DESPUÉS DE LA MEDIA RUEDA

Bitácora nostálgica, de un cubano que vive hace más de dos décadas en Suecia


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Herencia africana

 

Llegaron desde la actual Nigeria, hacinados en barcos, con grilletes en tobillos y manos. Sus captores les daban poca agua y menos comida. Los pocos que sobrevivían la travesía en cada nave, marcaron el Caribe con su música, con sus bailes, con su lengua, su religión y sus tradiciones. Tras quinientos años de estancia en la región tropical las mantienen, bañadas en sudor, nuevas esperanzas y sincretizadas con el catolicismo a que los forzaron. En la lejana África pocos saben que mucho del patrimonio perdido con la esclavitud, sobrevive en Brasil y en las Antillas.

Orishas llaman a las cuatrocientas y una deidades de su portentoso panteón, patakin a sus filosóficas leyendas, Regla de Ocha a sus creencias religiosas, mezcla de carne y espiritu: el Alafín de Oyó es su respetado rey, sus tambores más sagrados son los tres batá, Ifá sus artes adivinatorias, babalawo sus sacerdotes…

Son los descendientes de los dieciseis reinos originales de los Yoruba, para siempre convertidos en la raíz de un tronco que se levanta en mi tierra, la adorna, le infunde alma, la obsequia con sabores y ritmos.

Fernando Ortíz, Lydia Cabrera, Natalia Bolivar y otros han profundizado en la cosmogonia africana de guerras, amores, cazadores, muerte, venganzas y pasiones. Un mundo que no me atrevo a exponer por desconocimiento, mas del que no puedo prescindir.

Creo que no hay cubanía sin yorubas, no hay una espiritualidad cubana sin la santería

Por su herencia y con sus dioses, se canta y baila en estas dos muestras. Iniciada queda la propuesta, agradeciendo al travieso Elleggua, dueño de los destinos, las llaves y los caminos.

Maferefun, papá Elleggua. ¡Y aché pa’ todos!


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Pituca se atiene a las consecuencias

¿Llevas los pañuelos? El pantalón tiene dos bolsillos detrás para eso…

Uno para mí y uno para si alguna dama lo necesita. —yo repetía como detallando un inventario.

Era el ritual de la prima Pituca cada vez que iba a acompañarla. Mis zapatos bien cepillados, la raya de mis cabellos recta como el alma de una monja, el filo del pantalón planchado de la manera acertada, olor a colonia, los lentes de mis espejuelos lavados con vinagre.

¿Quién monta primero en la guagua?

La mujer. La dejo sentarse por dentro. Así los machos que se paran en el pasillo si está lleno el omnibus, me repellan el hombro a mí y no a ella. A la hora de bajar, bajo yo primero y le doy la mano, para ayudarla.

Diciendo barbaridades como eso de repellar no llegarás muy lejos.

Me rozan el hombro con sus partes pudendas…

Así suena mejor. Y cuida esa boca por la calle. Esas palabras desafortunadas que usas no me sientan bien al acompañarme. No soy ninguna pelandruja.

Así hablaban y actuaban algunos en aquella época lejana. Aunque nadie había ido a la Universidad. Instrucción no es educación, eso se recibía en casa, fuera uno más pobre o menos pobre.

Una señorita, aunque rebasara la cuarentena, no podía andar de noche sola. A mis otros primos no había palabra, castigo ni cintazo que los convenciera. Trataban por todos los medios de no salir con ella. Le teníamos terror pero yo era el chaperón oficial de la familia.

Pituca también exigía que la llevara por dentro de la acera, al escortarla.

Si pasa un carro o una guagua y nos salpica con el agua de un charco, el caballero es quien debe mancharse la ropa, no la dama.

En realidad es prima de mi madre y un poco más vieja que ella. La llamamos Pituca Chaca Chaca, pues parlotea sin puntos ni comas. Vestía siempre de negro y a mí se me antojaba que olía a talco micocilén.

Se había casado como a los veinte años. Era tan pobretona como el resto de la parentela, así que solo tuvieron una discreta ceremonia civil. Firmaron los papeles por la mañana, luego se dirigieron a tomar el tren para Cienfuegos, donde disfrutarían la noche de miel y consumarían el matrimonio. Debían pasar bajo un andamio para llegar a la estación de ferrocarriles. Pituca se negó a hacerlo. Su aún no estrenado esposo, Alberto, trató de convencerla. Pituca abrió la boca en uno de sus discursos imparables, donde casi no se distinguen las consonantes, tipo Julio Iglesias cantando en inglés.

Esta bien. dijo el marido.Para demostrarte que es una superstición tonta, tú irás por la calle y yo por debajo del andamio.

Pituca, disparando su ametralladora de vocales huérfanas, atravesó la acera. Miró aprensiva al hombre, que caminaba sonriente y seguro. Todo marchó bien hasta la mitad de lo andado. El cónyugue se envalentonaba, dispuesto a cantar victoria. Se sentía vencedor de creencias vacías, apóstol del ateísmo realista.

De repente, en las alturas, un cubo lleno de mezcla se le cayó de las manos a un albañil. El obrero gritó azorado, pero no dio tiempo a evitar la tragedia. El balde, con todo su peso, vino a dar sobre la cabeza de Alberto. Murió en el momento, desnucado.

La prima de mi madre abrió la boca y se quedó callada unos minutos, por única vez en su vida. Antes de caer desmayada, alcanzó a pronunciar con claridad: ¡Viuda y señorita! ¡Ahoraestoy estoy marcada!

Jamás hablaba del incidente. Nadie se atrevía a recordárselo. Pasarón lustros que se hicieron décadas. Ella se agriaba más y más, sin probar el mantecado. El negro le sentaba cada vez peor y había escasez de tinte para sus cabellos, que griseaban en las raíces. Cuando no tenía nada que hacer, ojeaba un Manual de Buenas Costumbres y etiqueta que olía como ella. O quizás ella oliera al librito, de tanto manosearlo.

El habla involucionó en Cuba. La juventud, para horror de Pituca, soltaba las más soeces palabrejas con naturalidad. La vulgaridad y la falta de etiqueta sustituyeron a las normas de cortesía y urbanidad burguesa. Muchos creyeron que ser proletario era ser mal educado. Hasta Pituca comenzó a soltar coños y carajos. Tenía que atenerse a las consecuencias. Adaptándose, encontró novio.

Casi a punto de jubilarse se casó con un compañero de oficina. El nuevo esposo, por casualidad también llamado Alberto, gritaba unas palabrotas que sorprenderían a los habitantes del Solar del Rebervero. No había Dios que le hiciera llevar a Pituca por dentro de la acera.

No volvimos a ver el Manual. Ninguna muchacha bonita del barrio volvió a ser definida en su boca como pelandruja. Pituca y su Alberto nuevo fueron felices pero más lo fui yo: Después de la boda, pude decir repellar todas las veces que quisiera, sin ganarme una reprimenda.


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Nené y el lector de tabaquería

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«A los catorce años me casaron con un hombre de treinta y cinco. A los nueve meses exactos parí el primer hijo, con el tiempo nacieron seis más. Tu abuelo se jugaba a los naipes el sobre del cobro diez minutos después de recojerlo. Era la época de las Vacas Flacas y del Machadato en nuestra isla. Comíamos todos los días harina de maíz con aguacate, con mucha suerte: una lata de sardinas para toda la familia y arroz.» Contaba mi abuela materna.

No recuerdo haberla visto dormirse de un tirón. Desde mis siete años compartíamos habitación, cada uno en su cama personal. La lámpara se encendía y abuela Nené leía hasta que la vencía el sueño. Una noche tomé el primer libro que encontré, me puse a leer hasta que se apagó la luz, por puro mimetismo infantil. Primero fue una necesidad (el menor asomo de claridad me desvela) luego se convirtió en placer.

Cuando mi tía Nena notó mi interés lo alimentó con la colección de El tesoro de la juventud o aventuras escritas por Verne, Dumas y Salgari. Me dormía soñando con Phileas Fogg, el capitán Nemo o Sandokan.

La madre de mi madre devoraba cosas como Maria Antonieta de Stefan Sweig, su autor favorito; El conde de Montecristo del gran Dumas o Rojo y negro de Stendhal. Nada de novelitas rosas. Algo sorprendente en una mujer que solo había aprendido a leer, escribir, sumar y restar.

No era tan vieja como el abuelo de Pupito, nuestro vecino de los altos, para haberse detenido a escuchar a través de las ventanas en la esquina habanera de Sitios y Ángeles al lector de tabaquería de El Fígaro. El anciano contaba orgulloso su primera impresión, aquella fue la fábrica de tabacos (puros habanos) donde se inició la costumbre en Cuba. Gracias a un inmigrante asturiano: Saturnino Segundo Martínez.

Como en la vida de muchos cubanos, por el camino de Nené se cruzó un lector de tabaquería, su voz la enseñó a amar las historias que se meten en un libro. Abuela sólo trabajó dos o tres horas diarias por un corto tiempo en una fábrica de tabacos, fue suficiente. Se enganchó en los destinos de los protagonistas de las novelas. La entonación, las pausas llenas de expectativa, el dramatismo y el énfasis que usaba el leyente en las galeras tabaqueras la habían hechizado.

«Después me las arreglé para conseguir los libros prestados. Esas vidas de ficción se me hicieron tan necesarias, como las cartas de la baraja para tu abuelo. Mis penas se iban por las noches, leyendo.»

El catalán Jaume Partagás construyó el primer púlpito para un lector de tabaquería en la Habana. Y se convirtió, por transmisión, en el culpable de la pasión de Nené por la lectura, la mía y la de muchos otros criollos.

Se había leído antes para las torcedoras, en las ciudades españolas de Cadiz, Sevilla y Madrid. Desde allí la practica viajó a nuestro país. Al principio los mismos obreros criollos pagaban de sus bolsillos a quiénes les leían. Muchos dueños se opusieron, en más de una ocasión fueron prohibidas las lecturas pero la costumbre se afianzó a finales del siglo XIX.


Mis tíos tampoco se iban a la cama sin un libro, ni mi padre o mi madre lo hacen. Era la manera de su generación y la de mi abuela de conciliar el sueño. Viviendo la venganza de Edmundo Dantés, los miedos de la reina de Francia por perder su cabeza o la ambición arribista de Julien Sorel. Todo, gracias a la voz de un lector de tabaquería en su púlpito, que enseñó a los criollos urbanos la magia de la lectura, más que ninguna escuela, ningún maestro o ninguna campaña de alfabetización masiva.

lector de tabaquería


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De elecciones y vacaciones

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Hoy tenemos elecciones en Suecia. Mucha algarabía pero esté en el poder el partido que esté, los pobres seguiremos siendo pobres y los extranjeros seguiremos siendo cabezas negras.

Hace unos años se dio un escándalo con la presidenta del Partido Comunista, por su alcoholismo y con la del Socialdemócrata (los socialistas) por pagar viajes, y montañas de toblerones, con el dinero de los contribuyentes. Ayer estaban las dos apostrofando discursos en la placita de mi barrio de Rinkeby, rodeadas de acólitos.

Tenemos un nuevo partido que aspira a aumentar su popularidad: Iniciativa Feminista. Nadie tiene claro cuál es su programa. Su presidenta es la ex-alcohólica del Partido ex-Comunista. Lo dejó cuando le cambiaron el nombre por Partido de Izquierda. No pudo metabolizar la conversión nominal por mucho alcohol que tragó. De pronto reapareció como la fundadora de IF. Prefiero abstenerme que votar por ellas dos. Expuesto el caso de esta manera, cualquiera pensaría que soy un reaccionario de derechas y además sexista. Pero no.

Las semanas previas a las elecciones son una excelente ocasión para recordar que Rinkeby también pertenece a Suecia. ¡Hay rubios en la placita! Se sientan en unos quioscos y reparten propaganda y rosas. Ayer estaba un matrimonio rubio, con sus tres hijos rubios, almorzando en el restaurante somalí, comida somalí. Todos los miraban con cara de asombro. Tenían que haberse sentido mal. Recuerdo que un amigo sueco que me visitaba se sentía «en otro mundo», cuando entraba aquí. Lo decía así para no buscar bronca pero, como la mayoría de los nativos, odiaba venir a un lugar lleno de extranjeros.

Por alguna razón en Cruces, mi pueblo de nacimiento, vivían chinos, sirios, libaneses, españoles, americanos y hasta una francesa exhibicionista. Nunca escuché un mal comentario de mi familia sobre ellos. Eran tan vecinos como los demás, hablaran bien o no el español.

En breve me voy a Cuba por dos semanas, aquella isla multicultural con más defectos que kilómetros pero donde cualquier extranjero se asombraría de ver cabezas negras, rubias, rojas o calvas viviendo en armonía.

La maleta está lista desde ayer, las «medecinas» empaquetadas, dinero en efectivo en mano, pasaportes y taxi reservado. En Ámsterdam, el primer encuentro con nuestra tierra: mi amiga Lourdes me espera para volar juntos y estar diez horas dándole a la sinhueso.

A mi regreso, veremos que partido gobernará Suecia en los próximos cuatro años. Pero desde ahora puedo anticiparles quién gobierna en Cuba.

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A Matanzas, con el son por puerto.

¿Te encaminas a Varadero de día por la Vía Blanca?

Te quedarás con la boca abierta al acercarte al Puente de Cumanayagua. A su derecha estará la Costa Norte y a su izquierda el Valle de Yumurí. Debajo una garganta siempre verde.

No sabrás a donde mirar, si a las palmas reales de la hondonada, las aves de rapiña volando a tus pies o al mar que quiere robar protagonismo con su azul perfecto.

Cuando, después de seguir viaje, recuperes el aliento aparecerá una bahía, los muchos puentes que la atraviesan y las torres de sus iglesias. Es Matanzas, la tranquilidad convertida en población, capital de la provincia con la que comparte nombre. Tierra querida de mis amores, como pregona el cha cha cha compuesto por Ninón Mondéjar y tocado por la Orquesta América.

¿Viajas a Matanzas usando el viejo tren de Hershey? Si llegas de noche: mejor. La villa tiene una aliada exclusiva: su luna. Por momentos parece que el mar se la quisiera robar. No hay razones para asustarte, el astro sabrá escapar de casi todos los embrujos. Claro que si Celia Cruz le canta, la magia será demasiado poderosa. La voz de la Guarachera de Cuba cantando, arrastra más que dos yuntas de bueyes. Ojalá puedas resistirte.

Una provincia tocada por el encanto de los extremos: el revoltijo de verdes en el Valle de Yumurí, el sorprendente hechizo de las Cuevas de Bellamar, la leyenda de la bella Baiguana convertida por las deidades taínas en la loma del Pan de Matanzas, Cárdenas, ciudad de cangrejos y banderas, la arquitectura loca del pueblo de Colón…

Esa Matanzas te susurrará en el alma ritmo de olas y claves, relajando tu cuerpo con brisas de Caribe. Se merece una rumba como la que le dedica Alexander Abreu, porque tiene su hechizo… y más.