DESPUÉS DE LA MEDIA RUEDA

Bitácora nostálgica, de un cubano que vive hace más de dos décadas en Suecia


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Músicos Cubanos VII Moisés Simons

 

¿Cómo que el pelúo ese de la guitarrita es el mejor compositor cubano? Todas sus canciones suenan iguales. No se le puede parar delante a Ernesto Lecuona, Miguel Matamoros, Sindo Garay… ni siquiera a Moisés Simons.

La voz de nuestro lejano pariente, el repostero Rubildo Espino, había subido una octava al ofenderse. Eran los años setenta en Cuba, no había otra opción que Silvio o Pablo. Preferí quedarme callado, como a la mayoría de los jóvenes educados de la isla, me gustaban los dos trovadores. La mujer de Rubildo, Erlinda, aprovechó para tomar las riendas.

¿Y qué tiene de malo Moisés Simons? Sin su orquesta no nos hubiéramos conocido…

El dulcero le dio la espalda y puso expresión de condenado llevado al cadalso.

Eso es lo que tuvo de malo. —Fingió una sonrisa y le tiró un beso a su esposa. Cambió rápidamente la conversación, dirigiéndose a mí. Algo raro en él.— ¿Tú sabes lo que es callar a un americano borracho, Ernancito?

Rubildo acercó su asiento al mío. Noté el olor a Old Spice. Decían que había comprado cajas de after shave cuando nacionalizaron la primera fábrica de perfumes y las había escondido.

Lo mismo que callar a un cubano borracho, supongo.

El viejo ignoró mi socarronería. Yo adivinaba que la conversación tomaría el giro habitual después de que Rubildo y Erlinda se hubieran bebido la cuarta cerveza: el gran Hotel Sevilla, «el mejor de Cuba» y su tiempos de gloria.

Los primeros que tocaron en el Havana Roof Garden del Sevilla fueron Moisés Simons y su jazz band. Eso si era música, la que se compuso en Cuba entonces. Nadie los obligaba a garabatear panfleticos y acompañarlos con guitarra. Se escribía en un pentagrama para llenarte el alma de romance o hacerte gozar bailando, por que el amor y la gozadera son eternos, los gobiernos cambian. Simons amaba lo que hacía. Si hubiera compuesto nada más Chivo que rompe tambor, Hoy como ayer o Marta, hubiera pasado a la gloria cubana. Todo un mérito. Pero creó El manisero y puso al pedazo de tierra donde naciste en el mapa. Callaba a cuanto borracho yanqui molestara, siempre la pedían. «Peanut vendor, orchestra, Peanut vendor.» Simons empezaba el estribillo en el piano, los más peleones se tranquilizaban…

¿Y que pasó con ustedes y la banda? Preguntó mi madre. Siempre interesada en los asuntos del corazón y en suavizar las diatribas del viejo pastelero.

Una noche estaba en mi descanso. —Erlinda volvió a la carga Quería dejar de fumar y para no tentarme preferí oír a los músicos en la azotea. Subí y atravesé la cocina. Me paré a mirar por la puerta que daba al salón. Sonaba Marta, suavecito, como un bolerito americana’o. Soñaba despierta cuando escuché una voz: «Señorita, disculpe, pero está usted metida en el medio y los camareros tienen que servir rápido mi postre. Es de crema de mantequilla y hace mucho calor.» Giré con ligereza y por poco provoco un accidente volteando bandejas y rompiendo platos, Rubildo me cogió por los hombros y me echó a un lado, como si yo fuera una plumita. Me derretí ante su seguridad.

Lo que por poco se derrite fue un dobos húngaro que me había tomado una hora preparar. Eso no se me olvida… Ah y tu olorcito a gardenias y la forma en que te ruborizaste y…

Entonces fue el dulce lo que los unió, no la orquesta.

Aclaró mi vieja. Era la más cariñosa de la familia con la pareja. Al dulcero lo llamaba Rubi. Mi padre, para marcar territorio, lo trataba por el apellido: Espino.

Mmm… las dos cosas. Cuando nos fuimos a casar conté al compositor cómo la casualidad y sus canciones nos unieron. «Entonces tocaremos en su boda, gratis.» Lo hicieron. Cómo se las arregló para entusiasmar a sus músicos no lo sé, pero hasta Enrique Santiesteban nos cantó. «Somos compañeros de trabajo y usted es el mejor dulcero que ha dado L’abana.» Dijo el que ahora es un famoso actor. Una fiesta inolvidable, el creador de “El manisero” nos hizo el gran honor de dedicarnos “Marta”. Por eso cada vez que la escucho me vienen a la mente cadenas, barrotes, instrumentos de tortura…

Erlinda lo golpeó en un hombro, zalamera. El viejo matrimonio estaba de buenas aquella tarde. Aproveché para preguntar.

¿Y que se hizo de Moisés Simons? Nunca lo ponen por la tele.

Murió en España, creo. Se pasó la mayor parte del tiempo viviendo en París, en el Norte… fuera. Suerte que tuvo de darse cuenta a tiempo lo que era esto y partió.

Con la edad había comenzado a entenderlo. Mucho después sentí la misma amargura que nuestro pariente repostero. Rubildo Espino había perdido su juventud, su pastelería y su pasión.

Al menos tenía recuerdos de los que agarrarse para no morir de tristeza.