DESPUÉS DE LA MEDIA RUEDA

Bitácora nostálgica, de un cubano que vive hace más de dos décadas en Suecia


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Rumbo al Cairo VII Asuán

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Tras un apresurado desayuno, nuestro autobús recorrió la ciudad de Asuán. Me alegraron sus calles, repletas de niños y adolescentes. Antes los había visto empujando arados rudimentarios, trabajando descalzos o corriendo tras los turistas. En esta ciudad sonreían, entrando a sus escuelas con los pies calzados y los uniformes limpios.

Pensaba en un mejor después para un país con tanto antes, cuando llegamos a las canteras donde yace el Obelisco Inacabado. Marianne abrió la boca y mis antenitas captaron ondas de Muy Interesante. El monolito levantado pesaría más de mil toneladas y mediría cuarenta metros. No soy amigo de las cifras pero estas obligan a preguntarse: ¿Cómo erigir y trasladar tal coloso? Ni siquiera con la tecnología moderna sería fácil. Según algunos no existen huellas de cinceles u otro instrumentos en el granito del monumento. Son muchas las teorías, ninguna responde todas las preguntas.

De allí nos llevaron al Instituto del Papiro, donde descubrimos los misterios de su fabricación. Fue lo mejor de la mañana. Me ofrecí voluntario para tejer las tiras de fibras vegetales y usar la prensa rudimentaria, emparejando la masa. 

Almorzamos en un restaurante cercano al mercado: El Masry, para fastidio de algunos compañeros de viaje. La comida casera nubia, los atentos y ocurrentes camareros, la clientela local, la sencillez sin pretensiones de la decoración, me hicieron sentirme en el verdadero Egipto; no el de los turistas ni el los faraones. Jorge comió paloma asada rellena. Yo comí kofta, unas albóndigas de cordero asadas a la parrilla, sazonadas con baharat, una mezcla de especias.

Por la tarde nos llevaron a la gigantesca presa Nasser, maravilla de la ingeniería soviética construida para regular las crecidas del Nilo. Impresionante, aunque yo estaba cerca del agua, suficiente para que todo me parezca bien.

La noche me ofrecería uno de los momentos inolvidables del viaje. Una barcaza cubierta llevó al grupo de los entusiastas, las señoras de Malmö, la pareja de orfebres, Rekke y Jorge, entre otros, al islote de Agilkia, donde se había trasladado el Templo de Isis conocido como Filé o Philae.

Al represar las aguas del Nilo en la década de 1960, muchos poblados, templos y sitios arqueológicos quedaron hundidos bajo las aguas del río. La UNESCO logró desarmar dos, piedra por piedra, transportarlos a sitios seguros y salvar historia.

Nuestra travesía hasta el islote fue corta, aunque llena de expectativas agudizadas por la total oscuridad. Atracamos junto a una rampa. Cuando el último de nosotros puso pie en tierra, las piedras del santuario se iluminaron como por arte de magia. «Hollywood meets Egypt», acertó a decir alguien. Nos acercamos a la entrada y comenzó el espectáculo. Reconocí las voces de los actores James Earl Jones y Dame Judy Dench de inmediato. Él era el Nilo, ella Isis. Nunca antes había disfrutado un espectáculo de luces y sonido. Un guía nos llevaba estancia por estancia. Vimos imágenes proyectadas en las paredes, colores que hacían destacar los jeroglíficos, oímos la narración sobre el mito de Isis, quien encontró el corazón de su pareja, Osiris, en la isla de Filé. La sensualidad en las voces de los narradores daba un sentido íntimo a la leyenda. Aquella era la isla de los amantes divinos, el lugar donde concibieron a su hijo Horus, el dios halcón. Al llegar a una construcción, Marianne se nos acercó y susurró: «Este es el santuario del sabio Imhotep, divinizado». Ya habíamos hablado de mi fascinación por ese personaje.

El recorrido terminó en una especie de anfiteatro, donde nos sentamos para apreciar el final de la fiesta de luz y color. Nos dieron media hora para recorrer el templo, iluminado en blanco, antes de regresar a la barquita.

No hubo cubierta ni más Nilo al regresar al Helios. Necesitaba cargar bien las baterías. Unas horas después alcanzaría una quimera para la que me había preparado durante casi media rueda: Abu Simbel, uno de los momentos más descollantes de nuestro paseo por Egipto.

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