernán, dices bien del verbo cernir, como SI de una criba o colador se tratara, lo simpatico es la forma en que lo conjugamos en el gerundio, pues no decimos cerniendo Sino algo asi como cisniendo…

    • Tienes toda la razón, también lo he escuchado en gerundio. Pensé que eran cosas de mi abuela… y ya veo que se usa más ampliamente. No está recogido ni siquiera como cubanismo y agárrate pa’ que no te caigas: “cisnien” es regar en algún que otro idioma eslavo. Ojalá algún etimólogo nos de una mano y lo pueda explicar.
      Un abrazo, que ya nos volveremos a dar en persona.

  5. Ernán, este ajetreo entre los músicos cubanos (que van a más!) y el paseito por Londres es delicioso! Uno desearía que los fines de semana tuvieran más días, para que esto continuara. Es curioso, no sé si es malsano, te lo confío, pero lo que más me atrae es ver las sensaciones que te producen algunos lugares que conocía de la ciudad. Bueno, imagino que es lo que también nos lleva a leer los grandes libros de viaje -y aquí el diario mediaruedero se convierte en mucho de ello, para nuestro bien. Muchas gracias por estos paseos, y que se repitan, que ese Polo es mucho Polo para ti! 🙂 Un abrazo.

    • Don Felicius:
      El molde de hacer músicos cubanos es super resistente. Tú tranquilo por esa parte y por la de las crónicas de viajes. Me alegra sobremanera que os guste. Nunca había creído que le llamarían la atención a alguien más que a mis padres y hermana.
      Ese de Londres es mi único viaje en soledad y quizás vi demasiadas cosas en tan poco tiempo. No alcancé a analizar y meditar mucho.
      Gracias a tí, por la fidelidad y el entusiasmo.
      Abrazos desde este Polo casi primaveral, por excepción este año.

  6. Visitar el Museo Británico es una de las delicias que nadie debería perderse. Cargado con mi cámara me fui emborrachando de sus maravillas. A quien le guste devorar la historia allí tiene el mayor tesoro.
    Saludos

    • Muy de acuerdo y gracias.
      En mi niñez, el padre de mi buen amigo Pepe Llamazares tenía una admiración que nos parecía exagerada por Champolión. Cuando crucé el patio, entré y vi la Piedra Rosetta, rodeada de turistas tan fascinados como yo, supe que el viejo Llamazares tenía razón y que el Museo no me decepcionaría. Después fui de un asombro en otro. Por mucho que hayamos leído o visto en documentales uno no está preparado para ver tantas cosas dignas de interés. Y totalmente gratis!

  7. Cuantos recuerdos me trae tu estupendo artículo sobre la atmósfera tan misteriosa y adictiva de Londres. Notwithstanding la sempiterna lluvia, creo que es mi ciudad favorita. En cuanto a los ingleses, qué decir de ellos? Tienen una grandeza de espíritu – a pesar de sus muchos defectos, maldades, y manías – difícil de encontrar en otros pueblos. Uno se mete en la abadía de Westmister, empieza a leer nombres sobre las tumbas, y al cabo de unos minutos se pregunta si hubo algun genio de la Humanidad que no fuese inglés. Están allí casi todos!!

    • Señor Increíble:
      Si sólo estuvieran en Westmister Abbey las placas conmemorativas de Shakespeare, Isaac Newton o Charles Darwin sería suficiente pero hay muchas más. La lista es impresionante.
      En el Panteón parisino me pasó lo mismo: Marie Curie, Alexandre Dumas, Victor Hugo, Emile Zola… Y se me salieron las lágrimas en la madrileña calle de Las Huertas en el barrio de las Letras: Quevedo, Góngora, Bécquer, Cervantes…
      Las pocas ciudades que he visitado tienen todas su encanto y personajes fascinantes, quisiera poder viajar mucho más. Ver mundo y con ello conocer más mi país y a mí mismo.
      Un abrazote de extraterreste con sólo dos ojos y sin la piel gris perla!

  8. …hasta me dieron ganas de tomarme un té… (estoy mintiendo), lo cierto es que me dieron ganas de tomarme un café y un ron. Salud, querido.

    • Amigo Ángel:
      Acabo de tomarme mi café mañanero, bien negro y amargo, un placer que heredé de mi padre.
      He intentado acostumbrarme al té verde y otras cosas menos dañinas para la salud, pero prefiero no llegar a la rueda entera si tengo que dejar de beber “el néctar negro de los dioses blancos”.
      Un abrazo y salud.

  9. Sabes que los ingleses no me gustan, Londres tampoco, pero cuando cae la llovizna y la niebla desciende a ras del suelo. Hay que reconocer que crea un ambiente único y mas….Si se esta en la zona victoriana. Cuidate

    • Amigo Plared:
      La parte turística de Londres que pude ver en esa visita me fascinó. Incluyendo su neblina y su época victoriana. 🙂
      Lo que había imaginado por el cine y la literatura estaba allí. No ví más. Los que como tú, Ángel Descalzo o yo, hemos vivido en diferentes países, conocemos la diferencia entre el turista, el viajero frecuente y el inmigrante.
      Y no adelanto más, que “asesino” la última entrega de la narración del viaje. 🙂

  10. Gracias Ernán por llevarme de nuevo a Londres, me has hecho recordar mi viaje de hace algunos años. Un placer saludarte de nuevo y te envío un abrazo con algo de primavera, que por aquí ya se insinúa…

  11. Me encanta como te lo has pasado, tus descripciones del viaje son de lo más cercanas, creo que hubiera sido muy divertido verte en acción: lo del curry tremendo…

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