DESPUÉS DE LA MEDIA RUEDA

Bitácora nostálgica, de un cubano que vive hace más de dos décadas en Suecia


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Viejas décimas campesinas

 

No hables así, Ernán. Cuando la gente emigra tiene que colgar su vida anterior en un armario, cerrar la puerta y ponerse una nueva. Así hizo mi abuelo al llegar a Cuba. Se enredó con una lugareña y tuvieron hijos. Pasaron mucho trabajo juntos. El hombre reunió un dinerito y regresó a su esposa legal en Canarias, dejando a su familia cubana atrás sin un centavo. Nunca supimos de él.

Mi viejo reprochó mi frase condenando a nuestro ancestro español. Pude equivocarme y haber juzgado a mi bisabuelo a la ligera. Pude pensar que no sólo era bígamo, cobarde y colonialista. Yo también emigré, sé lo difícil que es caminar hacia adelante, mirando atrás sin tropezar y caerse. Los esfuerzos que conlleva mantener ética y moral, en un mundo con reglas de juego tan distintas. Mas no justifico el olvido. El canario nunca supo si amante e hijos murieron de hambre. Los abandonó en medio de la guerra, en 1897, durante los duros años de la reconcentración de Valeriano Weyler.

A tu abuelo Lutgardo le tocó mucha mala suerte. Creció sin padre y enfermó de poliomelitis. A los dieciseís años le cayó un rayo en el pie jodido. Lo enterraron de la cintura para abajo y le salvaron la vida. Quince años después se le metió otro relámpago en la misma pierna. También lo sobrevivió. A nadie lo contamos, fuera de familiares y conocidos, para que no nos crean mentirosos.

Es bastante común que una persona sea tocada por un rayo una segunda vez. Parece que se cargan electricamente de cierta manera y atraen las centellas. Más vergonzozo es lo que hizo el canario, aunque muchos hicieron lo mismo.

Tenía en mis manos una foto mostrando el lado paterno de la familia. Mi madre me sostiene, orgullosa. Sobresalgo sobre el hombro de mi abuelo. Están mis tres tías y mis primas, posamos en la puerta de su casa en Maltiempo, Cruces. Mi padre la tenía oculta, con muchas otras. «Sé que las escondes en la maleta debajo de la cama, pero solamente tú sabes dónde guardas la llave.» Había dicho mi vieja el día anterior, con expresión de sabelotodo.

hernández 1

Eran las seis de la mañana, Araldo había llevado el café a la cama a Nimia. Él y yo nos habíamos sentado en el comedor, a solas, tranquilos. Me hacía el honor de enseñarme las viejas fotos, un tesoro para él, a sus ochenta y cuatro años.

Hablábamos sobre cosas que nunca se habían mencionado, que ahora, después de mi media rueda cumplida, se podían contar. Esqueletos en el armario. Un bisabuelo misterioso y desconocido.

Supongo que el español tuvo o tenía otros hijos en su país. Jamás habló de eso, ni contó de dónde venía. Era lo normal al aplatanarse en esta isla. Muy pocos mencionaban la tierra que habían dejado atrás.

A bisabuela le tocó la peor parte. Imagino como sería ser madre soltera después de una guerra que destruyó la economía de Cuba, en una época tan machista.

La vieja era la candela. Supo echar p’alante sin bajar la frente. Claro que pasaron hambre y necesidades, sin embargo se las arregló para comprarse un pedacito de tierra en la repartición después de la Independencia. La trabajó y le sacó su provecho. Murió casi centenaria, clara de mente y vivaracha. Nadie sabe si el viajero murió en el viaje, si disfrutó de su riqueza o no, y no me interesa saberlo. —Me quitó la foto de las manos y la miró.— ¡Cuántos recuerdos, unos buenos y otros malos! Papá era un guajiro fuerte como una mata de ceiba. Trabajó el campo, construyó su casa, nos crió a los cuatro, conoció a sus cinco nietos. Los dos corrientazos le jodieron el corazón, pero no lo vi nunca sentado. Siempre estaba haciendo algo. A las cuatro de la mañana se levantaba, tomaba su café y salía cojeando a sembrar y cosechar calabaza, maíz, boniatos, frijoles.

Me pregunto en que tiempo abuelo leía y escribía sus décimas. Era un señor introvertido. No recuerdo una sola conversación con él. Educó a sus hijos con mano dura y los hizo estudiar. Arrastraba su pie enfermo con naturalidad y jamás se quejaba. Nadie logra evocarlo como un lisiado, él mismo no creía serlo.

Mi padre me envió hace unos días el cuaderno con las décimas del suyo. Yo solía leerlo de niño, a escondidas. Lutgardo sospechaba que yo hurgaba en sus papeles. Tía Zoraida, mi cómplice en muchas cosas, me avisaba cuando podía hacerlo sin que me sorprendieran. Aquél anciano que no hablaba una palabra de más, las escribía, derrochándolas, enamorado de las letras. Me es casi imposible no imaginarlo cansado, después de un día metido en un surco de tierra colorada, sentado escribiendo. Midiendo versos y tejiendo crucigramas con sus finales. Un hombre del campo, casi analfabeto.

Ahora que puedo leer sus viejas rimas campesinas con calma, es como si estuviéramos sosteniendo la conversación que nunca tuve con él.

Gracias por la parrafada abuelo, no las debíamos.

Décimas.

Si alguna vez te dispones

a estudiar la humanidad,

con toda seguridad

que sufrirás decepciones.

Personas que con blasones

brillan en la sociedad

que hablan de fraternidad

del deber y del derecho

y llevan dentro del pecho

el virus de la maldad.

Encontrarás moralistas

que se han trazado una norma

y el interés los transforma

en verdaderos artistas.

Son tipos exclusivistas

al que el mal instinto guía

y en medio de la falsía

de su horrendo proceder,

no creen ni en la mujer

que los trajo al mundo un día.

Nos dice el refrán: haz bien

a los desafortunados,

cuando estén necesitados

y nunca mires a quien,

pero los que con desdén

se olvidan de sus deberes,

no sueñes jamás, ni esperes

que brillen por sus ejemplos

porque en los mejores templos

abundan los mercaderes.

© Lutgardo Hernández 1961

 

 


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Al Capone en La Habana

 

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                                    Al Capone en los Jardines de la Tropical, La Habana

Mi Zuppa Inglese era el mejor de L’abana. Hasta a Al Capone le gustó…

Yo no le estaba haciendo caso a Rubildo Espino, ni me interesaba saber que era un zupa-lo-que-fuera. El anciano hablaba de su trabajo como repostero en el Hotel Sevilla. «El más caro de Cuba en aquel entonces». Sin embargo, cuando escuché el nombre de Al Capone solté los patines que estaba engrasando. Me volví todo oídos y corrí a la entrada del comedor al patio.

¿Dice usted que Caracortada estuvo aquí? Pregunté interesado, el viejo ni me miró.

Mi madre si lo hizo. Movió la cabeza de un lado al otro. Eso bastó. Di un paso atrás, para ni ser visto por los comensales. Luego mami me guiñó un ojo de manera cómplice. Conocía mi pasión por la figura del mafioso.

Al abuelo Espino y a Erlinda, su mujer, nunca les gusté. Por suerte era un sentimiento recíproco. Estábamos emparentados de alguna manera y no se perdían una comelata en mi casa. De niño me metía bajo la cama de mis padres tan pronto los veía y no salía hasta que se fueran, pero ya era un adolescente. Ese día había pedido permiso para irme a patinar después del almuerzo. Rubildo salió al patio a buscar un cenicero mientras contaba. Fue cuando lo oí pronunciar las palabras mágicas: Al Capone.

¿Eso fue antes que lo metieran preso o después? —preguntó mami. Yo no veía a los visitantes, sólo a mi vieja. Se abanicaba en un rincón del comedor. El resto estaba sentado alrededor de la mesa. Me acerqué al umbral, para escucharlos.

Mucho antes… El mafioso vino una sola vez, en 1928. Se hospedó en el Sevilla. Alquiló el sexto piso completo. Yo trabajaba en la cocina del noveno, en el Roof Garden. Cuando le sirvieron mi postre me mandó a buscar. Pensé que no le había gustado. Le había caído un poco de crema pastelera en la polaina blanca y un empleado se la estaba limpiando. Ya me veía metido en hormigón, enterrado vivo mientras se endurecía.

¿Tenía tan malas pulgas como cuentan?

Cuando me paré delante de él, yo estaba muerto de miedo. Me sonrió, me dijo algo en inglés celebrando el dulce y me metió un billete de cien dólares en el delantal. El primer día había mandado a buscar a todos los empleados que lo atenderían en el piso que alquiló y a los de la carpeta. Los saludó y les regaló cien a cada uno. Entre pandilleros era un matón pero era otra cosa con la gente normal.

¿A qué vino? Todavía ni Meyer Lansky ni Lucky Luciano vivían en L’abana. mi padre estaba tan interesado como yo, hacía las mismas preguntas que yo hubiera querido hacer.

Los yanquis estaban en plena ley seca. Los barquitos que llevaban alcohol desde aquí eran atacados por bandas rivales. Parece que Capone vino a comprar a algunos políticos para que los guardacostas los protegieran. Un día lo visitó Israel Cedro, el presidente de la Casa de Representantes cubana por entonces. Eso me lo contó Erlinda que trabajaba en la carpeta del hotel.

Yo lo vi todito. interrumpió la mujer Horas antes, Al Capone había preguntado dónde se podían comprar los relojes más caros en L’abana. Le escribí la dirección de Le Palais Royal de la calle Obispo y el maloso mandó a alguien allí, después de agradecerme con un segundo billete. Cuando llegó el político se sentaron en el Patio Andaluz. Pude ver la cara de sorpresa que puso al abrir la cajita. Un Patek Phillipe de oro. Cuentan que Capone compró tres, cada uno en dos mil dólares, uno para él, otro para su guardaespaldas y el tercero para Cedro.

Rubildo retomó protagonismo.

La última noche el hombre volvió a pedir Zuppa Inglese. Quería que se lo hiciera yo. No dejó nada en el plato. Luego se fue corriendo a jugar con Cedro, que era vicioso a la ruleta. Me esmeré por gusto, pensé. Había hecho el mejor postre de mi vida en espera de una buena propina y el mafioso había partido apurado… Iba para la casa, cuando llegó jadeando uno de los guardaespaldas. Me puso la mano en el hombro y dijo algo, con una sonrisa de oreja a oreja. Entendí dos palabras: boss y happy. Me dió trescientos dólares.

A lo mejor le regaló el reloj al político por buena gente. —reconocí el dejo irónico de mi padre.

No seas bobo. El Cedro ese era más delincuente que ningún mafioso, estuvo en todos los gobiernos, desde el de Machado hasta el de Batista. Los políticos saben nadar y esconder la ropa. Después son los gangsters los que van a la cárcel o los matan con una metralleta, los gobernantes mueren en su cama…

¿Y qué hicieron con el dinero?

Entre los dos fueron seiscientos dólares… con eso y nuestros ahorritos dimos la entrada para comprar la pastelería. Un presente del mismísimo Caracortada. —aclaró Erlinda, por una vez sin aquel tintineo de superioridad que todavía me molesta recordar.— Cuarenta años levantándonos a las tres de la mañana para amasar y hornear. Cuarenta años ganando clientela y viendo las caras de placer de los niños al comer nuestros dulces. Y un mal día se le antojó a un hij’e’puta que la propiedad privada no podía existir…

Se hizo un largo silencio. A abuela no le gustaba que se hablara de política en casa pero a Rubildo y Erlinda era difícil cambiarles el tema: la fijación eterna en contra del dictador de turno.

Mami me volvió a mirar, parecía molesta. Creí que la había tomado conmigo.

Hay cosas que mejor no escuchan los niños… —se levantó y tiró el abanico sobre el asiento— ¿Tú no ibas a patinar? Vete ya.

Obedecí a mi vieja, aunque por primera vez quería quedarme a escuchar al anciano contar sus cosas. Mientras patinaba sospeché que el abuelo Espino tenía sus razones para ser tan amargado. No me daba cuenta que aquel pensamiento era una idea de adulto. Yo estaba creciendo.

Al Capone murió de sífilis después de años en la cárcel. Cedro llegó a ser vicepresidente. A Rubildo le quitaron su pequeña pastelería en la Ofensiva Revolucionaria de 1968, por suerte murió antes de verla derrumbarse. Demoré años en probar el Zuppa inglese. Si el hecho por el abuelo Espino sabía mejor que el que comí en Roma, le habría comprado un Patek Phillipe de regalo. Y le hubiera dado el abrazo cariñoso que nunca le di…

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Un gallo para San Isidro. Parte III, final.

mapa san isidro

Plano del Barrio de San Isidro. Habana Vieja. Cuba

¿Te conté que ayer vi a José Claro, el mulato que ayudaba en la casa de Alberto Yarini? Pa’ mí que ya le falta un tornillo. Dice que quién lo jodió todo fue Charles Magoon, el interventor americano. El gringo quiso tranquilizar a los criollos metiendo a las putas colegialas, las independientes y las callejeras en una «zona de tolerancia» en San Isidro. Pa’ nosotros los cubanos la culpa la tienen siempre los de afuera o los gobernantes. Somos todos santos o mártires.

¡Cuidado con la oreja, coño! ¡Estos barberos baratos!

Anoche… volví a soñar con Alberto. Llevaba el cabello engominado, la raya del pantalón perfecta. La cadena de plata de su reloj Nautilus destellaba sobre el chaleco. Caminábamos juntos calle Paula abajo, llegando casi a la Iglesia de la Merced. Íbamos a ver el mar, ese mar que quería volver a cruzar, pa’ alejarse de esta mierda. Oí los tiros. Lo mataron delante de mí, otra vez. Vi la sangre empapando su camisa, opacando el brillo de su cadena. Yo le disparé al cabrón de Letot.

¿Tú sabías que todos los días el Amigo me recogía en la fonda El Cuba? A mí, a Pepito Basterrechea, el muerto de hambre que lo cuidó cuando se cayó de un balcón por andar en malos pasos, al que le cubría las espaldas, al hombre que lo acompañaba a lugares donde solo no hubiera podido poner el pie. Yo no iba tras él, andaba siempre a su lado, me sentaba a su mesa en cualquier lugar. Hasta en la casa de sus padres.

¡No me rebajes tanto el pelo, coño, que voy a parecer un preso común!

Después de la muerte de el Amigo me llevaron a juicio. «Inocente», dijo el juez. Alberto escribió una confesión antes de morir. Los que le dispararon tambien salieron libres. Fue un arreglo de los Conservadores. Al regreso del entierro de Letot, que no se llamaba Letot, sino Hansen. Cayó un apache en la balacera, otros dos fueron heridos. Tres estiraron la pata en la oscuridad de los callejones, uno con la panza atravesada por un palo de escoba afilado. La policía nunca supo quién terminó con sus jodidas vidas. Yo sí sé. Los demás huyeron, como Elena Morales, la puta de mierda que vendió al gran Yarini. Los tiroteos y las puñaladas traperas convirtieron San Isidro en un matadero. Venganza y más venganza.

Resultó que la petit Berthe y su hermana Jean, tampoco se apellidaban Fontaine sino Santerre, montaron en un vapor y terminaron en Nueva Orleans. Viejas, pobres y feas, con las caras pintarrajeadas como todas las añejas desesperadas de su giro.

¡No me pongas tanta brillantina!, que se me notan más las canas…

Con Alberto se acabaron los Yarini. Ni él ni su hermano José Anastasio tuvieron hijos, pa’ dolor de don Cirilo. Fui a verlo, ya retirado y viudo. Como muchas otras noches, yo había soñado con el Amigo: «Pregúntale a mi viejo qué le confesé una Nochebuena mientras escuchábamos a mamá tocar el piano», me pidió en el sueño. Don Cirilo me miró sorprendido: «¿Y quién te dijo eso?» Sacó de un cajón un fajo de billetes y lo puso sobre el buró de caoba. «Ese secreto me lo llevo a la tumba. Por haber vengado a Alberto, recibirás una mensualidad de por vida.»

Cirilo cumplió su promesa. Aún después de enterrado la mantiene. Gracias a eso puedo vivir del cuento en cualquier lado. Lejos de San Isidro.

En 1913, los mismos policías que se dejaban sobornar antes, desalojaron las putas y metieron presos a los chulos. Cerraron los cines con tufo a esperma seca y sudor de calentura, donde ponían peliculitas de relajo. Los invertidos que hacían gozar a los más depravados en algunos bayuses cogieron camino. Se acabó la «zona de tolerancia». Madre me pidió que nos fuéramos y la obedecí. Hace años murió. Ahora estoy solo. Nadie plancha mis camisas ni me hace el desayuno. Veo a mi hermana de vez en cuando y le cuento cosas, como a tí.

¿Me puedes cortar los pelos de las cejas? ¡Corta, corta!

Eso es. Hombre al fin, entiendes lo que te pido… Las mujeres siempre terminan haciendo lo que les da la gana y convirtiéndolo a uno en su monigote. A no ser que seas como Alberto. ¡Las cosas que le vi hacer a sus putas! Yo no puedo ser así. Tampoco soy un borracho. Los vecinos hablan mucha catibía. Ninguno se acerca a decírmelo. ¡Y los periodistas que vienen a averiguar y rellenan con mentiras! No sé de dónde sacaron que Alberto y yo éramos ñáñigos. Yarini desembolsó una buena cantidad de plata pa’l entierro de Aniceto Lambarri, un abakuá importante. Ganamos su respeto o lo compró él.

¿Alcanzará con lo que te pagué pa’ recortarme el bigote y teñírmelo? No quiero parecer un carcamal parejero pero es que yo siempre fui bonitillo. Es una lástima. Ya nadie lo nota. Ya nadie nota nada. Nada de nada. Termina rápido. Tengo que comprar algo en la bodega de la esquina. No es lo que tú crees. Es que… el aguardiente ayuda a olvidar. Tantas cosas que olvidar. Tanta sangre en la camisa blanca de Alberto Yarini… el hombre más macho que pisó L’abana.

 


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Un gallo para San Isidro. Parte II

Canal_de_Panamá_Construcción_006Construcción del Canal de Panamá. 1888

El fin de semana después, mi padre, mi tío Pablito y Laíto se balanceaban en sus mecedoras. Otra vez cogiendo fresco en el portal. Yo, a horcajadas sobre la baranda, recostando mi espalda a una columna. Enajenado con la puesta de sol.

El aprendiz de curioso se me está haciendo el loco, seguro que no pudo hallar respuesta a mi acertijo. —Laíto me retaba. Giré y sonreí, carta de triunfo en mano, en forma de un chivo donde había escrito algunos datos. Había pasado días atando cabos en la biblioteca.

En la construcción del Canal de Panamá llegaron a trabajar miles de hombres. Había que alimentarlos, darles de beber, vestirlos y entretenerlos. La compañía que comenzó a construir el Canal era francesa, el que mandaba era el mismo ingeniero que construyó en Egipto el Canal de Suez. Llevaron prostitutas de su país, eran más rápidas y eficientes que las criollas. En ningún lugar decía por qué. —Pregunté con la mirada a Laíto, aunque no me atrevía a hacerlo verbalmente y perder la apuesta.

Las francesas complacían a sus parroquianos con cosas que las latinoamericanas de la zona, ni las cubanas, se atrevían a experimentar entonces. Y mucho menos una señora decente… Usaban la boca en la entrepierna para terminar más rápido y atender más clientes, el trasero cuando llegaban los días prohibidos del mes.

¿Por eso sería que Yarini se volvió loco con la petit Berthe? —pregunté.

¿Quién sabe si se enamoró? Dicen que mujer más bella jamás pisó San Isidro. Nunca la vi, pero sí a su hermana mayor, Jean Fontaine, que tambien vivía con Letot. Era preciosa. Una tarde caminaba yo a la caza de libros por los portales de la calle Carlos III. Iba conversando con un amigo, cuando me la señaló, susurrándome su fama y nombre. Ella llevaba un quitasol de encaje crema, lo inclinó, nos miró y al notar nuestra atención, te juro que sentí su vergüenza. Enderezó su talle y levantó la cabeza, como si en su corazón quedase aún algo de dignidad. Las hetairas francesas tenían algo especial, no eran como las del patio. Cuando me fui a New York en 1889, tomé un barco de vapor de la US Mail. Hacía una travesía New Orleans–La Habana–Nueva York. Al subir a la nave vi en la cubierta un grupo de muchachas. Las creí de buenas familias. Educadas, gráciles, discretas e incapaces de mirar a los hombres. Iban acompañadas por tres individuos y una mujer mayor, para todo parecían buscar su venia y bendición. Yo estaba muy inmerso en la lectura del Emilio de Rousseau, lo que no me impedía mirar de reojo a una joven en específico, cuando se daba la oportunidad. Era castaña, alta y muy bien proporcionada, con unos ojos que cambiaban de color con el tiempo. Un viento retozón quiso que su sombrero volara por cubierta un mediodía soleado. ¿Quién creen ustedes que lo persiguió hasta arrancárselo de sus cascos a los caballos de Eolo?

¿Uno que todavía se machaca el coco leyendo demasiada mitología griega? —bromeó Pablito. Laíto usaba frases sobre dioses de la Ilíada, igual que mi abuelo paterno. Al anciano no le gustó la chanza.

Este servidor capturó la pamela y lo llevó a su dueña. Ella levantó los ojos ruborizada. Cuando fue a tomar el sombrero, oloroso a violetas, la mujer mayor se metió entre nosotros y esbozando una sonrisa me dio las gracias. Dos o tres días después la muchacha se detuvo y dejó caer un pañuelo cerca de mi persona. Lo tomé: je vous remercie había escrito. Uno de los que creía chaperones venía detrás y fue testigo del hecho. Dejé de verla unos días, no salió más de su camarote. Cuando desembarcamos en Ellis Island llevaba un ojo morado. «Si quieres intimar con mi amiguita, tienes que pagar.» Me dijo la mujer mayor antes de bajar, en castellano. Señalando el grupo de muchachas y sus acompañantes, el contramaestre se me acercó y comentó: «Nada podemos hacer para detenerlos, huyen de Panamá por docenas. Las cocottes y sus souteneurs.» El corazón me dio un vuelco al escucharlo. Ahí fue cuando descubrí que el objeto de mi atención no era más que una puta de lujo.

Nunca había oído a Laíto decir una malapalabra. Y es que ochenta años después, todavía le molestaba el desengaño. Quise obligarlo a pensar en otra cosa.

Averigüé porqué escapaban de Panamá: Hubo muchos problemas con el canal. Ríos atravesando la zona, suelo de piedra dura, malos cálculos económicos, cincuenta y dos mil muertos por la fiebre amarilla. En 1889 quebró la compañía de los franceses. A los chulos les había dado tiempo para organizarse bien. Se quedaron sin clientes y marcharon a varios destinos, sobre todo L’abana y New Orleans.

Así fue. Fuimos invadidos por los apaches y sus cocottes. Aunque fueran belgas, alemanas o austríacas, les llamábamos francesas. Las casas que pusieron, allá y aqui estaban cerca de pantanos y manglares. Para llamar esos barrios afrancesaron una palabra de los indios choctaw de la Louisiana, significa pantanoso: Bayou.

¡Y se armó el bayuseo!Interrumpió Pablito, risueño. La palabrita cajún se había convertido en símbolo de relajo y gozadera, a la cubana.

La rivalidad entre guayabitos y apaches en el barrio de San Isidro comenzó desde entonces. Los americanos terminaron el Canal, como siempre apropiándose de todo, como aves de carroña.

¿Y qué pasó después de la muerte de Yarini con San Isidro, Berthe, Jean y Pepito Basterrechea?

Después que tu padre nos haga un buen café te lo cuento… Tengo la garganta reseca.

continuará…

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Un gallo para San Isidro. Parte I

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                                            De pie: José Basterrechea, sentado: Alberto Yarini.

Mis padres habían regresado hacía un rato de ver ”Requiem por Yarini”, fascinados con la obra teatral de Carlos Felipe. Esther, la pareja de mi querida tía Nena, los había invitado.

Al protagonista de la pieza, a ese Alberto Yarini, lo conocí en carne y hueso. Estuve en su entierro. En la historia de Cuba, sólo se podía igualar en concurrencia al de Rita Montaner, Eduardo Chivás y Beny Moré.

Tio Laíto, no lo creía de esos que visitan tales lugares… mi abuela abrió los ojos con desmesura. Mis padres parecían admirados.

Rita y el Beny eran artistas, Chivás y Yarini, eran políticos o al menos así el Partido Conservador justificó su fastuoso sepelio. ¿A qué lugares te refieres?

Bueno… Yarini no era conocido por la política, si no por guayabito. —acotó abuela.

En mi generación un guayabito o ratoncito era un cobarde, en la época de Yarini y su barrio de tolerancia de San Isidro los guayabitos eran los chulos o proxenetas. De pequeño había preguntado que eran, en la escuela nos habían hablado de la prostitución y la corrupción en la República. Ya andaba por mis catorce años, suficiente para saber que eran una puta y un chulo. Mi hermanita no, por eso la habían mandado a jugar a las muñecas en el patio. El resto de la familia se abanicaba con pencas de guano en el portal. El calor de agosto no disminuía ni chupando mi durofrío de limón. Lejos se escuchaba la voz del dictador, chillando un discurso interminable en alguna radio.

Nunca me hizo falta asistir a esos antros, sobrina. Siempre he respetado mucho a las féminas y a mí mismo.

¿Es verdad que había tanta prostitución en L’abana? indagué.

N’ombre, no. Esta urbe era la Llave de las Américas, todos los barcos, camino a Europa. África o al Norte, tenían que transitar por aquí. Como en toda ciudad portuaria había burdeles, siempre concentrados cerca de los muelles. Han exagerado mucho con eso de los clientes norteamericanos. La asistencia era esencialmente cubana y de marineros de todo el mundo.

Por favor, cuente como conoció a Yarini, Laito. insistió mami.

Yo era paciente y conocido de su padre, el profesor de Odontologia Cirilo Yarini. Corría 1909, el Partido Liberal al poder con José Miguel Gómez, el Tiburón, fungiendo de presidente. Yarini y yo simpatizábamos con el Partido Conservador.

Toda una clase de historia. —mi viejo ironizó.

Estoy tratando de orientarme, sucedió hace más de sesenta años. Recuerdo que Cirilo me había empastado una muela cuando entraron dos jóvenes al gabinete. Muy atractivos los dos, vistiendo con elegancia exagerada. Habría jurado que los unía más que la amistad. En las Guerras de Independencia muchos mambises hombres se habían encaprichado sentimentalmente entre ellos. Me pareció adivinar tal ligazón entre los dos. Quizás me equivoqué, se contaba que eran abakuá y para serlo no se puede pertenecer al otro bando. Yarini me los presentó como su hijo Alberto y su mejor amigo, Pepito Basterrechea, un pichón de vizcainos.

Apartando lo de los abakuá, que yo en cosas de religiones no me meto. ¿No decían que Yarini tenía cuatro mujeres en su casa y las complacía, a cada una, dos o tres veces al día? Preguntó mi madre, mirando extrañamente a mi viejo.

Lo cortés no quita lo valiente… ¿Ocho o doce veces diarias? No creas esos cuentos, sobrina. Laíto hizo una seña cómplice a mi papá, los dos sonrieron Esa fama de hombre a todo entre la gente del barrio era muy importante en la política. Lo había hecho popular en demasía. La gente del Partido Conservador, muy despierta, ya le había prometido un cargo de consejal.

¿Porqué le pareció que había algo entre Yarini y Basterrechea? Nunca había oído hablar sobre ese particular. —preguntó abuela.

Basterrechea se me acercó, me dijo que tenía los ojos del mismo azul de los de su madre y me preguntó si era vasco. Una pregunta inocente, pero noté la reacción de Yarini. Parecía estar marcando territorio. Casi me asusté, conocía la fama de irascible del proxeneta. Traté de confraternizar y me dirigí a él, demostrándole respeto. Le conté haberlo visto en el salón de baile del Manzanares y celebré sus habilidades como danzonero. La conversación marchó por ese derrotero y luego por la belleza de su famoso caballo blanco, con el que abría los defiles de los conservadores, haciéndolo caracolear con destreza casi circense. Mi táctica adulatoria evitó el conflicto en ciernes.

¿Lo vió una sola vez? Y yo que pensé que habían sido amigos.

Coincidimos varias veces después de eso, compartíamos la pasión por el danzón, aunque confieso que yo era mejor bailador. En una memorable ocasión nos encontramos en El Cosmopolita, un restaurante de la acera del Louvre, frente al Parque Central. Nos saludamos a la entrada. Me esperaban unos amigos, ya acomodados. Yarini se sentó en una mesa frente a la nuestra, con un hombre de piel negra como culo de caldero, al que él y sus acompañantes escuchaban con respeto. Yo no podía oír la conversación, a mis espaldas un vozarrón desconocido tronaba en inglés. Decía que no le gustaba Cuba pues cualquier nigger entraba a un lugar respetable y se sentaba entre blancos. Pensé que el mejor contragolpe era ir al grupo de Yarini, a saludar con un elegante apretón de manos a toda la concurrencia, extremando mi deferencia con el moreno.

Pero el Rey de San Isidro no llegó a la misma conclusión… interrumpió abuela Nené.

Yarini había vivido en Nueva York como yo, tambien comprendió el comentario. Se levantó y se dirigió al yankee. El extranjero terminó con unos cuantos puñetazos en la cara y la mandíbula dislocada. Resultó ser el cónsul o alguien importante, eso no lo recuerdo. Se rumoreó que el moreno era el general mambí Florencio Salcedo o el mayor Jesús Rabí. No sé quién era, un héroe más de las guerras de independencia que merecía admiración, como aclaró el rey de los chulos en perfecto inglés antes de atacar al americano. Yarini, raro en un Conservador, no era nada racista. Mantenía una docena de antiguas esclavas africanas, muy ancianas ya, que habían comprado su libertad vendiendo servicios amatorios. Y repartía dinero entre los necesitados, tuviera el color que tuviera su pellejo.

Suena como un político de verdad, voy a terminar creyéndole que era un patriota. —papi volvió a meter la cuchareta.

Siempre sospeché que en aquél acto de ira en El Cosmopolita había algo de calculado. No me gustaba Yarini, todo en el parecía falso. Su conversación, sus maneras… No tenía porque vivir de las mujeres, provenía de una familia adinerada, pero poseía una casa de meretrices en la calle Picota y convivía con cuatro en la suya de la calle Paula. Demasiadas faldas bajo su autoridad. El típico complejo de Don Juan que definía Freud.

¿Porqué lo mataron tan joven? esta vez pregunté yo, montado en la baranda del portal, imaginándola un caballo blanco como el del gallo de San Isidro.

Existía una rivalidad tremenda entre los guayabitos cubanos y los apaches, como le decían a los chulos franceses. El más importante de ellos, Louis Letot, había traído de Francia a una bellísima rubia, la petit Berthe. La mujer sonsacó a Yarini y terminó viviendo con él. A nadie se le olvida la frase del galo cuando el criollo se le acercó boconeando su conquista. «Yo vivo de las mujeres, no muero por ellas.» filosofó Letot y dejó zanjado el episodio. Lo que pasó con posterioridad no está muy claro, algunos dicen que los otros apaches lo azuzaron, otros que los del Partido Liberal les pagaron. Lo cierto es que un día los hombres de Letot le hicieron una emboscada a Yarini, le dispararon varias veces desde las azoteas de Compostela y San Isidro, en una trampa en la que actúo como señuelo una de las hetairas al cuidado de Alberto. Basterrechea dió por muerto a su camarada y antes de huir aterrorizado, ejecutó de un solo tiro en la cabeza a Letot. Yarini no falleció en el acto, en el hospital a donde lo llevaron le dio tiempo a redactar una confesión, exonerando a Pepito, diciendo que había disparado él mismo al apache. Lo que aumenta mis sospechas, aunque podía haber sido simple fidelidad amistosa.

¿Entonces, usted cree que la reputación del más macho entre los machos cubanos, es sólo una leyenda?

No me malinterpretes. Yarini era un chulo poderoso y popular, se acostara con sus mujeres o no. No es cosa de hurgar en sus calzoncillos o los de Basterrechea. Creo que la gente inventa detalles, los aumenta o disminuye a su conveniencia. Era un problema de orgullo nacionalista, proxenetas del patio contra forasteros. Letot y Yarini se convirtieron en símbolos. Era el chovinismo que despuntaba en un país recién nacido. La gente necesita héroes y si no los hay los inventa, aunque tenga que salir de lo más corrupto. El barrio de San Isidro era la depravación total. Lo sanearon en 1913, tres años después de la muerte de Yarini.

Conocí la zona de tolerancia de Colón cuando vine a estudiar a la Habana, en los años cuarenta. —confesó mi padre.

Eso fue lo que hicieron, cerraron San Isidro y abrieron Colón, sólo un cambio geográfico. Es lo que han hecho, hacen y harán siempre los políticos, desde la época de la cacareada democracia griega y el senado romano. pareció callarse para escuchar la radio lejanaAllá los guanajos que crean sus discursos.

Ya es hora de cambiar la conversación y hacer una limonada bien fría. Basta de gallos, gallinas, guanajos y podredumbre. Abuela se levantó y caminó a la cocina.— Ayúdame a picar el hielo, Ernancito.

¿Y porqué vivían aquí tantos chulos y prostitutas franceses? —indagué antes de salir corriendo para alcanzar a Nené.

Te daré cuatro pistas a seguir, aprendiz de curioso: canal de Panamá, ingenieros franceses, fiebre amarilla y Nueva Orleans. ¿Adivinarás? Tienes hasta mi próxima visita para hacerlo. Si lo logras, te contaré porqué en esta isla usamos la palabra bayú para nombrar los prostíbulos. Tiene mucho que ver con la respuesta.

continuará…

Alberto Yarini y Ponce de León (1882-1910)