DESPUÉS DE LA MEDIA RUEDA

Bitácora nostálgica, de un cubano que vive hace más de dos décadas en Suecia


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A Matanzas, con el son por puerto.

¿Te encaminas a Varadero de día por la Vía Blanca?

Te quedarás con la boca abierta al acercarte al Puente de Cumanayagua. A su derecha estará la Costa Norte y a su izquierda el Valle de Yumurí. Debajo una garganta siempre verde.

No sabrás a donde mirar, si a las palmas reales de la hondonada, las aves de rapiña volando a tus pies o al mar que quiere robar protagonismo con su azul perfecto.

Cuando, después de seguir viaje, recuperes el aliento aparecerá una bahía, los muchos puentes que la atraviesan y las torres de sus iglesias. Es Matanzas, la tranquilidad convertida en población, capital de la provincia con la que comparte nombre. Tierra querida de mis amores, como pregona el cha cha cha compuesto por Ninón Mondéjar y tocado por la Orquesta América.

¿Viajas a Matanzas usando el viejo tren de Hershey? Si llegas de noche: mejor. La villa tiene una aliada exclusiva: su luna. Por momentos parece que el mar se la quisiera robar. No hay razones para asustarte, el astro sabrá escapar de casi todos los embrujos. Claro que si Celia Cruz le canta, la magia será demasiado poderosa. La voz de la Guarachera de Cuba cantando, arrastra más que dos yuntas de bueyes. Ojalá puedas resistirte.

Una provincia tocada por el encanto de los extremos: el revoltijo de verdes en el Valle de Yumurí, el sorprendente hechizo de las Cuevas de Bellamar, la leyenda de la bella Baiguana convertida por las deidades taínas en la loma del Pan de Matanzas, Cárdenas, ciudad de cangrejos y banderas, la arquitectura loca del pueblo de Colón…

Esa Matanzas te susurrará en el alma ritmo de olas y claves, relajando tu cuerpo con brisas de Caribe. Se merece una rumba como la que le dedica Alexander Abreu, porque tiene su hechizo… y más.


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Clásicos aplatanados

 

Cuando cruzamos un burro con una yegua nace una mula o mulo, casi siempre estériles. Pero si mezclamos ritmos afrocubanos con Beethoven, Bach o Chaikovsky, lo más posible es una explosión de asombro para algunos, alegría y complacencia para otros, nada infecundo en sentimientos. Sverre Indris Joner se ha dedicado a hacer fusiones, primero del tango argentino y ahora de música cubana, con piezas cultas europeas.
El resultado me ha puesto a gozar como una cucaracha en una lata de leche condensada desde hace semanas. No dejo de escuchar a la Høveden Social Club con la Kringkastingsorkesteret, acompañados de percusionistas cubanos en concierto desde Oslo, en la vecina Noruega.

 

 

El barroco y lo clásico, el nacionalismo romántico me saben mejor con el tumbao de un piano y el ritmo de la tumbadora. No tenemos trineos noruegos en L’abana pero Sverre se ha paseado por sus barrios y se ha empapado en afrocubanía. Y me ha puesto a mover el esqueleto como buen timbero que soy.
Nunca la Danza de los copos de azúcar del Cascanueces de Chaicovsky me había parecido tan mía, ni ese Danubio azul por el que corrren aguas de danzón, tango congo y conga santiaguera me había resultado tan cosquilloso en los pies.
¿Bach y Beethoven se estremecen en su tumba? ¿El divino sordo hubiera marcado un pasillito con una mulatona cubana? ¿Mozart hubiera hubiera machacado las teclas del piano en un montuno para su Eine kleine vacilón? No lo puedo saber.

 

 

Con todo el respeto para creadores a los que considero titanes, me quito el sombrero y tiro la silla al piso por culpa de este nórdico aplatanado en compases y armonías. Con la complicidad de estos músicos que tocan con tanto sabor a mar Caribe.
Maestro Sverre Indris Joner, es usted el principal inculpado de mi penuria. Lo siento pero tengo que bailar o reviento, es algo genético. Seguro que el burro, la yegua y la mula tampoco podrían evitarlo.

 


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La engañadora y el hombre confundido

 

Enrique Jorrín dijo por televisión que La engañadora era una flaquita que bailaba en el salón de baile del Silver Star. Se ponía relleno en los faroles y en el maletero. Un día descubrieron que toda ella era almohaditas. —solté.

Disculpa jovencito. También ha contado que era una curvilínea que paraba el tráfico en la calle Infanta, otras veces que era una mujer de la vida que caminaba por el Prado cerca de la esquina con Neptuno. —Aclaró Carlos, el hijo mayor de Rósula Nápoles.

No interrumpas más a Carlos. Si es de la farándula, él conoce bien la anécdota.

Abuela Nené marcaba un ritmo implacable en el pedal de su vieja máquina de coser Singer. Nuestro vecino había traído unos pantalones a la señora María (como él la llamaba) para que se los estrechara. «Apretados como tubos, como se usan.» Sus manos revoloteaban, sus cejas depiladas parecían dos antenas de cucaracha, cruzaba las piernas de una manera imposible en un hombre. Mi familia lo recibía, apreciaba y respetaba. A mi hermana y a mí nos gustaba escucharlo. Era fácil sacarle historias con sabor a pecado… Y a mentira.

A principios de 1953, antes de que Batista diera el golpe de estado, me fui a Miami. A bailar de corista en los antros de South Beach, dónde ponían algún que otro espectáculo tropical. Este cuerpo sabe lo que hace. Nunca fui bonito, pero tampoco soy feo que espanta. Unas mangas de rumbero con muchos vuelitos, unas cuantas lentejuelas y a menear el esqueleto comme il faut. Me ganaba los frijoles sin problema. Cuando terminaba me iba a los clubes perversos. No me perdía allí los shows de Manolo Maylán, que fue el mejor travesti que ha dado Cuba, no la china esa, la Musmé, como algunos creen. Es verdad que llegó a actuar en el teatro Shanghai de la Habana, lo que es un mérito para un chinito verdulero, pero hasta Castellano el de «que bueno baila usted» se veía mejor de mujer…

¿No fue a Generoso Jimenez, el músico de Cruces, al que el Beny le cantó eso? ¿El amigo de papi que vive por la fábrica Crusellas? Pregunté, confundido.

A ese le decía «Generoso, que bueno TOCA usted.» Generoso hacía los arreglos, escribía la música y a veces dirigía la banda. En una actuación en Puerto Rico el Beny improvisó el otro estribillo. Castellano era un comediante cubano que se disfrazaba de mujer, en plan gozador. Bailaba muy bien, por eso lo de «Castellano que bueno baila usté.»

No sé de donde sacaste esa historia. Castellano era el utilero de la orquesta. Y el número completo fue una ocurrencia del Beny, pues le faltaban varios minutos para completar un programa radial en Venezuela. Llevaban músicos nuevos y sólo habían montado cinco o seis sones con ellos. Beny le pidió al pianista que arrancara con un tumbaíto y lo siguió la banda. Me lo contó el mismísimo Generoso… bueno, se lo contó a papi, conmigo delante. Metí la cuchareta.

¡Señora María! ¡Este jovencito no deja que uno desarrolle la fantasía! Es desilusionador profesional. Ya se me han quitado las ganas de contar la verdadera historia de La engañadora“.

Usted Carlos, no le haga caso a Ernán, que es un maleducado. Cuente, que yo lo escucho.

Manolo Maylán, había comenzado a vestirse de hembra fuera del escenario. Se veía muy bien. Una mujer atractiva, sin las exageraciones del mundo de las candilejas. ¿Quién les dice que un americano se volvió como loco con ella? Manolo no lo dejó probar el mantecado, para no desilusionarlo. Al menos, eso parecía. El yanki llegó a obsesionarse de tal manera que le propuso matrimonio. Ahí fue dónde el trasvesti tuvo que aclararle la verdad. Al tipo se le montó el espiritu de John Wayne y cogió una pistola para matar a la pobre loca. Manolo escapó como pudo. Imagínenlo corriendo en tacones por medio Ocean Drive en Miami. El incidente fue de policía y periódicos. «¿Cómo voy a acusarlo? Sólo es un hombre confundido.» Declaró Manolo al periodista del Diario de la Marina que lo entrevistó. Se le quiso dar al affaire un aire de drame passionel para vender la noticia en Cuba. Pero la cosa no era tan complicada.

¿Y eso que tiene que ver con La engañadora? eché leña al fuego, a ver como reaccionaba el vecino.

Jorrín, que por cierto también era del Cerro, se enteró de la “confusión” de Miami, se inspiró y compuso su neodanzón“, como le llamaron al principio al cha cha cha. Después, cuando oyeron como sonaban los pies al bailarlo, le pusieron el nombre que revolvió medio mundo. «Cha cha cha, que rico cha cha cha, bacilón, que rico bacilón.»

El mulato se levantó a echar un pasillo mientras cantaba. Contagiaba. Mi hermana y yo nos sumamos por un buen rato. De Rico bacilón” pasamos a El bodeguero, de este a Los marcianos y a El túnel. ¡Es tan fácil cantar cha cha chas!

¿Y cómo terminó lo del americano y Manolo Maylán? preguntó abuela Nené, cuando dio la última puntada el pantalón.

Tres o cuatro meses después de la balacera se mudaron juntos. A escondidas, claro. Y jamás volvió a relucir la pistola. El yanki sería mojigato pero no ciego. La nuez de Adán y las manos no engañan. La confusión nunca fue tan grande. Final feliz para todos: travesti, americano, Jorrín y para nosotros los bailadores, porque habrá cha cha cha y La engañadora para mucho rato.

 


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Marcianos en L’abana

Era 1954, tía Nena vio el Objeto Volante No Identificado, se asustó muchísimo y salió corriendo a comprar provisiones para esconderse, con toda la familia. Llamó por teléfono a Cruces para que mis padres, recién casados, hicieran lo mismo. Los marcianos estaban a sólo unas cuadras de casa. La gente se aterrorizó.

¿Seríamos atacados por los hombrecitos verdes?

¿Venían a robar caña de azúcar para dar energía a sus naves?

¿Vendrían a violar mulatonas cubanas para crear una nueva especie de extraterrestes con amplias caderas, que pudieran bailar el cha cha cha haciendo fértil algún árido planeta?

Las expectativas fueron muchas y la noticia se regó en segundos por Radio Bemba, el boca a boca del cubano, sin antenas ni ondas hertz.

Creció la bola de nieve y se reunieron cientos de curiosos en el lugar.

El final quedó en la leyenda y en un delicioso cha cha cha que todavía se baila.


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No me baño en el malecón…

 

Cuando hice el preuniversitario pasaba más tiempo entre malecón y la Playita 16 que en la escuela. Nunca me escapaba solo. Rosa Elena, Alberto Girona, Llamazares y yo hacíamos novillos para meternos en el agua. Nadábamos hasta el primer canto del veril de la plataforma insular. Más allá acechaban morenas, barracudas, mantas, pulpos y tiburones. No le temíamos a nada. Otra de mis pasiones era bañarme desnudo en Santa María del Mar por la noche. Freud opinaría que yo buscaba aquella sensación de seguridad de mis nueve meses en el vientre materno. Todo oscuro, cálido y líquido.

En 1976 estrenaron Tiburón sangriento. Entonces no sabía quién era Steven Spielberg ni que Jaws ya era un éxito de taquilla en el mundo entero. Huyendo de un turno de Matemática que tanto odiaba, me fui al cine Payret. Me senté en la platea. Sabía la manipulación a la que iba a ser sometido pero la hipnosis fue total. Me había preparado para crudezas y sustos pero una escena me paralizó: cuando Martin Brody, el jefe policía, tiró una cucharada de pescado al mar, el escualo protagonista sacó su cabeza y enseñó los dientes. Pegué un brinco mayúsculo. De haber estado en el balcón, me hubiera golpeado con el techo. A partir de ese momento y hasta el mismísimo final, vi la película con los pies sobre la butaca. Tenía un miedo que ganaría el campeonato mundial de miedos.

© Fidel Hdez Avalos

© Ernán Dezá

Demoré más de un año en regresar a una playa. La primera vez que volví, estuve buscando una aleta dorsal en la orilla durante horas. Cuando intentaba adentrarme en el mar, me parecía ver los dientes del gran tiburón blanco delante de mí, en la espuma, en el reflejo del sol o en el pico de cualquier ola. Y hasta oía el leitmotiv que acompañaba al escualo en sus apariciones en pantalla. Tan…tan. Tan…tan. Tan… tan… tan. Tan… tan…tan…tan. Tan tan tan tan tan tan tan tan tan tan. Tan tan tan.

Mr. Spielberg había estrujado mi valentía como un papel y la había ahogado en la salsa de tomate que usaba para simular sangre. No volví a meterme jamás en las aguas del malecón ni a bañarme de noche, en Varadero, el Mediterráneo, los lagos suecos, ni siquiera en una piscina. Y ha pasado mucho tiempo.

El cine pudo cambiarme la vida. No el bueno que hacen los genios para los intelectuales sino el que hacen los artesanos para entretener a gente como yo.