DESPUÉS DE LA MEDIA RUEDA

Bitácora nostálgica, de un cubano que vive hace más de dos décadas en Suecia


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Pituca se atiene a las consecuencias

¿Llevas los pañuelos? El pantalón tiene dos bolsillos detrás para eso…

Uno para mí y uno para si alguna dama lo necesita. —yo repetía como detallando un inventario.

Era el ritual de la prima Pituca cada vez que iba a acompañarla. Mis zapatos bien cepillados, la raya de mis cabellos recta como el alma de una monja, el filo del pantalón planchado de la manera acertada, olor a colonia, los lentes de mis espejuelos lavados con vinagre.

¿Quién monta primero en la guagua?

La mujer. La dejo sentarse por dentro. Así los machos que se paran en el pasillo si está lleno el omnibus, me repellan el hombro a mí y no a ella. A la hora de bajar, bajo yo primero y le doy la mano, para ayudarla.

Diciendo barbaridades como eso de repellar no llegarás muy lejos.

Me rozan el hombro con sus partes pudendas…

Así suena mejor. Y cuida esa boca por la calle. Esas palabras desafortunadas que usas no me sientan bien al acompañarme. No soy ninguna pelandruja.

Así hablaban y actuaban algunos en aquella época lejana. Aunque nadie había ido a la Universidad. Instrucción no es educación, eso se recibía en casa, fuera uno más pobre o menos pobre.

Una señorita, aunque rebasara la cuarentena, no podía andar de noche sola. A mis otros primos no había palabra, castigo ni cintazo que los convenciera. Trataban por todos los medios de no salir con ella. Le teníamos terror pero yo era el chaperón oficial de la familia.

Pituca también exigía que la llevara por dentro de la acera, al escortarla.

Si pasa un carro o una guagua y nos salpica con el agua de un charco, el caballero es quien debe mancharse la ropa, no la dama.

En realidad es prima de mi madre y un poco más vieja que ella. La llamamos Pituca Chaca Chaca, pues parlotea sin puntos ni comas. Vestía siempre de negro y a mí se me antojaba que olía a talco micocilén.

Se había casado como a los veinte años. Era tan pobretona como el resto de la parentela, así que solo tuvieron una discreta ceremonia civil. Firmaron los papeles por la mañana, luego se dirigieron a tomar el tren para Cienfuegos, donde disfrutarían la noche de miel y consumarían el matrimonio. Debían pasar bajo un andamio para llegar a la estación de ferrocarriles. Pituca se negó a hacerlo. Su aún no estrenado esposo, Alberto, trató de convencerla. Pituca abrió la boca en uno de sus discursos imparables, donde casi no se distinguen las consonantes, tipo Julio Iglesias cantando en inglés.

Esta bien. dijo el marido.Para demostrarte que es una superstición tonta, tú irás por la calle y yo por debajo del andamio.

Pituca, disparando su ametralladora de vocales huérfanas, atravesó la acera. Miró aprensiva al hombre, que caminaba sonriente y seguro. Todo marchó bien hasta la mitad de lo andado. El cónyugue se envalentonaba, dispuesto a cantar victoria. Se sentía vencedor de creencias vacías, apóstol del ateísmo realista.

De repente, en las alturas, un cubo lleno de mezcla se le cayó de las manos a un albañil. El obrero gritó azorado, pero no dio tiempo a evitar la tragedia. El balde, con todo su peso, vino a dar sobre la cabeza de Alberto. Murió en el momento, desnucado.

La prima de mi madre abrió la boca y se quedó callada unos minutos, por única vez en su vida. Antes de caer desmayada, alcanzó a pronunciar con claridad: ¡Viuda y señorita! ¡Ahoraestoy estoy marcada!

Jamás hablaba del incidente. Nadie se atrevía a recordárselo. Pasarón lustros que se hicieron décadas. Ella se agriaba más y más, sin probar el mantecado. El negro le sentaba cada vez peor y había escasez de tinte para sus cabellos, que griseaban en las raíces. Cuando no tenía nada que hacer, ojeaba un Manual de Buenas Costumbres y etiqueta que olía como ella. O quizás ella oliera al librito, de tanto manosearlo.

El habla involucionó en Cuba. La juventud, para horror de Pituca, soltaba las más soeces palabrejas con naturalidad. La vulgaridad y la falta de etiqueta sustituyeron a las normas de cortesía y urbanidad burguesa. Muchos creyeron que ser proletario era ser mal educado. Hasta Pituca comenzó a soltar coños y carajos. Tenía que atenerse a las consecuencias. Adaptándose, encontró novio.

Casi a punto de jubilarse se casó con un compañero de oficina. El nuevo esposo, por casualidad también llamado Alberto, gritaba unas palabrotas que sorprenderían a los habitantes del Solar del Rebervero. No había Dios que le hiciera llevar a Pituca por dentro de la acera.

No volvimos a ver el Manual. Ninguna muchacha bonita del barrio volvió a ser definida en su boca como pelandruja. Pituca y su Alberto nuevo fueron felices pero más lo fui yo: Después de la boda, pude decir repellar todas las veces que quisiera, sin ganarme una reprimenda.


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Un disfraz para el Pico Blanco

 

 

Mi Tía Nena y Esther, su pareja, vivían en la calle O, en los altos del Maraka’s. A unos pasos estaba 23, la calle más de moda en el Vedado, La Habana. Me quedaba los fines de semana con ellas. Sentado en la terraza de mis tías, escuchaba las descargas de feeling (filin) del Pico Blanco, el club del vecino Hotel Saint John’s. Los disfrutaba desde abajo. Tenía catorce años.

Me permitían estar despierto hasta muy tarde. A veces veía irse desde la terraza a José Antonio Méndez, César Portillo de la Luz o Ángel Díaz, guitarras en mano.

Meses antes, después del bailoteo juvenil en una fiesta, dos guitarristas y una mujer cantaron. Parecía una controversia campesina, pero con boleros. Descarga emocional de filin callejero, urbano. Se me metió en la cabeza sentir lo mismo en la mata del género, el Pico Blanco.

No permitirían mi entrada a ningún club nocturno. Susana, nuestra amiga de siempre, ideó la manera de colarme en el Rincón del Filin: Disfrazarme de adulto. Valía la pena intentarlo.

Me vistieron con un traje gris. Corbata a rayas. Las gafas de modelo anticuado dieron el toque de madurez necesario. Un cliente de la fábrica donde trabajaba mi padre, maquillista de la televisión, le había regalado un bigote falso. Lo pegaron encima de donde crecía mi bozo adolescente.

Esther y tia Nena se acobardaron. Querían evitar el mal rato. En la comisión de embullo me escoltaron Efraín, ex esposo de Esther, dueño del traje que yo llevaba puesto; y Miriam Barranco, otra amiga de la familia, además de la entusiasta Susana.

Miriam, Efrain y yo parecíamos ir a un velorio. Susana sonreía con cara de cumpleaños, pero estaba tan nerviosa como los demás. Por suerte no habría más de cinco metros de una entrada a la otra.

El ascenso al piso catorce tomó una eternidad. Yo sudaba y Susana, temerosa de que se desprendiera mi recién estrenado bigote, secaba mi rostro con un pañuelito bordado.

Actúa con naturalidad. me dijo Efraín, engolando la voz como un galán televisivo. El bigote de Jorge Negrete tambien era falso y nadie creyó jamás que era lampiño.

No supe si era verdad o un invento suyo. Lo creí. Actué como el famoso mexicano. El portero ni siquiera nos miró. Entramos.

Mi padre había aceptado la aventura, con la condición de darse una vueltecita al otro día por casa de Esther. El menor rastro de aliento etílico en su hijo y se suspendían los fines de semana en el Vedado. Para no levantar sospechas mis acompañantes ordenaron cuatro jaiboles. El contenido de los vasos frente a mi fue desapareciendo, bebidos por ellos.

La idea de Susana había funcionado. A unos pasos tenía al Ronco de Oro, José Antonio Méndez. Aquello fue atravesar de mi niñez a la juventud. Una nueva manera de sentir la música era la puerta.

El llamado movimiento del filin comenzó en la Cuba de los años cuarenta, en el callejón de Hammel. En la casa de Tirso Díaz, el trovador padre de Ángel. Jóvenes bohemios que habían crecido con el cubanísimo guaguancó, escuchaban a Ella Fitzgerald, a Nat King Cole y a otros intérpretes norteamericanos. Mezclaron ambas cosas y empezaron a cantar con intimismo, marcando pausas y silencios. Dialogando con el público, haciéndolo partícipe de sus confidencias.

Unas décadas después, yo, con los ojos más abiertos que un sijú platanero, me extasiaba con tres mitos de la música cubana. No me perdía un solo gesto de los creadores del estilo: Portillo de la Luz, Ángel Díaz y José Antonio.

Pasada la medianoche percibí un rumor de admiración. Habían llegado Elena Burke y Froilán Amézaga con su guitarra. El Ronco de Oro le hizo un gesto con la mano. La Señora Sentimiento y su acompañante, tomaron dos sillas. Elena comenzó descargar con «Tú, mi delirio.»

Yo me había enamorado por primera vez, con esa intensidad sólo posible a esa edad. Cada canción, cada frase eran como una conversación con el objeto de mi obsesión. ¡Y en la voz de Elena o del Ronco de Oro!

Casi a las tres de la mañana, la hora del cierre, llegó Martha Valdés. No la conocía, Efraín me explicó quién era: Te va a gustar. —Cantó «Llora» a dúo con la Burke. Sentí como si la hubiese compuesto yo mismo. Y las siguientes, tambien.

Cuando nos íbamos, el portero me detuvo con un gesto. Miró a mis amigos ofendido. Pareció que iba acomenzar a discutir, pero se encogió de hombros y sonrió. No habíamos notado que el lado izquierdo del bigote se había soltado.

Fin de la aventura sin bajas ni heridos. Debut y despedida, por si acaso…

Seguí escuchando desde abajo durante años, hasta que me hice suficientemente mayor y pude volver sin necesidad de disfrazarme. La magia se había perdido. Algunos llegaban tan borrachos, que desafinaban. Otros habían perdido la voz con la edad. José Antonio había muerto en 1989. Ahora cantaban sones, guarachas y cha cha chas.

Preferí quedarme con el recuerdo y aquel bigote falso que Negrete envidiaría. Los días de gloria del Pico Blanco habían terminado. Los del filin no terminarán mientras exista un cubano romántico, por lo que merece otros escritos.

 

Las tijeras de una reina

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Las tijeras de una reina

 

No recuerdo si era de día o de noche. Salí corriendo por toda la casa sin que nadie me pudiera parar. Tendría cinco o seis años. Había reconocido la voz de Celeste Mendoza en los altoparlantes del televisor Dumont y quería verla en la pantalla redonda. Me enredé con el cable de una lámpara de bronce que tenía ceniceros y encendedores de alabastro. El lamparón cayó arrastrado por mi ímpetu de rumbero. Casi vino a dar sobre mi perra Osita, despertándola con el estruendo. Jamás volvió a dormir en la sala. Se hizo huésped eterna de la casa que le habían construido en el patio.

Yo no entendía las letras de los bolerones, pero ver a Ana Gloria bailando rumba, danzonear a Paulina Álvarez y menearse a La Mendoza, me arrebataba.

Celeste se enorgullecía de haber provocado el mismo frenesí a los franceses en el Olimpia. Era su recuerdo más querido. Recorrió América de arriba a abajo y media Europa.

Nadie sabe quien la coronó como la Reina del Guaguancó, unos dicen que Germán Pinelli, otros que Rita Montaner. Ella creía que fueron los periodistas. Muy pocas mujeres han cantado el género, a pesar de que en el baile la mujer es la que decide, mientras el hombre improvisa y payasea, para ganar su interés y vacunarla.

Giró por los antiguos países socialistas con el Music Hall Cubano. En Leningrado, en un ataque de divismo, quiso que le pusieran un micrófono en el escote del vestido.

– Si a Elena Burke, que canta boleros y no se mueve, se lo colgaron, a mi hay que enganchármelo. Ella es la Señora Sentimiento. Las señoras sienten pero no lo muestran. Yo soy una muert’e’hambre del barrio de Los Hoyos. Bailaré por to’ el escenario pa’ calentar a este público de rubitos con mi sabor. Y tradúcelo todo, este muchacho. – El intérprete improvisado fue Jorge Ybarra.

Muy poca tela cubría su abultado pecho, no existía espacio para el aparatito. Hubo que rodearla con cuatro micrófonos de pie. Nadie podía impedirle que bailara

Hacia los finales de los 60 descubrió que su marido le era infiel. No le preguntó nada, no discutió. Esperó a que el hombre se quedara dormido. Para envalentonarse se dió un trago de aguardiente Coronilla y dos y tres… Después de beberse la botella, cogió unas tijeras recién afiladas. Cuando le sacó los testículos del canzoncillo matapasiones, el donjuan despertó a punto de ser castrado y convertido en contratenor. Se armó el escándalo.

Los vecinos llamaron a la policía al oír los gritos de la potencial víctima. La cantante fue detenida. Poco después el cónyugue retiró los cargos. El machismo al poder no podía perdonarla, como excusaba la violencia de cualquier varón celoso. Le cerraron todas las puertas. No más televisión, giras, discos o actuaciones en teatro. Desapareció del mapa y de las ondas radiales.

Se rumoreó que le había dado candela a una pareja más joven que ella. Esa manera cubanísima de rociar con luz brillante (queroseno) al objeto de la venganza mientras duerme, lanzando un fósforo encendido a la cama después, para castigar la infidelidad. Su odio no llegaba a tanto.

Muchos creyeron que estuvo cumpliendo veinte años en la cárcel por el cacareado crimen. Lo cierto es que Celeste había recaído en el alcoholismo, esta vez de una manera penosa.

La nueva década trajo a Silvio y a la Nueva Trova. Sonaban a Bob Dylan, a Serrat, a Violeta Parra y a Leon Gieco. Todos muy buenos y admirables pero todos extranjeros. No había cabida para el cubanísimo guaguancó. La única excepción fue Pablo Milanés, cantando sobre los caminos que no se hicieron sólos y eran desechos de viejos caminos.

Al final de los años 80, el mismo Jorge Ybarra que le sirvió de traductor en San Petersburgo, escribía y dirigía una

Tertulia en el Teatro Mella, animada por la actriz Magaly Boix y producida por Daniel Alcolea.

La Mendoza vivía en Línea y F, a sólo unas cuadras. La veíamos pasar desde la taquilla con su turbante, todavía derrochando sensualidad al caminar. A Ybarra se le ocurrió dedicarle un homenaje.

Aunque el trayecto era muy corto, Celeste pidió que la fueran a buscar en auto la noche del espectáculo. Se había hecho un peinado muy elaborado, soplaba el viento y no quería despeinarse por el camino. Daniel Alcolea envió a E. para recogerla en un pequeño Volkswagen. En el asiento trasero, el moño de la mulata chocaba con el techo del VW. Tuvo que viajar doblada sobre su estómago, con la cabeza inclinada. Cada vez que E. miraba por el retrovisor le entraba un ataque de risa.

Así llegaron al teatro. Vi el automóvil desde lejos y corrí, como lo había hecho en mi niñez. Adelantándome a Ybarra y a Alcolea. Quise abrirle la puerta a la mulata. Por suerte no había ningún cable en el piso.

– ¡Ay este muchacho! – dijo sin mirarme, hablando más con las manos que con palabras. -Sácame con cuidado de esta cafetera que voy a coger tortículis. ¡Las cosas que hace uno por su público!

Se armó un pequeño tumulto. No fue fácil evacuarla sin despeinarla pero salió y la llevamos al camerino, donde Daniel Alcolea tenía dos peluqueras esperándola.

Magali Boix hizo la introducción y descorrió la cortina. La aplaudieron como si los falsos moralistas no la hubieran destronado nunca.

Ybarra recordó entonces la primera vez que la viera en televisión en 1953, presentada por Germán Pinelli. Fue en el programa «Esta noche» de canal CMQ. Celeste cantó un bolero ranchera en tiempo de guaguancó acompañada por una orquesta. Estaba vestida con la copia de la copia de la copia de un Christian Dior. Todo en el mejor estilo hollywoodense de Joaquín M. Condall. Nada que ver con la Mendoza de verdad.

Volvió a salir en televisión después de aquella Tertulia. Desempolvaron sus discos y grabó con el Conjunto Sierra Maestra. El alcohol y los años habían afectado su voz. Murió en 1998, en su Cuba querida.

El guaguancó goza de buena salud. Usa nuevos instrumentos, a los cajones de bacalao se sumaron las paredes de las guaguas y las maletas de madera de los becados.

Un rey quiso cambiar su reino por un caballo y pasó a la historia, a Celeste Mendoza quisieron trocarle su corona por unas tijeras afiladas y unas cuantas botellas de aguardiente. La entronizó su pueblo. Será siempre la Reina del Guaguancó.