DESPUÉS DE LA MEDIA RUEDA

Bitácora nostálgica, de un cubano que vive hace más de dos décadas en Suecia


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De ratones y arbolitos de Navidad

Estaba terminando noviembre de 1969. Las temperaturas habían bajado a veinticinco. Mi madre se cubría con mantas para ver la televisión, después de beber ponche de leche. Yo comenzaba a molestar a Tía Nena.

¿Cuando vamos a poner el arbolito? —y la tocaba insistente en el hombro.

Mi padre había carpinteado una especie de conífera con ramas secas y una base de madera, pintada de blanco. Era, año tras año, nuestro arbolito de navidad, que entonces habría que esconder en el comedor. Habían prohibido celebrar fechas religiosas pero la Nochebuena se cenaba en familia. «Ahora que son niños que tengan ilusiones, después la vida se encargará de enseñarles realidades», filosofía materna.

¿Cuando toca poner el arbolito?

A veces formaba dúo con mi hermana Carmen; otras se sumaban los primos. Para ellos yo era una especie de capitán. 

¿No es hora ya de poner el arbolito?

Al fin Nena cedió. Sacamos las cajas con los adornos. Cuando las abrimos vi, por primera y última vez, un nido de ratones. Allí estaban los recién nacidos, con las cerdas aún húmedas. A los niños nos pareció algo tierno. Mi madre nos tomó por las manos y sin decir nada nos sacó de allí. Oí gritos, correcorre, golpes en el suelo, paredes y muebles. Dos ratas habían atacado a papi, defendiendo sus crías. La mayoría de las bolitas de fino cristal se rompieron. El disco navideño de Celia Cruz, también prohibida, se había roto. Otra víctima de los golpetazos con que ajusticiaron a los roedores.

Pasamos varias tardes recogiendo bayas y semillas que luego pintamos. Fue algo divertido. Con aquello improvisamos un arbol de Navidad.

Llegó Nochebuena. No hubo otra cosa que col guisada con salsa de tomate y un arroz con sabor a trapo viejo que se pegaba al cielo de la boca. Los adultos no hablaron. La política era tema prohibido por abuela Nené. Mis padres pensaban de una forma distinta entre sí. Eso traía a veces agrias discusiones. Sin embargo, esa noche todos parecieron estar de acuerdo. En medio de la comida llegó el apagón. Tía Nena, acostumbrada, se levantó a buscar algo con que alumbrarnos. Mi madre rompió en llanto y se fue a su cuarto. Mi padre salió tras ella. Volvieron abrazados. Una de las poquísimas veces que los he visto mostrándose amorosos. 

El año anterior, por esas fechas, tío Chique se había ido de Cuba. No soportaba vivir en un país así. Era el hijo preferido de Nené. Ella sentía aquella separación muy dentro. No podían comunicarse con nosotros, las cartas desaparecían en el camino y llamar por teléfono era casi imposible.

Muchos la están pasando peor. Hay demasiada hambre, guerras e injusticia en el mundo. Estos niños crecerán y estudiarán una carrera universitaria. No pasarán por lo que pasamos nosotros. Estamos juntos y es lo importante. Feliz Navidad y punto. —sentenció Nené, la matriarca. Su voz me sonó rara. 

«Ya es tiempo de poner el arbolito.» Volvió a insistir aquel niño que llevo dentro en estos días finales de 2013. Recargué el abeto artificial con bolas brillantes y guirnaldas. Resulta groseramente barroco. 

Invité a los amigos a cenar. Reiremos, comeremos lo más típico de la comida cubana, beberemos vino y escucharemos esos villancicos que no conocíamos u olvidamos.  

Por todos los años que no la pudimos celebrar en Cuba y para mis jóvenes amigos cubanos, que no acaban de entender «por qué arman tanto lío con la Nochebuena esa»:

Feliz Navidad.


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Los giros de una Giselle

Jorge Bacelo, mi amigo de Fontanar, me encaramó en el tercer piso del habanero teatro García Lorca. Bailaban El lago de los cisnes.

Anímate, muñecón. así me llama todavía—. En el segundo acto la cisne mala tiene que dar una pila de fouettés. Eso sí te va a gustar.

Sólo veía en el escenario unas flaquitas vestidas con tutú, a las que Sigmund Freud diagnosticaría complejo de trompo.

Llegó el esperado momento, el público del gallinero miraba en suspenso, aguantando la respiración. Parecía la escena de la ducha en ”Psicosis”, contando giros en vez de puñaladas.

¡Nada más veinte y ocho! soltó Bacelo, decepcionado—. Alicia Alonso sigue siendo la que más ha dado. ¡Treinta y tres fouettés!

La Alonso se habría clavado como un tornillo en el escenario, pensé. Aunque su ballet favorito no llevaba tantas vueltas, era Giselle.

Hasta la marca de galleticas dulces de mantequilla que la Prima Ballerina Assoluta del BNC había bautizado, se llamaba así. Venían envasadas en un recipiente de hojalata redondo y aplastado, decorado en azul prusia con unas zapatillas rosadas. Las cintas de seda formando el nombre en letras sinuosas. Luego de comerse los dulces, la gente usaba las latas para guardar pizzas y otros alimentos.

En Cuba estábamos en una de tantas épocas de hambruna después de 1959, tipo Corea del Norte, de la que la prensa internacional nunca se hará eco.

Comer en un restaurante era una hazaña y un lujo. Las reservaciones se hacían por teléfono. Se podía estar horas discando (gerundio en desuso) y siempre daba ocupado.

Unos días después de la función de El lago de los cisnes, mi tía Nena logró reservar dos mesas en un mismo día para el restaurante ”Las Bulerías”, especializado en comidas españolas. Era como ganarse dos premios gordos seguidos en la lotería.

Nos engalanamos y partimos al Vedado, frente al Hotel Habana Libre. Allí estaba el restaurante, semiescondido. Nos sentaron a Tía Nena, mi madre, mi hermana y a mí en una mesa. En la otra, mi tía política Ada, una de las personas más tímidas que he conocido, sus dos hijas María y Zeida y Rosulita, la nieta de nuestra vecina santiaguera.

Como primer plato pedimos, los ocho, fabada asturiana. Tía Nena y Ada sacaron sus latas de Giselle de las carteras, con disimulo, debajo de la mesa. Con habilidad de prestigitadores, fueron desapareciendo los abundantes pedazos de chorizo, tocino, morcillas y trozos de hueso de jamón en las dos latas de Giselle. Algunas judías se quedaron en los platos. Luego serían comidas in situ por nosotros. Los envases se deslizaron asiento por asiento, hasta llegar a Ada y Tía Nena, de regreso. Sus contenidos serían congelados después y usados, en pequeñas dosis, para darle sabor a platos caseros.

Nuestro equipo cumplió la misión. Mi madre guardó, bien cerrada y envuelta en una bolsita de plástico, la lata de Giselle repleta de embutidos y pedazos de tocino.

Ada, nerviosa, escondió recipiente y manos bajo su mesa. Se demoraba, inexperta y asustada. Llevarse comida de los restaurantes estaba prohibido. Por un instante vimos su rostro aterrorizado. Fragmentos de segundos después un sonido metálico hizo que todos los ojos miraran en dirección de mi tía política.

El salón comedor de Las Bulerías está construido en dos niveles, estábamos sentados en el superior. La lata de Giselle, colmada ahora de productos secundarios de matanza porcina, cayó de canto y destapada al piso. Impulsada por su contenido y las leyes de la física, comenzó a girar, acercándose al centro de gravedad y desparrando la comida (la quedada por comer, en este caso) por todo el salón.

Nadie movió un músculo. Nadie se atrevió a reclamar la tenencia del envase. Dejamos ir nuestros esfuerzos girando y girando. Tía Nena observó como rodaba por el suelo lo que le había causado un callo en el dedo índice, mi madre y Ada vieron desaparecer la mitad del sabor en nuestros potajes.

Mi padre, que no estaba allí, habría observado el sueldo de un mes, irse marcando las más elegantes rotaciones en una linea recta limpísima. Yo vi las zapatillas de ballet de Alicia Alonso, en su papel de Giselle, dando, cuesta abajo, la mejor secuencia de fouettes en toda la historia del ballet internacional.

Estoy primaria y absolutamente seguro de que sobrepasaron los treinta y tres de la Prima Ballerina Assoluta.

Sólo que esta vez quienes los contamos, no tuvimos ánimo de aplaudir.


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Músicos Cubanos 1

«Ni echando mano a la teoría de los seis grados de separación de Duncan Watts, puedes relacionarte con todas las personas que han hecho buena música en Cuba.» Me comenta mi amiga Lourdes Gómez.

Tiene toda la razón. No puedo hacerlo, nuestra isla no ha tenido más que una docena de buenos escritores, unos cuantos pintores y un cineasta excelentes, pero músicos… Por eso quiero presentar compositores, instrumentistas y cantantes del patio. Lo haré colgando un video de alguno y comentándolo con ligereza, entre post y post de los lunes.

Empiezo con el Conjunto de Roberto Faz, el cabezón de Regla. Cuatro trompetas, Jabuco (Bárbaro Vidal) en la tumbadora, al piano Aldo Carrazana, cantando con Roberto Faz: Rolito (Rolando Rodríguez) y Orlando Reyes.

Cuentan que en Alí Bar se enfrentaban en mano a mano la Banda del Bárbaro del Ritmo, Beny Moré y el Conjunto de Faz, sonero mayor por la excelencia de su voz, su tesitura alta y su poder de improvisación, además de excelente bolerista. Cantó con las orquestas Hermanos Pallau, Continental, Champagne Sport, los conjuntos Casino de la Playa, Kuvabana…

 


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El aparato de las vistas

No perdía la oportunidad de visitar a Mina, una prima de mi madre. Vivía en el Casino Deportivo, un barrio de bellas casas más allá de Via Blanca, al final del Cerro. Nunca supe de donde sacaba la mujer el aceite de oliva, que siempre me daba con ajo y sal, para comer con pan. Una delicia. Otras cosas hacían un placer mi estancia.

Ilia me dijo que le podía regalar las revistas Life, las Selecciones del Reader’s Digest y el aparato de vistas a Ernán. escuché decir a Mina. Hablaba bajito con mi tía Nena.

Irma Borrego era pianista, hija de mi prima segunda. Estaba en la cárcel como presa política. Había participado en una procesión de la Virgen de la Caridad en los años sesenta. La ceremonia religiosa estaba prohibida por el dictador de turno. Se consideró una manifestación contra él. Los participantes fueron condenados a diez años tras las rejas. Dos décadas después conocí a otro encarcelado por el mismo delito, Julio, el estibador del teatro Mella.

A pesar de la alegría que me dió la noticia del regalo, me hice el que no escuchaba. Las conversaciones sobre Ilia caían en la zona prohibida para los niños.

Mina me dejaba curiosear en el garaje durante horas. Yo adivinaba por qué no quería ni pisar aquel espacio: rabia y dolor.

Para mí Irma era sólo un misterio. Nunca la había visto. Mi ”Laura” o mi Gran Gatsby particular. Me había hecho una idea de como era, armando un rompecabezas con sus revistas, libretas con letras de canciones y poemas, albumes de fotos, programas de los conciertos de piano, una dedicatoria de Eliseo Grenet en una partitura de su ”Las perlas de tu boca”: «A Irma, la mejor y más cubana intérprete de esta canción.»

Pero mi mayor tiempo en el garaje lo ocupaba un aparatito que descubrí allí, el View Master modelo E de baquelita, patentado por Ed Mayers en 1939. El culpable de mis aflicciones (en Cuba) y mis aficiones (desde Suecia) por coger los bultos y querer turistear hasta en la Conchinchina.

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Pocas cosas me daban tanto placer en mi niñez como el View Master. Lo tengo frente a mí mientras escribo. En sus circulitos de cartón con pedazos de celuloide incrustados se esconden paisajes de las cataratas del Niágara, los tesoros de la tumba de Tut Ank Amon, las orillas del Nilo o la geografía extraña del Grand Canyon del Colorado. Todo en gloriosa tercera dimensión.

Un día su verdadera dueña salió de prisión. Ya yo era un adolescente.

Está destruida. Escuché decir a mi tía, que a pesar de ser fidelista admiraba la valentía de Ilia. —En la cárcel le rompieron los huesos de la mano y no podrá tocar jamás el piano.

Fui a conocerla. Llevé conmigo en una mochila el View Master y algunas Selecciones, a pesar de la oposición de mis padres.

Se desveló el misterio. Irma era una mujercita delgada. Su rostro parecía el de una anciana, pero sus ojos eran muy dulces. Se me salieron las lágrimas al verla. Acarició mi cabeza, como quién acaricia un niño.

Estas cosas te las regalé hace años. Son tuyas. Ahora que nos vamos no tendrá mejor dueño. Ven con la mochila vacía mañana, para que te lleves libros y discos.

La habían dejado salir de su prisión con la única condición que abandonara el país. Ella y su madre se iban a Estados Unidos, donde hacía tiempo vivía Miryam, su hermana. Volví al día siguiente, cargué la mochila y dos bolsas con discos. Le conté mis sueños de viajar mundo y lo que lo había provocado.

Prométeme que tratarás de visitar algún lugar de los que has visto en el View Master. Me dijo, sonriendo al despedirse, semanas después. Nunca más supimos de ellas.

Cuando en 2009 visité Egipto, recordé mi promesa. En la tumba de Tut Ank Amon sentí el sabor del pan con aceite de oliva, sal y ajo. Mina e Irma estaban conmigo allí, al reconocer el paisaje del Valle de los Muertos. Lo había visto tantas veces en el aparato de vistas que me parecía algo familiar. Y lo era gracias a ellas.

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Las Alturas de Simpson, parte 2, México

                                                                                                                                       

                                                                                                                                        para Luis Liñante

Ahora cumpliré mi promesa. —dijo despacio Laíto. —En los tiempos que viví en Santiago de Cuba, le hice un daguerrotipo a la charanga de Enrique Bueno. Ese tipo de fotografía lleva mucho tiempo de exposición. Los retratados deben estar inmóviles casi minuto y medio, pero el timbalero, un niño, acariciaba el cuero de sus tambores, ansioso por hacerlos sonar. Enrique lo reprimió con dureza. Nos demoramos el doble de lo pensado, hasta lograr que el muchacho estuviera tranquilo. Resultó ser Acerina, el hijastro de Enrique. A pesar de que fue el culpable del retraso, me cayó en gracia. Adiviné que la música, sobre todo el danzón, era lo suyo. El tiempo perdido con la foto fue en balde, unos meses después se fue a México. Tendría unos catorce años.

Acerina me suena raro. —apuntó abuela.

Consejo Valiente se llama. Más raro todavía. Lo apodaron Acerina, pues tenía la piel tan negra como una piedra preciosa, la hematita especular. 

Con Estanislao se aprendía de todo. Era el aventurero oficial de la famila. Mambí, fotógrafo en Santiago y Nueva York y joyero en la Habana. Se había acomodado gracias a sus negocios de joyería, que lo había llevado por medio continente. Nunca se casó, pero había roto unos cuantos corazones, incluso el de Esther Borja en Venezuela.

Esa fue mi primera sobremesa con los adultos, después del arroz con pollo y el boniatillo de postre. A los niños les ponían una mesa aparte en el patio, cuando había visita. No debíamos escuchar las conversaciones de los mayores. Ese domingo me dejaron quedarme con ellos, a petición de Estanislao.

Enrique Bueno trabajaba como un buey, con la charanga y lo que fuera. Tenía malas pulgas y se le iba la mano con los cintazos. No les alcanzaba ni para comer, con tantos hijos e hijastros. Algunos lo ayudaban recogiendo sancocho para los puercos. Hasta entrenaron un chivo enorme y lo pusieron a remolcar un carrito. Cobraban centavos por pasear en el vehículo, adornado con banderitas cubanas, a cuatro o cinco niños por las calles de Los Hoyos. Ni así daban las cuentas. Enrique aprovechó que una orquesta improvisada se iba a Yucatán y mandó al chiquillo con ellos. Uno menos que mantener, el más revirado además. Bien tratado por la gente de la charanga, Acerina cargaba los instrumentos y los asistía en todo. Mientras aprendió a dominar el timbal. Ganaba sus quilitos. De vez en cuando mandaba algo a su madre y hermanos, que era muy bien recibido.

¿Y cómo sabes todo eso? —abuela recogió la vajilla y se quitó el delantal. Eso quería decir que mi señor padre tenía la cocina a su disposición para colar el café, su especialidad.

La hermana mayor de Acerina limpiaba la casa de tu tío Lino. La pobre, no sabía leer. Me traía las cartas del negrito para que se las leyera. A veces me las hacía repasar una y otra vez. Al principio Consejo echaba de menos su país y su familia. Pensó regresar muchas veces, pero parece que echó raíces.

¿Y dice usted que alcanzó la fama? Aquí nadie lo conoce…

En uno de mis viajes de negocios a la patria de los aztecas, después de la guerra contra Hitler, me invitaron al Salón México, donde tocaba Consejo. Ya estaba cuarentón. No era un sitio muy aristocrático que digamos. Registraban a los hombres en la puerta. Las reyertas y cuchilladas eran habituales. Pero la música era buena y se bailaba bien, alternando el cuadro, con el suavecito y el triángulo, entre otros pasos. Igualito que aquí. Yo esperaba escuchar Almendra, Fefita, Tres lindas cubanas… Cuando tocaron una pieza que se llama Nereidas y otra: Rigoletito, con aires de la ópera de Verdi, los bailadores se pusieron frenéticos. ¿Y a qué no te imaginas, aprendiz de curioso, a quién conocí bailando en el Salón México? ¡A Litico Rodríguez!

Litico era mi locura. El gordo gozador que bailaba como nadie en Cuba. Mis padres lo habían visto en el teatro, en la puesta de «Un día en el solar». Yo lo conocía de la televisión.

¿Bailando danzones? —preguntó mi padre mientras servía el café a los mayores.

Eso y rumba, son montuno, guaguancó, conga… todo lo que sonara a cubano. No lo conocía, pero adiviné de dónde venía cuando lo vi menearse. Me le acerqué y le susurré: usted viene de donde crecen las palmas reales, compatriota. No hace falta más que verlo mover el esqueleto para saberlo. Soltó una carcajada. Después lo invité a unas cervezas, se sentó a mi mesa y hablamos. Le conté qué me traía al salón de bailes. En el primer descanso me llevó a ver a Acerina. Recordaba la foto, pero no a mí. Cuando le hablé de su hermana y familia se emocionó. Era una estrella, los bailadores lo adoraban. Me contó como formó su danzonera con mucho esfuerzo. El sindicato de artistas es muy fuerte por allá. Igual que después a Dámaso Pérez Prado, le pusieron trabas. Exigieron usar una mayoría de instrumentistas mexicanos. Ya el género de Faílde era tradición, después de haber entrado por Mérida en el ochenta y pico. No le fue tan difícil encontrar buenos músicos, cubanos y del patio. El timbalero se aferró al ritmo matancero, era lo único que llevaba consigo de su país. En aquel lugar lo que más se tocaba era danzón. No se imaginan cómo gustaba. Pusieron para aprenderlo academias y todo, por todo México.

Pero si se baila en un ladrillito… Hay que tener dos pies zurdos pa’ no cogerle el paso.—mi padre me miró, burlón.

Yo era incapaz de danzonear. Nunca he aprendido a bailar cha cha cha, mambo, casino o el hustle cuando se puso de moda la música disco. Lo mío es dar brincos y contonearme. De marcar coreografías, nada.

Con las glorias, se olvidan las memorias. Seguro que desatendió a su familia. — murmuró abuela. Estanislao tenía oído de tuberculoso.

No’mbre no, Nené. Consejo mandó cartas y dinero conmigo. Una tarde de mayo, se me apareció su hermana, bajo tremendo aguacero. Traía un paquete envuelto en hule bajo el brazo. Lo desenvolvió como si fueran copas de cristal de Baccarat. Era el primer disco de Acerina y su Danzonera. Su nombre en la carátula, con letras grandes. Se lo puse en mi gramófono. Ella no decía nada cuando terminaba la última pieza. Me miraba con ojos lacrimosos. Yo entendía y se lo volvía a poner. Después, las cartas se fueron distanciando pero envió más grabaciones. Aquí tienen que estar, en el montón que ustedes no quieren tocar nunca. Antes de que la familiar del timbalero muriera, pidió que me confiaran a mí los discos.

Cuando Estanislao León quiso ingresar en el asilo (procuraba no molestar, aclaraba) trajimos sus cosas y recuerdos para la casa.

Sabes bien adonde están. Ve a buscarlos.—Me ordenó abuela. —Ya me están entrando ganas de oír al Acerina de marras y sus Nereidas.

Corrí a hacerlo, no quería perderme nada del cuento. Puse la aguja en el primer surco del disco y eché a andar el tocadiscos. Nos resultó raro.

Parece una retreta militar en el Parque de Cruces… —soltó mi padre, siempre jocoso. Al anciano le cambió la expresión del rostro.

Es como viajar en el tiempo. Atrás, muy atrás. Antonio María Romeu, Barbarito Diez, Dominica Verges, la orquesta Aragón… interpretan distinto el danzón. Ese negrito que acariciaba los cueros de sus timbales, inquieto por sacarles música, lo hace sonar como lo hacía su padre o la orquesta de su padrastro.

Pero… de eso hace casi un siglo. La música, los bailes, todo ha cambiado. —Papi no se callaba, sorprendido por el sonido de la orquesta.

En el mundo entero se bailan los valses como los tocaba Johann Strauss, no se cambia lo inmejorable. Acerina, más que ningún otro músico, es el causante de que el danzón sea adorado fuera de su patria. Por eso hay que respetarlo, a él y a la música que hace.—aseguró el anciano. —Y no quiero hablar más del tema.

Laíto León o de León, como descubrimos hace poco que era realmente su apellido, murió un año después. Le falló el corazón mientras dormía. Acerina falleció en México, a los ochenta y ocho años. Pasó tocando, arreglando y componiendo danzones setenta y seis de ellos. Cuando vi en Youtube este video suyo hace unos meses, me alegré, por la existencia de Consejo Valiente Robert y por la de los mexicanos que bailan danzón, sintiéndolo suyo.