DESPUÉS DE LA MEDIA RUEDA

Bitácora nostálgica, de un cubano que vive hace más de dos décadas en Suecia


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Sin clave no hay son

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Según el de los arrumacos, sabe bailar algo de salsa. Es dificil dominar sus casi dos metros de carne de oso, así que me dejo llevar. Me divierte al principio. Intento enseñarle. Aprende los pasos, pero no hay manera que le coja el tumbao a la clave. Recuerdo cómo lo aprendí yo, hace más de cuarenta años, en mi Habana.
Para evitar que pegara mi pelvis a la de la prima Lolita, tuvieron que atarme una correa de perros a la cintura. Mi padre estaba cansado de halarla. Mi idea del baile era estarle arrimando el paquete a la pareja todo el tiempo. Media familia, y parte del vecindario, trataba de enseñarme a dar los pasos más sencillos del son. Habíamos comenzado temprano en la mañana.
—¿Cuándo aprenderá este niño a menear el esqueleto? No sabe diferenciar la izquierda de la derecha y tiene el oído cuadrado. Imposible. —soltó mi madre, camino al trabajo.
Hacía meses mi viejo había comprado un anillo de plata para que yo identificara las manos. Me gustaba, lo llevaba siempre puesto; pero no había resuelto problema alguno. Ya sabía cuál era mi zurda, pero nada distinguía mi derecha. Tenía que razonar para reconocer el pie izquierdo, además. Una demora imperdonable en un bailador.
Probaron varias extrategias: haciéndome contar los pasos, moviéndome al compás de todos en comparsa, con tacones altos para lograr el balance y perder la vergüenza, con una venda en los ojos… Se escuchaba toda propuesta por muy extravagante que pareciera. Ninguna funcionaba.
Nuestra vecina Rósula se sumó a las clases, alarmada. Empezó a acentuar la clave con palmadas. Me hizo repetirlo. Las claves son dos pequeños cilindros de madera, llevan el compás de casi toda nuestra música. Con su «ta ta ta tatá» recalcan la síncopa del son. Seguir su toque es la única manera de bailar en tiempo. Unos pocos intentos y lo logré. No tenía el oído tan cuadriforme. Mis manos reproducían el ritmo. Perfecto. Pero mis pies continuaban negándose.
Sobre las diez de la noche, mi viejo me alejó de la multitud.
—Afloja las rodillas, dóblalas un poco y sigue el ritmo con las caderas, la cintura y los hombros. Relájate y siente la música. Olvida lo demás. Es lo único que tienes que hacer. Da lo mismo que empieces con la derecha o la izquierda, la pareja que te siga. ¿Cúantas veces has leído Un capitán de quince años? Siempre comentas el miedo de Nam pues no quiere volver a ser esclava. Eso era lo que querían los africanos con esta música. Olvidar que estaban lejos de su tierra y encadenados. Creerse sin dueños por unos minutos.
Me detuve un momento a oír el son. Me concentré y sentí el «ta ta ta tatá». Imaginé lo que era poder borrar todo lo negativo en la vida y amarrarse al ritmo de las claves. No era tan difícil. Dejé a mi cuerpo reaccionar por sí solo, como hacen los budistas con su mantra del om o los derviches giróvagos sufistas con la percusión obsesiva en sus danzas mevlevi. Pensé que nadie es totalmente feliz, por una razón u otra y bailé para serlo. Abrí los ojos con la carcajada triunfal de mi viejo.
—¿Tú ves? Llevas la música adentro m’ijo. Déjala salir.
Un poco después de las once de la noche, cuando mi madre regresó del hospital donde trabajaba, se habían ido todos y yo le había cogido el ritmo al son, para su alegría.
Ya no llevo anillo alguno. Sigo sin saber, después de haber rebasado la media rueda cumplida, cuál es la izquierda o la derecha. Todavía comienzo lo mismo con un pie que con el otro.
Observo menearse al de los arrumacos. Marca bien los pasos, después de todo son tan sencillos como caminar, pero de cogerle el compás a la música: nada. Su raza no conoce de esclavitudes, de destierro ni de lejanías. Me será muy duro hacerle sentir el tumbao de la clave, mas sigo intentando. En algún momento necesitará expresar su felicidad y sentirse libre mediante el baile, aunque sea solamente a lo largo de un son.


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La engañadora y el hombre confundido

 

Enrique Jorrín dijo por televisión que «La engañadora« era una flaquita que bailaba en el salón de baile del Silver Star. Se ponía relleno en los faroles y en el maletero. Un día descubrieron que toda ella era almohaditas. —solté.

Disculpa jovencito. También ha contado que era una curvilínea que paraba el tráfico en la calle Infanta, otras veces que era una mujer de la vida que caminaba por el Prado cerca de la esquina con Neptuno. —Aclaró Carlos, el hijo mayor de Rósula Nápoles.

No interrumpas más a Carlos. Si es de la farándula, él conoce bien la anécdota.

Abuela Nené marcaba un ritmo implacable en el pedal de su vieja máquina de coser Singer. Nuestro vecino había traído unos pantalones a la señora María (como él la llamaba) para que se los estrechara. «Apretados como tubos, como se usan.» Sus manos revoloteaban, sus cejas depiladas parecían dos antenas de cucaracha, cruzaba las piernas de una manera imposible en un hombre. Mi familia lo recibía, apreciaba y respetaba. A mi hermana y a mí nos gustaba escucharlo. Era fácil sacarle historias con sabor a pecado… Y a mentira.

A principios de 1953, antes de que Batista diera el golpe de estado, me fui a Miami. A bailar de corista en los antros de South Beach, dónde ponían algún que otro espectáculo tropical. Este cuerpo sabe lo que hace. Nunca fui bonito, pero tampoco soy feo que espanta. Unas mangas de rumbero con muchos vuelitos, unas cuantas lentejuelas y a menear el esqueleto comme il faut. Me ganaba los frijoles sin problema. Cuando terminaba me iba a los clubes perversos. No me perdía allí los shows de Manolo Maylán, que fue el mejor travesti que ha dado Cuba, no la china esa, la Musmé, como algunos creen. Es verdad que llegó a actuar en el teatro Shanghai de la Habana, lo que es un mérito para un chinito verdulero, pero hasta Castellano el de «que bueno baila usted» se veía mejor de mujer…

¿No fue a Generoso Jimenez, el músico de Cruces, al que el Beny le cantó eso? ¿El amigo de papi que vive por la fábrica Crusellas? Pregunté, confundido.

A ese le decía «Generoso, que bueno TOCA usted.» Generoso hacía los arreglos, escribía la música y a veces dirigía la banda. En una actuación en Puerto Rico el Beny improvisó el otro estribillo. Castellano era un comediante cubano que se disfrazaba de mujer, en plan gozador. Bailaba muy bien, por eso lo de «Castellano que bueno baila usté.»

No sé de donde sacaste esa historia. Castellano era el utilero de la orquesta. Y el número completo fue una ocurrencia del Beny, pues le faltaban varios minutos para completar un programa radial en Venezuela. Llevaban músicos nuevos y sólo habían montado cinco o seis sones con ellos. Beny le pidió al pianista que arrancara con un tumbaíto y lo siguió la banda. Me lo contó el mismísimo Generoso… bueno, se lo contó a papi, conmigo delante. Metí la cuchareta.

¡Señora María! ¡Este jovencito no deja que uno desarrolle la fantasía! Es desilusionador profesional. Ya se me han quitado las ganas de contar la verdadera historia de «La engañadora«.

Usted Carlos, no le haga caso a Ernán, que es un maleducado. Cuente, que yo lo escucho.

Manolo Maylán, había comenzado a vestirse de hembra fuera del escenario. Se veía muy bien. Una mujer atractiva, sin las exageraciones del mundo de las candilejas. ¿Quién les dice que un americano se volvió como loco con ella? Manolo no lo dejó probar el mantecado, para no desilusionarlo. Al menos, eso parecía. El yanki llegó a obsesionarse de tal manera que le propuso matrimonio. Ahí fue dónde el trasvesti tuvo que aclararle la verdad. Al tipo se le montó el espiritu de John Wayne y cogió una pistola para matar a la pobre loca. Manolo escapó como pudo. Imagínenlo corriendo en tacones por medio Ocean Drive en Miami. El incidente fue de policía y periódicos. «¿Cómo voy a acusarlo? Sólo es un hombre confundido.» Declaró Manolo al periodista del Diario de la Marina que lo entrevistó. Se le quiso dar al affaire un aire de drame passionel para vender la noticia en Cuba. Pero la cosa no era tan complicada.

¿Y eso que tiene que ver con «La engañadora«? eché leña al fuego, a ver como reaccionaba el vecino.

Jorrín, que por cierto también era del Cerro, se enteró de la «confusión» de Miami, se inspiró y compuso su «neodanzón«, como le llamaron al principio al cha cha cha. Después, cuando oyeron como sonaban los pies al bailarlo, le pusieron el nombre que revolvió medio mundo. «Cha cha cha, que rico cha cha cha, bacilón, que rico bacilón.»

El mulato se levantó a echar un pasillo mientras cantaba. Contagiaba. Mi hermana y yo nos sumamos por un buen rato. De «Rico bacilón» pasamos a «El bodeguero«, de este a «Los marcianos« y a «El túnel«. ¡Es tan fácil cantar cha cha chas!

¿Y cómo terminó lo del americano y Manolo Maylán? preguntó abuela Nené, cuando dio la última puntada el pantalón.

Tres o cuatro meses después de la balacera se mudaron juntos. A escondidas, claro. Y jamás volvió a relucir la pistola. El yanki sería mojigato pero no ciego. La nuez de Adán y las manos no engañan. La confusión nunca fue tan grande. Final feliz para todos: travesti, americano, Jorrín y para nosotros los bailadores, porque habrá cha cha cha y «La engañadora« para mucho rato.

 


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Pérez Prado y el mambo.

 

Este chaparrito con cara de foca, como lo llamaba su amigo Beny Moré, nunca fue profeta en su tierra. México lo aceptó en 1948, con sus arreglos a lo Stan Kenton en la maleta, los mismos que habían rechazado en su Cuba natal, por estridentes y diferentes. La gran Ninón Sevilla, espléndida dentro y fuera de la pantalla, lo tuvo viviendo en su casa hasta que el pianista triunfó. El matancero Dámaso no inventó el mambo como algunos suponen, pero sí lo internacionalizó.

Crecí escuchando un disco de 45 rpm, por un lado «Mambo, que rico el mambo« y por el otro «Mambo núm. 5«. Sin embargo la mambomanía me llegó desde pequeño con «Papa loves mambo» cantada por Perry Como, más refinada y lenta. Ver a mi hermana bailándola no tenía comparación. Escucho la grabación a veces y la recuerdo.

El mérito de Dámaso Pérez Prado es innegable. El chiste era que contrataba a alguien para que le provocara gritar el famoso ¡Uh!, metiéndole el dedo en… Imaginen donde, si son mal pensados: acertarán.

 


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Suavecito, María Antonieta!

 

Como cantante María Antonieta Pons no se ganaría ni pa’l chiclet pero a la hora de menear la cintura, era una estrella. Eso es sabor criollo y un cuerpo sano, logrado sin gimnasio ni carreritas matinales: bailando rumba.

México y su cine la hicieron famosa en los años cuarenta. Cine de rumberas, llaman algunos de manera despectiva a un grupo de peliculas de la época.

No es Bergman, Fellini, Kurosawa ni Antonioni pero llena el hueco que dejaron estos señores. Bailar como María Antonieta Pons es un ejercicio que divierte el alma y fortalece hasta músculos desconocidos en algunas latitudes.

Bendita sea esa cubana que, cómo Dámaso Pérez Prado, Acerina y otros, tanto tiene que agradecerle al México que los acogió.

 


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‘Ta bueno ya de nieve!


Desde las diez de la mañana nieva en el Polo Norte. Cielo gris, edificios grises, gente gris, vida gris. Celebro hoy veinte años de grisura.

Pero… ¿Y esto qué es, esquimales míos?

La nieve se está derritiendo. Los abedules desnudos se convierten en palmas reales, cañas de azúcar, ceibas y cocoteros. El té verde se transforma en jugo de mango y chorrea pecho abajo, la galleta insípida se troca en la dulzura de un mamey.

Alguien está borrando de un caderazo el frío y sacando a la gente del armario.

Es Albita Rodriguez calentando con sus estribillos y su vozarrón de campesina cubana. ‘Ta bueno ya de nieve y de trabajo, a rumbear.

Gracias Albita, por recordarme lo que soy, aunque me disfrace de dos décadas de inviernos.