DESPUÉS DE LA MEDIA RUEDA

Doña Inés busca estrellas

10 comentarios

Buscando refugio, nos llegó de una España herida por el fascismo y la recibimos con los brazos abiertos, con este amor por los que sufren que nos caracteriza desde tiempos inmemoriales. Sus compañeros de las artes, sus amigos y oyentes, todos nos hemos reunido aquí para despedir a la magnífica, a la divina, a la genial María Valero, en este luctuoso día de 1948 teñido de aflicción para Cuba entera.

A muchos le parecía haber oído el mismo discurso antes, apabullados por el uso de los adjetivos de Germán Pinelli, de pie junto a una tumba abierta. Alrededor de él, miles de habaneros habían llenado las calles siguiendo el ataúd donde iba el cuerpo de la Valero hasta el cementerio de Colón.

Se contaba que aquella madrileña había llegado a Cuba con un cofrecito lleno de tierra de su país y una mantilla negra por todo equipaje. Con ellos la enterraban.

La tarde anterior la ínsula se había paralizado, en espera del capítulo doscientos de El derecho de nacer. Penca en mano para alejar el calor, las amas de casa habían dejado de lado sus labores, los hombres se habían acercado con disimulo a los aparatos radiales, los niños fueron obligados a detener sus juegos, en los cines se interrumpió la función para complacer al público, retransmitiendo la novela por los altavoces. Mas hubo un silencio total en todas partes.

Esa vez, solo esa vez, la expectativa se rompió de la manera más inesperada para la mayoría. «Estimados oyentes. Hoy nuestros estudios de la CMQ y nuestro patrocinador: el jabón Sabatés, están de luto. Con irremediable pesadumbre anunciamos el fallecimiento de la actriz María Valero. Transmitiremos desde la Funeraria Caballero las muestras de dolor de su pueblo». Dijo la voz del locutor.

La gente, sorprendida y afligida, llenó la casa fúnebre en menos de una hora. Era su homenaje a una voz que formaba parte de sus vidas.

María Valero era más que la protagonista de la Doña Bárbara radial de unos años antes, la pareja artística del deseado Ernesto Galindo o la Isabel Cristina de El derecho de nacer.

Para algunos, la Valero era la primera actriz que habían visto en un escenario, haciendo la Doña Inés del Juan Tenorio. El Teatro Principal de la Comedia había puesto la obra de Zorrilla en dos coliseos, alternando elencos. El público desbordó la taquilla dos temporadas seguidas para ver a la mujer que escuchaban día tras día. Terminaron haciendo girar la puesta por los barrios habaneros. A los espectadores se le antojaba que sin despojarse de su acento castizo, María actuaba aún mejor que en la radionovela. Era la doña Inés perfecta.

La española trabajaba en dos novelas distintas, en dos emisoras de radio rivales: Un grito en la noche de Pedro Mata y El derecho de nacer de Félix B. Caignet. Recibía el sueldo más alto en el giro radial.

Todo le iba bien: éxito sobre las tablas y frente al micrófono. Era arropada en la vida social por actores, actrices y cantantes de su tierra, que habían alcanzado la fama residiendo en la nuestra: su tía Pilar Bermúdez, la soprano María Remolá, la familia entera de los Martínez Casado, Antonio Palacios, María Marqués…

Algunos de ellos y sus amigos decidieron celebrar el último capítulo en que actuaba en el culebrón de Pedro Mata y se fueron al malecón habanero. Pasaría un cometa y querían ver la lluvia de estrellas en un buen lugar.

El actor Marcelo Angulo, otro hispano radicado en la isla, lo contaba de una manera, el cubano Enrique Santiesteban, de otra. Para algunos María bajó de la acera abrumada por el mucho brandy, sin ver que un auto se acercaba a toda velocidad, para otros el carro subió el contén, sin frenos, arrastrándola por el concreto, los menos creían que el franquismo la siguió hasta el Caribe, para terminar con ella en un accidente vilmente articulado.

Al final trascendió la historia más adecuada para su público de radionovelas: la Valero se había fascinado de tal manera con las luces, que intentó cruzar la calle siguiendo el fenómeno celestial y sin percatarse se arrojó delante del automóvil. Buscando los pedazos de las estrellas que caían, la doña Inés de los habaneros se fue al cielo, convirtiéndose para siempre en leyenda.

Maria_Valeromaría valero

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10 pensamientos en “Doña Inés busca estrellas

  1. Recordar radionovelas, coplas, romances, cuplés, boleros, toda un ‘crónica sentimental’ compartida; caídas de tarde con la ‘novela’, y aquellos malos tan malos, y aquellos buenos tan buenos. Que tengas un bien día, Ernán. Un abrazo.

    • Así es Madame. Si no hablaba de María Valero por aquí mis familiares y amigos me habrían perseguido hasta los lados más recónditos del Polo.
      Y ya tendré que narrar sobre “El derecho de nacer”, el primer culebrón radial y televisivo, llevado dos veces al cine. Lo peor de lo peor pero un invento cubano de Félix B. Caignet, el que puso las reglas del juego a todo un género que, confieso, evito como el pan a los dientes.
      Gracias, buen día y abrazos.

  2. Gracias a ese misma lengua que camina desde la Patagonia hasta Chicago, y, claro, a este lado del charco, adornándose de enriquecedoras tonalidades y de palabras nuevas que describen nuevos paisajes y novedosas almas, en aquellos años difíciles el arte y la cultura españolas se esparcieron por las Américas, y allí fueron acogidas con deleite y cariño. Gran cosa es que lo recuerdes con ese singular don que posees de convertir en poesía las narraciones.
    Saludos en estas fechas de esperanzas

    • Dices bien, amigo Joya. Un idioma nos une y eso nos enriquece a todos.
      Mis padres se levantan cada día y encienden el radio: “Cantares de España,” es su programa obligatorio matutino.
      En estos últimos quince días que estuve en Cuba despertaba de muy buen humor, escuchando a mi padre cantando pasodobles y coplas a dúo con Lola Flores, Pedrito Rico o Los Chavales de España. Y lo mismo sucede con tangos de Gardel, valses peruanos de Chabuca Granda, rancheras de Jorge Negrete, joropos venezolanos o boleros del borinqueño Rafael Hernández.
      Es la fuerza de nuestra lengua, de la que deberíamos estar muy orgullosos. Rica, complicada, espléndida…
      Muchas gracias y un abrazo, amigo. Volveré antes de Navidad…

  3. Todo un itinerario de historia reciente y de cultura popular. Bueno sería rescatar personajes tan influyentes como la Valero para que su sombra no desapareciera nunca, pero…Hasta su final tiene tintes de fantasía y leyenda. No hay que olvidar lo difícil y peligroso que es perseguir estrellas. Abrazotes

    • Transmito en tu misma frecuencia, Manolito pero las leyendas no son más que leyendas.
      Brandy? Siempre he creído que hizo falta mucho… o algo más, para ponerse a perseguir estrellas. No es menester ser cínico o descreído. No hay datos para enjuiciar, nunca es mi propósito además, ni siquiera para elucubrar una posible respuesta.
      Lo importante es que la gente la quiso y la puso en un pedestal.
      Abrazotes bien recibidos y multiplicados.

  4. Gracias por este viaje en el tiempo a la Cuba de 1948, Ernán.

  5. Puedes incluir las radionovelas entre las cosas que no conozco y de las que no puedo opinar.

    • Aunque no lo creas me ha dado mucha risa tu comentario, no porque no parezca serio, que sí lo es, sino porque me recuerda que soy casi un dinosaurio… 🙂
      Las radionovelas, que se transmiten aún en Cuba, son seriales por capítulos, casi siempre románticos, a veces de acción, misterio, ciencia ficción y aventura. Crecí escuchando los últimos y te aseguro que clásicos de Jules Verne, H.G. Wells, Alexandre Dumas y otros sonaban muy bien en las ondas radiales. Voces, efectos de sonido y música, creaban un ambiente maravilloso para la imaginación de un adolescente imaginativo como yo. Casi tanto como el cine.
      Y a propósito de cine: en mi niñez veía seriales por capitulos que ya tenían varias décadas, con un trucaje (efectos especiales) ya obsoleto pero que nos divertían. Mis favoritos eran Flash Gordon, Sherlock Holmes y las aventuras de la perra Lassie. Te dejo un botón de muestra para que veas lo que hace cuarenta o setenta años podía ser emocionante. Ojalá sobrevivas los primeros diez minutos…
      Saludos desde casi el Polo Norte.

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