DESPUÉS DE LA MEDIA RUEDA

Bitácora nostálgica, de un cubano que vive hace más de dos décadas en Suecia


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Una canción para borrachos

Total, es un cobarde… — La frase me salió del alma. Con ella interrumpí Quiéreme mucho, el bolero que cantaba. Unos cuantos amigos nos habíamos reunido y descargábamos juntos, en la sala de la casa de mis padres en Cuba.

A mí no me haces cuentos… Habrán pasado cuarenta años pero todavía estás enamorado de la misma gente. Los haya separado lo que los haya separado.

Me soltó mi acompañante en la guitarra, alguien que cree que cuando nos embriagamos, saltamos los obstáculos que nos impone la sociedad; nos quitamos las máscaras y nos comportamos como payasos, actores trágicos o chiquillos pendencieros.

Hasta la generación que siguió a la mía, los ebrios de Cuba terminaban siempre por cantar Lagrimas negras de Miguel Matamoros o Quiéreme mucho, con música de Gonzalo Roig y versos de Ramón Gollury y Agustín Rodríguez. Aunque yo no había bebido la había comenzado a interpretar. Quizás me enajenaban los sentimientos.

Sea un cobarde o no tu adorado tormento, te hacen falta unos cuantos tragos de ron para descargar lo que sientes. Es malo guardarlo…

Detuve la mano que me iba a servir el alcohol. No hacía falta. El tiempo le quita los disfraces al despecho.

Totalmente sobrio, canté la canción de los borrachos. Entera y sin desafinar.


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Libros y más libros

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¿Pinacoteca de los Genios, Editorial Codex, Argentina? Ah… Ese es el país dónde nació el feo de la lámpara de Aladino. —aseguró la prima Lolita.

Tía Nena enarcó una ceja como solo Joan Crawford lo haría. Tomó un bulto de libros y los puso en las narices de la joven.

Pinacoteca es una palabra griega, es un lugar donde se exhibe arte. Estos genios no salen de ninguna lámpara. Lo único que tienes que hacer es leer las carátulas y sabrás quienes son.

Rubens, Miró, Van Gogh, El Greco, Braque, Goya, Vermeer, Modigliani, Canaletto, Renoir… —Lolita barajó los tomos y leyó los títulos.— Algunos dibujitos están graciositos, pero no conozco ningún nombre.

Precisamente. Fueron genios porque ni tú los conoces ni ellos te conocen a ti.

Yo tendría unos doce años. En aquél lugar al pie de la escalinata de la Universidad de L’abana, la librería Alma Mater, se vendían los textos de toda la Facultad de Humanidades. Tía Nena era la única empleada. Después de la escuela, la muchachada ayudaba a clasificar y poner los volúmenes en estantes, en ocasiones hasta bien entrada la noche.

Mis amigos fueron al principio por curiosidad. Después, verse rodeados por tantas publicaciones que no se vendían en las librerías ni existían en las bibliotecas, se hizo una necesidad. Unos semanas más tarde Rubén e Irene, estudiantes de Historia, Marilola y la húngara Eva Kovacs, se nos sumaron. Aquél lugar se convirtió en un salón de tertulia, dónde yo y mis socitos adolescentes no teníamos nada que aportar, los demás sí. Aprendíamos sobre arte, literatura, historia.

Donaciones de intelectuales españoles y argentinos, tesoros de la antigua editorial Aguilar: una Biblioteca Premios Nobel, empastada en azul, Mitos y leyendas de la antigüedad clásica, Cuentos de Grimm, Cuentos de Hoffman, Cuentos de Hans Chrisitian Andersen de la Editorial Labor, Maestros ingleses… Antologías y más antologías. Un niño en una pastelería no disfrutaría tanto.

Después del primer Congreso de Educación y Cultura, en abril de 1971, la librería Alma Mater fue inundada por las Obras Maestras de Lenin, Stalin, Nikita Kruschev, la pedagogía de Makarenko, los panfletos de Mikhail Sholojov y otros, los ladrillos incombustibles publicados por la cubana Editorial Revolucionaria.

A Tía Nena le pusieron un empleado poco trabajador pero que parecía tener más ojos que todas las moscas de un mercado en Kuala Lumpur juntas. Mi familiar perdió su trabajo. Nunca supimos porqué. Eran los aciagos años de la Parametración, con su lema de El arte es un arma de la Revolución. Cada maestro, cada bibliotecaria, cada figura de la cultura, era analizado frente a un tribunal según los parámetros de la nueva moral comunista, dictada por Stalin y algún otro extranjero.

Poco duró el encanto adolescente de cortar cuerdas, retirar papeles de Manila y hacer aparecer ejemplares inimaginables. Aún recuerdo las ironías de Tía Nena dirigiéndose a Lolita, determinada a encontrar en la Colina Universitaria un novio con título académico. No lo consiguió nunca, tampoco se enteró de quiénes eran los autores de los dibujitos graciositos pero se casó con un coronel y vive en una casa enorme donde no hay un solo libro o pintura. Yo, en cambio, aprendí que existe la lámpara de Aladino, escondida en un país donde puedo leer, apreciar y disfrutar de cuanto arte se me ocurra. Lejos de los que quiero, con un cielo gris y un invierno demasiado largo. Pero libre…

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Concierto en blanco para solo sin orquesta

¡Ay, casa!

Los fantasmas que me habitan son los mismos que pulen tus baldosas. Juegan enredados entre tus helechos, tiernos como aliento de ángeles, armados de esqueletos negros como ramas de coral, firmes como un beso, desconcertantes como plumas de avestruz… Helechos. Las malangas trepando la tapia, anulándola con verdes, implacables como alitas de libélula, dulces como caimitos, vibrantes como el zun zun que se alimenta de tus buganvillas siempre a las tres de la tarde.

La tarde…

Tus duendes juegan con lagartos que cambian de color. ¡Colores! Cálidos del amarillo al naranja. El sofoco del mediodia, la siesta de los mimbres y las limonadas con hielo. No, el hielo, no, no me lo recuerdes. Mejor miéntame el bochorno que te blanquea los ladrillos con un ritmo de tambores y mangos, claves y sudor.

Miénteme. Duérmeme con recuerdos. Acúname con mariposas, cocuyos, tejas color sangre, vitrales, guitarra y bongó, con la voz de mi madre y las carcajadas de mi padre. Tu puedes, tus paredes se descascaran, mas tus cimientos son fuertes, están fundidos con clorofila y jugo de guayabas, con gemidos de orgasmos y malas palabras, con rebeldía e improperios, con hambres y rumbas.

¡Los colores, ay, casa! ¡Despiértalos! Están durmiendo en el blanco. Regálame un prisma que los desmenuze en azules, amarillos y rojos, que le arranque a los cristales los violetas y los naranjas. Están allí, lo sé. Haciéndole camino a las bicicletas presas, a los bancos de parque desilusionados, a las hierbas insultadas por la mentira del invierno…

Solo tú puedes desnudarlos de nieve y muerte.


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Añoranzas de un barbero improvisado

Lele vivía casi en la esquina de Calzada del Cerro y Churruca. Había improvisado una barbería en su portal: un taburete, una sábana mugrienta, un plumero para sacudir pelo, escoba y recogedor. Los que entregaban sus cabezas al viejo debían sostener un trozo de espejo e indicarle cómo querían el corte. Paso a paso.

Los tres pesos del precio incluían estremecimientos, carraspeos y tragadas en seco, al verlo sacar filo a la navaja oxidada en la tira de cuero. Ninguno estaba dispuesto a dejarle la oreja de propina.

Lele no necesitaba dinero, además de su pensión recibía mensualidades del Norte. Solo se procuraba un poco de compañía, algo de entretenimeinto en su vejez.

A ustedes lo que les hace falta es oír a Fernando Albuerne, la voz más romántica que ha dado Cuba. Pa’ que aprendan desde jovencitos como enamorar a una mujer, con elegancia y finura.

Era suficiente para que los chiquillos sentados alrededor de su portal armaran la gritería. Lele se sentía ofendido y blandía lo único que tenía a mano: su navaja de barbero herrumbosa, causando más aprensión en el cliente del momento.

¿Cómo qué no saben quién es Fernando Albuerne? —exagerábamos nuestra ignorancia con gestos, destapando la olla de la verborrea lelense. Algo anda muy mal en este país. Ustedes ni saben quienes son los cantantes que volvían locos a sus viejos.

Entraba a su casa y ponía su tocadiscos. Para joderlo nos tapábamos los oídos. De todas formas no podíamos escuchar la música: O cantaba las canciones desafinando o narraba alguna historia, que casi siempre nos parecía mentira.

Conocí a Albuerne antes que fuera famoso. Su familia tenía una fábrica de jabones. Él venía a venderlos los jueves en una camioneta a mi bodega, siempre tempranito y cantando alto. Le alegraba la mañana a cualquiera. Como era bonitillo, algunas clientas esperaban que llegara para satearle. Él no les hacía caso. —se detenía, a veces, callando hasta pescar la evocación precisa. Al doblar de casa vivía Nora, una mulata que reventaba las costuras de los vestidos con su cuerpazo, parecía una estatua de Venus. Yo la pretendía y ella me rechazaba. Quería ser bailarina y entrar en la farándula. Para salir en las revistas, decía. Cuando Fernandito vino a invitarme a su primer programa de radio, vi los cielos abiertos. Y llevé a Nora a Monte y Prado, haciéndome el que tenía guara en el mundo del artistaje. Gané el primer punto a la salida: Albuerne me saludó y me dio las gracias por haber ido. Unas semanas antes, Fernando había preguntado en Radio Cadena Suaritos cuánto le cobrarían por grabarse un disco. Laureano Suárez, el dueño, lo oyó cantar y lo contrató enseguida. Dicen que lo ayudó pues los dos eran hijos de asturianos. A Fernando Albuerne no le hacían falta favores pa’ llegar arriba . El hombrín no había estudiado canto ni la cabeza de un guanajo, la música le salía del alma. Y con qué dulzura…

¿Y le metiste mano a Nora por fin? —preguntaba el Bola, el mayor de la pandilla, aunque el menor en tamaño.

Respeto, chamaco. Con Nora mejoraron las cosas. La invitaba a donde fuera a actuar Albuerne y se me ponía romanticona con las canciones del Canario de Zabala, como le decían a Fernando. Había nacido en Zabala, un barrio de Sagua de Tánamo, allá en Oriente. Le fue muy bien. Cantó con Olga Guillot, con el Beny, con Celina y Reutilio, con Esther Borja… Se fue de gira por medio planeta. Se hizo amigo de Lecuona, de Frank Domínguez, de Osvaldo Farrés, de todo el mundo, porque era muy cariñoso y zalamero, en el buen sentido de la palabra. Y Nora… poco a poco se fue enamorando de mí, que yo era un mulato de buen ver, no siempre fui el viejo feo de ahora. Nos casamos y tuvimos dos hijos, que me salieron unas lumbreras. A ella la puse a trabajar en la bodega conmigo. Así criamos a los niños, lo mandamos a colegios de pago. Al mayor a los Maristas y al más chiquito al colegio Belén. Y nos fue bien, empujando los dos hasta… —había una fecha que no pronunciaba nunca, como si los fantasmas de aquel cambio lo siguieran amenazando.— En 1958 fuimos a ver a Albuerne a Tropicana, un tremendo show, con Esther Borja y un montón de buenos artistas más. Ya mis muchachones eran grandes. Nora y yo la pasamos muy bien pero fue la última vez que vimos a Fernando. Tan pronto vino el cambio de gobierno se fue pa’ Venezuela, allí siguió triunfando. Aquí empezaron a clausurar clubes, teatros y cabarets, como si divertirse fuera malo. Estuvo bien que desmantelaran los bayuses, aunque ahora hay más putas que antes y andan regadas por ahí cazando dólares; pero nunca entendí por qué coño cerraron los lugares donde la gente iba a bailar y a pasarla bien. Se acabaron los derechos de autor, las reinas del carnaval, el carnaval y la madre de los tomates… Hasta liquidaron las fábricas que hacían discos. Dejaron algunos barcitos con victrolas. En la Ofensiva Revolucionaria de 1968 acabaron con el último. Fernando Albuerne, Ernesto Lecuona, Olga Guillot, Celia Cruz… Todos prohibidos, no se podía ni mencionar sus nombres. Como si nunca hubieran traído la gloria a su país. Una cabrona vergüenza. Y nos encerramos en las cosas de antes. El mundo allá afuera cambiando… Nosotros con los mismos carros americanos del 1940, las mismas batidoras de 1958, los mismos televisores en blanco y negro y la misma mentalidad de antes de…

Te estás poniendo gusano, Lele. No te metas en candela.

Le decíamos, para que no comenzara a echar pestes de cuando le vinieron a quitar su bodega. O de cuando Nora se llevó a los hijos para el Norte y estuvo años sin poder recibir ni una carta. O cuando a su hermano menor lo metieron en el campo de concentración de las U.M.A.P. De los que se fueron y los que encarcelaron… Malos recuerdos. Preferíamos que nos hablara de los prostíbulos que visitaba de joven o de los cantantes y bailes que le gustaban.

A que Fernando Albuerne nunca te dedicó una canción… —el Bola u otro de los más avezados le daban el pie para cambiar la tónica de su disertación. Funcionaba siempre.

Pues se equivocan. En 1954 fuimos a verlo al teatro América, había regresado de una gira por España. Nos sentamos alantico y nos reconoció. «Para una pareja de enamorados que me sigue desde el principio, la canción preferida de él, mi amigo Eulogio Medina». Dijo y me cantó Mírame así, de Sánchez de Fuentes. La habanera más linda que se ha compuesto en Cuba, cantada por la voz más romántica que se ha oído en este país, dedicada a este mismo Eulogio Medina que viste y calza… Todavía se me ponen los pelos de punta cuando recuerdo la nota que sostiene cantando de mi cautivo corazón. Puro sentimiento. Fernando Albuerne, chamacos. No olviden ese nombre. Algún día traerán sus restos a esta, su tierra, como él quería, y los de Celia, los de Olga, los de Lecuona… Y descansarán en paz y en la gloria que se merecen, más que otros. Que las estatuas de los políticos están ahí pa’ que las caguen las palomas, los artistas como Fernando se llevan en el corazón, no importa las saetas que los hieran.

Por momentos se ponía poético. Nos quedábamos callados, sin burlarnos. Aún siendo niño se puede reconocer la sinceridad en la añoranza de un barbero improvisado, viejo taburete, sábana mugrienta y navaja roma incluidos.


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Pa’ lucirlo en el ojal…

Madrid no es una ciudad hermosa.

No enamora a primera vista como París, Barcelona o Lisboa. Madrid es anárquica, diversa y provinciana. Sin mar.

Fue mi primera impresión hace quince años, cuando llegué emocionada a una ciudad que —ahora lo comprendo— nunca me abrió los brazos, a pesar de quererla como la he querido, incluso antes de conocerla.

Conquistarla ha sido un oficio de años.

Sus cafés, sus rincones… El asombro de un templo egipcio en la suave colina desde donde se ve la puesta de un sol que nunca se hunde en el mar…

Los bares de Galdós, las calles de Tirso de Molina, la iglesia donde reposa Lope de Vega, en una calle que fue mi calle hace ya muchos años, la casa de Cervantes en el Madrid de los Austrias.

La explanada sembrada de dalias junto a la Basílica de San Francisco el Grande… La plaza de la Paja, la del Humilladero, la Puerta de Toledo, las viejas corralas, la Puerta del Sol, que no tiene puerta y muchas veces ni sol…, el parque del Capricho… Sus monumentos, sus fuentes, sus parterres floridos casi todo el año, los tulipanes de abril, la preciosa rosaleda junto al sitio en que Goya pintaba jolgorios de gitanos a orillas del Manzanares… los geranios de julio, el frío intenso y el calor abrumador…

Así vivo y siento Madrid. Como una labor entrañable hecha a retales: pedacitos de colores cosidos entre todos.

No me quiere. Pero me seduce ofreciéndome diminutas dádivas: un escorzo de la Mariblanca, la imagen de la osa trepando al madroño, viejos adoquines, misteriosos conventos, el olor a chocolate con churros, las pregoneras de Doña Manolita, anticipando una suerte que nunca llega.

Pequeña y altiva, como escapada de una novela de don Benito, tropecé una mañana con uno de aquellos regalos. La había visto en el cine y escuchado en la radio pero, de repente, Madrid me ofrecía la réplica en piedra de una canción: la figura grácil y castiza de la violetera.

Me enterneció que estuviera tan compuesta ya a esas horas tempraneras en las que, me permitía el lujo de vagabundear hacia el Retiro, aún en brumas.

Estaba sobre su pedestal en la intersección más importante del centro de Madrid —Gran Vía y Alcalá— con el garbo de una reina. Con el señorío de una emperatriz en Lavapiés o de una princesa en Chamberí…

Los madrileños, acostumbrados a no ver, pasaban por su lado con las prisas de la mañana sin escuchar su reclamo: “Cómpreme Ud., señorito, que no vale más que un real…”

Me encantó verla, hermosa y lozana como el amanecer, con la ofrenda primaveral de un ramito de violetas. Entornando los ojos. Ofreciéndose.

Pero Madrid me da, Madrid me quita.

Y así, como un día la puso para que se cruzara en mi camino, se la llevó y nunca más la volví a ver.

Dicen que fue un rapto. Que fue un duelo de alcaldes, una querella de amores y dinero. Bajas pasiones, ambiciones tortuosas, envidias rastreras… y, al final, el destierro.

Dicen que ahora se deja ver por Las Vistillas, lejos del asfalto y del ruido de la ciudad.

En su esquina, el vacío.

Quizás la levedad de un recuerdo o la nostálgica melodía del organillero, nos la devuelva un día en las notas coquetas de su requiebro:

Cómpreme usted señorito, cómpreme usté este ramito, pa’ lucirlo en el ojal…”

Lourdes Gómez

Madrid 2014