DESPUÉS DE LA MEDIA RUEDA

Bitácora nostálgica, de un cubano que vive hace más de dos décadas en Suecia


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La luz de los Lumière

A unos metros de la Ópera Garnier de París, uno de los edificios más bellos de una ciudad que no hace falta decir que lo es, está el Café de la Paix, en uno de los miles de hoteles que llenan la capital de Francia. Cientos de transeúntes pasan delante de su fachada. Muy pocos se detienen a mirar la placa que, con timidez, adorna una de las paredes del lugar. Una prueba del olvido, esa característica tan humana que nos lastra.

En ese lugar, los hermanos Auguste y Louis Lumière proyectaron sus primeras películas hace ciento veinte años, usando el mismo aparato con que las filmaron. Un evento para celebrar. Todos los días no se inventa un arte…

Poco tiene que ver con el último color de cabello de la Kardashian, el destino de One Direction sin Zain Malik o el precio de los relojes inteligentes de tus conocidos. Los Lumière concibieron, según Norma Desmond en Sunset Boulevard, una nueva forma de hacer soñar al mundo y, con ella, nuevos dioses. Deidades que no controlan ni castigan sino que enamoran, entretienen y educan. Depende del cine que veamos, claro está.

Como prueba de admiración, un grupo de curadores del Instituto Lumière ha montado la Exposition Lumière! Le cinemá inventé en el Grand Palais, con mil cuatrocientas cintas filmadas en diferentes partes del mundo, documentos y fotos de la época. Una estrella indiscutible tiene la muestra: la ingeniosa cámara fabricada por Auguste y Louis, técnica, industria y culto en un solo artefacto. Honrar honra. No a un asesino de masas con la pechera del uniforme cubierta de medallas, sí a quienes nos han abierto nuevas puertas para crear.

Si están en París antes del 14 de junio no se la pierdan, después me cuentan… Para matarme de envidia.


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El desconocido del lago.

 

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Este verano irás al lago. Aparcarás tu viejo Citroën rojo en su cercanía otra vez, casi al amanecer. Haya pasado lo que haya pasado. Serán los mismos hombres desnudos, el mismo chapuzón corto, la misma toalla donde tumbarte al sol, los mismos encuentros con tipos… No hará falta saber sus nombres. Es suficiente con apartar de la hierba los condones usados y vaciar tus ganas con cualquiera, con tal de que se le levante lo que adorna su entrepierna.

En la ribera podrás conocer a otro Henri. Con él hablarías del tamaño de los siluros, de su ex novia, del trabajo, de la vida. Para recordarte que eres humano, no sólo un caldo de hormonas hirviendo.

Te sentirás bien en el bosque. Hay extraños para escoger. Tendrás a los árboles, al agua y a los cielos para suavizar la sórdidez de tus encuentros. Es mejor que un cuarto oscuro en una discoteca, con olor a cigarrillos, alcohol, esperma y vómito.

Dos consejos: no preguntes otra vez «cómo te llamas», sino quieres complicarlo todo. Y, veas lo que veas, cállalo. Mejor deja las cosas como están. Los desconocidos tendrán que serlo siempre. No los dejes acercarse demasiado. En la cercanía está el peligro, también podría estar una casita compartida, con perros, gatos o niños adoptados, pero eso no lo vas a encontrar en este lugar, ni es para ti. Quieres tener los mismos derechos, pero no ser un clon de esos heterosexuales que tanto te han odiado en la niñez y la juventud. Lo que quieres es respeto, no negarte a ti mismo. O quizás quieras morirte y no tienes valor para suicidarte. Nadie sabe…

Digamos que un director como Alain Guiraudie alguna vez quiera filmar tu historia y lo haga de la manera teatral más convencional. Varios actos y un telón de oscuridad que casi se ve descender entre ellos, de una manera que casi aburre por lo repetitivo. Algunos críticos, de esos que dan premios en los festivales prestigiosos como Cannes, le otorgarían alguno por su originalidad. O por mostrar tu pene erecto eyaculando, en una escena que se me antoja atrevida. (Mojigatos: aléjense, homófobos: ni lo intenten.)

Guiraudie escogería un buen grupo de actores, digamos a Pierre Deladonchaps, en el protagónico. Él sabría dar esa cualidad tuya de res llevada al matadero sin saberlo. Christophe Paou sería ese Michel que te hechizó y nos inquieta; y el buen Henri sería Patrick Dassumçao, mostrando su ambigua mezcla de cinismo e ingenuidad con desenfado. El pedazo de orilla lo filmaría Claude Mathon, con la pericia de quién conoce algunos lagos como ese. No habría música, la tragedia es desnuda y seca. Bastaría con las voces, los gemidos, la brisa entre las ramas de los árboles y los cantos de los pájaros. El guión y los diálogos escritos por el mismo Guiraudie, caminarían por lo cotidiano, nada de frases rimbombantes ni sentimientos profundos, esas exquisiteces se dejan colgado en un perchero, lejos del lago. Allí se va a seguir el instinto de cazador en estado puro. Palabras sencillas, acciones rotundas. Naturalismo francés, como aquel de Zola, pero usando la cámara en vez de la pluma.

Te conozco muy bien, tengo buena memoria; pero me intriga tu imprudente entrega. No le tienes miedo a los siluros ni a los tiburones. Disculpa mi confusión. Olvidé que no hay escualos en el agua dulce, sin embargo, pueden acechar manos poderosas que nos ahoguen o sepan manejar la navaja.

¿Me pregunto si sabes tú por qué lo hacen? ¿Y qué te hipnotiza de Michel, qué quieres de él? ¿Porqué lo llamas con tanta urgencia antes de que caiga el telón?

Contéstame, Franck, quiero saber.

Franck. ¡Franck!

 

 


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No me baño en el malecón…

 

Cuando hice el preuniversitario pasaba más tiempo entre malecón y la Playita 16 que en la escuela. Nunca me escapaba solo. Rosa Elena, Alberto Girona, Llamazares y yo hacíamos novillos para meternos en el agua. Nadábamos hasta el primer canto del veril de la plataforma insular. Más allá acechaban morenas, barracudas, mantas, pulpos y tiburones. No le temíamos a nada. Otra de mis pasiones era bañarme desnudo en Santa María del Mar por la noche. Freud opinaría que yo buscaba aquella sensación de seguridad de mis nueve meses en el vientre materno. Todo oscuro, cálido y líquido.

En 1976 estrenaron Tiburón sangriento. Entonces no sabía quién era Steven Spielberg ni que Jaws ya era un éxito de taquilla en el mundo entero. Huyendo de un turno de Matemática que tanto odiaba, me fui al cine Payret. Me senté en la platea. Sabía la manipulación a la que iba a ser sometido pero la hipnosis fue total. Me había preparado para crudezas y sustos pero una escena me paralizó: cuando Martin Brody, el jefe policía, tiró una cucharada de pescado al mar, el escualo protagonista sacó su cabeza y enseñó los dientes. Pegué un brinco mayúsculo. De haber estado en el balcón, me hubiera golpeado con el techo. A partir de ese momento y hasta el mismísimo final, vi la película con los pies sobre la butaca. Tenía un miedo que ganaría el campeonato mundial de miedos.

© Fidel Hdez Avalos

© Ernán Dezá

Demoré más de un año en regresar a una playa. La primera vez que volví, estuve buscando una aleta dorsal en la orilla durante horas. Cuando intentaba adentrarme en el mar, me parecía ver los dientes del gran tiburón blanco delante de mí, en la espuma, en el reflejo del sol o en el pico de cualquier ola. Y hasta oía el leitmotiv que acompañaba al escualo en sus apariciones en pantalla. Tan…tan. Tan…tan. Tan… tan… tan. Tan… tan…tan…tan. Tan tan tan tan tan tan tan tan tan tan. Tan tan tan.

Mr. Spielberg había estrujado mi valentía como un papel y la había ahogado en la salsa de tomate que usaba para simular sangre. No volví a meterme jamás en las aguas del malecón ni a bañarme de noche, en Varadero, el Mediterráneo, los lagos suecos, ni siquiera en una piscina. Y ha pasado mucho tiempo.

El cine pudo cambiarme la vida. No el bueno que hacen los genios para los intelectuales sino el que hacen los artesanos para entretener a gente como yo.