DESPUÉS DE LA MEDIA RUEDA

Bitácora nostálgica, de un cubano que vive hace más de dos décadas en Suecia


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Rumbo al Cairo VIII Abu Simbel

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Nos llamaron para despertarnos a las tres menos cuarto. Yo estaba ya vestido con mis mejores trapos, iba a cumplir un sueño ese día.

Amín nos esperaba con un termo de café por todo desayuno. Éramos solo una docena de atrevidos: unas semanas antes habían acribillado a balazos a unos turistas, de camino a Abu Simbel. La gente tenía miedo.

Cuando subimos al autobús nos dieron una caja con el almuerzo. Nuestro camarero nocturno dio una vuelta al vehículo y me trajo otra a escondidas. Los cocineros, a los que creía molestar con mis preguntas y mi entusiasmo, no querían que pasara hambre en el viaje. Me reía de esa gentileza, mientras nuestro transporte se unía a otros autobuses y carros blindados.

Ver amanecer en el desierto es una experiencia que no aparece en ninguna guía de turismo. Poder contemplar el horizonte durante horas, sin dunas, árboles ni edificios, solo arena y un cielo oscuro con miríadas de estrellas, no tiene comparación. Una cortina amarillo rosa comienza a correrse desde el este, la lentitud con que los colores penetran el azul añil, con el ocre del suelo amarrando todos los tonos, el silencio, la falta de figuras que entorpezcan el fondo… Creo que es la razón por qué los antiguos veían al sol como un dios, que trae luz y vida con él.

A primera hora de la mañana, avistamos el autobús donde habían asesinado a los turistas. Allí estaba aún, quemado y retorcido en medio del desierto.

Preferí pensar en otra cosa: Marianne nos había contado como un joven de la zona, nombrado Abu Simbel, sirvió de guía a Belzoni, el aventurero italiano que desenterró los templos. El emplazamiento, muy aislado, tomó su nombre.

Recordé también de dónde había surgido mi obsesión con Abu Simbel: Mi padre era un ávido coleccionista del Correo de la UNESCO, todavía quedan cientos de ejemplares en nuestro desván. Uno de ellos estaba dedicado en exclusiva al traslado de los templos a un terreno que no inundase la represa de Nasser. Tomó años aserrar, transportar y situar las piedras en su nuevo enclave. Mi fantasía había convertido toda aquella historia en una aventura.

Llegamos, entramos por detrás de la colina y fuimos dando la vuelta por un costado hasta que aparecieron los dos templos. Imposible describirlos sin adjetivos exagerados. Sentí paz ante tanta majestuosidad.

Estuvimos tres horas en el lugar. Deambulé, metido en todos los rincones, hipnotizado por cuanto veía y podía palpar a escondidas. Ciento ochenta minutos de satisfacción y deslumbramiento. Allí estaba de nuevo el guajirito de Cruces, cumpliendo un sueño.

De regreso al Helios, donde pasaríamos una última noche, reconocí, aliviado, que algunos espejismos pueden ser hollados. Solo hacen falta paciencia, perseverancia y suerte.

Por la tarde descansamos en cubierta. Me dejé dar un masaje profesional y luego me dispuse a relajarme junto a la piscina. Nos disfrazamos para la fiesta de despedida, después de cenar. El dj quiso sorprendernos y puso Conga de Gloria Estefan. En pleno río Nilo, di una demostración de meneo de cintura a lo cubano barriobajero, que todavía debe recordar toda la tripulación. Los escandinavos me miraban boquiabiertos.

Al día siguiente necesité otro masaje, antes de partir, por fin, rumbo al Cairo…

                                                                                                                                                                                    continuará

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Rumbo al Cairo VII Asuán

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Tras un apresurado desayuno, nuestro autobús recorrió la ciudad de Asuán. Me alegraron sus calles, repletas de niños y adolescentes. Antes los había visto empujando arados rudimentarios, trabajando descalzos o corriendo tras los turistas. En esta ciudad sonreían, entrando a sus escuelas con los pies calzados y los uniformes limpios.

Pensaba en un mejor después para un país con tanto antes, cuando llegamos a las canteras donde yace el Obelisco Inacabado. Marianne abrió la boca y mis antenitas captaron ondas de Muy Interesante. El monolito levantado pesaría más de mil toneladas y mediría cuarenta metros. No soy amigo de las cifras pero estas obligan a preguntarse: ¿Cómo erigir y trasladar tal coloso? Ni siquiera con la tecnología moderna sería fácil. Según algunos no existen huellas de cinceles u otro instrumentos en el granito del monumento. Son muchas las teorías, ninguna responde todas las preguntas.

De allí nos llevaron al Instituto del Papiro, donde descubrimos los misterios de su fabricación. Fue lo mejor de la mañana. Me ofrecí voluntario para tejer las tiras de fibras vegetales y usar la prensa rudimentaria, emparejando la masa. 

Almorzamos en un restaurante cercano al mercado: El Masry, para fastidio de algunos compañeros de viaje. La comida casera nubia, los atentos y ocurrentes camareros, la clientela local, la sencillez sin pretensiones de la decoración, me hicieron sentirme en el verdadero Egipto; no el de los turistas ni el los faraones. Jorge comió paloma asada rellena. Yo comí kofta, unas albóndigas de cordero asadas a la parrilla, sazonadas con baharat, una mezcla de especias.

Por la tarde nos llevaron a la gigantesca presa Nasser, maravilla de la ingeniería soviética construida para regular las crecidas del Nilo. Impresionante, aunque yo estaba cerca del agua, suficiente para que todo me parezca bien.

La noche me ofrecería uno de los momentos inolvidables del viaje. Una barcaza cubierta llevó al grupo de los entusiastas, las señoras de Malmö, la pareja de orfebres, Rekke y Jorge, entre otros, al islote de Agilkia, donde se había trasladado el Templo de Isis conocido como Filé o Philae.

Al represar las aguas del Nilo en la década de 1960, muchos poblados, templos y sitios arqueológicos quedaron hundidos bajo las aguas del río. La UNESCO logró desarmar dos, piedra por piedra, transportarlos a sitios seguros y salvar historia.

Nuestra travesía hasta el islote fue corta, aunque llena de expectativas agudizadas por la total oscuridad. Atracamos junto a una rampa. Cuando el último de nosotros puso pie en tierra, las piedras del santuario se iluminaron como por arte de magia. «Hollywood meets Egypt», acertó a decir alguien. Nos acercamos a la entrada y comenzó el espectáculo. Reconocí las voces de los actores James Earl Jones y Dame Judy Dench de inmediato. Él era el Nilo, ella Isis. Nunca antes había disfrutado un espectáculo de luces y sonido. Un guía nos llevaba estancia por estancia. Vimos imágenes proyectadas en las paredes, colores que hacían destacar los jeroglíficos, oímos la narración sobre el mito de Isis, quien encontró el corazón de su pareja, Osiris, en la isla de Filé. La sensualidad en las voces de los narradores daba un sentido íntimo a la leyenda. Aquella era la isla de los amantes divinos, el lugar donde concibieron a su hijo Horus, el dios halcón. Al llegar a una construcción, Marianne se nos acercó y susurró: «Este es el santuario del sabio Imhotep, divinizado». Ya habíamos hablado de mi fascinación por ese personaje.

El recorrido terminó en una especie de anfiteatro, donde nos sentamos para apreciar el final de la fiesta de luz y color. Nos dieron media hora para recorrer el templo, iluminado en blanco, antes de regresar a la barquita.

No hubo cubierta ni más Nilo al regresar al Helios. Necesitaba cargar bien las baterías. Unas horas después alcanzaría una quimera para la que me había preparado durante casi media rueda: Abu Simbel, uno de los momentos más descollantes de nuestro paseo por Egipto.

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Rumbo al Cairo III En el templo de Karnak

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Nos despertaron unas voces. Corrí las cortinas de la ventana del camarote: unos hombres en barcazas aprovisionaban el Helios por estribor. En la zona de Lúxor el Nilo es muy ancho, en la lejanía, la ribera occidental parecía una postal antigua, una imagen desleída con la luz del amanecer.

Al desayunar, fuimos a sentarnos con las señoras simpáticas de Malmö, con las que habíamos almorzado el primer día y cenado la noche anterior. El capitán del salón restorán se nos acercó y nos dijo: «la etiqueta del barco exige que en cada ocasión nos sentemos con viajeros diferentes, para poder conocernos todos.» Me pareció algo genial, me acomodé con un matrimonio danés y su hija adolescente, una futura egiptóloga, por sus conocimientos.

¿Son las primeras impresionan las que duran? En algo tan relajado como un crucero con cincuenta camarotes se nota. Las personas con quienes nos relacionamos en la playa de Hurgada, continuaron siendo nuestros favoritos en todo el viaje. Simpatía a primera vista.

A las siete de la mañana el autobús nos llevó a la cercana población de Karnak, unos dos kilómetros bordeando el río. Caminamos desde la entrada enrejada hasta la primera construcción.

El sitio es un complejo enorme de santuarios. Treinta faraones, uno tras otro, alimentaron su ego poniendo estatuas y cartuchos con sus nombres en las paredes, levantando grandes estatuas, ampliando y adaptando. El final resultó algo grandioso pero confuso. Si lo erigieron esclavos o no, queda por aclarar pero las condiciones de una civilización durante quince siglos, en una región dependiente de las crecidas del Nilo, están muy lejos de ser oportunas siempre para tanta grandeza. Acarrear piedras bajo el sol no me parece una opción voluntaria en aquellas épocas. La obligación por el látigo y el cautiverio: si.

Lúxor y Karnak son una fiesta para los ojos. Ahora que ha pasado el tiempo y releo estos apuntes recuerdo mis impresiones. Una noción perseverante: lo pequeño que se siente uno ante la exagerada majestuosidad de todo: columnas, muros, estatuas y obeliscos.

Después de recorrer la avenida con su doble hilera de esfinges con cabeza de carnero y pequeñas estatuas de Ramses II (el modesto padre de Merenptah), la entrada construida por el faraón Nectanebo I nos preparó para el patio del templo de Amón y la estatua colosal de Pinedyem I. ¿Tal cantidad de piedra para inmortalizar a un señor que solo fue Sumo Sacerdote? ¿Eran tan importantes?

La bella Marianne nos estuvo explicando detalles de una manera muy suya, desde nuestra llegada hasta el final del recorrido. Era muy difícil desviar la atención de lo que lo nos rodeaba y escucharla pero era la mejor opción.

En la zona abierta al público, Karnak está dedicado al dios Amón, el sol. En Cuba nunca le di importancia al astro, está ahí siempre, garantizado e implacable; en Estocolmo aprendí a amarlo. Los egipcios lo reconocieron como signo de vida y lo adoraban. En los bajorrelieves de los frisos se repite la imagen del dios, acompañado de Ramsés II, quién hizo pulverizar los de su padre para poner los suyos. La guía contó que todas las imágenes estaban coloreadas, provocando un efecto más impactante.

Entramos a la Sala Hipóstila, con un montón de altísimas columnas. En una de ellas se ve la firma de un Rimbaud, podía ser la del poeta francés, allí estuvo. El arquitrabe que sostienen los pilares pesa setenta toneladas. ¿Cómo lo encaramaron allí y se mantiene aún en pie? Varias especulaciones lo explican, nadie lo sabe con certeza. Infinidad de persianas verticales refrescaban la estancia, que se mantuvo techada por más de mil años, hasta que la Iglesia prohibió el culto a otros dioses.

Imposible describir Karnak. Lo recorrimos por horas. Deberíamos haber terminado en el Lago Sagrado, en donde se celebraba hace un par de milenios una gran ceremonia para recargar las baterías de los dioses“. La estatua de Amón, vestida en oro y plata, navegaba las aguas del Nilo; el río que con sus inundaciones puntuales se considera el origen de Kemet o la tierra negra, como los antiguos llamaban a su país.

Cerca del embalse este gordo torpe estuvo a punto de causar una catástrofe. Ybarra y yo, siempre los últimos y entonces aislados del grupo, deambulábamos por las edificaciones. Vimos algo que nos llamó la atención. Un guardián nos hizo señas. Frenamos ante el cartel de no access. El sitio no estaba abierto para turistas «pero si me ayudan con algo de dinero, los dejo entrar.» Cinco libras egipcias después, estábamos dentro de un pequeño santuario, frente una estatua de la diosa leona Sejmet, la de la ira terrible. Unas lámparas en el piso, apuntaban a la talla. Supusimos que algunos arqueólogos trabajaban en el lugar.

«Si quieren les hago unas fotos.» Soltó el centinela, señalando a la cámara fotográfica y haciendo la señal de dinero con sus dedos. Un billete de otras cinco y nos colocamos en pose, a ambos lados de la talla de Sejmet. El egipcio nos indicó que nos acercásemos a la escultura. Mi pie derecho se enredó con el cable de una de las lámparas. Se armó el desorden. Con un desesperado paso de cha cha cha, para no caer sobre Sejmet y ganarme su espantosa venganza, me apoyé en el hombro divino y me embrollé con otros cables. De pronto estábamos a media luz. El guardián se llevó las manos a la cabeza.

Mi susto era notable. No sabía hasta que punto mi descalabro había afectado el mini templo. «Tranquilo, la diosa está en pie y aquí parece que todo se arregla con un poco de dinero.» Era la voz de Jorge, haciéndome razonar. Me desenredé, le metí dinero en el bolsillo al conmocionada guardia y huimos. Nos encontramos casi de sopetón con Marianne que nos buscaba. Era hora de irnos a almorzar. Me hubiera dado una pataleta por quererme quedar. La noruega dijo que el almuerzo era en el Hotel Winter Palace. Agatha Christie escribió allí Muerte en el Nilo. ¿Haría falta más para querer visitarlo?

Al encanto colonial del Winter Palace se le puede llamar decadente. Recorrimos el lobby y los jardines del edificio original, boquiabiertos por el lujo. Comeríamos en el bar restaurante, junto a la piscina de la parte nueva: el Pabellón, donde no se exige código de vestuario. Nos esperaba una mesa buffet con mariscos y pescados. Terminamos nuestra mitad del día, como aristócratas de una novela romántica, rodeados por palmas datileras en un jardín sacado de mi idea del paraíso. En la tarde nos esperaban el templo de Lúxor, a dos cuadras del hotel y el museo de la Momificación. ¿Revelaciones vespertinas? Algunas que me llegaron a encandilar.

Las compartiremos el jueves, lo prometo.

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