DESPUÉS DE LA MEDIA RUEDA

Bitácora nostálgica, de un cubano que vive hace más de dos décadas en Suecia


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Rumbo al Cairo III En el templo de Karnak

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Nos despertaron unas voces. Corrí las cortinas de la ventana del camarote: unos hombres en barcazas aprovisionaban el Helios por estribor. En la zona de Lúxor el Nilo es muy ancho, en la lejanía, la ribera occidental parecía una postal antigua, una imagen desleída con la luz del amanecer.

Al desayunar, fuimos a sentarnos con las señoras simpáticas de Malmö, con las que habíamos almorzado el primer día y cenado la noche anterior. El capitán del salón restorán se nos acercó y nos dijo: «la etiqueta del barco exige que en cada ocasión nos sentemos con viajeros diferentes, para poder conocernos todos.» Me pareció algo genial, me acomodé con un matrimonio danés y su hija adolescente, una futura egiptóloga, por sus conocimientos.

¿Son las primeras impresionan las que duran? En algo tan relajado como un crucero con cincuenta camarotes se nota. Las personas con quienes nos relacionamos en la playa de Hurgada, continuaron siendo nuestros favoritos en todo el viaje. Simpatía a primera vista.

A las siete de la mañana el autobús nos llevó a la cercana población de Karnak, unos dos kilómetros bordeando el río. Caminamos desde la entrada enrejada hasta la primera construcción.

El sitio es un complejo enorme de santuarios. Treinta faraones, uno tras otro, alimentaron su ego poniendo estatuas y cartuchos con sus nombres en las paredes, levantando grandes estatuas, ampliando y adaptando. El final resultó algo grandioso pero confuso. Si lo erigieron esclavos o no, queda por aclarar pero las condiciones de una civilización durante quince siglos, en una región dependiente de las crecidas del Nilo, están muy lejos de ser oportunas siempre para tanta grandeza. Acarrear piedras bajo el sol no me parece una opción voluntaria en aquellas épocas. La obligación por el látigo y el cautiverio: si.

Lúxor y Karnak son una fiesta para los ojos. Ahora que ha pasado el tiempo y releo estos apuntes recuerdo mis impresiones. Una noción perseverante: lo pequeño que se siente uno ante la exagerada majestuosidad de todo: columnas, muros, estatuas y obeliscos.

Después de recorrer la avenida con su doble hilera de esfinges con cabeza de carnero y pequeñas estatuas de Ramses II (el modesto padre de Merenptah), la entrada construida por el faraón Nectanebo I nos preparó para el patio del templo de Amón y la estatua colosal de Pinedyem I. ¿Tal cantidad de piedra para inmortalizar a un señor que solo fue Sumo Sacerdote? ¿Eran tan importantes?

La bella Marianne nos estuvo explicando detalles de una manera muy suya, desde nuestra llegada hasta el final del recorrido. Era muy difícil desviar la atención de lo que lo nos rodeaba y escucharla pero era la mejor opción.

En la zona abierta al público, Karnak está dedicado al dios Amón, el sol. En Cuba nunca le di importancia al astro, está ahí siempre, garantizado e implacable; en Estocolmo aprendí a amarlo. Los egipcios lo reconocieron como signo de vida y lo adoraban. En los bajorrelieves de los frisos se repite la imagen del dios, acompañado de Ramsés II, quién hizo pulverizar los de su padre para poner los suyos. La guía contó que todas las imágenes estaban coloreadas, provocando un efecto más impactante.

Entramos a la Sala Hipóstila, con un montón de altísimas columnas. En una de ellas se ve la firma de un Rimbaud, podía ser la del poeta francés, allí estuvo. El arquitrabe que sostienen los pilares pesa setenta toneladas. ¿Cómo lo encaramaron allí y se mantiene aún en pie? Varias especulaciones lo explican, nadie lo sabe con certeza. Infinidad de persianas verticales refrescaban la estancia, que se mantuvo techada por más de mil años, hasta que la Iglesia prohibió el culto a otros dioses.

Imposible describir Karnak. Lo recorrimos por horas. Deberíamos haber terminado en el Lago Sagrado, en donde se celebraba hace un par de milenios una gran ceremonia para «recargar las baterías de los dioses«. La estatua de Amón, vestida en oro y plata, navegaba las aguas del Nilo; el río que con sus inundaciones puntuales se considera el origen de Kemet o la tierra negra, como los antiguos llamaban a su país.

Cerca del embalse este gordo torpe estuvo a punto de causar una catástrofe. Ybarra y yo, siempre los últimos y entonces aislados del grupo, deambulábamos por las edificaciones. Vimos algo que nos llamó la atención. Un guardián nos hizo señas. Frenamos ante el cartel de no access. El sitio no estaba abierto para turistas «pero si me ayudan con algo de dinero, los dejo entrar.» Cinco libras egipcias después, estábamos dentro de un pequeño santuario, frente una estatua de la diosa leona Sejmet, la de la ira terrible. Unas lámparas en el piso, apuntaban a la talla. Supusimos que algunos arqueólogos trabajaban en el lugar.

«Si quieren les hago unas fotos.» Soltó el centinela, señalando a la cámara fotográfica y haciendo la señal de dinero con sus dedos. Un billete de otras cinco y nos colocamos en pose, a ambos lados de la talla de Sejmet. El egipcio nos indicó que nos acercásemos a la escultura. Mi pie derecho se enredó con el cable de una de las lámparas. Se armó el desorden. Con un desesperado paso de cha cha cha, para no caer sobre Sejmet y ganarme su espantosa venganza, me apoyé en el hombro divino y me embrollé con otros cables. De pronto estábamos a media luz. El guardián se llevó las manos a la cabeza.

Mi susto era notable. No sabía hasta que punto mi descalabro había afectado el mini templo. «Tranquilo, la diosa está en pie y aquí parece que todo se arregla con un poco de dinero.» Era la voz de Jorge, haciéndome razonar. Me desenredé, le metí dinero en el bolsillo al conmocionada guardia y huimos. Nos encontramos casi de sopetón con Marianne que nos buscaba. Era hora de irnos a almorzar. Me hubiera dado una pataleta por quererme quedar. La noruega dijo que el almuerzo era en el Hotel Winter Palace. Agatha Christie escribió allí Muerte en el Nilo. ¿Haría falta más para querer visitarlo?

Al encanto colonial del Winter Palace se le puede llamar decadente. Recorrimos el lobby y los jardines del edificio original, boquiabiertos por el lujo. Comeríamos en el bar restaurante, junto a la piscina de la parte nueva: el Pabellón, donde no se exige código de vestuario. Nos esperaba una mesa buffet con mariscos y pescados. Terminamos nuestra mitad del día, como aristócratas de una novela romántica, rodeados por palmas datileras en un jardín sacado de mi idea del paraíso. En la tarde nos esperaban el templo de Lúxor, a dos cuadras del hotel y el museo de la Momificación. ¿Revelaciones vespertinas? Algunas que me llegaron a encandilar.

Las compartiremos el jueves, lo prometo.

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Rumbo al Cairo II

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Desayunamos al amanecer. Atravesamos el Nilo en un lanchón y nos llevaron en un autobús al Valle de los Reyes. Tomó unos quince minutos que Marianne, nuestra guía noruega, gestionara las entradas: acceso a tres tumbas, con la excepción de la de Tutankamón, un caro boleto que debíamos pagar aparte. Alguien nos aconsejó no hacerlo.

Un tren, sin rieles y descubierto, nos llevó al centro de la hondonada, rodeada de montañas y con una ausencia total del color verde. Tendríamos cuatro horas para explorar el lugar. Marianne nos explicó como guiarnos: Un sencillo rótulo de KV (kings’ valley) y un número identifican las sepulturas.

Primero visitamos el sepulcro de Ramsés VI. Sus corredores son amplios, bien aireados. El suelo estaba acomodado con maderos espaciados para mejorar el acceso en los lugares más inclinados. El techo y las paredes están cubiertos por imágenes del Libro de los Muertos y otros papiros. Tres mil años después de su construcción, el color y la forma se mantienen intactos. Una prueba de la cualidad, única del ser humano entre todas las especies de la tierra, de conservar la memoria mediante escritos, símbolos y figuras. Mi primer encuentro con el antiguo Egipto in situ no podía ser mejor.

Buscamos el panteón de Seti I. No los habían recomendado por sus muy bien conservadas pinturas. Dos tramos de escaleras divididas por un pasillo cansaron a mi acompañante pero la fascinación le daba fuerzas. Me produjo cierto agobio tener tanto que mirar: techos con calendarios astronómicos, dioses reconocibles, Anubis, Osiris y Hathor, escenas rituales del Libro de las Horas.

Como tercer enterramiento elegimos uno cercano al de Tut Ank Amón, solo por su ubicación. No teníamos idea de quién era Merenptah. Nos enteramos de que era el hijo decimotercero de Ramsés II. Cualquiera creería que su padre pasaba todo el tiempo en la cama fabricando posibles herederos al trono pero también se dedicó a enviar a la mitad de la población egipcia a diferentes guerras, el resto se quedaba en el país tallando estatuas y levantando monumentos o barriendo el piso del inmenso y atiborrado harén.

La tumba de Merenptah tenía el techo más alto y las cámaras más espaciosas que vimos. Bajamos por un pasillo inclinado después de una entrada con bajo relieves y pinturas en bastante mal estado. Me deslumbró el salón de las columnas, que Merenptah dedicó a su padre. En lo más profundo descansaba un imponente sarcófago de granito rosa. La cámara funeraria que lo contiene, las ocho columnas rectangulares y su techo abovedado, me provocaron la sensación de estar metido en la escenografía de una película de Indiana Jones. Valió la pena el complicado recorrido, a pesar del mal estado de la decoración y de que Merenptah fuera solo un hijo con mucha suerte. ¿Cómo murió la anterior docena de vástagos de Ramsés II con más derecho a reinar? Complicados accidentes y singulares suicidios. Nada nuevo bajo el sol para llegar al poder o mantenerlo. Aunque Merenptah fue un buen monarca, al menos es lo que se puede leer en los jeroglíficos mandados a escribir por él mismo.

Unos pasos después nos esperaba el lugar donde Howard Carter viera maravillas a través de un agujero, en el acto de voyeurismo más conocido en la historia de la arqueología. Nos acercamos al guardia. Por un simple guiño de ojo y diez libras egipcias nos dejó bajar, sin billetes, a la famosa KV 62, la tumba del joven faraón Tut Ank Amón. La expectación me hizo sentir hormigas en toda la piel.

Descendimos una escalera estrecha y sin ornamentación alguna, atravesamos un pasillo que lleva, a través de un par de recovecos, a una sala pequeña, la única decorada. Frente a mí tenía la imagen del View Master que había provocado la obsesión por Egipto en mi niñez: Una caja de cristal con la momia de Tut Ank Amón. Jorge Ybarra y yo nos miramos, encogidos de hombros por la decepción.

El rey Tut murió casi niño, no había dado tiempo a construir su panteón y metieron sus restos en el primer hueco que encontraron. El verdadero fausto faraónico, las «maravillas« que descubrió Carter, se exhibían en el Museo Arqueológico del Cairo. Una semana después nos dejarían con la boca abierta.

Regresamos en el tren de mentiritas a la entrada, un edificio moderno y aburrido con una maqueta del valle y algunas fotos. De allí el autobús nos llevó al cercano restorán Abd el-Rassoul. La mayoría escandinava pidió platos europeos, los cubanos quisimos comer lo más típico egipcio. Comimos mashi, un delicioso arroz con carne caprina picada, pistachos, almendras y piñones asados, sazonado con canela y nuez moscada. Cerveza casi helada para acompañar. De postre: guzeya, un merengue horneado con coco rallado y un ligero sabor a vainilla. Egipto visto, escuchado, olido, tocado y comido. Como se debe.

Llegamos el Templo de Hatshepsut pasadas las dos de la tarde. Después de la decepción de la tumba de Tut Ank Amón, el sitio me levantó el ánimo. Un edificio saliendo de las paredes verticales de la montaña. Las espaciosas rampas de entrada en el mismo centro de las tres terrazas, el amarillo de la piedra con que lo construyeron, el colorido de los globos aerostáticos que surcaban el aire… todo le daba un aire de majestuosidad.

Hatshepsut fue la tercera reina egipcia que recoge la historia, sus imágenes llevaban la falsa barba de los faraones como atributo real. Le tomó años llegar al trono, mediante una serie de intrigas y la ayuda de amistades influyentes. Le gustaba mucho construir, para eso nombró a Senmut arquitecto real. Pasaban horas revisando planos en sus habitaciones privadas. Todo lo levantado por Senmut sigue en pie, también era bueno edificando.

Me pareció poco el tiempo en aquel lugar, una impresión que se repetiría muchas veces en el viaje. Demasiado que ver en solo tres horas.

En la primera terraza los muros están pintados con escenas de la vida cotidiana de la época, en la segunda, un montón de pilares cuadrados separados en dos pórticos ilustran el nacimiento divino de Hatshepsut, hija directa del dios Amón y la crónica dibujada de su expedición comercial al Punt (Somalia). Entre los dos pórticos: la capilla de Anubis, el dios con cabeza de chacal que cuida el paso al reino de los muertos.

Terminamos nuestra estancia en la ribera occidental de Luxor con una visita a los llamados colosos de Memnón, que representan al faraón Amenhotep III sentado. Son lo único que queda de un gran templo destruido por un terremoto.

Regresamos al barco, nos duchamos y tuvimos nuestra primera cena en el restorán del Helios. Volví locos a los cocineros preguntando por sus platos más locales. Comí filetes de lenguado del mar Rojo en salsa de vinagre y ajo. Terminamos la noche en la cubierta con una copa de aragi, un licor de dátil.

Debíamos descansar. Al otro día visitaríamos los templos de Luxor y Karnak, repletos de estatuas de Ramses II, el modesto padre de Merenptah. Allí la curiosidad estuvo a punto de matar al gato… O de destruir la estatua de una diosa leona.

continuará

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Rumbo al Cairo I

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De niño la magia de la tercera dimensión se reducía a unos aparatitos, los View Master, con ellos me asomaba a un mundo de cuentos de hadas, museos lejanos, lugares del planeta fotografiados con un realismo que sorprendía. Pero eran las imágenes de Egipto y sus tesoros lo que me desordenaba mentalmente. Durante mucho tiempo mi sueño fue conocer aquella tierra. Era, en mi imaginación infantil y adolescente, como montar una alfombra mágica, descubrir junto con Gulliver el país de los liliputienses o descender al centro de la tierra con Axel y Otto Lidenbrock.

En octubre de 2008, llegó la oportunidad de atravesar el Nilo, desde Lúxor hasta Assuan. Benditas sean mis manos llenas de callos, con el trabajo que las ha endurecido, por aquella coyuntura y otras.

Primer día:

El avión cruzó el continente europeo, desde Estocolmo hasta el norte de África, para aterrizar en Hurgada, en la costa del mar Rojo. El aeropuerto era una locura, filas aquí y allá, la gente desesperada… nadie sabía nada. Apareció Marianne, la guía de la compañía que organizaba la excursión y con su sonrisa llegó la calma. Unos minutos más tarde, mi amigo Jorge Ybarra y yo habíamos pagado veinte dólares cada uno y nos habían puesto las visas. Nos montaron en autobuses y nos llevaron al restorán de un complejo de hoteles. Allí nos sirvieron comida muy internacional, luego nos regalaron media hora para explorar la playa. Fui el único que corrí a meter mis pies descalzos en las aguas del mar Rojo: no se separaron. Lo que demuestra que de Moisés no tengo nada.

Nos volvieron a organizar en grupos. En el nuestro había noruegos, daneses, suecos y fineses. Ybarra y yo, los cubanos, éramos la atracción principal, los amistosos y conversadores. Íbamos a convivir durante quince días, nos pareció lógico conocer a nuestros compañeros de paseo.

La guía nos hablaba en una especie de escandinavo neutro, una mezcla de lenguas de la península. Nos aclaró que todo: entradas a los museos, viajes en faluca, bebidas y comidas, estaba incluido en el precio. Solo teníamos que dejarnos llevar y negarnos a comprar las chucherías que nos quisieran vender por la calle. Para eso nos enseñó a decir La, schuckrán. No, gracias, en árabe. Acompañado de un gesto de manos que se cruzaban de adentro hacia afuera a la altura de la cintura. Yo le sumaba un habibi y una sonrisa socarrona, algo que le provocaba mucha gracia a Marianne pero funcionaba muy bien.

Al caer la noche nos explicaron que formaríamos un convoy de cuarenta autobuses, escoltados por tanques de guerra. Cada vehículo tenía que estar a la vista del anterior y del que lo seguía, para evitar secuestros. Unas semanas antes, los ubicuos terroristas habían asesinado unos turistas belgas camino al templo de Abu Simbel.

Casi cinco horas duró el trayecto de Hurgada a Luxor. La mayoría durmió, yo no podía. Primero la caravana bordeó el mar Rojo hasta la villa de Safaga, de allí, por el desierto, al pueblo de Quena. Entonces: el Nilo. Aunque era de noche, mi fascinación se hizo real.

La egipcia no es la primera gran civilización, antes existió la sumeria pero aquel cauce de aguas sucias salpicado de torres militares con ametralladoras y aldeas pobres, el polvo del desierto sobre todas las cosas… Aquel río tiene el encanto con que la curiosidad humana lo ha ataviado desde hace siglos. Y allí estaba el guajirito de Cruces, más campesino que nunca, con los ojos abiertos tratando de captar la gloria que escondía tanta miseria: chozas de barro y paja, divanes rústicos en las entradas con personas durmiendo, pequeñas parcelas de tierra con sembrados raquíticos, faroles de queroseno, vacas con costillares como el de Rocinante, paz de cementerio. A pesar de eso o quizás por eso: soldados con uniformes de una talla mayor, armas y más armas, garitas cada quinientos metros, vigilantes que despertaban a nuestro paso.

Después de casi una hora recorriendo el Nilo, empezaron a surgir luces. A la izquierda: las ruinas de un enorme templo.¿Karnak? Pregunté alborozado a Marianne, quien recién abría los ojos. Su respuesta positiva me alegró aún más. Había hecho este viaje mil veces con mi imaginación.

En Lúxor, el fondeadero era una sopa de barcos. Para llegar al nuestro, el Helios, tuvimos que saltar y atravesar la cubierta de dos más. Registramos nuestros nombres en la carpeta y nos indicaron nuestros camarotes. En el comedor nos esperaba un refrigerio sencillo. Para los que quisieran, en la cubierta superior servirían bebidas. Después de desempacar, no quise perder aunque sea un segundo de mi primera noche egipcia. Contemplamos la orilla donde dormitaba el Valle de los Reyes y la majestuosidad de Karnak al otro lado, bebiendo una cerveza fría. Una travesía en la máquina del tiempo nos esperaba. Casi no dormí. Descendería a la tumba de Tut Ank Amon en unas horas. ¿Dormirías tú?

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continuará


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Pa’ lucirlo en el ojal…

Madrid no es una ciudad hermosa.

No enamora a primera vista como París, Barcelona o Lisboa. Madrid es anárquica, diversa y provinciana. Sin mar.

Fue mi primera impresión hace quince años, cuando llegué emocionada a una ciudad que —ahora lo comprendo— nunca me abrió los brazos, a pesar de quererla como la he querido, incluso antes de conocerla.

Conquistarla ha sido un oficio de años.

Sus cafés, sus rincones… El asombro de un templo egipcio en la suave colina desde donde se ve la puesta de un sol que nunca se hunde en el mar…

Los bares de Galdós, las calles de Tirso de Molina, la iglesia donde reposa Lope de Vega, en una calle que fue mi calle hace ya muchos años, la casa de Cervantes en el Madrid de los Austrias.

La explanada sembrada de dalias junto a la Basílica de San Francisco el Grande… La plaza de la Paja, la del Humilladero, la Puerta de Toledo, las viejas corralas, la Puerta del Sol, que no tiene puerta y muchas veces ni sol…, el parque del Capricho… Sus monumentos, sus fuentes, sus parterres floridos casi todo el año, los tulipanes de abril, la preciosa rosaleda junto al sitio en que Goya pintaba jolgorios de gitanos a orillas del Manzanares… los geranios de julio, el frío intenso y el calor abrumador…

Así vivo y siento Madrid. Como una labor entrañable hecha a retales: pedacitos de colores cosidos entre todos.

No me quiere. Pero me seduce ofreciéndome diminutas dádivas: un escorzo de la Mariblanca, la imagen de la osa trepando al madroño, viejos adoquines, misteriosos conventos, el olor a chocolate con churros, las pregoneras de Doña Manolita, anticipando una suerte que nunca llega.

Pequeña y altiva, como escapada de una novela de don Benito, tropecé una mañana con uno de aquellos regalos. La había visto en el cine y escuchado en la radio pero, de repente, Madrid me ofrecía la réplica en piedra de una canción: la figura grácil y castiza de la violetera.

Me enterneció que estuviera tan compuesta ya a esas horas tempraneras en las que, me permitía el lujo de vagabundear hacia el Retiro, aún en brumas.

Estaba sobre su pedestal en la intersección más importante del centro de Madrid —Gran Vía y Alcalá— con el garbo de una reina. Con el señorío de una emperatriz en Lavapiés o de una princesa en Chamberí…

Los madrileños, acostumbrados a no ver, pasaban por su lado con las prisas de la mañana sin escuchar su reclamo: “Cómpreme Ud., señorito, que no vale más que un real…”

Me encantó verla, hermosa y lozana como el amanecer, con la ofrenda primaveral de un ramito de violetas. Entornando los ojos. Ofreciéndose.

Pero Madrid me da, Madrid me quita.

Y así, como un día la puso para que se cruzara en mi camino, se la llevó y nunca más la volví a ver.

Dicen que fue un rapto. Que fue un duelo de alcaldes, una querella de amores y dinero. Bajas pasiones, ambiciones tortuosas, envidias rastreras… y, al final, el destierro.

Dicen que ahora se deja ver por Las Vistillas, lejos del asfalto y del ruido de la ciudad.

En su esquina, el vacío.

Quizás la levedad de un recuerdo o la nostálgica melodía del organillero, nos la devuelva un día en las notas coquetas de su requiebro:

Cómpreme usted señorito, cómpreme usté este ramito, pa’ lucirlo en el ojal…”

Lourdes Gómez

Madrid 2014


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Un fin de semana en Londres. Lunes. (final)

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Buckingham Palace Después de la Media Rueda

Tomé el desayuno del hotel, incluido en el precio. Pregunté al cingalés de la carpeta cómo llegar al Palacio de Buckingham. Al describir el Monumento a la Reina Victoria desapareció su sonrisa. Comprendí. El mismo efecto me causa la mención del cruel Valeriano Weyler.

Salí corriendo a visitar la residencia de los reyes por fuera, con cierta desazón. Era mi última mañana en la ciudad.

Las cortes y la nobleza me importan un pepino. Me animaba el recuerdo de Milady De Winters, visitando al amante de la reina francesa en «Los tres mosqueteros» de Dumas. Es uno de los personajes de la literatura de aventuras que más me ha atraído desde la niñez. Una bella malvada con historia.

Llegué en metro a St. James’ Park, que colinda con el Palacio. En la estación una empleada caribeña me trató de darling y me indicó el camino con gestualidad exagerada. Me acerqué al edificio por Birdcage Walk, al borde del parque. Un paseo delicioso, me acompañaba un sol de primavera. Londres me despedía con luz.

Exploré Queen’s Garden con libertad y me llamó la atención el Victoria Memorial. Dos nietos de la reina se gastaron un dineral en mármol y en la escultura de bronce. Cuando me acerqué a la imagen dorada, la sonrisa del joven de Sri Lanka se me metió en la cabeza. En la época victoriana florecieron las artes, la literatura, las ciencias y la industria en aquella isla. El Imperio fue más poderoso y rico que nunca. Las riquezas salieron de sus dominios coloniales y se repartieron entre unos pocos. No entre los ancestros del carpetero del hotel ni entre las posibles víctimas de Jack el Destripador que sobrevivían en la pobreza de Whitechapell.

El parque fue todo mío, y de mis reflexiones, a esas horas tempranas, hasta que se me acercaron tres jovencitas, gritando al viento con su acento y sus frases coloquiales que eran sudamericanas. «¿Si les hago una foto a las tres, me tomarían una a mí?» Les propuse y accedieron. Una de ellas soltó. «Llegamos hoy mismo. Nos habían dicho que este era un lugar muy animado, pero todo está desierto…» Habían sobrevolado el Atlántico y sospeché. «Son las siete de la mañana. La gente está todavía durmiendo. ¿Adelantaron los relojes?» Por su expresión de asombro, descubrí que no. Sus padres tenían dinero para pagarles el viajecito, no para enviarlas a una buena escuela. Les deseé un buen viaje y me alejé.

Continué curioseando por Green Park y los Jardines del Palacio. El sol y el verde seguían alegrándome.

Un poco antes de las diez tomé el metro otra vez en Hyde Park Corner para ver el Tate Britain Gallery, en Millbank. Admiré las obras de pintores ingleses, como Reynolds, Constable y William Blake, con sus enigmáticas oscuridades. Me detuve en los dos salones con esculturas de Henry Moore, en ellas recordé al cubano Manuel Carbonell. Otro museo gratis.

Después de entregar mi habitación, tan desconchinflada como la encontré, almorcé en Angus Steakhouse, un restorán de la cercana Praed Street, donde casi me golpeó el taxi el primer día. Una taberna muy británica, con filetes de la mejor carne argentina. Me atendieron muy bien, sirviéndome un jugoso bisté en una tabla, con unas papas asadas que sabían a gloria.

Con flema inglesa recogí mis matules y regresé a la nevada, silenciosa y tenebrosa Suecia.

Disfruté la parte de la capital británica que recorrí, no solo por las muestras de arqueología del British Museum, los cuadros de la National Gallery o las funciones teatrales. Me regocijaron los conductores del metro y los ómnibus, el amistoso carpetero del hotel, las madres de familia italianas, francesas o inglesas explicando a sus hijos los cuadros en los museos repletos. Me asombraron la locura arquitectónica y los olores de comida china, india, caribeña o thailandesa en cualquier esquina; el encuentro con un taller de artesanía africano; un grupo de taxistas colombianos tomándose un café; un pub irlandés; una mezquita musulmana o una sinagoga hebrea cerca de una iglesia protestante o católica. Hipnotizado anduve sus mercados callejeros donde se venden narguiles árabes, máscaras canadienses, monedas de coleccionistas neozelandeses, discos de calipso trinitario o trajes típicos pakistaníes. El Londres turístico es un rompecabezas donde conviven cultos, religiones y culturas muy distintas. Todo un mundo. Allí los barrenderos cantan mientras trabajan, los empleados públicos sonríen y nos tratan de sir o darling.

No sé si a punta de espada, al ser tan diferente a Estocolmo y sus herméticos habitantes o a golpe de impresiones, la capital del Imperio Británico terminó por conquistarme. Claro que regresaré.

sherlock

Baker Street 221b  Después de la Media Rueda