DESPUÉS DE LA MEDIA RUEDA

Bitácora nostálgica, de un cubano que vive hace más de dos décadas en Suecia


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Viejas décimas campesinas

 

No hables así, Ernán. Cuando la gente emigra tiene que colgar su vida anterior en un armario, cerrar la puerta y ponerse una nueva. Así hizo mi abuelo al llegar a Cuba. Se enredó con una lugareña y tuvieron hijos. Pasaron mucho trabajo juntos. El hombre reunió un dinerito y regresó a su esposa legal en Canarias, dejando a su familia cubana atrás sin un centavo. Nunca supimos de él.

Mi viejo reprochó mi frase condenando a nuestro ancestro español. Pude equivocarme y haber juzgado a mi bisabuelo a la ligera. Pude pensar que no sólo era bígamo, cobarde y colonialista. Yo también emigré, sé lo difícil que es caminar hacia adelante, mirando atrás sin tropezar y caerse. Los esfuerzos que conlleva mantener ética y moral, en un mundo con reglas de juego tan distintas. Mas no justifico el olvido. El canario nunca supo si amante e hijos murieron de hambre. Los abandonó en medio de la guerra, en 1897, durante los duros años de la reconcentración de Valeriano Weyler.

A tu abuelo Lutgardo le tocó mucha mala suerte. Creció sin padre y enfermó de poliomelitis. A los dieciseís años le cayó un rayo en el pie jodido. Lo enterraron de la cintura para abajo y le salvaron la vida. Quince años después se le metió otro relámpago en la misma pierna. También lo sobrevivió. A nadie lo contamos, fuera de familiares y conocidos, para que no nos crean mentirosos.

Es bastante común que una persona sea tocada por un rayo una segunda vez. Parece que se cargan electricamente de cierta manera y atraen las centellas. Más vergonzozo es lo que hizo el canario, aunque muchos hicieron lo mismo.

Tenía en mis manos una foto mostrando el lado paterno de la familia. Mi madre me sostiene, orgullosa. Sobresalgo sobre el hombro de mi abuelo. Están mis tres tías y mis primas, posamos en la puerta de su casa en Maltiempo, Cruces. Mi padre la tenía oculta, con muchas otras. «Sé que las escondes en la maleta debajo de la cama, pero solamente tú sabes dónde guardas la llave.» Había dicho mi vieja el día anterior, con expresión de sabelotodo.

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Eran las seis de la mañana, Araldo había llevado el café a la cama a Nimia. Él y yo nos habíamos sentado en el comedor, a solas, tranquilos. Me hacía el honor de enseñarme las viejas fotos, un tesoro para él, a sus ochenta y cuatro años.

Hablábamos sobre cosas que nunca se habían mencionado, que ahora, después de mi media rueda cumplida, se podían contar. Esqueletos en el armario. Un bisabuelo misterioso y desconocido.

Supongo que el español tuvo o tenía otros hijos en su país. Jamás habló de eso, ni contó de dónde venía. Era lo normal al aplatanarse en esta isla. Muy pocos mencionaban la tierra que habían dejado atrás.

A bisabuela le tocó la peor parte. Imagino como sería ser madre soltera después de una guerra que destruyó la economía de Cuba, en una época tan machista.

La vieja era la candela. Supo echar p’alante sin bajar la frente. Claro que pasaron hambre y necesidades, sin embargo se las arregló para comprarse un pedacito de tierra en la repartición después de la Independencia. La trabajó y le sacó su provecho. Murió casi centenaria, clara de mente y vivaracha. Nadie sabe si el viajero murió en el viaje, si disfrutó de su riqueza o no, y no me interesa saberlo. —Me quitó la foto de las manos y la miró.— ¡Cuántos recuerdos, unos buenos y otros malos! Papá era un guajiro fuerte como una mata de ceiba. Trabajó el campo, construyó su casa, nos crió a los cuatro, conoció a sus cinco nietos. Los dos corrientazos le jodieron el corazón, pero no lo vi nunca sentado. Siempre estaba haciendo algo. A las cuatro de la mañana se levantaba, tomaba su café y salía cojeando a sembrar y cosechar calabaza, maíz, boniatos, frijoles.

Me pregunto en que tiempo abuelo leía y escribía sus décimas. Era un señor introvertido. No recuerdo una sola conversación con él. Educó a sus hijos con mano dura y los hizo estudiar. Arrastraba su pie enfermo con naturalidad y jamás se quejaba. Nadie logra evocarlo como un lisiado, él mismo no creía serlo.

Mi padre me envió hace unos días el cuaderno con las décimas del suyo. Yo solía leerlo de niño, a escondidas. Lutgardo sospechaba que yo hurgaba en sus papeles. Tía Zoraida, mi cómplice en muchas cosas, me avisaba cuando podía hacerlo sin que me sorprendieran. Aquél anciano que no hablaba una palabra de más, las escribía, derrochándolas, enamorado de las letras. Me es casi imposible no imaginarlo cansado, después de un día metido en un surco de tierra colorada, sentado escribiendo. Midiendo versos y tejiendo crucigramas con sus finales. Un hombre del campo, casi analfabeto.

Ahora que puedo leer sus viejas rimas campesinas con calma, es como si estuviéramos sosteniendo la conversación que nunca tuve con él.

Gracias por la parrafada abuelo, no las debíamos.

Décimas.

Si alguna vez te dispones

a estudiar la humanidad,

con toda seguridad

que sufrirás decepciones.

Personas que con blasones

brillan en la sociedad

que hablan de fraternidad

del deber y del derecho

y llevan dentro del pecho

el virus de la maldad.

Encontrarás moralistas

que se han trazado una norma

y el interés los transforma

en verdaderos artistas.

Son tipos exclusivistas

al que el mal instinto guía

y en medio de la falsía

de su horrendo proceder,

no creen ni en la mujer

que los trajo al mundo un día.

Nos dice el refrán: haz bien

a los desafortunados,

cuando estén necesitados

y nunca mires a quien,

pero los que con desdén

se olvidan de sus deberes,

no sueñes jamás, ni esperes

que brillen por sus ejemplos

porque en los mejores templos

abundan los mercaderes.

© Lutgardo Hernández 1961