DESPUÉS DE LA MEDIA RUEDA

Bitácora nostálgica, de un cubano que vive hace más de dos décadas en Suecia


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Concierto en blanco para solo sin orquesta

¡Ay, casa!

Los fantasmas que me habitan son los mismos que pulen tus baldosas. Juegan enredados entre tus helechos, tiernos como aliento de ángeles, armados de esqueletos negros como ramas de coral, firmes como un beso, desconcertantes como plumas de avestruz… Helechos. Las malangas trepando la tapia, anulándola con verdes, implacables como alitas de libélula, dulces como caimitos, vibrantes como el zun zun que se alimenta de tus buganvillas siempre a las tres de la tarde.

La tarde…

Tus duendes juegan con lagartos que cambian de color. ¡Colores! Cálidos del amarillo al naranja. El sofoco del mediodia, la siesta de los mimbres y las limonadas con hielo. No, el hielo, no, no me lo recuerdes. Mejor miéntame el bochorno que te blanquea los ladrillos con un ritmo de tambores y mangos, claves y sudor.

Miénteme. Duérmeme con recuerdos. Acúname con mariposas, cocuyos, tejas color sangre, vitrales, guitarra y bongó, con la voz de mi madre y las carcajadas de mi padre. Tu puedes, tus paredes se descascaran, mas tus cimientos son fuertes, están fundidos con clorofila y jugo de guayabas, con gemidos de orgasmos y malas palabras, con rebeldía e improperios, con hambres y rumbas.

¡Los colores, ay, casa! ¡Despiértalos! Están durmiendo en el blanco. Regálame un prisma que los desmenuze en azules, amarillos y rojos, que le arranque a los cristales los violetas y los naranjas. Están allí, lo sé. Haciéndole camino a las bicicletas presas, a los bancos de parque desilusionados, a las hierbas insultadas por la mentira del invierno…

Solo tú puedes desnudarlos de nieve y muerte.


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Con el son por puerto 3. Habana

Tenía tres años cuando llegamos a L’abana. La conocí a través de los ojos de mi padre. Me sentía marinero al cruzar su bahía en la lanchita de Regla, buscando tesoros escondidos por corsarios o caracolas y algas secas en los tres castillos que la protegían de los piratas. Amé esa ciudad como lo hizo Fernando Mulens al componer Habana.

En el casi danzón Hoy mi Habana de José Antonio Quesada, Xiomara Laugart nos permite la esperanza. Los dos hacen vestir a la urbe con sus mejores galas, sentándola en un balcón, a abanicarse y escuchar guitarras.

Marta Valdés, en la voz de Miriam Ramos, quiere mostrarnos esa ciudad suya que no sabemos mirar. Nos quiere sacar a pasear por debajo de los arcos de un portal. Quizás la suya sea una capital vestida con traje nuevo, que algún niño sabrá no ver.

Y es que la ciudad estará en realidad desnuda, esperando aún por una Celia Cruz a la que nunca dejaron regresar. Desde donde esté cualquier cubano hasta L’abana, siempre habrá un camino. El mismo que anduve de niño buscando tesoros, caracolas y algas secas. La misma travesía con que pintamos de nostalgia nuestro barco los ausentes de la isla, son a son.


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Al Capone en La Habana

 

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                                    Al Capone en los Jardines de la Tropical, La Habana

Mi Zuppa Inglese era el mejor de L’abana. Hasta a Al Capone le gustó…

Yo no le estaba haciendo caso a Rubildo Espino, ni me interesaba saber que era un zupa-lo-que-fuera. El anciano hablaba de su trabajo como repostero en el Hotel Sevilla. «El más caro de Cuba en aquel entonces». Sin embargo, cuando escuché el nombre de Al Capone solté los patines que estaba engrasando. Me volví todo oídos y corrí a la entrada del comedor al patio.

¿Dice usted que Caracortada estuvo aquí? Pregunté interesado, el viejo ni me miró.

Mi madre si lo hizo. Movió la cabeza de un lado al otro. Eso bastó. Di un paso atrás, para ni ser visto por los comensales. Luego mami me guiñó un ojo de manera cómplice. Conocía mi pasión por la figura del mafioso.

Al abuelo Espino y a Erlinda, su mujer, nunca les gusté. Por suerte era un sentimiento recíproco. Estábamos emparentados de alguna manera y no se perdían una comelata en mi casa. De niño me metía bajo la cama de mis padres tan pronto los veía y no salía hasta que se fueran, pero ya era un adolescente. Ese día había pedido permiso para irme a patinar después del almuerzo. Rubildo salió al patio a buscar un cenicero mientras contaba. Fue cuando lo oí pronunciar las palabras mágicas: Al Capone.

¿Eso fue antes que lo metieran preso o después? —preguntó mami. Yo no veía a los visitantes, sólo a mi vieja. Se abanicaba en un rincón del comedor. El resto estaba sentado alrededor de la mesa. Me acerqué al umbral, para escucharlos.

Mucho antes… El mafioso vino una sola vez, en 1928. Se hospedó en el Sevilla. Alquiló el sexto piso completo. Yo trabajaba en la cocina del noveno, en el Roof Garden. Cuando le sirvieron mi postre me mandó a buscar. Pensé que no le había gustado. Le había caído un poco de crema pastelera en la polaina blanca y un empleado se la estaba limpiando. Ya me veía metido en hormigón, enterrado vivo mientras se endurecía.

¿Tenía tan malas pulgas como cuentan?

Cuando me paré delante de él, yo estaba muerto de miedo. Me sonrió, me dijo algo en inglés celebrando el dulce y me metió un billete de cien dólares en el delantal. El primer día había mandado a buscar a todos los empleados que lo atenderían en el piso que alquiló y a los de la carpeta. Los saludó y les regaló cien a cada uno. Entre pandilleros era un matón pero era otra cosa con la gente normal.

¿A qué vino? Todavía ni Meyer Lansky ni Lucky Luciano vivían en L’abana. mi padre estaba tan interesado como yo, hacía las mismas preguntas que yo hubiera querido hacer.

Los yanquis estaban en plena ley seca. Los barquitos que llevaban alcohol desde aquí eran atacados por bandas rivales. Parece que Capone vino a comprar a algunos políticos para que los guardacostas los protegieran. Un día lo visitó Israel Cedro, el presidente de la Casa de Representantes cubana por entonces. Eso me lo contó Erlinda que trabajaba en la carpeta del hotel.

Yo lo vi todito. interrumpió la mujer Horas antes, Al Capone había preguntado dónde se podían comprar los relojes más caros en L’abana. Le escribí la dirección de Le Palais Royal de la calle Obispo y el maloso mandó a alguien allí, después de agradecerme con un segundo billete. Cuando llegó el político se sentaron en el Patio Andaluz. Pude ver la cara de sorpresa que puso al abrir la cajita. Un Patek Phillipe de oro. Cuentan que Capone compró tres, cada uno en dos mil dólares, uno para él, otro para su guardaespaldas y el tercero para Cedro.

Rubildo retomó protagonismo.

La última noche el hombre volvió a pedir Zuppa Inglese. Quería que se lo hiciera yo. No dejó nada en el plato. Luego se fue corriendo a jugar con Cedro, que era vicioso a la ruleta. Me esmeré por gusto, pensé. Había hecho el mejor postre de mi vida en espera de una buena propina y el mafioso había partido apurado… Iba para la casa, cuando llegó jadeando uno de los guardaespaldas. Me puso la mano en el hombro y dijo algo, con una sonrisa de oreja a oreja. Entendí dos palabras: boss y happy. Me dió trescientos dólares.

A lo mejor le regaló el reloj al político por buena gente. —reconocí el dejo irónico de mi padre.

No seas bobo. El Cedro ese era más delincuente que ningún mafioso, estuvo en todos los gobiernos, desde el de Machado hasta el de Batista. Los políticos saben nadar y esconder la ropa. Después son los gangsters los que van a la cárcel o los matan con una metralleta, los gobernantes mueren en su cama…

¿Y qué hicieron con el dinero?

Entre los dos fueron seiscientos dólares… con eso y nuestros ahorritos dimos la entrada para comprar la pastelería. Un presente del mismísimo Caracortada. —aclaró Erlinda, por una vez sin aquel tintineo de superioridad que todavía me molesta recordar.— Cuarenta años levantándonos a las tres de la mañana para amasar y hornear. Cuarenta años ganando clientela y viendo las caras de placer de los niños al comer nuestros dulces. Y un mal día se le antojó a un hij’e’puta que la propiedad privada no podía existir…

Se hizo un largo silencio. A abuela no le gustaba que se hablara de política en casa pero a Rubildo y Erlinda era difícil cambiarles el tema: la fijación eterna en contra del dictador de turno.

Mami me volvió a mirar, parecía molesta. Creí que la había tomado conmigo.

Hay cosas que mejor no escuchan los niños… —se levantó y tiró el abanico sobre el asiento— ¿Tú no ibas a patinar? Vete ya.

Obedecí a mi vieja, aunque por primera vez quería quedarme a escuchar al anciano contar sus cosas. Mientras patinaba sospeché que el abuelo Espino tenía sus razones para ser tan amargado. No me daba cuenta que aquel pensamiento era una idea de adulto. Yo estaba creciendo.

Al Capone murió de sífilis después de años en la cárcel. Cedro llegó a ser vicepresidente. A Rubildo le quitaron su pequeña pastelería en la Ofensiva Revolucionaria de 1968, por suerte murió antes de verla derrumbarse. Demoré años en probar el Zuppa inglese. Si el hecho por el abuelo Espino sabía mejor que el que comí en Roma, le habría comprado un Patek Phillipe de regalo. Y le hubiera dado el abrazo cariñoso que nunca le di…

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