DESPUÉS DE LA MEDIA RUEDA

Bitácora nostálgica, de un cubano que vive hace más de dos décadas en Suecia


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Aquellas grandes cosas

Cuando el cantautor visitó Cuba por primera vez, en 1970, yo tenía once años. Aquel hombre le cantaba al amor de una manera diferente. Poetizaba el hambre, la tumba de un amigo, un niño labrador, pueblos blancos que morían de pobreza, la nostalgia y la injusticia. Lo acompañaba una pequeña orquesta que sonaba como una sinfónica.

Fue el primer varón con pelo largo que salió por la televisión cubana. Luengas cabelleras y vestuario a la moda eran cosas de enfermitos, como el mismo dictador de turno llamó más de una vez a los homosexuales. De pronto tenía ante mí, en la pantalla, a un joven con melena y pantalones pata elefante de pana, cantando sobre un Mediterráneo que me resultaba exótico e imposible.

Su nombre me sabe a hierba todavía: Joan Manuel Serrat.

Fue una revelación. Se podía tener pelo largo, vestirse moderno y no ser débil de caracter. Se podía vivir en un país capitalista y conmoverse ante la pobreza o cantar contra la injusticia.

Serrat nunca hizo una algarabía de sus visitas ni le dedicó canciones a gobernantes con nombre y, sobre todo, apellidos. Canta a la gente, sobre la gente, estremece a la gente.

No puedo evitarlo: muchas de sus canciones me hacen llorar todavía y es que el catalán le da al verbo conmover un significado rotundo. Un sentimiento que puede unir a quinientos millones de hispanohablantes de todas las edades escuchando Umbrío por la pena, El carrusel del Furo, Aquellas pequeñas cosas o Lucía. Esa nostalgia que muchos llevamos bajo una piel que hace tiempo dejó de ser de manzana. Esa admiración que a cincuenta años de su debut, solo nos puede inspirar nuestro Joan Manuel Serrat.