DESPUÉS DE LA MEDIA RUEDA

Bitácora nostálgica, de un cubano que vive hace más de dos décadas en Suecia


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Sinatra y sus amigos

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Elías Marquetti estaba casado con Florinda Gómez, una prima hermana de mi padre. Vivían en Santos Suárez, un barrio de L’abana. En mis visitas ponía discos de Frank Sinatra.
—¡Qué sentimiento! No habrá un cantante americano como ese. ¡Jamás!
Según sus hijos yo era el único que soportaba sus conversaciones. Le bastaba escuchar a «la voz» diciendo one for my baby and one more for the long, the long, long… Las memorias llovían, vívidas y poderosas.
—Yo tenía unos dieciocho años, fue después de terminarse la Segunda Guerra Mundial. A mi hermana Bernarda la había traído un hombre a la capital, prometiéndole maravillas. A Cruces estaban llegando habladurías de que la había metido a… tú sabes. Y era verdad. El tipejo no era más que un chulo barato. La explotaba en el barrio de pecadoras de Pajarito. Me habían dicho que hacía la calle en Prado y Neptuno. Y pa’llí fui a buscarla cuando bajé del tren. No llevaba equipaje, lo mío era una misión de rescate de ida y vuelta. —sonríe y mueve la cabeza— No sabía lo que la casualidad me estaba preparando. Esperé como tres horas y mi hermana no aparecía. Ya me hormigueaban las plantas de los pies, de estar parado sin moverme. Quise dar una vuelta. Tenía el bar Sloppy Joe’s casi a dos cuadras. «A lo mejor puedo ver a Errol Flynn, a Bette Davis o al mismísimo Sinatra.» Pensé. Había leído que andaban los fines de semana por allí.
—Hubiera sido tremendo, poder encontrarte con tú ídolo…
—No te adelantes. Cuando llegué a la esquina vi bajarse de un taxi a un desconocido. Hablaba con acento americano, lo acompañaban Noel Coward y Alec Guinnes. Trataban de hacerse entender con el chofer, que no hablaba inglés. Me acerqué y les serví de traductor. Los dos actores me quisieron regalar unos dólares en agradecimiento. Los rechacé. Entonces me invitaron a un trago adentro. Eso si no me lo quería perder. Lo de mi hermana podía esperar, pensé.
—¿Sabías de que pata cojeaban los dos?
—Ni idea. Al segundo trago Coward me puso una mano en un muslo y empezó a acariciarme. Me levanté con discreción y me disculpé. No iba a armar lío. Ni soñando me había visto en un lugar como aquél, compartiendo con dos tipos tan famosos. El tercero, que lo había estado observando todo, pareció molesto con lo que hizo el inglés. Me dio su tarjeta y se despidió con un «Si te interesa un buen trabajo, búscame en este lugar.» Yo estaba en L’abana para encontrar a mi hermana y no para tener broncas con afeminados. Caminé de vuelta a Prado. Después de otro rato esperándola me la encontré. Te aseguro que iba con ideas de matar al chulo y llevarla de vuelta, pero se me habían adelantado. La noche antes a mi llegada, le habían metido siete puñaladas en un callejón. A mi hermana ya no había forma de salvarla. Hablé con ella durante horas.
—Y no tuviste otro remedio que volver a Cruces.
Elías negó con un gesto. Parecía más serio de lo normal.
—El viaje y la conversación me cansaron. Me tiré en el piso y dormí un rato. No quería dejar sola a Bernarda. Al despertar se me ocurrió quedarme en L’abana hasta encauzarla por el buen camino, mas para eso necesitaba dinero. Fui de cabeza pa’l Hotel Nacional.
—Nunca me habías contado como empezaste a trabajar allí.
—Suerte y nada más. Hablar el inglés ayudó, claro. El americano me recibió, parecía contento de verme. «¿No te ofenderá empezar como botones?» Preguntó. Resultó ser Chuck, la mano derecha del don más importante de la mafia en Cuba, Amadeo Barletta. «Tendremos huéspedes importantes dentro dos semanas y necesito hombres como tú. Discretos e inteligentes. ¿Quieres empezar hoy?» Dije que sí. Le tomó una hora enseñarme mi trabajo. Unos días más tarde me fue a buscar para pedirme que atendiera a unos clientes muy especiales. ¿Adivinas a quiénes? —Miró al tocadiscos. Debo haber algún gesto exagerado, pues Elías soltó la carcajada antes de continuar. —Frank y su esposa por entonces, el animal más bello del mundo: Ava Gardner.
—¿Entonces los viste de cerca? ¿Y Ava? ¿Era tan linda como en las películas?
—Más, mucho más. Sin maquillaje, vestida normal, tenía un aire de… estrella. Todavía se me erizan los pelos del brazo al recordarla, tan cerca. Con aquella sonrisa que derrotaba un ejército y su elegancia al tratarme. —me miró y notó mi admiración— Coño, si a mis hijos le gustaron tanto mis historias como a tí…
—¿Sabes cuántas veces he visto «Venus era una mujer»? ¡Y me estás hablando de haber conocido a la protagonista! Como no va a gustarme lo que cuentas.
—Ava quería una habitación con vistas al mar y me preguntó si podía recomendarle alguna al carpetero. «Dale la número tal, está vacía y lista.» Le dije en español al que los atendió en la carpeta. Ella me volvió a sonreír. «¡Que idioma tan dulce!» soltó. ¡»La condesa descalza» piropeando nuestro idioma, al oírlo en mi voz! Ya me puedo morir, pensé.
—¿Y Sinatra, te dijo algo?
—No en ese momento. Parecía distraído… Esa tarde comenzaron a llegar un montón de tipos raros, algunos con acento italiano muy marcado.
—Espérate, espérate, espérate. ¿Venían a escuchar cantar a «la voz»?
—Ese era el pretexto. Es como si supieras de que hablo.
—De la famosa conferencia de las cinco familias de la mafia, en diciembre del cuarentiseis, en el Hotel Nacional. ¿Cómo no lo voy a saber?
—Eso no se da en historia, creí que era un secreto. Me di cuenta de lo que había cuando vi llegar a Lucky Luciano. Los americanos lo habían deportado a Italia y allí estaba el hombre al que conocía por las fotos de los periódicos. Me tocó llevarlo a su habitación. No se me olvida que era la 724. Era otra de las especiales, le abrí las cortinas para que viera el paisaje. Lo hacía siempre para impresionar. Te aseguro que las vistas aflojaban los bolsillos y predisponían a dar buenas propinas. «Esto está lleno de palmas reales. Me parece estar en Miami.» Me dijo antes de darme un billete de veinte dólares. Cuando esa noche estaba a punto de terminar mi turno, Chuck me llamó en la entrada. «Acompaña a nuestro distinguido huésped a los aposentos de mi amigo Lucky.» Era Vito Genovese. También reconocí luego al judío Meyer Lansky, que vivía en L’abana igual que Amieto Battisti. Aquello parecía una película de la Cosa Nostra. Además, Sinatra y Ava no fueron las únicas estrellas de Hollywood que vinieron.
—¿Los volviste a encontrar?
—Varias veces. Tuve el gusto de verlo ensayar. ¡Cómo mimaba a sus músicos! Ella siempre me sonreía. Él parecía ignorarme, hasta el último día de su estancia. Yo había puesto el equipaje de Virginia Hill, la mujer de Bugsy Siegel, en el maletero de su auto. Otro botones llevó las maletas de Frank y su esposa. Una caja se abrió. Un sombrero blanco cayó debajo del carro. Se manchó de grasa. Ava no le dio importancia al asunto. «Fue mi culpa, con el apuro no cerré bien la sombrerera.» Dijo la estrella de cine. El portero reprendió a gritos al botones. «Negro de mierda, voy a hacer que te boten por no ser cuidadoso con los blancos.» Ciertas palabras suenan parecidas en inglés y en español. Frank Sinatra miró alrededor y se dirigió a mí por primera vez. Parecía fuera de sí, temí por mi compañero de trabajo. Me equivocaba. «¿El portero ofendió al botones? ¿Le gritó negro, verdad?» Asentí, antes de ver el gesto de advertencia de la bella mujer intentando frenarme. Frank bajó del auto y se acercó al portero. Se le encaró y lo empujó con las dos manos en los hombros. El hombre, más fornido que el americano, reculó, más impresionado por la acción del famoso que por su fuerza. Los dos guardaespaldas personales de Frank, estaban detrás de su jefe. Ya Chuck estaba en la puerta, Frank se dirigió a él. «Si cuando regrese a la Habana este tipo está todavía empleado aquí, te la tendrás que ver conmigo.»
—¿Es verdad entonces que Sinatra discutía por querer actuar en el mismo escenario con Ella Fitzgerald, Louis Armstrong o Nat King Cole y que no lo dejaban porque sus amigos eran negros?
—O por querer que las orquestas que lo acompañaban tuvieran músicos de color.
—Un mafioso muy raro.
—No te equivoques. Hay que verlo actuando en «De aquí a la eternidad» o bailando con Gene Kelly en «Un día en New York» o cantando siempre. No necesitaba de la mafia. Las circunstancias lo obligaron a andar con aquella gente. Lo ayudaron a subir, pero talento le sobraba.
—¿Y cómo terminó el incidente?
—La Gardner se acercó a su esposo, le besó una mejilla y le dijo algo bajito. Fue como si Mr Hide se volviera doctor Jekyll con una caricia. Luego la belleza me dedicó una sonrisa y sucedió el milagro: Frank Sinatra me miró. «Gracias por todo, Ava y yo estamos de acuerdo en que nos hemos sentido como un invitado en tu casa, siempre que nos has atendido.» Así era, un encanto con los que lo trataban bien, una fiera cuando lo molestaban.
—Todo por la casualidad de encontrarte con Chuck.
—Gracias a eso tenía un trabajo bien pagado, en un lugar que después pasó a la historia. Después me hice croupier. Conocía toda la maldad que se movía alrededor mío. Pero nunca aquellos matones maltrataron a un empleado, al menos delante de mí.
—¿Y el portero, siguió trabajando en el Hotel?
—De eso nada. Lo botó Chuck ese mismo día. En el cincuentinueve fue de los primeros milicianos que vinieron a ocupar el Nacional. Tan pronto tuvo poder hizo que me dejaran sin trabajo. Todavía es un tipo fuerte en el gobierno.
Elías fue a cambiar el disco. Arrastraba los pies. Con la vejez había adelgazado y los pantalones raídos le colgaban de las nalgas. Escuché «One for my babe» en «la voz», otra vez. El anciano giró. Su rostro parecía rejuvenecido.
¿Cuando llegue a su edad qué recordaré y qué olvidaré? No lo sé. ¿Cómo saberlo ahora?
De algo estoy seguro, la música será el catalizador de mis memorias. Yo también tuve ídolos a los dieciocho años.


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Otro veinte de mayo.

 

20 de mayo bandera

 

Llegué muy molesto de la escuela. Tiré la puerta, salí corriendo a mi cuarto y puse el tocadiscos. La canadiense Gizelle Mc Kenzie cantando swing y standars en inglés. Con el volumen bien alto.

¿Has olvidado que día es? Veinte de mayo. Trajimos a Laíto del asilo y vienes con una perreta. —Mami estaba parada en la puerta. Secaba sus manos en el delantal y me miraba con su expresión de regaño.— Ve y siéntate con él.

No estoy pa’ Laíto y sus cuentos. ¿Y quién dijo que me dio una pataleta?

¿Olvidas que soy tu madre? ¿Qué pasó en la escuela? ¿No tenías ensayo del coro hoy? Tu abuela te vio entrar en casa de tu amigo Onelio hace rato.

La maestra Bertha nos dijo que Alfredo se enfermó, que el próximo lunes tendremos otro «ensayador».

Bertha era nuestra maestra de matemáticas, era también la jefa del núcleo del Partido Comunista de Cuba en la escuela. Yo la creía dulce y afable. Pero a partir de aquella tarde la traté con frialdad y la evité fuera de clase.

¿Y nada más?

No respondí. Se me salieron las lágrimas. Fue suficiente para Nimia Ávalos. Se sentó en mi cama y pasó una mano por mi cabeza.

—La mamá de Zunilda llamó por teléfono y contó lo que pasó. Vamos. Hice majarete, dejé la cuchara de madera en el caldero para que lo rasparas y te comieras las raspas. ¿Lo pongo en el patio, al lado de mi tío abuelo?

Claro que funcionó la estratagema, aunque yo sabía que la era. Me dispuse a escuchar al viejo.

¿Y esos ojos colorados? ¿Qué le pasó a mi aprendiz de curioso?

Sonreí, a pesar de todo. Me quise hacer el duro.

El horno no está pa’ galleticas.

Te equivocas. El horno nunca ha estado más apropiado para hornear galletas. Ya la vida te está dando golpes. Estás creciendo y yo, por ley de la naturaleza, no voy a poder verte hacerte un hombre. Cuéntame que les pasó.

Usted sabe que llevábamos meses ensayando «El mambí». Nos estaba quedando muy linda. Zunilda y yo, de soprano y barítono, con un verso de solista cada uno. Habíamos logrado ya la pausa entre «Cuba adorada» y «Mi amor por ti.» ¡Tremendo impresionismo!

No es un buen uso de la palabra, pero te entiendo.

Yo había visto llegar a Alfredo desde el segundo piso y organicé a todo el coro alrededor del piano para darle la sorpresa cuando entrara. Se demoraba, cosa rara. Quién le dice que en vez de él, apareció la maestra Bertha y nos dijo que el músico estaba enfermo. «A partir de la próxima semana cantarán otras canciones, una de Silvio Rodríguez, «Bella ciao» y «Kalinka» en idioma soviético.»

Laíto soltó la carcajada.

¿Idioma soviético? ¿Y esa es la maestra que tanto admiras? —El anciano notó mi desconcierto y trató de aligerar su ironía.— No quise decir eso. Pero el idioma es ruso, los soviéticos no han inventado su propio idioma todavía. Sigue contando.

Ahí la cosa se puso rara. La profe Bertha empezó a decir que «los valores de nuestra juventud son los del internacionalismo proletario y los del marxismo leninismo.» Que era mejor no cantar cosas como «El mambí», pues «visto a través de la óptica del materialismo histórico, Carlos Manuel de Céspedes y otros que ustedes creen héroes, no eran más que burgueses que necesitaban liberar a los esclavos para que tuvieran poder adquisitivo y pudieran comprar el exceso de producción. Un salto lógico de un sistema obsoleto a otro.»

¿Qué cosa? ¿Qué el Padre de la Patria no es un héroe? —Laíto se llevó la mano al pecho. Su rostro se puso rojo y los ojos se le cerraron. Tan inmóvil se quedó que lo hubiera creído muerto, a no ser por su respiración agitada. —Dile a Nené que me traiga la pastilla y un vaso de agua. ¡Corre!

Salí dando gritos, golpeé el caldero con las sobras de majarete y cayó al piso escandalosamente. Se armó el revuelo. Unos minutos después el anciano estaba tranquilo, abuela le había puesto la píldora debajo de la lengua. Me prohibieron hablar otra vez del tema hasta que nuestro pariente estuviera bien del todo.

No te preocupes Laíto, en el asilo no harán nada, porque son unos parias. Pero en esta casa se celebra el Día de la Bandera, aunque sea a escondidas. —Le oí decir a mi abuela mientras ayudaba a mami a servir la mesa. Manteles de hilo, la vajilla buena, las copas y un arroz con pollo a la chorrera que olía a gloria. Cerveza fría para los adultos y un cubanísimo majarete de postre.

Todos los años había que traer a Laíto León con algún pretexto a casa en esa fecha. Abuela y él ponían discos con canciones patrióticas, elegantes danzones o guarachas jocosas. Y colgaban la bandera cubana en una ventana de la sala. Después de la comida, mi tío bisabuelo esclareció:

Este cielo azul no ha visto un día tan feliz como el 20 de mayo de 1902, aunque algunos quieran imponer otra idea. Cuando parecía que los americanos no se irían nunca, Estrada Palma, nuestro primer presidente, anunció que dejaríamos de ser una isla intervenida por los del Norte, para convertirnos en República. Sólo escuchar ese nombre me provoca el deseo de gritar: ¡Viva Cuba Libre! ¡Cuatro siglos como colonia española! Al fin seríamos un país independiente. La alegría más grande de mi vida.

En la escuela nos habían reiterado que nuestra fecha más importante era otra. Muchas veces la interpretación de la Historia que hacían Laíto y mi padre era distinta a la que exponían nuestros maestros. Al principio me confundía y discutía con ellos. Luego dejamos de recibir clases de Historia de Cuba por años. Supongo que no era el único que cuestionaba lo que trataban de meternos en la cabeza. A cambio, empezaron a impartirnos Historia del Proletariado Mundial y el Movimiento Obrero.

Parala bandera se había convertido en un trapo más. Tampoco el escudo ni el himno significaban nada. Pero la letra de «El mambí» y la idea de que Carlos Manuel de Céspedes era un patriota que había liberado a sus esclavos, luchando hasta su muerte, sí las tenía arraigadas.

Tú sabes que el Ejército Español mató a dos de mis hermanos y que cuando el otro, Lino, llegó ciego y herido a su casa, encontró a su mujer e hijos muertos de inanición, por culpa de la Reconcentración de Valeriano Weyler. Tú llevas sangre mambisa. Cuando alguien niega que los hombres y mujeres junto a los que luché fueran héroes, es como si los estuvieran matando otra vez. Es como ignorar los treinta años que peleamos por tener una Cuba Libre. Cada veinte de mayo recuerda mis palabras. Ese día en 1902, a las doce del día, ondeó por primera vez la bandera del país de tus abuelos, tus padres y tú. Hónrala, que costó mucha sangre verla batirse al viento en un asta, sola. Y ahora a bailar danzón. Hoy es día de fiesta.

No regresé a cantar al coro. Yo también me enfermé, como Alfredo. Muchos años después, en el Teatro Mella, me reencontré con él y lo reconocí, a pesar de canas y arrugas. Para refrescarle la memoria le conté la anécdota, incluyendo lo inolvidable de la fecha en que sucedió. Lo recordó, todavía resentido.

La tal Bertha me dijo hasta gusano. Discutimos muchísimo. Le aclaré que si a tu generación no le enseñábamos a amar a su patria, nunca iban a sentir nada por ella. Me dijo que me acusaría de diversionismo ideológico si yo «seguía hablando mierda.» Se le cayó el barniz enseguida. Y ahora ya ves el resultado «de la política de nuestro partido.» A estas alturas no hay un sólo joven cubano que sepa cuándo Cuba comenzó a ser Cuba.

Por suerte los hay, amigo y siempre los habrá. —Le aclaré.

El último de los León murió antes de volver a celebrar otro veinte de mayo.

Miro el calendario y busco la bandera cubana que guardo en el armario. Recuerdo las palabras que dijo Laíto en mi adolescencia.

«Y ahora a bailar danzón. Hoy es día de fiesta.»

 

20 de mayo, 1902

 

 

 


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Al Capone en La Habana

 

Capone 1

                                    Al Capone en los Jardines de la Tropical, La Habana

Mi Zuppa Inglese era el mejor de L’abana. Hasta a Al Capone le gustó…

Yo no le estaba haciendo caso a Rubildo Espino, ni me interesaba saber que era un zupa-lo-que-fuera. El anciano hablaba de su trabajo como repostero en el Hotel Sevilla. «El más caro de Cuba en aquel entonces». Sin embargo, cuando escuché el nombre de Al Capone solté los patines que estaba engrasando. Me volví todo oídos y corrí a la entrada del comedor al patio.

¿Dice usted que Caracortada estuvo aquí? Pregunté interesado, el viejo ni me miró.

Mi madre si lo hizo. Movió la cabeza de un lado al otro. Eso bastó. Di un paso atrás, para ni ser visto por los comensales. Luego mami me guiñó un ojo de manera cómplice. Conocía mi pasión por la figura del mafioso.

Al abuelo Espino y a Erlinda, su mujer, nunca les gusté. Por suerte era un sentimiento recíproco. Estábamos emparentados de alguna manera y no se perdían una comelata en mi casa. De niño me metía bajo la cama de mis padres tan pronto los veía y no salía hasta que se fueran, pero ya era un adolescente. Ese día había pedido permiso para irme a patinar después del almuerzo. Rubildo salió al patio a buscar un cenicero mientras contaba. Fue cuando lo oí pronunciar las palabras mágicas: Al Capone.

¿Eso fue antes que lo metieran preso o después? —preguntó mami. Yo no veía a los visitantes, sólo a mi vieja. Se abanicaba en un rincón del comedor. El resto estaba sentado alrededor de la mesa. Me acerqué al umbral, para escucharlos.

Mucho antes… El mafioso vino una sola vez, en 1928. Se hospedó en el Sevilla. Alquiló el sexto piso completo. Yo trabajaba en la cocina del noveno, en el Roof Garden. Cuando le sirvieron mi postre me mandó a buscar. Pensé que no le había gustado. Le había caído un poco de crema pastelera en la polaina blanca y un empleado se la estaba limpiando. Ya me veía metido en hormigón, enterrado vivo mientras se endurecía.

¿Tenía tan malas pulgas como cuentan?

Cuando me paré delante de él, yo estaba muerto de miedo. Me sonrió, me dijo algo en inglés celebrando el dulce y me metió un billete de cien dólares en el delantal. El primer día había mandado a buscar a todos los empleados que lo atenderían en el piso que alquiló y a los de la carpeta. Los saludó y les regaló cien a cada uno. Entre pandilleros era un matón pero era otra cosa con la gente normal.

¿A qué vino? Todavía ni Meyer Lansky ni Lucky Luciano vivían en L’abana. mi padre estaba tan interesado como yo, hacía las mismas preguntas que yo hubiera querido hacer.

Los yanquis estaban en plena ley seca. Los barquitos que llevaban alcohol desde aquí eran atacados por bandas rivales. Parece que Capone vino a comprar a algunos políticos para que los guardacostas los protegieran. Un día lo visitó Israel Cedro, el presidente de la Casa de Representantes cubana por entonces. Eso me lo contó Erlinda que trabajaba en la carpeta del hotel.

Yo lo vi todito. interrumpió la mujer Horas antes, Al Capone había preguntado dónde se podían comprar los relojes más caros en L’abana. Le escribí la dirección de Le Palais Royal de la calle Obispo y el maloso mandó a alguien allí, después de agradecerme con un segundo billete. Cuando llegó el político se sentaron en el Patio Andaluz. Pude ver la cara de sorpresa que puso al abrir la cajita. Un Patek Phillipe de oro. Cuentan que Capone compró tres, cada uno en dos mil dólares, uno para él, otro para su guardaespaldas y el tercero para Cedro.

Rubildo retomó protagonismo.

La última noche el hombre volvió a pedir Zuppa Inglese. Quería que se lo hiciera yo. No dejó nada en el plato. Luego se fue corriendo a jugar con Cedro, que era vicioso a la ruleta. Me esmeré por gusto, pensé. Había hecho el mejor postre de mi vida en espera de una buena propina y el mafioso había partido apurado… Iba para la casa, cuando llegó jadeando uno de los guardaespaldas. Me puso la mano en el hombro y dijo algo, con una sonrisa de oreja a oreja. Entendí dos palabras: boss y happy. Me dió trescientos dólares.

A lo mejor le regaló el reloj al político por buena gente. —reconocí el dejo irónico de mi padre.

No seas bobo. El Cedro ese era más delincuente que ningún mafioso, estuvo en todos los gobiernos, desde el de Machado hasta el de Batista. Los políticos saben nadar y esconder la ropa. Después son los gangsters los que van a la cárcel o los matan con una metralleta, los gobernantes mueren en su cama…

¿Y qué hicieron con el dinero?

Entre los dos fueron seiscientos dólares… con eso y nuestros ahorritos dimos la entrada para comprar la pastelería. Un presente del mismísimo Caracortada. —aclaró Erlinda, por una vez sin aquel tintineo de superioridad que todavía me molesta recordar.— Cuarenta años levantándonos a las tres de la mañana para amasar y hornear. Cuarenta años ganando clientela y viendo las caras de placer de los niños al comer nuestros dulces. Y un mal día se le antojó a un hij’e’puta que la propiedad privada no podía existir…

Se hizo un largo silencio. A abuela no le gustaba que se hablara de política en casa pero a Rubildo y Erlinda era difícil cambiarles el tema: la fijación eterna en contra del dictador de turno.

Mami me volvió a mirar, parecía molesta. Creí que la había tomado conmigo.

Hay cosas que mejor no escuchan los niños… —se levantó y tiró el abanico sobre el asiento— ¿Tú no ibas a patinar? Vete ya.

Obedecí a mi vieja, aunque por primera vez quería quedarme a escuchar al anciano contar sus cosas. Mientras patinaba sospeché que el abuelo Espino tenía sus razones para ser tan amargado. No me daba cuenta que aquel pensamiento era una idea de adulto. Yo estaba creciendo.

Al Capone murió de sífilis después de años en la cárcel. Cedro llegó a ser vicepresidente. A Rubildo le quitaron su pequeña pastelería en la Ofensiva Revolucionaria de 1968, por suerte murió antes de verla derrumbarse. Demoré años en probar el Zuppa inglese. Si el hecho por el abuelo Espino sabía mejor que el que comí en Roma, le habría comprado un Patek Phillipe de regalo. Y le hubiera dado el abrazo cariñoso que nunca le di…

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Marcianos en L’abana

Era 1954, tía Nena vio el Objeto Volante No Identificado, se asustó muchísimo y salió corriendo a comprar provisiones para esconderse, con toda la familia. Llamó por teléfono a Cruces para que mis padres, recién casados, hicieran lo mismo. Los marcianos estaban a sólo unas cuadras de casa. La gente se aterrorizó.

¿Seríamos atacados por los hombrecitos verdes?

¿Venían a robar caña de azúcar para dar energía a sus naves?

¿Vendrían a violar mulatonas cubanas para crear una nueva especie de extraterrestes con amplias caderas, que pudieran bailar el cha cha cha haciendo fértil algún árido planeta?

Las expectativas fueron muchas y la noticia se regó en segundos por Radio Bemba, el boca a boca del cubano, sin antenas ni ondas hertz.

Creció la bola de nieve y se reunieron cientos de curiosos en el lugar.

El final quedó en la leyenda y en un delicioso cha cha cha que todavía se baila.


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Un gallo para San Isidro. Parte III, final.

mapa san isidro

Plano del Barrio de San Isidro. Habana Vieja. Cuba

¿Te conté que ayer vi a José Claro, el mulato que ayudaba en la casa de Alberto Yarini? Pa’ mí que ya le falta un tornillo. Dice que quién lo jodió todo fue Charles Magoon, el interventor americano. El gringo quiso tranquilizar a los criollos metiendo a las putas colegialas, las independientes y las callejeras en una «zona de tolerancia» en San Isidro. Pa’ nosotros los cubanos la culpa la tienen siempre los de afuera o los gobernantes. Somos todos santos o mártires.

¡Cuidado con la oreja, coño! ¡Estos barberos baratos!

Anoche… volví a soñar con Alberto. Llevaba el cabello engominado, la raya del pantalón perfecta. La cadena de plata de su reloj Nautilus destellaba sobre el chaleco. Caminábamos juntos calle Paula abajo, llegando casi a la Iglesia de la Merced. Íbamos a ver el mar, ese mar que quería volver a cruzar, pa’ alejarse de esta mierda. Oí los tiros. Lo mataron delante de mí, otra vez. Vi la sangre empapando su camisa, opacando el brillo de su cadena. Yo le disparé al cabrón de Letot.

¿Tú sabías que todos los días el Amigo me recogía en la fonda El Cuba? A mí, a Pepito Basterrechea, el muerto de hambre que lo cuidó cuando se cayó de un balcón por andar en malos pasos, al que le cubría las espaldas, al hombre que lo acompañaba a lugares donde solo no hubiera podido poner el pie. Yo no iba tras él, andaba siempre a su lado, me sentaba a su mesa en cualquier lugar. Hasta en la casa de sus padres.

¡No me rebajes tanto el pelo, coño, que voy a parecer un preso común!

Después de la muerte de el Amigo me llevaron a juicio. «Inocente», dijo el juez. Alberto escribió una confesión antes de morir. Los que le dispararon tambien salieron libres. Fue un arreglo de los Conservadores. Al regreso del entierro de Letot, que no se llamaba Letot, sino Hansen. Cayó un apache en la balacera, otros dos fueron heridos. Tres estiraron la pata en la oscuridad de los callejones, uno con la panza atravesada por un palo de escoba afilado. La policía nunca supo quién terminó con sus jodidas vidas. Yo sí sé. Los demás huyeron, como Elena Morales, la puta de mierda que vendió al gran Yarini. Los tiroteos y las puñaladas traperas convirtieron San Isidro en un matadero. Venganza y más venganza.

Resultó que la petit Berthe y su hermana Jean, tampoco se apellidaban Fontaine sino Santerre, montaron en un vapor y terminaron en Nueva Orleans. Viejas, pobres y feas, con las caras pintarrajeadas como todas las añejas desesperadas de su giro.

¡No me pongas tanta brillantina!, que se me notan más las canas…

Con Alberto se acabaron los Yarini. Ni él ni su hermano José Anastasio tuvieron hijos, pa’ dolor de don Cirilo. Fui a verlo, ya retirado y viudo. Como muchas otras noches, yo había soñado con el Amigo: «Pregúntale a mi viejo qué le confesé una Nochebuena mientras escuchábamos a mamá tocar el piano», me pidió en el sueño. Don Cirilo me miró sorprendido: «¿Y quién te dijo eso?» Sacó de un cajón un fajo de billetes y lo puso sobre el buró de caoba. «Ese secreto me lo llevo a la tumba. Por haber vengado a Alberto, recibirás una mensualidad de por vida.»

Cirilo cumplió su promesa. Aún después de enterrado la mantiene. Gracias a eso puedo vivir del cuento en cualquier lado. Lejos de San Isidro.

En 1913, los mismos policías que se dejaban sobornar antes, desalojaron las putas y metieron presos a los chulos. Cerraron los cines con tufo a esperma seca y sudor de calentura, donde ponían peliculitas de relajo. Los invertidos que hacían gozar a los más depravados en algunos bayuses cogieron camino. Se acabó la «zona de tolerancia». Madre me pidió que nos fuéramos y la obedecí. Hace años murió. Ahora estoy solo. Nadie plancha mis camisas ni me hace el desayuno. Veo a mi hermana de vez en cuando y le cuento cosas, como a tí.

¿Me puedes cortar los pelos de las cejas? ¡Corta, corta!

Eso es. Hombre al fin, entiendes lo que te pido… Las mujeres siempre terminan haciendo lo que les da la gana y convirtiéndolo a uno en su monigote. A no ser que seas como Alberto. ¡Las cosas que le vi hacer a sus putas! Yo no puedo ser así. Tampoco soy un borracho. Los vecinos hablan mucha catibía. Ninguno se acerca a decírmelo. ¡Y los periodistas que vienen a averiguar y rellenan con mentiras! No sé de dónde sacaron que Alberto y yo éramos ñáñigos. Yarini desembolsó una buena cantidad de plata pa’l entierro de Aniceto Lambarri, un abakuá importante. Ganamos su respeto o lo compró él.

¿Alcanzará con lo que te pagué pa’ recortarme el bigote y teñírmelo? No quiero parecer un carcamal parejero pero es que yo siempre fui bonitillo. Es una lástima. Ya nadie lo nota. Ya nadie nota nada. Nada de nada. Termina rápido. Tengo que comprar algo en la bodega de la esquina. No es lo que tú crees. Es que… el aguardiente ayuda a olvidar. Tantas cosas que olvidar. Tanta sangre en la camisa blanca de Alberto Yarini… el hombre más macho que pisó L’abana.