DESPUÉS DE LA MEDIA RUEDA

Bitácora nostálgica, de un cubano que vive hace más de dos décadas en Suecia

El muchacho y la muchacha

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El muchacho y la muchacha

He visto cientos de películas con Jorge Ybarra. Es dramaturgo y se las sabe todas frente una pantalla o un escenario teatral. Recuerdo la primera vez que se quedó dormido.
– Te has pasado toda el tiempo roncando. – al salir del cine no me pude contener.
– Mentira, la vi enterita. – todavía bostezaba.
– ¿Qué pasó, a ver?
– Al final el muchacho se quedó con la muchacha.
Con los años descubrí que Jorge cae en los brazos de Morfeo al menor asomo de que la historia llegue a un final feliz. Y lo entiendo.
Imaginen que Romeo se hubiera casado con Julieta, que Francesca de Rimini se hubiera escapado con su cuñado Paolo, que la monja Eloisa y Abelardo se hubieran metido mano sin que al teólogo lo castraran o que Bill Clinton hubiera renunciado a la política por Monica Lewinsky (esa mujer con la que tampoco yo tuve relaciones sexuales, pero de la que recuerdo el nombre) Nadie hubiera escrito sobre ellos. Serían olvidados.
Por eso prefiero los melodramones con finales inteligentes. Esos que hacen sollozar a las solteronas de mediana edad. Como «Cinema Paradiso» de Giusepe Tornatore, mi película favorita. Salen los créditos y a llorar. O clásicos como «Casablanca» de Michael Curtiz, «Nuestros años felices» (The way we were) de Sidney Pollack, «Johnny Guitar» de Nicholas Ray, «Los paraguas de Cherburgo» de Jacques Demi y la soviética «Cuando pasan las cigüeñas» de Mikhail Kalatózov.
Es mejor sufrir escondido en la oscuridad del cine que en la vida real. Prefiero llorar cuando Ilsa se la deja en la mano a Rick otra vez, al final de «Casablanca», y hacerme el duro por la calle. Sin que la gente sepa que soy un llorón.
Debe de ser genético. En aquella época en que los programas cinematográficos incluían seriales del oeste, mi tío Guigo regresó a casa desde el teatro Antillana, en nuestro pueblo de Cruces. Lloraba de una manera terrible y nadie sabía por qué. El episodio duró casi un cuarto de hora, hasta que Guigo fue capaz de articular palabra: – ¡Que mataron a Buyones! ¡Mataron a Buyones!- Ese Buyones, en realidad Buck Jones, era el héroe de una serie de vaqueros. Los productores habían decidido terminarla con su muerte.
En ese mismo cine mi madre protagonizó otra escena tragicómica, viendo un dramón mejicano. Al final del filme, el personaje principal decidía abandonar el pueblo en tren con sus hijos. Evitaba contarles la muerte de su progenitora, de la que los espectadores habían sido testigos momentos antes, provocando una catarsis colectiva. Acompañado de los violines de rigor para tales trances, el niño menor preguntó ansioso en el andén:
– ¿Y mamá, no vendrá con nosotros? – Se hizo un silencio total en el Antillana. El público esperaba la respuesta del padre.
– ¡No m’ijito, no! – Gritó hacia la pantalla mi madre desde la platea, sinceramente emocionada. La tranquilidad de la expectativa masoquista se convirtió en carcajadas burlonas, en un lugar donde todos se conocían. A veces creo que mis padres se fueron a vivir a la Habana por culpa de la exclamación de mi madre.
A mí no me ha pasado nada ni parecido. Lloro en silencio y me quedo sentado hasta que se vaya todo el público. Entonces seco mis lágrimas sin que nadie me vea y salgo.
Funcionó con «Los puentes de Madison County» de Clint Eastwood y en «Philadelphia» de Jonathan Demme. Al final de «Brokeback Mountain» de Ang Lee, intenté hacer lo mismo pero nadie se iba después de terminar los créditos. Nadie se miraba. El cine continuaba lleno. Me atreví a mirar a mi alrededor y me conmoví aún más. Heterosexuales jóvenes, homosexuales viejos, mujeres y hombres.Todos estábamos llorando. Y es que esta película es la esencia del muchacho que no se queda con… el muchacho. El amor más imposible, el que tanto la geografía como la sociedad condenaban. Ennis del Mar y Jack Twist estaban sentenciados sin remedio a un final en que Jorge Ybarra no se dormiría. Y no se ha dormido durante las muchísimas veces que la ha vuelto a ver.

Las tijeras de una reina

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Las tijeras de una reina

 

No recuerdo si era de día o de noche. Salí corriendo por toda la casa sin que nadie me pudiera parar. Tendría cinco o seis años. Había reconocido la voz de Celeste Mendoza en los altoparlantes del televisor Dumont y quería verla en la pantalla redonda. Me enredé con el cable de una lámpara de bronce que tenía ceniceros y encendedores de alabastro. El lamparón cayó arrastrado por mi ímpetu de rumbero. Casi vino a dar sobre mi perra Osita, despertándola con el estruendo. Jamás volvió a dormir en la sala. Se hizo huésped eterna de la casa que le habían construido en el patio.

Yo no entendía las letras de los bolerones, pero ver a Ana Gloria bailando rumba, danzonear a Paulina Álvarez y menearse a La Mendoza, me arrebataba.

Celeste se enorgullecía de haber provocado el mismo frenesí a los franceses en el Olimpia. Era su recuerdo más querido. Recorrió América de arriba a abajo y media Europa.

Nadie sabe quien la coronó como la Reina del Guaguancó, unos dicen que Germán Pinelli, otros que Rita Montaner. Ella creía que fueron los periodistas. Muy pocas mujeres han cantado el género, a pesar de que en el baile la mujer es la que decide, mientras el hombre improvisa y payasea, para ganar su interés y vacunarla.

Giró por los antiguos países socialistas con el Music Hall Cubano. En Leningrado, en un ataque de divismo, quiso que le pusieran un micrófono en el escote del vestido.

– Si a Elena Burke, que canta boleros y no se mueve, se lo colgaron, a mi hay que enganchármelo. Ella es la Señora Sentimiento. Las señoras sienten pero no lo muestran. Yo soy una muert’e’hambre del barrio de Los Hoyos. Bailaré por to’ el escenario pa’ calentar a este público de rubitos con mi sabor. Y tradúcelo todo, este muchacho. – El intérprete improvisado fue Jorge Ybarra.

Muy poca tela cubría su abultado pecho, no existía espacio para el aparatito. Hubo que rodearla con cuatro micrófonos de pie. Nadie podía impedirle que bailara

Hacia los finales de los 60 descubrió que su marido le era infiel. No le preguntó nada, no discutió. Esperó a que el hombre se quedara dormido. Para envalentonarse se dió un trago de aguardiente Coronilla y dos y tres… Después de beberse la botella, cogió unas tijeras recién afiladas. Cuando le sacó los testículos del canzoncillo matapasiones, el donjuan despertó a punto de ser castrado y convertido en contratenor. Se armó el escándalo.

Los vecinos llamaron a la policía al oír los gritos de la potencial víctima. La cantante fue detenida. Poco después el cónyugue retiró los cargos. El machismo al poder no podía perdonarla, como excusaba la violencia de cualquier varón celoso. Le cerraron todas las puertas. No más televisión, giras, discos o actuaciones en teatro. Desapareció del mapa y de las ondas radiales.

Se rumoreó que le había dado candela a una pareja más joven que ella. Esa manera cubanísima de rociar con luz brillante (queroseno) al objeto de la venganza mientras duerme, lanzando un fósforo encendido a la cama después, para castigar la infidelidad. Su odio no llegaba a tanto.

Muchos creyeron que estuvo cumpliendo veinte años en la cárcel por el cacareado crimen. Lo cierto es que Celeste había recaído en el alcoholismo, esta vez de una manera penosa.

La nueva década trajo a Silvio y a la Nueva Trova. Sonaban a Bob Dylan, a Serrat, a Violeta Parra y a Leon Gieco. Todos muy buenos y admirables pero todos extranjeros. No había cabida para el cubanísimo guaguancó. La única excepción fue Pablo Milanés, cantando sobre los caminos que no se hicieron sólos y eran desechos de viejos caminos.

Al final de los años 80, el mismo Jorge Ybarra que le sirvió de traductor en San Petersburgo, escribía y dirigía una

Tertulia en el Teatro Mella, animada por la actriz Magaly Boix y producida por Daniel Alcolea.

La Mendoza vivía en Línea y F, a sólo unas cuadras. La veíamos pasar desde la taquilla con su turbante, todavía derrochando sensualidad al caminar. A Ybarra se le ocurrió dedicarle un homenaje.

Aunque el trayecto era muy corto, Celeste pidió que la fueran a buscar en auto la noche del espectáculo. Se había hecho un peinado muy elaborado, soplaba el viento y no quería despeinarse por el camino. Daniel Alcolea envió a E. para recogerla en un pequeño Volkswagen. En el asiento trasero, el moño de la mulata chocaba con el techo del VW. Tuvo que viajar doblada sobre su estómago, con la cabeza inclinada. Cada vez que E. miraba por el retrovisor le entraba un ataque de risa.

Así llegaron al teatro. Vi el automóvil desde lejos y corrí, como lo había hecho en mi niñez. Adelantándome a Ybarra y a Alcolea. Quise abrirle la puerta a la mulata. Por suerte no había ningún cable en el piso.

– ¡Ay este muchacho! – dijo sin mirarme, hablando más con las manos que con palabras. -Sácame con cuidado de esta cafetera que voy a coger tortículis. ¡Las cosas que hace uno por su público!

Se armó un pequeño tumulto. No fue fácil evacuarla sin despeinarla pero salió y la llevamos al camerino, donde Daniel Alcolea tenía dos peluqueras esperándola.

Magali Boix hizo la introducción y descorrió la cortina. La aplaudieron como si los falsos moralistas no la hubieran destronado nunca.

Ybarra recordó entonces la primera vez que la viera en televisión en 1953, presentada por Germán Pinelli. Fue en el programa «Esta noche» de canal CMQ. Celeste cantó un bolero ranchera en tiempo de guaguancó acompañada por una orquesta. Estaba vestida con la copia de la copia de la copia de un Christian Dior. Todo en el mejor estilo hollywoodense de Joaquín M. Condall. Nada que ver con la Mendoza de verdad.

Volvió a salir en televisión después de aquella Tertulia. Desempolvaron sus discos y grabó con el Conjunto Sierra Maestra. El alcohol y los años habían afectado su voz. Murió en 1998, en su Cuba querida.

El guaguancó goza de buena salud. Usa nuevos instrumentos, a los cajones de bacalao se sumaron las paredes de las guaguas y las maletas de madera de los becados.

Un rey quiso cambiar su reino por un caballo y pasó a la historia, a Celeste Mendoza quisieron trocarle su corona por unas tijeras afiladas y unas cuantas botellas de aguardiente. La entronizó su pueblo. Será siempre la Reina del Guaguancó.


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Música de Salón

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Carmita Arellano había nacido con el siglo XX. En 1970 llegó a casa, a impartirle clases de piano a mi hermana Carmen y a nuestra prima María, como a toda niña burguesa que se respetaba. Dos veces a la semana de regocijo para mi y de tortura para las hembras de la familia. Carmita terminaba invariablemente sus lecciones complaciendo peticiones. Nunca hizo mucha resistencia. Notábamos la transformación de aquella señora, bajita y vestida con modestia, en una joven apasionada. Hasta sus collares de perlas de cristal, pintadas de color nácar, adquirían el brillo de las verdaderas.

Teníamos un piano vertical en la sala. Un Tony de ojos verdes venía a afinarlo. No había regaño de  mi madre ni batido de mamey, que me hiciera despegar los ojos del instrumento cuando lo afinaba. Ver cuerda por cuerda tensada y sobada, escuchar la paulatina conversión de un sonido quejoso en uno limpio y vibrante, era un acto de magia sin igual en ningún circo. El hechizo se completaba cuando Carmita interpretaba, después de sus clases, “Las perlas de tu boca”, “Martha” o “Tres lindas cubanas”, pieza que aseguraba había compuesto su padre y que Antonio María Romeu había robado. Estábamos emparentados de alguna manera y me enorgullecía que aquél danzón me corriera por la sangre, aunque no fuese de manera oficial. Las señoras de su edad no mentían, ni se quejaban por gusto.

A veces mi padre se nos reunía. “La comparsa” de Ernesto Lecuona llenaba la sala con su “in crescendo”. Carmita hablaba de los tiempos de las tertulias en los salones de su juventud. No eran populares aún el tocadiscos, el cine  o el radio, ni se había inventado la televisión. Las noches libres de los que tuvieran tanto dinero para poder disfrutarlas, se consumían alrededor de un piano. Se leían poesías, se hablaba con elegancia de alguna puesta teatral o de algún libro recomendable.

Las partituras se compraban entonces como ahora se descargan canciones en mp3 o se escuchan en Spotify. Su popularidad era demostrada por las copias vendidas. Tenían preciosos diseños en las carátulas y más de una vez sirvieron de pretexto para el roce prohibido de unos dedos o para decir un piropo al oído, al cambiar la página algún galán servicial. 

En el último siglo Occidente ha evolucionado a ritmo de rock’n’roll. Lo que parecía fantástico y excitante en 1913, es aburrida realidad en 2013. El facebook, el twiter y otras redes sociales han substituído las tertulias de los salones. Ahora pulsamos una tangente, escribimos una contraseña y vemos en la pantallita lo que comió Pepe Carratalá esta tarde, la estancia en el aeropuerto de Rafael Borges o la foto que tiró Gregorio Hagelin ayer. A nadie le hace falta bañarse, vestirse y salir de casa. Algunos satisfacen su escasa necesidad sexual frente a una cámara, otros se prenden a Youtube por horas. Nos comunicamos por mensajes de texto y el salón del hogar es sólo importante, por el tamaño del televisor que lo tiraniza.

Muchas veces me he preguntado si habría cabida para una Carmita Arellano o para un afinador Tony en nuestra época.  Son como los triplesulfas, los parasoles de encaje, los métodos de actuación de sir Lawrence Olivier, las tiendas de cd’s o yo mismo. Elementos anacrónicos.