DESPUÉS DE LA MEDIA RUEDA

Bitácora nostálgica, de un cubano que vive hace más de dos décadas en Suecia


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Rumbo al Cairo IV Tarde en Lúxor

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Ni aunque vivas un año en Egipto podrías ver todo lo que quieres ver, como tu quieres verlo. Vinimos con la excursión para sentirnos seguros. Razonó Ybarra en los jardines del Winter Palace, cuando lamenté tener que dejar el hotel.

A doscientos metros del lugar está el templo de Lúxor. Originalmente conectado con el de Karnak, era una especie de recinto secundario para la celebración del Opet, una ceremonia en la que el dios Amón era cargado de nuevas energías y se unía al Ka del faraón. Los egipcios creían que los seres humanos teníamos varias almas, el Ka era el alma divina. Tenían hasta puertas especiales en sus construcciones para ellas, impracticables para el cuerpo, trampas para ladrones y egiptólogos aficionados.

Una larga avenida de esfigies con rostro humano y un par de docenas de palmas datileras recibe al visitante. La entrada debió ser imponente en su época, con las seis estatuas de Ramsés II, el papá de Merenptah, los dos grandes obeliscos y los altos muros cubiertos de relieves que narraban la victoria de monarca, en una batalla de la que no se está seguro que ganó. Tenía el poder de mandar a construir lo que le diera la gana y si no lo obedecían: le cortaba la cabeza al arquitecto y aseguraba que se lo habían comido los cocodrilos.

Luego del esplendor de Karnak y el Winter Palace, el pórtico me decepcionó. Por suerte el patio de ceremonias ganó mi atención. Las más de setenta columnas con forma de papiro, la profusión de estatuas de Ramses II acompañado de dioses, y los relieves, ensalzando al faraón en cuanta superficie existe en el sitio; terminaron por deslumbrarme.

Como me resistí al principio (típico en Ernán Dezá), quise aprovechar el nuevo estado de ánimo y casi corrí hacía detrás. Recomencé. Solo, en la calzada de las esfinges de Amenhtep, imaginé la fastuosidad del Opet: el ropaje del faraón, los dorados reluciendo junto a los azules, los adornos de oro y plata de la estatua de Amón, la barca que lo conducía, la multitud vitoreando, la esperanza de la gente en que los dioses fertilizarían sus tierras y multiplicarían sus animales.

Accedí despacio al templo. Jorge se reía de mí en la lejanía, burlón. Me sumé al grupo.

En el primer patio, un enorme Ramsés II sentado, esculpido en piedra dura negra. Su base está ornada con imágenes que se repiten. Sorprendentemente exactas unas a otras, en profundidad, anchura y altura, en cuanta curva y linea recta haya en su dibujo. Granito cincelado con primitivos instrumentos de cobre. Es posible, además de ser la única explicación científica. ¿Nos conformamos con ella? Al menos yo: no.

La gran talla da paso a una columnata procesional, esta lleva a un segundo patio, construido por Amenhotep. En la sala de ofrendas, al fondo del templo: capiteles corintios y Alejandro Magno escoltando al dios Amón. ¿Mejor final? Ni en un musical joligudense

Este templo de Lúxor es más pequeño que el de su vecino de Karnak, más sencillo y fácil de entender como edificio religioso. Le han encasquetado una mezquita adentro que me resultó incongruente en color y arquitectura, pero el resultado atrae igual .

De allí el autobús nos llevó al Museo de la Momificación. Un edificio moderno, con un contenido algo truculento. A la entrada Anubis, el dios con cabeza de chacal, nos avisaba que entraríamos en su reino. Encuentro algo de fascinante en esta deidad, un juez de cuanto pesan las malas acciones en el alma mortal para permitir su paso al otro mundo.

Marianne, nuestra guía noruega, brilló con su explicación sobre los setenta días del proceso para inmortalizar a los muertos, el uso del natrón y las vendas con resinas, la exclusión social de quiénes trabajaban en tales faenas y el uso de los vasos canopes para conservar los órganos más importantes. Me recordó pasajes de Sinuhé, el egipcio del genial Mika Waltari. También pudimos ver animales momificados. Por alguna razón una momia de carnero llamó mucho mi atención.

Otra duda me surgió en el Museo: la ceremonia de apertura de la boca de los cadáveres, se hacía con instrumentos de hierro de las estrellas, proveniente de meteoritos. Solo se han encontrado algunas cuentas para collares y estas herramientas de tal metal. Según los antiguos, los huesos de los faraones provenían de los astros. Más misterios. Pensaba en ellos, cuando Marianne avisó que la visita había terminado.

Regresamos al barco, levantó anclas minutos más tarde. Casi llegué tarde al salón restaurante para la comida, tenía que estar cerca de la proa cuando el Helios zarpara, algo que me fascina desde niño. Dejábamos atrás la extraordinaria ciudad de Lúxor, la Tebas de los griegos, solo el Cairo le es comparable en cuanto a riquezas arqueológicas. Quedaron cosas por ver allí: la aldea de los constructores de templos y tumbas, el Museo de Lúxor…

Pasamos horas navegando por el Nilo. Me senté en la cubierta superior, con los ojos bien abiertos hasta que me venció el sueño. Al otro día, después del almuerzo visitaríamos el templo de Horus, en Edfu.

continuará

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