DESPUÉS DE LA MEDIA RUEDA

Bitácora nostálgica, de un cubano que vive hace más de dos décadas en Suecia


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El desconocido del lago.

 

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Este verano irás al lago. Aparcarás tu viejo Citroën rojo en su cercanía otra vez, casi al amanecer. Haya pasado lo que haya pasado. Serán los mismos hombres desnudos, el mismo chapuzón corto, la misma toalla donde tumbarte al sol, los mismos encuentros con tipos… No hará falta saber sus nombres. Es suficiente con apartar de la hierba los condones usados y vaciar tus ganas con cualquiera, con tal de que se le levante lo que adorna su entrepierna.

En la ribera podrás conocer a otro Henri. Con él hablarías del tamaño de los siluros, de su ex novia, del trabajo, de la vida. Para recordarte que eres humano, no sólo un caldo de hormonas hirviendo.

Te sentirás bien en el bosque. Hay extraños para escoger. Tendrás a los árboles, al agua y a los cielos para suavizar la sórdidez de tus encuentros. Es mejor que un cuarto oscuro en una discoteca, con olor a cigarrillos, alcohol, esperma y vómito.

Dos consejos: no preguntes otra vez «cómo te llamas», sino quieres complicarlo todo. Y, veas lo que veas, cállalo. Mejor deja las cosas como están. Los desconocidos tendrán que serlo siempre. No los dejes acercarse demasiado. En la cercanía está el peligro, también podría estar una casita compartida, con perros, gatos o niños adoptados, pero eso no lo vas a encontrar en este lugar, ni es para ti. Quieres tener los mismos derechos, pero no ser un clon de esos heterosexuales que tanto te han odiado en la niñez y la juventud. Lo que quieres es respeto, no negarte a ti mismo. O quizás quieras morirte y no tienes valor para suicidarte. Nadie sabe…

Digamos que un director como Alain Guiraudie alguna vez quiera filmar tu historia y lo haga de la manera teatral más convencional. Varios actos y un telón de oscuridad que casi se ve descender entre ellos, de una manera que casi aburre por lo repetitivo. Algunos críticos, de esos que dan premios en los festivales prestigiosos como Cannes, le otorgarían alguno por su originalidad. O por mostrar tu pene erecto eyaculando, en una escena que se me antoja atrevida. (Mojigatos: aléjense, homófobos: ni lo intenten.)

Guiraudie escogería un buen grupo de actores, digamos a Pierre Deladonchaps, en el protagónico. Él sabría dar esa cualidad tuya de res llevada al matadero sin saberlo. Christophe Paou sería ese Michel que te hechizó y nos inquieta; y el buen Henri sería Patrick Dassumçao, mostrando su ambigua mezcla de cinismo e ingenuidad con desenfado. El pedazo de orilla lo filmaría Claude Mathon, con la pericia de quién conoce algunos lagos como ese. No habría música, la tragedia es desnuda y seca. Bastaría con las voces, los gemidos, la brisa entre las ramas de los árboles y los cantos de los pájaros. El guión y los diálogos escritos por el mismo Guiraudie, caminarían por lo cotidiano, nada de frases rimbombantes ni sentimientos profundos, esas exquisiteces se dejan colgado en un perchero, lejos del lago. Allí se va a seguir el instinto de cazador en estado puro. Palabras sencillas, acciones rotundas. Naturalismo francés, como aquel de Zola, pero usando la cámara en vez de la pluma.

Te conozco muy bien, tengo buena memoria; pero me intriga tu imprudente entrega. No le tienes miedo a los siluros ni a los tiburones. Disculpa mi confusión. Olvidé que no hay escualos en el agua dulce, sin embargo, pueden acechar manos poderosas que nos ahoguen o sepan manejar la navaja.

¿Me pregunto si sabes tú por qué lo hacen? ¿Y qué te hipnotiza de Michel, qué quieres de él? ¿Porqué lo llamas con tanta urgencia antes de que caiga el telón?

Contéstame, Franck, quiero saber.

Franck. ¡Franck!