DESPUÉS DE LA MEDIA RUEDA

Bitácora nostálgica, de un cubano que vive hace más de dos décadas en Suecia


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Un fin de semana en Londres. Lunes. (final)

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Buckingham Palace Después de la Media Rueda

Tomé el desayuno del hotel, incluido en el precio. Pregunté al cingalés de la carpeta cómo llegar al Palacio de Buckingham. Al describir el Monumento a la Reina Victoria desapareció su sonrisa. Comprendí. El mismo efecto me causa la mención del cruel Valeriano Weyler.

Salí corriendo a visitar la residencia de los reyes por fuera, con cierta desazón. Era mi última mañana en la ciudad.

Las cortes y la nobleza me importan un pepino. Me animaba el recuerdo de Milady De Winters, visitando al amante de la reina francesa en «Los tres mosqueteros» de Dumas. Es uno de los personajes de la literatura de aventuras que más me ha atraído desde la niñez. Una bella malvada con historia.

Llegué en metro a St. James’ Park, que colinda con el Palacio. En la estación una empleada caribeña me trató de darling y me indicó el camino con gestualidad exagerada. Me acerqué al edificio por Birdcage Walk, al borde del parque. Un paseo delicioso, me acompañaba un sol de primavera. Londres me despedía con luz.

Exploré Queen’s Garden con libertad y me llamó la atención el Victoria Memorial. Dos nietos de la reina se gastaron un dineral en mármol y en la escultura de bronce. Cuando me acerqué a la imagen dorada, la sonrisa del joven de Sri Lanka se me metió en la cabeza. En la época victoriana florecieron las artes, la literatura, las ciencias y la industria en aquella isla. El Imperio fue más poderoso y rico que nunca. Las riquezas salieron de sus dominios coloniales y se repartieron entre unos pocos. No entre los ancestros del carpetero del hotel ni entre las posibles víctimas de Jack el Destripador que sobrevivían en la pobreza de Whitechapell.

El parque fue todo mío, y de mis reflexiones, a esas horas tempranas, hasta que se me acercaron tres jovencitas, gritando al viento con su acento y sus frases coloquiales que eran sudamericanas. «¿Si les hago una foto a las tres, me tomarían una a mí?» Les propuse y accedieron. Una de ellas soltó. «Llegamos hoy mismo. Nos habían dicho que este era un lugar muy animado, pero todo está desierto…» Habían sobrevolado el Atlántico y sospeché. «Son las siete de la mañana. La gente está todavía durmiendo. ¿Adelantaron los relojes?» Por su expresión de asombro, descubrí que no. Sus padres tenían dinero para pagarles el viajecito, no para enviarlas a una buena escuela. Les deseé un buen viaje y me alejé.

Continué curioseando por Green Park y los Jardines del Palacio. El sol y el verde seguían alegrándome.

Un poco antes de las diez tomé el metro otra vez en Hyde Park Corner para ver el Tate Britain Gallery, en Millbank. Admiré las obras de pintores ingleses, como Reynolds, Constable y William Blake, con sus enigmáticas oscuridades. Me detuve en los dos salones con esculturas de Henry Moore, en ellas recordé al cubano Manuel Carbonell. Otro museo gratis.

Después de entregar mi habitación, tan desconchinflada como la encontré, almorcé en Angus Steakhouse, un restorán de la cercana Praed Street, donde casi me golpeó el taxi el primer día. Una taberna muy británica, con filetes de la mejor carne argentina. Me atendieron muy bien, sirviéndome un jugoso bisté en una tabla, con unas papas asadas que sabían a gloria.

Con flema inglesa recogí mis matules y regresé a la nevada, silenciosa y tenebrosa Suecia.

Disfruté la parte de la capital británica que recorrí, no solo por las muestras de arqueología del British Museum, los cuadros de la National Gallery o las funciones teatrales. Me regocijaron los conductores del metro y los ómnibus, el amistoso carpetero del hotel, las madres de familia italianas, francesas o inglesas explicando a sus hijos los cuadros en los museos repletos. Me asombraron la locura arquitectónica y los olores de comida china, india, caribeña o thailandesa en cualquier esquina; el encuentro con un taller de artesanía africano; un grupo de taxistas colombianos tomándose un café; un pub irlandés; una mezquita musulmana o una sinagoga hebrea cerca de una iglesia protestante o católica. Hipnotizado anduve sus mercados callejeros donde se venden narguiles árabes, máscaras canadienses, monedas de coleccionistas neozelandeses, discos de calipso trinitario o trajes típicos pakistaníes. El Londres turístico es un rompecabezas donde conviven cultos, religiones y culturas muy distintas. Todo un mundo. Allí los barrenderos cantan mientras trabajan, los empleados públicos sonríen y nos tratan de sir o darling.

No sé si a punta de espada, al ser tan diferente a Estocolmo y sus herméticos habitantes o a golpe de impresiones, la capital del Imperio Británico terminó por conquistarme. Claro que regresaré.

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Baker Street 221b  Después de la Media Rueda


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Un fin de semana en Londres. Domingo

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Museo Británico. British Museum. El fotógrafo olía a curry.

Bien temprano, dejé que los carbohidratos y el colesterol del desayuno inglés del hotel me cargaran de energías.

Partí, haciendo cambio de tren y linea en Oxford Circus. Quería ver Whitechapel antes de que el mercado de Petticoat Lane abriera.

Ese lugar es muy importante para mí, en su callejón Brick Lane puse a vivir a Bill Collazo, héroe de una serie de novelas sin terminar.

En el mercado de Petticoat Lane, ahora Middlesex Street, se vende muy barato. Sospecho que la mayoría de la mercadería de marcas conocidas son copias. A pesar de los intentos del gobierno por impedirlo, la venta continúa desde hace casi trescientos años.

Recorrí aquella parte del East End bajo una llovizna insistente, pero poco encontré del ambiente que esperaba. Alguna esquina con una casa de piedra oscura, algún pub con el encanto de lo vetusto. Los nazis bombardearon la zona sesenta años antes. La mayoría de los oscuros callejones donde Jack el Destripador y otros malucos merodeaban en busca de sus víctimas, desapareció con las bombas alemanas. Alrededor de mil doscientas prostitutas procuraban también allí su clientela, obligadas por la pobreza extrema, la mayoría inmigrantes irlandesas o judías.

Dorset Street, conocida en la época victoriana como lo peor de Londres, es ahora privada, sin acceso al público. Me contenté con un paseo por Whitechapel Road, evocando las lecturas de Dickens, las travesuras del joven Lenin y «La gente del abismo« del norteamericano Jack London.

Visto Whitechapel, me marché a la casa del Parlamento tomando el metro. Subí las escaleras de la estación. Miré arriba y allí estaba el famoso edificio. Recorrí de orilla a orilla el puente de Westmister. Observé desde diferentes distancias la torre con su reloj, la que se conoce en medio mundo con el nombre erróneo de Big Ben. Se llama en realidad Saint Stephen o Clock Tower. Cuando se construyó el campanario, el comisario de las obras era un sir gordo llamado Benjamin Hall. La campana mayor es tan gruesa como lo era él. Por eso recibió el apodo de Big Ben, Benjamin el gordo. Así que no es el reloj o la torre, si no la campana más gruesa y pesada la que lleva tal apelativo.

Estuve casi una hora observando el Parlamento por todos los ángulos posibles. Es el símbolo indiscutible de la ciudad. Quizás haya otros edificios más interesantes pero el hogar del Big Ben y de las chusmísimas discusiones del Parlamento se impone.

De allí casi salté hacia la Plaza del Parlamento, con su monumento a Winston Churchill y otros estadistas, quizás todos personajes de ficción para los escolares británicos.

Antes de entrar a Westmister Abbey o colegiata de San Pedro, me enamoré de su portón norte. Sólo pude fotografiar por fuera. Se estaba oficiando la misa del Domingo de Ramos y los turistas no debíamos molestar a los parroquianos con nuestros flashes. En esta iglesia se coronan y entierran los monarcas británicos. Muchas intrigas, mucha habladuría, mucha conspiración y mucho veneno han encontrado hogar entre esos bancos y debajo de esas bóvedas góticas.

La próxima parada en el metro fué la City, la llamada milla cuadrada. Allí los romanos fundaron Londinium hace más de dos mil otoños. En ella se mezclan ahora bancos y compañías de seguros con edificios viejos. Entre ellos la más destacable es la catedral de Saint Paul, proyectada por el arquitecto Christopher Wren, tambien Sir, pero no como yo que solo soy de mentiritas, turístico.

Estaba fotografiando la construcción por fuera, cuando una guagüita coloradita de dos pisos se detuvo. El chofer bajó muy sonriente y, para mi sorpresa, me preguntó si quería una fotografía. Los turistas japoneses que abarrotaban el ómnibus, tan desconcertados como yo, nos tomaron un montón de instantáneas, desde las ventanas donde se acumulaban como sardinas en lata. El adorable chofer, un oso al que debí darle el teléfono del hotel, me hizo fuera de Saint Paul una de las dos únicas imágenes en que salgo de cuerpo entero en el viaje. La amabilidad inglesa con los turistas no tiene comparación. Y eso que mi inglés debe sonar muy raro en los oídos británicos. Si los cubanos destrozamos el castellano… ¡Imaginen el ingré!

Saint Paul Cathedral es bellísima, construida con una mezcla afortunada de estilos, clásico y barroco. Tampoco pude tirar fotos adentro, el Obispo de Londres que tiene su sede en esta iglesia, oficiaba misa. Compré dos velas y las encendí, como suelo hacer en los templos cristianos que visito, para desearle cosas buenas a mis seres queridos, familia y amigos.

Luego de deambular por St. Paul emprendí el camino de Canon Street hasta Tower Hill. Paseé por la Torre Blanca, la fortaleza de historia tenebrosa y sangrienta. Fue construida por Guillermo el Conquistador, que seguro mató más gente que Jack el destripador, pero nadie lo recuerda ya. Recorrí el museo de su interior, acongojado. Olía a traición, asesinatos y a la corrupción absoluta de los poderes absolutos, incluso en la sobria capilla de St. John.

En el patio Tower Green ponían un cadalso para evitar el escarnio público en las ejecuciones de los nobles. Enrique VIII se quitó de encima a tres de sus esposas decapitándolas allí. Así fueron los fundadores de las casas reales de Europa.

Dicen que la desaparición de los cuervos que habitan la Torre de Londres marcará el final del Imperio Británico. Hay pájaro negro para mucho rato en sus muros. Tranquila reina Isabel, te sobrevivirán…

Merodeé como hipnotizado por la orilla del Támesis, con el Puente de la Torre frente a mí. Lloviznaba casi con ternura. Creo que fue el momento más mágico del viaje.

Atravesé debajo del puente hasta St. Katharine’s Docks. Es una especie de marina, construida en el siglo XIX. Allí está la Dickens Inn, antes de llegar al pedacito de tierra donde estuvo el hospital que le da nombre. Lugar casi desconocido para los turistas y lleno de significación para mí. Juega un papel fundamental en «Bill Collazo y el tesoro de los Argonautas», la primera novela de la serie.

Después de St. Katharine’s Docks, me fui a zapatear el Tower Bridge por el solo hecho, banal y egoísta, de saberme paseándolo. El pobre inmigrante cubano caminó por el Puente de la Torre en Londres, a unos metros sobre el Támesis. Otro sueño cumplido.

Bajé al metro, viajando hasta la estación de Tottenham Court Road. Comí por siete libras en un restaurante indio con buffé, dándole pérdidas al dueño.

Busqué en mi plano y seguí una calle. Iba nervioso por la expectativa y oliendo a curry. Lo primero a admirar en el Museo Británico es la piedra de Rosetta, en las salas de Egiptología. Sin esta piedra y Napoleón Bonaparte, todavía estuviéramos sin saber nada de historia antigua. En lo que él llamó su campaña de Egipto, llevó al Cairo decenas de matemáticos, historiadores y dibujantes, para que documentaran todo lo que pudieran encontrar sobre la historia del sitio, inventando la egiptología.

Unos soldados franceses hallaron en una ciudad cercana a Alejandría, la piedra de la que les cuento. En ella estaban escritos nombres de faraones en griego, copto y jeroglíficos antiguos. Jean Francois Champolión notó que los datos se repetían en los dos idiomas conocidos e infirió (divino verbo) que los jeroglíficos significaban lo mismo, descifrándolos. Le tomó años hacerlo. La piedra Rosetta es por ello un hito en la egiptología, la arqueología y la historia en general. A mí me parece una prueba irrefutable de la voluntad humana, de su hambre de conocimientos.

Un montón de objetos forma la colección: los polémicos mármoles de Lord Elgin, los relieves de los frontones del Partenón que compró en Grecia para protegerlos de la destrucción turca; el monumento de las Nereidas, la única estatua colosal que queda del mausoleo de Halicarnaso, una de las siete maravillas del mundo antiguo; dinteles de piedra mayas; estampas de Katsushika Hokusai, el dibujante japonés de «La ola»; la gigantesca cabeza de Ramsés II, etc.

Me detuve en las muestras de Mesopotamia, Asiria y Babilonia, sobre todo las estatuas y relieves de los palacios de Nínive y Nimrud. La ceguera del mundo islámico a la belleza anterior a su cultura, ha hecho posible que los ingleses se hayan apropiado de tales tesoros, aparte de lo bondadosos que sabemos que son. Deambulaba maravillado cuando la campanada de cierre advirtió: mi tiempo entre aquellas reliquias debía terminar.

Monté otra guagüita coloradita de dos pisos. Como la noche estaba despejada, subí a disfrutar del viaje hasta Piccadilly Circus. Decidí dar todo el recorrido de ida y vuelta, para ver parte de la ciudad desde un lugar privilegiado. El núcleo de París es menos viejo y está bien planeado por Hausman, se mantiene entre neoclasicismo, art noveau e imperio. Siempre romántico, amoroso y elegante en su homogeneidad. En Londres existe un edificio art deco al lado de uno gótico, un palacio renacentista pared con pared con una iglesia del barroco inglés, un museo neoclásico, casas de vivienda victorianas o georgianas circundando un banco post moderno. Una ciudad donde la arquitectura se enmaraña, desconcertando siempre. Sin patrón. Quizás por eso algunos no le ven el alma. A mí ese caos me conquistó a la fuerza. Quizás por vivir tantos años en una Estocolmo que sólo tiene dos entornos: gótico gris en el centro, concreto gris en las afueras. Todo sigue siendo relativo, más que nada la belleza.

Terminé la velada de tiendas en la City, comprando los regalos que me hago y hago a algunas amistades como recuerdo de mis viajes. Anduve divertido entre jóvenes y no tan jóvenes jugando el deporte de la conquista sexual. De regreso al hotel preparé el itinerario de mi última mañana londinense. Me había resignado ya a dejar muchos lugares de interés para próximas visitas.

continuará…

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Piedra Rosetta en el Museo Británico. El fotógrafo seguía oliendo a curry.