DESPUÉS DE LA MEDIA RUEDA

Bitácora nostálgica, de un cubano que vive hace más de dos décadas en Suecia


21 comentarios

Café Vista Alegre

 

Fue en el Café Vista Alegre, en la esquina de Belascoín y San Lázaro, frente al malecón de L’abana. Un restaurante con tres entradas. Iban los ricos a comer y los trovadores a tocar, a veces hasta que el sol se alzaba. Allí oí por primera vez a la voz de oro del danzón, Barbarito Diez, cantando esas ”Lágrimas negras” con que nos torturas con tu desentono y desafinación. —me dijo Laíto León, intentando callarme.

No bailo muy bien. Siento el tumbao del son y remeneo aceptablemente el esqueleto con un guaguancó; mas cuando canto: todos huyen despavoridos, amigos y desconocidos. Tengo un potente fuelle por diafragma pero mis tonos y afinaciones escapan de la perfección… muy lejos.

¿En qué año habrá sido eso? —Mi madre intentó involucrarme en la historia de su tio abuelo, sentado al sol en el patio, mientras ella y yo exprimíamos naranjas para hacer jugo.

Nena estaba acabadita de nacer, así que sería…

Milnueve treinta. interrumpí la cantaleta. —Cuando la dictadura de Machado. No me dirá que también conoció a Barbarito Diez…

Al terminar de trabajar me daba una vuelta por el Vista Alegre, a deleitarme con el Quinteto Selecto del guitarrista Graciano Gómez, entre otros músicos que pasaron a la historia de la música cubana.

Famosos en su casa, a la hora del almuerzo. susurró mi madre burlona. Solté una carcajada infantil.

Sindo Garay, Antonio María Romeu, Manuel Corona, María Teresa Vera, Miguel Matamoros… ¿No te suenan esos nombres, Nimita mía?

Laíto tenía oído de tuberculoso. No se inmutaba con las ironías de mis padres, siempre rápidos en apuntalar cualquier frase ajena con un chiste. Mami enrojeció de la vergüenza.

Graciano estaba buscando sustituto para el cantante del Quinteto, Zafir Palma. Alguien recomendó a Barbarito, entonces de visita en la capital. Cuando el guitarrista lo escuchó quedó encantado con la voz del recién llegado. Lo puso a cantar de inmediato. Llegué esa noche y me dispuse a buscar a Zafir para pedirle que me cantara «La cleptómana«. Yo había caído en las redes de una mujer que visitaba aquel lugar, mi camarada para cosas secretas, cosas que sólo saben mujeres y poetas. Una cleptómana de bellas fruslerías y sin embargo quiso robarme el corazón. Después de dejarme los bolsillos vacíos, claro está. Cosas que le pasan a uno siendo joven. Entonces la naturaleza es más fuerte que la inteligencia y uno no ha vivido lo suficiente para saber…

¿Y qué tiene eso que ver con el príncipe del danzón? —preguntó mami.

Laíto se quedó callado unos segundos. Luego pareció recuperar el hilo de la anécdota.

Me dijeron que el Quinteto tenía un cantante nuevo, que Zafir había conseguido un contrato mejor y se había marchado. Nunca lo volví a escuchar. Olvidé la cleptómana después de la segunda cerveza. Confieso que me había desanimado el cambio de cantante antes de escucharlo. A Barbarito Diez sólo le hizo falta entonar aunque tú, me has dejado en el abandono…

El principio de la canción. aclaré, interrumpiendo.

Ya descubrimos que te sabes la letra. No se te ocurra volverla a desentonarla. —mi madre se apresuró a frenarme.

Así mismo, aprendiz de curioso. Barbarito abrió la boca y un sola frase bastó para que el público dejara de comer o beber. Los camareros pararon sus andadas de mesa en mesa. ¡Qué voz! Una fraseo impecable y con una dulzura sin comparación. Recuerdo que cuando terminó su actuación fui a felicitar a Graciano por el cambio. Estuve allí bebiendo hasta el amanecer. Por entonces me gustaba cruzar la calle y sentarme en el muro del Malecón a ver salir el sol. Las olas del mar me recordaban la cadencia del nuevo cantante del Quinteto. Años después al mago de las teclas, a Antonio María Romeu, se le ocurrió ponerlo a cantar en su orquesta. El danzón se vistió de largo con los dos juntos.

¿Y qué pasó con la cleptómana? pregunté.

Tres décadas más tarde derrumbaron el café para construir un casino americano. Por pura curiosidad di una vuelta por enfrente de aquél antro. Los porteros estaban poniendo de patitas en la calle a una vieja pintarrajeada y metida en un vestido apretado de brillo. La mujer se desgañitaba diciendo que tenía dinero suficiente para jugar y exhibía un abanico de billetes sacado de su cartera. El portero yanqui la sacudió por los hombros y crucé para defenderla. Cuando me acerqué la reconocí. Le aclaré al hombre que no era manera de tratar a una señora mayor. Ella me sonrió, me tomó por la manga de mi traje blanco de drill cien y yo dí un salto para alejarme. «¿No me reconoces?» Pregunté. Por su expresión de ignorancia supe que yo era sólo uno de tantos a quién había desvalijado. Ni siquiera perdí el tiempo en recordarle quién era yo.

¿Y usted se había enamorado de ella, Laíto? —indagó mi madre con ternura.

El centenario sonrió. Tomó el sombrero de pajilla que descansaba en el brazo del sillón, acarició el borde, haciendo un círculo completo con los dos dedos.

Digamos que estuve obsesionado con su entrepierna, hablando entre adultos. Ahora no recuerdo su rostro ni su perfume, pero si el poema completo de Agustín Acosta y la música que le puso Manuel Luna a «La cleptómana«. Y la voz de Barbarito Diez diciendo en vez de maldecirte con justo encono, en mis sueños te colmo, en mis sueños te colmo de bendiciones. Las canciones no siempre son música y letra, muchas veces son también recuerdos. Del café Vista Alegre, su bohemia trovadoresca, aquella ladrona, mi inexperiencia… lo único que queda es la voz de oro del danzón. Cuarenta años después de comenzar su carrera, hasta este niño tan rebelde y rocanrolero lo admira. ¿Si eso no es la gloria, qué es?