DESPUÉS DE LA MEDIA RUEDA

Bitácora nostálgica, de un cubano que vive hace más de dos décadas en Suecia


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El aparato de las vistas

No perdía la oportunidad de visitar a Mina, una prima de mi madre. Vivía en el Casino Deportivo, un barrio de bellas casas más allá de Via Blanca, al final del Cerro. Nunca supe de donde sacaba la mujer el aceite de oliva, que siempre me daba con ajo y sal, para comer con pan. Una delicia. Otras cosas hacían un placer mi estancia.

Ilia me dijo que le podía regalar las revistas Life, las Selecciones del Reader’s Digest y el aparato de vistas a Ernán. escuché decir a Mina. Hablaba bajito con mi tía Nena.

Irma Borrego era pianista, hija de mi prima segunda. Estaba en la cárcel como presa política. Había participado en una procesión de la Virgen de la Caridad en los años sesenta. La ceremonia religiosa estaba prohibida por el dictador de turno. Se consideró una manifestación contra él. Los participantes fueron condenados a diez años tras las rejas. Dos décadas después conocí a otro encarcelado por el mismo delito, Julio, el estibador del teatro Mella.

A pesar de la alegría que me dió la noticia del regalo, me hice el que no escuchaba. Las conversaciones sobre Ilia caían en la zona prohibida para los niños.

Mina me dejaba curiosear en el garaje durante horas. Yo adivinaba por qué no quería ni pisar aquel espacio: rabia y dolor.

Para mí Irma era sólo un misterio. Nunca la había visto. Mi ”Laura” o mi Gran Gatsby particular. Me había hecho una idea de como era, armando un rompecabezas con sus revistas, libretas con letras de canciones y poemas, albumes de fotos, programas de los conciertos de piano, una dedicatoria de Eliseo Grenet en una partitura de su ”Las perlas de tu boca”: «A Irma, la mejor y más cubana intérprete de esta canción.»

Pero mi mayor tiempo en el garaje lo ocupaba un aparatito que descubrí allí, el View Master modelo E de baquelita, patentado por Ed Mayers en 1939. El culpable de mis aflicciones (en Cuba) y mis aficiones (desde Suecia) por coger los bultos y querer turistear hasta en la Conchinchina.

View-Master_Model_E

Pocas cosas me daban tanto placer en mi niñez como el View Master. Lo tengo frente a mí mientras escribo. En sus circulitos de cartón con pedazos de celuloide incrustados se esconden paisajes de las cataratas del Niágara, los tesoros de la tumba de Tut Ank Amon, las orillas del Nilo o la geografía extraña del Grand Canyon del Colorado. Todo en gloriosa tercera dimensión.

Un día su verdadera dueña salió de prisión. Ya yo era un adolescente.

Está destruida. Escuché decir a mi tía, que a pesar de ser fidelista admiraba la valentía de Ilia. —En la cárcel le rompieron los huesos de la mano y no podrá tocar jamás el piano.

Fui a conocerla. Llevé conmigo en una mochila el View Master y algunas Selecciones, a pesar de la oposición de mis padres.

Se desveló el misterio. Irma era una mujercita delgada. Su rostro parecía el de una anciana, pero sus ojos eran muy dulces. Se me salieron las lágrimas al verla. Acarició mi cabeza, como quién acaricia un niño.

Estas cosas te las regalé hace años. Son tuyas. Ahora que nos vamos no tendrá mejor dueño. Ven con la mochila vacía mañana, para que te lleves libros y discos.

La habían dejado salir de su prisión con la única condición que abandonara el país. Ella y su madre se iban a Estados Unidos, donde hacía tiempo vivía Miryam, su hermana. Volví al día siguiente, cargué la mochila y dos bolsas con discos. Le conté mis sueños de viajar mundo y lo que lo había provocado.

Prométeme que tratarás de visitar algún lugar de los que has visto en el View Master. Me dijo, sonriendo al despedirse, semanas después. Nunca más supimos de ellas.

Cuando en 2009 visité Egipto, recordé mi promesa. En la tumba de Tut Ank Amon sentí el sabor del pan con aceite de oliva, sal y ajo. Mina e Irma estaban conmigo allí, al reconocer el paisaje del Valle de los Muertos. Lo había visto tantas veces en el aparato de vistas que me parecía algo familiar. Y lo era gracias a ellas.

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