DESPUÉS DE LA MEDIA RUEDA

Bitácora nostálgica, de un cubano que vive hace más de dos décadas en Suecia


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Un gallo para San Isidro. Parte II

Canal_de_Panamá_Construcción_006Construcción del Canal de Panamá. 1888

El fin de semana después, mi padre, mi tío Pablito y Laíto se balanceaban en sus mecedoras. Otra vez cogiendo fresco en el portal. Yo, a horcajadas sobre la baranda, recostando mi espalda a una columna. Enajenado con la puesta de sol.

El aprendiz de curioso se me está haciendo el loco, seguro que no pudo hallar respuesta a mi acertijo. —Laíto me retaba. Giré y sonreí, carta de triunfo en mano, en forma de un chivo donde había escrito algunos datos. Había pasado días atando cabos en la biblioteca.

En la construcción del Canal de Panamá llegaron a trabajar miles de hombres. Había que alimentarlos, darles de beber, vestirlos y entretenerlos. La compañía que comenzó a construir el Canal era francesa, el que mandaba era el mismo ingeniero que construyó en Egipto el Canal de Suez. Llevaron prostitutas de su país, eran más rápidas y eficientes que las criollas. En ningún lugar decía por qué. —Pregunté con la mirada a Laíto, aunque no me atrevía a hacerlo verbalmente y perder la apuesta.

Las francesas complacían a sus parroquianos con cosas que las latinoamericanas de la zona, ni las cubanas, se atrevían a experimentar entonces. Y mucho menos una señora decente… Usaban la boca en la entrepierna para terminar más rápido y atender más clientes, el trasero cuando llegaban los días prohibidos del mes.

¿Por eso sería que Yarini se volvió loco con la petit Berthe? —pregunté.

¿Quién sabe si se enamoró? Dicen que mujer más bella jamás pisó San Isidro. Nunca la vi, pero sí a su hermana mayor, Jean Fontaine, que tambien vivía con Letot. Era preciosa. Una tarde caminaba yo a la caza de libros por los portales de la calle Carlos III. Iba conversando con un amigo, cuando me la señaló, susurrándome su fama y nombre. Ella llevaba un quitasol de encaje crema, lo inclinó, nos miró y al notar nuestra atención, te juro que sentí su vergüenza. Enderezó su talle y levantó la cabeza, como si en su corazón quedase aún algo de dignidad. Las hetairas francesas tenían algo especial, no eran como las del patio. Cuando me fui a New York en 1889, tomé un barco de vapor de la US Mail. Hacía una travesía New Orleans–La Habana–Nueva York. Al subir a la nave vi en la cubierta un grupo de muchachas. Las creí de buenas familias. Educadas, gráciles, discretas e incapaces de mirar a los hombres. Iban acompañadas por tres individuos y una mujer mayor, para todo parecían buscar su venia y bendición. Yo estaba muy inmerso en la lectura del Emilio de Rousseau, lo que no me impedía mirar de reojo a una joven en específico, cuando se daba la oportunidad. Era castaña, alta y muy bien proporcionada, con unos ojos que cambiaban de color con el tiempo. Un viento retozón quiso que su sombrero volara por cubierta un mediodía soleado. ¿Quién creen ustedes que lo persiguió hasta arrancárselo de sus cascos a los caballos de Eolo?

¿Uno que todavía se machaca el coco leyendo demasiada mitología griega? —bromeó Pablito. Laíto usaba frases sobre dioses de la Ilíada, igual que mi abuelo paterno. Al anciano no le gustó la chanza.

Este servidor capturó la pamela y lo llevó a su dueña. Ella levantó los ojos ruborizada. Cuando fue a tomar el sombrero, oloroso a violetas, la mujer mayor se metió entre nosotros y esbozando una sonrisa me dio las gracias. Dos o tres días después la muchacha se detuvo y dejó caer un pañuelo cerca de mi persona. Lo tomé: je vous remercie había escrito. Uno de los que creía chaperones venía detrás y fue testigo del hecho. Dejé de verla unos días, no salió más de su camarote. Cuando desembarcamos en Ellis Island llevaba un ojo morado. «Si quieres intimar con mi amiguita, tienes que pagar.» Me dijo la mujer mayor antes de bajar, en castellano. Señalando el grupo de muchachas y sus acompañantes, el contramaestre se me acercó y comentó: «Nada podemos hacer para detenerlos, huyen de Panamá por docenas. Las cocottes y sus souteneurs.» El corazón me dio un vuelco al escucharlo. Ahí fue cuando descubrí que el objeto de mi atención no era más que una puta de lujo.

Nunca había oído a Laíto decir una malapalabra. Y es que ochenta años después, todavía le molestaba el desengaño. Quise obligarlo a pensar en otra cosa.

Averigüé porqué escapaban de Panamá: Hubo muchos problemas con el canal. Ríos atravesando la zona, suelo de piedra dura, malos cálculos económicos, cincuenta y dos mil muertos por la fiebre amarilla. En 1889 quebró la compañía de los franceses. A los chulos les había dado tiempo para organizarse bien. Se quedaron sin clientes y marcharon a varios destinos, sobre todo L’abana y New Orleans.

Así fue. Fuimos invadidos por los apaches y sus cocottes. Aunque fueran belgas, alemanas o austríacas, les llamábamos francesas. Las casas que pusieron, allá y aqui estaban cerca de pantanos y manglares. Para llamar esos barrios afrancesaron una palabra de los indios choctaw de la Louisiana, significa pantanoso: Bayou.

¡Y se armó el bayuseo!Interrumpió Pablito, risueño. La palabrita cajún se había convertido en símbolo de relajo y gozadera, a la cubana.

La rivalidad entre guayabitos y apaches en el barrio de San Isidro comenzó desde entonces. Los americanos terminaron el Canal, como siempre apropiándose de todo, como aves de carroña.

¿Y qué pasó después de la muerte de Yarini con San Isidro, Berthe, Jean y Pepito Basterrechea?

Después que tu padre nos haga un buen café te lo cuento… Tengo la garganta reseca.

continuará…

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