DESPUÉS DE LA MEDIA RUEDA

Rumbo al Cairo VI Templo de Kom Ombo

9 comentarios

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Imaginen amanecer en un barco, llegar a cubierta y encontrarse por sorpresa frente a unas ruinas que parecían imponentes, miradas desde abajo. Eso me pasó cuando el Helios rodeó un meandro del Nilo, mientras navegábamos hacia Asuán, en el quinto día de viaje. Hice subir a Jorge Ybarra. Se quedó tan fascinado como yo. Un poco después la embarcación ancló cerca de las escaleras que llevan al templo de Kom Ombo.
Subimos la colina antes de las siete de la mañana. Ya en la cima, quise ver el río que habíamos navegado un par de días y giré. Mientras más al sur se viaja, más verdes son las riberas. Además de las siempre presentes palmas datileras, aparecían otros árboles con más follaje. Desde la altura, recordé que gracias a las inundaciones de aquel cuerpo de agua y su vegetación aledaña se había desarrollado una de las civilizaciones más enigmáticas del planeta. Respiré hondo. Me estaba regalando un paisaje que el mismísimo Horus, el dios halcón, hubiera querido guardar en la memoria.
Volví mi atención al santuario. Su entrada había sido una sala hipóstila con más de una docena de columnas, de las que solo quedaban las bases. Algunas conservaban rastros de color. Los cristianos fundamentalistas, en sus primeros siglos, habían destrozado a martillazos muchos de sus bajorrelieves y estatuas.
Entre los terremotos, la intransigencia religiosa y el saqueo de piedras, el acceso al recinto era poco más que ruinas. A pesar de eso protagonizó mi encontronazo más cercano con el misticismo de los antiguos egipcios. Según su teología, ellos creían que en el ma’at, el equilibrio entre las fuerzas del mal y el bien, residía la esencia del orden cósmico original, la armonía universal. Por eso le dedicaron este templo simétrico a dos deidades muy distintas: Sobek, el malvado cocodrilo salido de las oscuras aguas y Horus, el ave que alcanzaba la espiritualidad contemplando el mundo desde arriba.
Pasé el recorrido en una nube. A cada paso, escuchando a Marianne y otros guías locales que prodigaban información a nuestro alrededor, descubría algo que me intrigaba más. Las explicaciones de nuestros lazarillos transmitían pasión y era lógico: un calendario completo y un bajorrelieve con infinidad de instrumentos quirúrgicos, ilustraban los muros de la construcción. Parece que Imhotep, el arquitecto y médico devenido en leyenda, enseñó en Kom Ombo.
¿Existía una Escuela de los Misterios del Ojo de Horus en este sitio? Quizás haya mucho de sensacionalismo y especulación en esta teoría, pero dentro del templo doble de Kom Ombo se respiraba algo místico. Sus sótanos laberínticos con cocodrilos vivos, la narración sobre la iniciación en los misterios del Ojo de Horus, los restos del hospital, la importancia estratégica de la colina, la existencia de dos imágenes gemelas del sol alado con sus dos cobras protegiendo doblemente cada umbral de los edificios, el amplio nilómetro, la pequeña capilla dedicada a Hator con cocodrilos disecados… Enigmas, quizás eternos. Necesitaban más que un recorrido de una mañana.
A las once nos fuimos al cercano mercado, a comprar los disfraces para el baile de despedida. Amín, el camarero nocturno, me había explicado como regatear con elegancia y firmeza para que no me engañaran. Cuando íbamos Jorge, el noruego Rekke y yo por el tercer tenderete, vino hasta nosotros un joven egipcio, con brillantes ojos verdes. Me tomó de la mano para llevarme a su kiosco. Mis acompañantes no pudieron evitar las risas mientras el muchacho acariciaba la palma de mi mano con un dedo. Caminamos casi diez metros así. Alababa “mi gusto al vestir”. «Solo yo tengo las ropas que te van a hacer lucir como el bríncipe que eres.» Repetía en ese inglés sin pe de algunos árabes. Estuve a punto de aclararle que me había educado en el Cerro, uno de los barrios más pobres de una de las islas más miserables de la Tierra.
Jorge y Rekke se detuvieron y me hicieron señas de que continuara, burlones. En segundos, el chico me llevó a la trastienda y sacó no recuerdo cuantas jelabiyas, una última a rayas doradas, azul prusia y blancas, acompañada de un fez de muy mala calidad y unas babuchas bordadas a juego. Precios astronómicos. Los rebajé a menos de la mitad. Me sirvió un té de menta y comenzamos a regatear, entre sonrisas y alabanzas mutuas exageradas, como se debe hacer.

Mis amigos demoraban en llegar, empezaba a sentirme nervioso. Tanto que cometí el error de preguntar: — ¿Qué se pone uno debajo de la túnica?— Juro que lo hice de una manera inocente. Un «estamos entre hombres» después, mi vendedor se había levantado la jelabiya y me enseñaba su calzoncillo de malla amarillo, con todo su contenido a la vista. Supongo que debo haberme ruborizado como una monja, al ver lo que había dentro de la ropa anterior. Atiné a hacer el gesto que me había enseñado Marianne para rechazar y balbuceé un La, schukran antes de salir corriendo del tenderete.

A pocos pasos de la salida el joven me alcanzó. Traía una bolsa con el ajuar completo. «Te lo cambio todo por tu reloj, para llevarlo siempre puesto.» Le expliqué que era el que usaba hacía una década para trabajar, me había costado seis euros, tenía el cristal muy rayado y que sería abusar de él. Me sonrió y me volvió a tomar la mano. Vi a Marianne del otro lado, haciéndome señas de apurarme. Me quité el cronómetro de plástico y recibí a cambio los ropajes, que aún conservo en mi armario.
Casi no comí en el almuerzo. Pasé la tarde ensimismado en cubierta mientras el Helios navegaba. Le había contado el incidente a Rekke y Jorge pero no pensaba en el vendedor. Eran el culto del Ojo de Horus, sus sacerdotes e Imhotep lo que me tenían fascinado. En una misma mañana había rozado pecado y espíritu: La armonía del Ma’at.
Antes de que la nave se detuviera a las afueras de Asuán, ya de noche, otro hecho me perturbó. Se había puesto el sol y navegábamos. Estaba yo solo en la cubierta, la noche era fría y los demás habían bajado al salón de baile. Podía ver a Amín metido en el bar techado, secando vasos. En la ribera más cercana, a contraluz, descubrí la silueta de un perro. Luego otro, un tercero… Parecían seguir la trayectoria del Helios. Volví a sentir un lazo con aquellos animales. Me percibía mirado por sus ojos, que brillaban en la oscuridad. No podía quitar mi atención de aquellos canes. Me levanté para ir a preguntarle al camarero si era algo habitual. De repente escuché un aullido. Me congelé. Era un sonido espeluznante, como de otro mundo. Instantes después tenía a Amin a mi lado.
—Nunca los había oído aullar, en todos mis años… ¿Qué está pasando?
Llevaba mi cámara en el bolsillo. La saqué y le enseñé las fotos de la puesta del sol en el templo de Horus y le expliqué mi primer encuentro con los chacales. El egipcio se persignó, me tomó por la manga del suéter y me arrastró con él, escaleras abajo. Los aullidos se multiplicaron. Claramente, los perros del desierto estaban alterados.
Esa noche tuve un sueño loco, entre erótico y pesadilla: Cocodrilos que me perseguían, chacales de ojos verdes lamiendo mi cuerpo, una enorme balanza y un largo vuelo con halcones, uno de ellos con el rostro del joven vendedor.

Amanecí cansado. No podía estarlo. Había mucho que hacer en Asuán ese día. Necesitaba toda mi energía para el espectáculo de luces y sonido, en el Templo de Filae, después de la puesta del sol. Sería uno de los momentos más mágicos de la excursión.

continuará

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9 pensamientos en “Rumbo al Cairo VI Templo de Kom Ombo

  1. Acabo de sentarme ante la pantalla y lo primero que me encuentro es una nueva crónica de tu envidiable viaje a Egipto. La leo y me la guardo para más tarde, para cuando llegue la noche y esté dispuesto a dormir y soñar, porque hoy quiero soñar con esas experiencias y ser yo quien recorra esos itinerarios, laberintos y rincones oníricos. Les pediré, tanto a Horus como a Sobek, que trabajen juntos en mi sueño y que no me despierten hasta que el barco retome de nuevo la singladura. Todo un placer. Abrazotes

  2. Ya el viaje me está pareciendo un culebrón brasileño. Aunque confieso que al leer los apuntes recuerdo más y más cosas. Lo viví con tanta intensidad que no olvido detalles, quizás esa sea la clave de conservar las memorias.
    Las fotos y vídeos ayudan lo suyo, aunque nunca fueron muchas. Me hicieron algunas con Amín, el camarero, Marianne y nuestro chofer del Cairo, se perdieron y creéme que eso me entristece.
    Gracias por la fidelidad y el entusiasmo, Manolito.

  3. No pierdas el entusiasmo. Sigue narrando.

  4. Podemos descansar y esperar un par de semanas para la próximo temporada, tipo Juego de Tronos? Yo tengo gasolina pa’ rato pero no quiero aburrir.
    Las visitas a Abu Simbel, Saqqara y el Cairo fueron muy intensas. Y a medida que pasaban los días me sentía más agobiado de tanta información. Son más de cinco mil años de historia, concentrada en las franjas verdes a los lados del Nilo. Yo quería sentirlo todo, ya lo harás tú.
    Me alegro que te vaya gustando y que me entusiasmes. Saludos!

  5. Juego de medias ruedas…

  6. Ernán, tu relato es como si brotara desde esos jeroglíficos milenarios, tallados sobre las aún más viejas piedras. No tengo dudas de que estás alerta y receptivo a captar mensajes que, parecieran solo para iniciáticos. Me sucede cuando, ante la grandeza de ciertos lugares históricos que, a Dios gracias se mantienen cuidados como Patrimonio de la Humanidad y como vos bien decís, los fundamentalismos religiosos destruyen o mueren en el intento hasta lograrlo, o como mínimo trataran de borrar esas huellas hasta acabar con parte del patrimonio histórico. Miedo a que la gente sepa y piense por sí misma. Abrazos. Héctor

  7. Aunque parezca que las religiones actuales se han convertido en intrumentos de poder o en empresas comerciales, olvidando la verdadera espiritualidad, igual que las ideologías o la política han olvidado a los seres humanos, no estamos viviendo tan malos tiempos.
    Somos hijos de la tierra, el mar, los ríos, las estrellas, la luz del sol… No está Dios (o su concepto) en todas la cosas? No somos parte de un todo?
    A veces, mirar al mar o sentarse en un viejo tronco de árbol caído en el bosque es suficiente: se hace la magia y nos conectamos con la verdad, con las esencias, con nosotros mismos.
    Como bien dices, por suerte todavía existen lugares donde se puede sentir lo que algunos iniciados. Lugares que la magia no ha abandonado…
    Gracias Héctor, siempre un placer poderte leer. Un abrazo.

  8. Te seguimos Nilo arriba, Ernán, completa el viaje! Que un cubanito de El Cerro, se haya enfrentado cara a cara con Tutankamón, es extraordinario! Un abrazo.

  9. Gracias, Luddita mía, por la compañía y el embullo! Ya contaré donde me encontré a un cubano… Recuerda que somos como las cucarachas: estamos en todas partes. 🙂

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