DESPUÉS DE LA MEDIA RUEDA

Bitácora nostálgica, de un cubano que vive hace más de dos décadas en Suecia

Las tijeras de una reina

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Las tijeras de una reina

 

No recuerdo si era de día o de noche. Salí corriendo por toda la casa sin que nadie me pudiera parar. Tendría cinco o seis años. Había reconocido la voz de Celeste Mendoza en los altoparlantes del televisor Dumont y quería verla en la pantalla redonda. Me enredé con el cable de una lámpara de bronce que tenía ceniceros y encendedores de alabastro. El lamparón cayó arrastrado por mi ímpetu de rumbero. Casi vino a dar sobre mi perra Osita, despertándola con el estruendo. Jamás volvió a dormir en la sala. Se hizo huésped eterna de la casa que le habían construido en el patio.

Yo no entendía las letras de los bolerones, pero ver a Ana Gloria bailando rumba, danzonear a Paulina Álvarez y menearse a La Mendoza, me arrebataba.

Celeste se enorgullecía de haber provocado el mismo frenesí a los franceses en el Olimpia. Era su recuerdo más querido. Recorrió América de arriba a abajo y media Europa.

Nadie sabe quien la coronó como la Reina del Guaguancó, unos dicen que Germán Pinelli, otros que Rita Montaner. Ella creía que fueron los periodistas. Muy pocas mujeres han cantado el género, a pesar de que en el baile la mujer es la que decide, mientras el hombre improvisa y payasea, para ganar su interés y vacunarla.

Giró por los antiguos países socialistas con el Music Hall Cubano. En Leningrado, en un ataque de divismo, quiso que le pusieran un micrófono en el escote del vestido.

– Si a Elena Burke, que canta boleros y no se mueve, se lo colgaron, a mi hay que enganchármelo. Ella es la Señora Sentimiento. Las señoras sienten pero no lo muestran. Yo soy una muert’e’hambre del barrio de Los Hoyos. Bailaré por to’ el escenario pa’ calentar a este público de rubitos con mi sabor. Y tradúcelo todo, este muchacho. – El intérprete improvisado fue Jorge Ybarra.

Muy poca tela cubría su abultado pecho, no existía espacio para el aparatito. Hubo que rodearla con cuatro micrófonos de pie. Nadie podía impedirle que bailara

Hacia los finales de los 60 descubrió que su marido le era infiel. No le preguntó nada, no discutió. Esperó a que el hombre se quedara dormido. Para envalentonarse se dió un trago de aguardiente Coronilla y dos y tres… Después de beberse la botella, cogió unas tijeras recién afiladas. Cuando le sacó los testículos del canzoncillo matapasiones, el donjuan despertó a punto de ser castrado y convertido en contratenor. Se armó el escándalo.

Los vecinos llamaron a la policía al oír los gritos de la potencial víctima. La cantante fue detenida. Poco después el cónyugue retiró los cargos. El machismo al poder no podía perdonarla, como excusaba la violencia de cualquier varón celoso. Le cerraron todas las puertas. No más televisión, giras, discos o actuaciones en teatro. Desapareció del mapa y de las ondas radiales.

Se rumoreó que le había dado candela a una pareja más joven que ella. Esa manera cubanísima de rociar con luz brillante (queroseno) al objeto de la venganza mientras duerme, lanzando un fósforo encendido a la cama después, para castigar la infidelidad. Su odio no llegaba a tanto.

Muchos creyeron que estuvo cumpliendo veinte años en la cárcel por el cacareado crimen. Lo cierto es que Celeste había recaído en el alcoholismo, esta vez de una manera penosa.

La nueva década trajo a Silvio y a la Nueva Trova. Sonaban a Bob Dylan, a Serrat, a Violeta Parra y a Leon Gieco. Todos muy buenos y admirables pero todos extranjeros. No había cabida para el cubanísimo guaguancó. La única excepción fue Pablo Milanés, cantando sobre los caminos que no se hicieron sólos y eran desechos de viejos caminos.

Al final de los años 80, el mismo Jorge Ybarra que le sirvió de traductor en San Petersburgo, escribía y dirigía una

Tertulia en el Teatro Mella, animada por la actriz Magaly Boix y producida por Daniel Alcolea.

La Mendoza vivía en Línea y F, a sólo unas cuadras. La veíamos pasar desde la taquilla con su turbante, todavía derrochando sensualidad al caminar. A Ybarra se le ocurrió dedicarle un homenaje.

Aunque el trayecto era muy corto, Celeste pidió que la fueran a buscar en auto la noche del espectáculo. Se había hecho un peinado muy elaborado, soplaba el viento y no quería despeinarse por el camino. Daniel Alcolea envió a E. para recogerla en un pequeño Volkswagen. En el asiento trasero, el moño de la mulata chocaba con el techo del VW. Tuvo que viajar doblada sobre su estómago, con la cabeza inclinada. Cada vez que E. miraba por el retrovisor le entraba un ataque de risa.

Así llegaron al teatro. Vi el automóvil desde lejos y corrí, como lo había hecho en mi niñez. Adelantándome a Ybarra y a Alcolea. Quise abrirle la puerta a la mulata. Por suerte no había ningún cable en el piso.

– ¡Ay este muchacho! – dijo sin mirarme, hablando más con las manos que con palabras. -Sácame con cuidado de esta cafetera que voy a coger tortículis. ¡Las cosas que hace uno por su público!

Se armó un pequeño tumulto. No fue fácil evacuarla sin despeinarla pero salió y la llevamos al camerino, donde Daniel Alcolea tenía dos peluqueras esperándola.

Magali Boix hizo la introducción y descorrió la cortina. La aplaudieron como si los falsos moralistas no la hubieran destronado nunca.

Ybarra recordó entonces la primera vez que la viera en televisión en 1953, presentada por Germán Pinelli. Fue en el programa «Esta noche» de canal CMQ. Celeste cantó un bolero ranchera en tiempo de guaguancó acompañada por una orquesta. Estaba vestida con la copia de la copia de la copia de un Christian Dior. Todo en el mejor estilo hollywoodense de Joaquín M. Condall. Nada que ver con la Mendoza de verdad.

Volvió a salir en televisión después de aquella Tertulia. Desempolvaron sus discos y grabó con el Conjunto Sierra Maestra. El alcohol y los años habían afectado su voz. Murió en 1998, en su Cuba querida.

El guaguancó goza de buena salud. Usa nuevos instrumentos, a los cajones de bacalao se sumaron las paredes de las guaguas y las maletas de madera de los becados.

Un rey quiso cambiar su reino por un caballo y pasó a la historia, a Celeste Mendoza quisieron trocarle su corona por unas tijeras afiladas y unas cuantas botellas de aguardiente. La entronizó su pueblo. Será siempre la Reina del Guaguancó.


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El pan es mi enemigo

Repetir como cotorra que el pan era mi enemigo,  provocaba ataques de risa a Enrique Turiño, el jefe de escena del Teatro Mella de la Habana. No hice caso a sus burlas.

Julio Enrique Vicioso, uno de mis más fieles amigos, se me había acercado semanas antes:

―El doctor Ángel Soto está pidiendo voluntarios que quieran dejar de fumar y adelgazar en Salud Mental, el antiguo Colegio de Locutores. Es algo de hipnosis terapeútica, suena a científico loco de película americana pero a lo mejor funciona.  

Claro que fuimos, en último caso seria una anécdota para reírnos después. Juntos nos atrevíamos a muchas cosas. Necesitaba perder mi envoltura de belleza a lo Rubens, pues la estética MTV se había puesto de moda e intentaba mantenerme en la modernidad. En 1986, luchaba contra el almanaque con cierta probabilidad de empatar.

Se presentaron pocos aventureros como nosotros. Nos llevaron a un saloncito con algunas mesas y nos entrevistaron. Soy muy sugestionable.  El que me atendió repitió cinco o seis veces la misma frase y  no pude evitar poner expresión de guanajo mata’o a escobazos. Me perdí en otra galaxia, teletransportado por Spock, Uhura y el Capitán Kirk, antes de terminar su primera letanía. Mesmer y Freud hubieran gozado conmigo; por suerte caí en manos de alguien menos trastornado.

Nos separaron en grupos, los gorditos para un lado y los aspirantes a chimenea para el otro. Nos acomodaron en camillas. Apagaron las luces y el sicólogo comenzó a deambular, hablando con voz aletargante. Comenzó diciendo: el brazo izquierdo me pesa y lo siento relajado, repitiéndolo cinco veces. Llegué consciente hasta el muslo derecho.

Alguien quedó despierto, era más fuerte mentalmente que yo, según sus apreciaciones. Me contó que el doctor decía: “El pan es tu enemigo. Los dulces son tus enemigos. El azúcar es tu enemiga. El refresco es tu enemigo.” Y así una  retahila de carbohidratos engordantes. No volví a ver a aquel barrigón irrespetuoso. Seguí dejándome manipular por el hipnotizador y adelgacé treinta quilos en tres meses. Julio se rindió a la cuarta semana. Martes tras martes fui caminando a Salud Mental, a unas cuadras de mi casa. El doctor Soto me dio una lista mimeografiada con nombres de alimentos, separados en prohibidos, evitables y permitidos. Los primeros no deberían acercarse a mi boca.

Sentados a la entrada del Mella, compartí el subversivo directorio alimenticio con Carlos Díaz, creador y director de Teatro El Público y Abilio Estévez, el novelista y dramaturgo, los dos asesores del gran Roberto Blanco por entonces; el diseñador Abraham, que podia vivir semanas a té sin azúcar con tal de verse esbelto como una palma; y empezamos una competencia amistosa. Ninguno bajó tanto como yo. Como soy tan obediente y todavía creo que encontraré la lámpara de Aladino algún día de gloria, llegué a tragarme que tales manjares maléficos eran mis adversarios, gracias a la voz persuasiva del médico.

Después de la media rueda perdí el interés en la modernidad y la estética. El pecado de la gula me ha marcado, seduciéndome con las artes culinarias de un mundo cada vez más pequeño.  La curiosidad del turista y las recetas exóticas: pastelitos persas, helados italianos, panes y quesos franceses, embutidos españoles, jugos de frutas que a los veintisiete años desconocía, repostería austríaca, chocolates belgas. Hacen la vida tan placentera y acompañan tan exitosamente las voces de los amigos en las reuniones, sin mencionar lo bien que combaten la soledad, la tristeza, la nostalgia, las frustraciones y los fracasos.

Los largos inviernos han acomodado adiposidades sobre vértebras,  articulaciones y huesos. Las paredes de las arterias se han cubierto de colesterol, provocando hipertensión, falta de aire y mal dormir. Bailo un danzón de Barbarito Diez, casi moviéndome tan poco como él y me canso. Y la arritmia de mi corazón, a la hora del cuchi cuchi, suena como la batería en “The Ballroom Blitz” de Sweet.

Es hora de sacar de la gaveta el papel, emborronado por la tinta del mimeógrafo y los treinta años de impreso. Es preciso volver a evitar enemigos.