DESPUÉS DE LA MEDIA RUEDA

Bitácora nostálgica, de un cubano que vive hace más de dos décadas en Suecia


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Chinchón: la vil seducción

DSC_0644Las seducciones pueden ser viles o consensuadas. No se limitan a dos seres humanos. Por eso me gusta subir a un avión y partir lejos de casa, para dejarme cautivar por un lugar diferente.

A finales de septiembre escapé a Madrid. El domingo escuché el teléfono, respondí tirado en la cama del hotel. Era la voz de una amiga entrañable, sin su familia no existe la capital de España para mí. Intercambiamos saludos y bromas.

Te llevaremos a Chinchón. A las 9 am en la Gran Vía.

¿Chinchón? ¿De qué me sonaba Chinchón? Estrujé mis neuronas intentado recordar.

Comenzamos las risas al primer abrazo. Salimos de la ciudad por el sur. En menos de una hora arribamos. Subimos una cuesta. Contemplamos las casas blancas de cal, los techos de tejas rojas, las calles estrechas empedradas, las puertas de madera tallada, los balcones y su balaustradas acumulando siglos.

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Quedé rezagado, descifrando el cartel de una pastelería con horno de leña y los nombres de sus golosinas: Pelotas de monje, tetas de novicia, palmeritas de Morata

Tan patidifuso andaba, que no descubrí el ruedo flanqueado por balcones de madera hasta que levanté la cabeza. ¡Díos mío! ¡Resultó ser la plaza donde filmaron la corrida de toros de Cantinflas en La vuelta al mundo en 80 días! Nos habíamos escabullido en una de mis películas favoritas. De ahí me sonaba Chinchón. Poco me costó evocar a César Romero vestido de jeque árabe en uno del medio millar de balcones, a David Niven encarnando con su flema inglesa al Philleas Fogg de Jules Verne, al cómico mexicano mientras toreaba y a la turba pueblerina vitoreando.

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«Nos falta mucho por ver, andando». Me advirtieron, con razón. Las cuevas del Murciélago, donde se cura el vino en grandes tinajones de barro, el Goya sobre el Altar Mayor de una iglesia sin torre, la cercana torre sin Iglesia pero con reloj, la atención y los sabores de la comida, el vino local en el Mesón Quiñones, el desconcierto de la cajera cuando las cifras de la cuenta le salieron en coronas suecas en vez de euros, la cabeza de ajo que nos regaló la dueña, la corrección de la vendedora en la Plaza «Limoncillo, no limoncello», la grata compañía, el Convento de las Monjas Clarisas, el lejano Castillo de los Condes, los panes convertidos en obras de arte, el fuerte anís de Chinchón con sus 74 grados de alcohol… todo merecía el asombro.

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Minutos antes de irnos, el portal de una casa muy baja rescató otro recuerdo del cine, el vino local había revitalizado mis neuronas. Reconocí la vivienda usada para filmar La vil seducción. Analia Gadé, caracterizada de monja y escapada de una obra teatral, hacía perder la virginidad a un muy señorito Fernando Fernán Gómez. Una seducción consensuada, no castigada por la ley. Chinchón me arrebató la inocencia de una manera vil. Por su culpa descubrí una España auténtica, una autenticidad que sorprende por la sencillez, por la naturalidad. Ojalá que nunca la pierda.

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