DESPUÉS DE LA MEDIA RUEDA

Bitácora nostálgica, de un cubano que vive hace más de dos décadas en Suecia


14 comentarios

Rumbo al Cairo VII Asuán

asuán 01asuán 02

Tras un apresurado desayuno, nuestro autobús recorrió la ciudad de Asuán. Me alegraron sus calles, repletas de niños y adolescentes. Antes los había visto empujando arados rudimentarios, trabajando descalzos o corriendo tras los turistas. En esta ciudad sonreían, entrando a sus escuelas con los pies calzados y los uniformes limpios.

Pensaba en un mejor después para un país con tanto antes, cuando llegamos a las canteras donde yace el Obelisco Inacabado. Marianne abrió la boca y mis antenitas captaron ondas de Muy Interesante. El monolito levantado pesaría más de mil toneladas y mediría cuarenta metros. No soy amigo de las cifras pero estas obligan a preguntarse: ¿Cómo erigir y trasladar tal coloso? Ni siquiera con la tecnología moderna sería fácil. Según algunos no existen huellas de cinceles u otro instrumentos en el granito del monumento. Son muchas las teorías, ninguna responde todas las preguntas.

De allí nos llevaron al Instituto del Papiro, donde descubrimos los misterios de su fabricación. Fue lo mejor de la mañana. Me ofrecí voluntario para tejer las tiras de fibras vegetales y usar la prensa rudimentaria, emparejando la masa. 

Almorzamos en un restaurante cercano al mercado: El Masry, para fastidio de algunos compañeros de viaje. La comida casera nubia, los atentos y ocurrentes camareros, la clientela local, la sencillez sin pretensiones de la decoración, me hicieron sentirme en el verdadero Egipto; no el de los turistas ni el los faraones. Jorge comió paloma asada rellena. Yo comí kofta, unas albóndigas de cordero asadas a la parrilla, sazonadas con baharat, una mezcla de especias.

Por la tarde nos llevaron a la gigantesca presa Nasser, maravilla de la ingeniería soviética construida para regular las crecidas del Nilo. Impresionante, aunque yo estaba cerca del agua, suficiente para que todo me parezca bien.

La noche me ofrecería uno de los momentos inolvidables del viaje. Una barcaza cubierta llevó al grupo de los entusiastas, las señoras de Malmö, la pareja de orfebres, Rekke y Jorge, entre otros, al islote de Agilkia, donde se había trasladado el Templo de Isis conocido como Filé o Philae.

Al represar las aguas del Nilo en la década de 1960, muchos poblados, templos y sitios arqueológicos quedaron hundidos bajo las aguas del río. La UNESCO logró desarmar dos, piedra por piedra, transportarlos a sitios seguros y salvar historia.

Nuestra travesía hasta el islote fue corta, aunque llena de expectativas agudizadas por la total oscuridad. Atracamos junto a una rampa. Cuando el último de nosotros puso pie en tierra, las piedras del santuario se iluminaron como por arte de magia. «Hollywood meets Egypt», acertó a decir alguien. Nos acercamos a la entrada y comenzó el espectáculo. Reconocí las voces de los actores James Earl Jones y Dame Judy Dench de inmediato. Él era el Nilo, ella Isis. Nunca antes había disfrutado un espectáculo de luces y sonido. Un guía nos llevaba estancia por estancia. Vimos imágenes proyectadas en las paredes, colores que hacían destacar los jeroglíficos, oímos la narración sobre el mito de Isis, quien encontró el corazón de su pareja, Osiris, en la isla de Filé. La sensualidad en las voces de los narradores daba un sentido íntimo a la leyenda. Aquella era la isla de los amantes divinos, el lugar donde concibieron a su hijo Horus, el dios halcón. Al llegar a una construcción, Marianne se nos acercó y susurró: «Este es el santuario del sabio Imhotep, divinizado». Ya habíamos hablado de mi fascinación por ese personaje.

El recorrido terminó en una especie de anfiteatro, donde nos sentamos para apreciar el final de la fiesta de luz y color. Nos dieron media hora para recorrer el templo, iluminado en blanco, antes de regresar a la barquita.

No hubo cubierta ni más Nilo al regresar al Helios. Necesitaba cargar bien las baterías. Unas horas después alcanzaría una quimera para la que me había preparado durante casi media rueda: Abu Simbel, uno de los momentos más descollantes de nuestro paseo por Egipto.

asuán 03asuán 04asuán 05asuán 06


14 comentarios

Rumbo al Cairo II

     rumbo 00rumbo 02                                                                                                                                                                        

Desayunamos al amanecer. Atravesamos el Nilo en un lanchón y nos llevaron en un autobús al Valle de los Reyes. Tomó unos quince minutos que Marianne, nuestra guía noruega, gestionara las entradas: acceso a tres tumbas, con la excepción de la de Tutankamón, un caro boleto que debíamos pagar aparte. Alguien nos aconsejó no hacerlo.

Un tren, sin rieles y descubierto, nos llevó al centro de la hondonada, rodeada de montañas y con una ausencia total del color verde. Tendríamos cuatro horas para explorar el lugar. Marianne nos explicó como guiarnos: Un sencillo rótulo de KV (kings’ valley) y un número identifican las sepulturas.

Primero visitamos el sepulcro de Ramsés VI. Sus corredores son amplios, bien aireados. El suelo estaba acomodado con maderos espaciados para mejorar el acceso en los lugares más inclinados. El techo y las paredes están cubiertos por imágenes del Libro de los Muertos y otros papiros. Tres mil años después de su construcción, el color y la forma se mantienen intactos. Una prueba de la cualidad, única del ser humano entre todas las especies de la tierra, de conservar la memoria mediante escritos, símbolos y figuras. Mi primer encuentro con el antiguo Egipto in situ no podía ser mejor.

Buscamos el panteón de Seti I. No los habían recomendado por sus muy bien conservadas pinturas. Dos tramos de escaleras divididas por un pasillo cansaron a mi acompañante pero la fascinación le daba fuerzas. Me produjo cierto agobio tener tanto que mirar: techos con calendarios astronómicos, dioses reconocibles, Anubis, Osiris y Hathor, escenas rituales del Libro de las Horas.

Como tercer enterramiento elegimos uno cercano al de Tut Ank Amón, solo por su ubicación. No teníamos idea de quién era Merenptah. Nos enteramos de que era el hijo decimotercero de Ramsés II. Cualquiera creería que su padre pasaba todo el tiempo en la cama fabricando posibles herederos al trono pero también se dedicó a enviar a la mitad de la población egipcia a diferentes guerras, el resto se quedaba en el país tallando estatuas y levantando monumentos o barriendo el piso del inmenso y atiborrado harén.

La tumba de Merenptah tenía el techo más alto y las cámaras más espaciosas que vimos. Bajamos por un pasillo inclinado después de una entrada con bajo relieves y pinturas en bastante mal estado. Me deslumbró el salón de las columnas, que Merenptah dedicó a su padre. En lo más profundo descansaba un imponente sarcófago de granito rosa. La cámara funeraria que lo contiene, las ocho columnas rectangulares y su techo abovedado, me provocaron la sensación de estar metido en la escenografía de una película de Indiana Jones. Valió la pena el complicado recorrido, a pesar del mal estado de la decoración y de que Merenptah fuera solo un hijo con mucha suerte. ¿Cómo murió la anterior docena de vástagos de Ramsés II con más derecho a reinar? Complicados accidentes y singulares suicidios. Nada nuevo bajo el sol para llegar al poder o mantenerlo. Aunque Merenptah fue un buen monarca, al menos es lo que se puede leer en los jeroglíficos mandados a escribir por él mismo.

Unos pasos después nos esperaba el lugar donde Howard Carter viera maravillas a través de un agujero, en el acto de voyeurismo más conocido en la historia de la arqueología. Nos acercamos al guardia. Por un simple guiño de ojo y diez libras egipcias nos dejó bajar, sin billetes, a la famosa KV 62, la tumba del joven faraón Tut Ank Amón. La expectación me hizo sentir hormigas en toda la piel.

Descendimos una escalera estrecha y sin ornamentación alguna, atravesamos un pasillo que lleva, a través de un par de recovecos, a una sala pequeña, la única decorada. Frente a mí tenía la imagen del View Master que había provocado la obsesión por Egipto en mi niñez: Una caja de cristal con la momia de Tut Ank Amón. Jorge Ybarra y yo nos miramos, encogidos de hombros por la decepción.

El rey Tut murió casi niño, no había dado tiempo a construir su panteón y metieron sus restos en el primer hueco que encontraron. El verdadero fausto faraónico, las maravillas que descubrió Carter, se exhibían en el Museo Arqueológico del Cairo. Una semana después nos dejarían con la boca abierta.

Regresamos en el tren de mentiritas a la entrada, un edificio moderno y aburrido con una maqueta del valle y algunas fotos. De allí el autobús nos llevó al cercano restorán Abd el-Rassoul. La mayoría escandinava pidió platos europeos, los cubanos quisimos comer lo más típico egipcio. Comimos mashi, un delicioso arroz con carne caprina picada, pistachos, almendras y piñones asados, sazonado con canela y nuez moscada. Cerveza casi helada para acompañar. De postre: guzeya, un merengue horneado con coco rallado y un ligero sabor a vainilla. Egipto visto, escuchado, olido, tocado y comido. Como se debe.

Llegamos el Templo de Hatshepsut pasadas las dos de la tarde. Después de la decepción de la tumba de Tut Ank Amón, el sitio me levantó el ánimo. Un edificio saliendo de las paredes verticales de la montaña. Las espaciosas rampas de entrada en el mismo centro de las tres terrazas, el amarillo de la piedra con que lo construyeron, el colorido de los globos aerostáticos que surcaban el aire… todo le daba un aire de majestuosidad.

Hatshepsut fue la tercera reina egipcia que recoge la historia, sus imágenes llevaban la falsa barba de los faraones como atributo real. Le tomó años llegar al trono, mediante una serie de intrigas y la ayuda de amistades influyentes. Le gustaba mucho construir, para eso nombró a Senmut arquitecto real. Pasaban horas revisando planos en sus habitaciones privadas. Todo lo levantado por Senmut sigue en pie, también era bueno edificando.

Me pareció poco el tiempo en aquel lugar, una impresión que se repetiría muchas veces en el viaje. Demasiado que ver en solo tres horas.

En la primera terraza los muros están pintados con escenas de la vida cotidiana de la época, en la segunda, un montón de pilares cuadrados separados en dos pórticos ilustran el nacimiento divino de Hatshepsut, hija directa del dios Amón y la crónica dibujada de su expedición comercial al Punt (Somalia). Entre los dos pórticos: la capilla de Anubis, el dios con cabeza de chacal que cuida el paso al reino de los muertos.

Terminamos nuestra estancia en la ribera occidental de Luxor con una visita a los llamados colosos de Memnón, que representan al faraón Amenhotep III sentado. Son lo único que queda de un gran templo destruido por un terremoto.

Regresamos al barco, nos duchamos y tuvimos nuestra primera cena en el restorán del Helios. Volví locos a los cocineros preguntando por sus platos más locales. Comí filetes de lenguado del mar Rojo en salsa de vinagre y ajo. Terminamos la noche en la cubierta con una copa de aragi, un licor de dátil.

Debíamos descansar. Al otro día visitaríamos los templos de Luxor y Karnak, repletos de estatuas de Ramses II, el modesto padre de Merenptah. Allí la curiosidad estuvo a punto de matar al gato… O de destruir la estatua de una diosa leona.

continuará

rumbo 04rumbo 08