DESPUÉS DE LA MEDIA RUEDA

Bitácora nostálgica, de un cubano que vive hace más de dos décadas en Suecia


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A Varadero, con el son por puerto IV

Tenía veintiún años cuando pasé en Varadero un mes sin bañarme con agua dulce, usando una casa de campaña por refugio, pescando unas veces y otras andando al pueblo para comer sobras de una pizzería. Rodeado de amigos que leían sus poemas, cantaban acompañados de sus guitarras y nadaban desnudos de noche, cubiertos por plancton fosforescente. Allí probé placeres que avergonzarían a Bocaccio, dormí en una balsa para evitar mosquitos y conté historias de aparecidos en madrugadas de tormenta.

Aún no he visto arenas más finas y más brillantes, aguas más cristalinas ni con un color tan especial, un cielo nocturno tan todo estrellas, aletas de delfines circundando mi lecho o leído un libro con tanta tranquilidad, bajo la sombra de una mata de uvas caletas. La brisa era amiga de mi cuerpo sin ropas, saciaba mi sed con el agua de los cocos y el pescado con jugo de limón, crudo y recién atrapado, me resultaba pecaminosamente delicioso.

Varadero se moja en lo más septentrional de la isla grande, en ese archipiélago que es Cuba. No hay más tierra firme después de Punta Hicacos, Las Morlas, la zona entonces despoblada donde habíamos puesto campamento. Ahora ha perdido el encanto, afeada por hoteles de cadenas extranjeras. Ya el plancton fosforescente ha huido, los hippies también.

Cuando Beny Moré, con letra y música suyas y Rosa Fornés, en una composición de Tania Castellanos, le cantaron, era todavía un tesoro desconocido. Por eso detengo la nave en este puerto y comparto con mis lectores la playa azul y su paz. Quizás puedan correr por su orilla, hacer castillos con sus arenas, catar el sabor de su sal en los labios, esperar por sus luceros al anochecer, palpar la tersura de su arenilla…

Ojalá pudieran percibir Varadero como lo hice entonces, con todos mis sentidos.


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La engañadora y el hombre confundido

 

Enrique Jorrín dijo por televisión que «La engañadora« era una flaquita que bailaba en el salón de baile del Silver Star. Se ponía relleno en los faroles y en el maletero. Un día descubrieron que toda ella era almohaditas. —solté.

Disculpa jovencito. También ha contado que era una curvilínea que paraba el tráfico en la calle Infanta, otras veces que era una mujer de la vida que caminaba por el Prado cerca de la esquina con Neptuno. —Aclaró Carlos, el hijo mayor de Rósula Nápoles.

No interrumpas más a Carlos. Si es de la farándula, él conoce bien la anécdota.

Abuela Nené marcaba un ritmo implacable en el pedal de su vieja máquina de coser Singer. Nuestro vecino había traído unos pantalones a la señora María (como él la llamaba) para que se los estrechara. «Apretados como tubos, como se usan.» Sus manos revoloteaban, sus cejas depiladas parecían dos antenas de cucaracha, cruzaba las piernas de una manera imposible en un hombre. Mi familia lo recibía, apreciaba y respetaba. A mi hermana y a mí nos gustaba escucharlo. Era fácil sacarle historias con sabor a pecado… Y a mentira.

A principios de 1953, antes de que Batista diera el golpe de estado, me fui a Miami. A bailar de corista en los antros de South Beach, dónde ponían algún que otro espectáculo tropical. Este cuerpo sabe lo que hace. Nunca fui bonito, pero tampoco soy feo que espanta. Unas mangas de rumbero con muchos vuelitos, unas cuantas lentejuelas y a menear el esqueleto comme il faut. Me ganaba los frijoles sin problema. Cuando terminaba me iba a los clubes perversos. No me perdía allí los shows de Manolo Maylán, que fue el mejor travesti que ha dado Cuba, no la china esa, la Musmé, como algunos creen. Es verdad que llegó a actuar en el teatro Shanghai de la Habana, lo que es un mérito para un chinito verdulero, pero hasta Castellano el de «que bueno baila usted» se veía mejor de mujer…

¿No fue a Generoso Jimenez, el músico de Cruces, al que el Beny le cantó eso? ¿El amigo de papi que vive por la fábrica Crusellas? Pregunté, confundido.

A ese le decía «Generoso, que bueno TOCA usted.» Generoso hacía los arreglos, escribía la música y a veces dirigía la banda. En una actuación en Puerto Rico el Beny improvisó el otro estribillo. Castellano era un comediante cubano que se disfrazaba de mujer, en plan gozador. Bailaba muy bien, por eso lo de «Castellano que bueno baila usté.»

No sé de donde sacaste esa historia. Castellano era el utilero de la orquesta. Y el número completo fue una ocurrencia del Beny, pues le faltaban varios minutos para completar un programa radial en Venezuela. Llevaban músicos nuevos y sólo habían montado cinco o seis sones con ellos. Beny le pidió al pianista que arrancara con un tumbaíto y lo siguió la banda. Me lo contó el mismísimo Generoso… bueno, se lo contó a papi, conmigo delante. Metí la cuchareta.

¡Señora María! ¡Este jovencito no deja que uno desarrolle la fantasía! Es desilusionador profesional. Ya se me han quitado las ganas de contar la verdadera historia de «La engañadora«.

Usted Carlos, no le haga caso a Ernán, que es un maleducado. Cuente, que yo lo escucho.

Manolo Maylán, había comenzado a vestirse de hembra fuera del escenario. Se veía muy bien. Una mujer atractiva, sin las exageraciones del mundo de las candilejas. ¿Quién les dice que un americano se volvió como loco con ella? Manolo no lo dejó probar el mantecado, para no desilusionarlo. Al menos, eso parecía. El yanki llegó a obsesionarse de tal manera que le propuso matrimonio. Ahí fue dónde el trasvesti tuvo que aclararle la verdad. Al tipo se le montó el espiritu de John Wayne y cogió una pistola para matar a la pobre loca. Manolo escapó como pudo. Imagínenlo corriendo en tacones por medio Ocean Drive en Miami. El incidente fue de policía y periódicos. «¿Cómo voy a acusarlo? Sólo es un hombre confundido.» Declaró Manolo al periodista del Diario de la Marina que lo entrevistó. Se le quiso dar al affaire un aire de drame passionel para vender la noticia en Cuba. Pero la cosa no era tan complicada.

¿Y eso que tiene que ver con «La engañadora«? eché leña al fuego, a ver como reaccionaba el vecino.

Jorrín, que por cierto también era del Cerro, se enteró de la «confusión» de Miami, se inspiró y compuso su «neodanzón«, como le llamaron al principio al cha cha cha. Después, cuando oyeron como sonaban los pies al bailarlo, le pusieron el nombre que revolvió medio mundo. «Cha cha cha, que rico cha cha cha, bacilón, que rico bacilón.»

El mulato se levantó a echar un pasillo mientras cantaba. Contagiaba. Mi hermana y yo nos sumamos por un buen rato. De «Rico bacilón» pasamos a «El bodeguero«, de este a «Los marcianos« y a «El túnel«. ¡Es tan fácil cantar cha cha chas!

¿Y cómo terminó lo del americano y Manolo Maylán? preguntó abuela Nené, cuando dio la última puntada el pantalón.

Tres o cuatro meses después de la balacera se mudaron juntos. A escondidas, claro. Y jamás volvió a relucir la pistola. El yanki sería mojigato pero no ciego. La nuez de Adán y las manos no engañan. La confusión nunca fue tan grande. Final feliz para todos: travesti, americano, Jorrín y para nosotros los bailadores, porque habrá cha cha cha y «La engañadora« para mucho rato.

 


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Beny, que bueno cantará siempre usted

 


 

Cuando mis padres me concibieron estaban escuchando al Beny. Es mi “padrino conceptivo”. Luego lo escuché con frecuencia en el vientre de mi madre. La voz de Moré me calma y seduce, como un tazón con majarete o un vaso de guarapo. Tiene el poder del árbol de la Siguaraya.

El Bárbaro del Ritmo me obliga a mover la cintura y los hombros, no tan bien como Castellanos, confieso. Sigue cantando con voz vibrante y articulada. Con sentido de la clave, fraseo atinado y esas ganas de vivir que se transmiten por el oído. Y aunque ya los pollos no bailan mambo, ni siquiera bailan cha cha cha o las llamamos pollos, Beny Moré sigue siendo nuestro, hoy, como ayer.

Mis viejos estuvieron en la década del 1950 en el Alí Bar y le gritaron: “¡La gente de Cruces está aquí!” El sonero mayor les dedicó una guaracha a los crucenses del pueblo vecino a su Santa Isabel de las Lajas. Anécdota que he oído muchas veces y me gustaría seguir oyendo, orgullo de los Hernández Ávalos.

Cuando en un país que ha hecho tanta y tan buena música, se considera el mejor a alguien es por alguna razón de peso. Basta escucharlo. Como sucede con Carlos Gardel o Edith Piaff, sinónimos de Buenos Aires o París, oyendo a Bartolo Moré puedo identificar a una isla donde una pasión debía ser acompañada por un mambo bien acompasado, la quintaesencia del romanticismo caribeño. Aquella Cuba que ya no existe.