DESPUÉS DE LA MEDIA RUEDA

Bitácora nostálgica, de un cubano que vive hace más de dos décadas en Suecia


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Nené y el lector de tabaquería

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«A los catorce años me casaron con un hombre de treinta y cinco. A los nueve meses exactos parí el primer hijo, con el tiempo nacieron seis más. Tu abuelo se jugaba a los naipes el sobre del cobro diez minutos después de recojerlo. Era la época de las Vacas Flacas y del Machadato en nuestra isla. Comíamos todos los días harina de maíz con aguacate, con mucha suerte: una lata de sardinas para toda la familia y arroz.» Contaba mi abuela materna.

No recuerdo haberla visto dormirse de un tirón. Desde mis siete años compartíamos habitación, cada uno en su cama personal. La lámpara se encendía y abuela Nené leía hasta que la vencía el sueño. Una noche tomé el primer libro que encontré, me puse a leer hasta que se apagó la luz, por puro mimetismo infantil. Primero fue una necesidad (el menor asomo de claridad me desvela) luego se convirtió en placer.

Cuando mi tía Nena notó mi interés lo alimentó con la colección de El tesoro de la juventud o aventuras escritas por Verne, Dumas y Salgari. Me dormía soñando con Phileas Fogg, el capitán Nemo o Sandokan.

La madre de mi madre devoraba cosas como Maria Antonieta de Stefan Sweig, su autor favorito; El conde de Montecristo del gran Dumas o Rojo y negro de Stendhal. Nada de novelitas rosas. Algo sorprendente en una mujer que solo había aprendido a leer, escribir, sumar y restar.

No era tan vieja como el abuelo de Pupito, nuestro vecino de los altos, para haberse detenido a escuchar a través de las ventanas en la esquina habanera de Sitios y Ángeles al lector de tabaquería de El Fígaro. El anciano contaba orgulloso su primera impresión, aquella fue la fábrica de tabacos (puros habanos) donde se inició la costumbre en Cuba. Gracias a un inmigrante asturiano: Saturnino Segundo Martínez.

Como en la vida de muchos cubanos, por el camino de Nené se cruzó un lector de tabaquería, su voz la enseñó a amar las historias que se meten en un libro. Abuela sólo trabajó dos o tres horas diarias por un corto tiempo en una fábrica de tabacos, fue suficiente. Se enganchó en los destinos de los protagonistas de las novelas. La entonación, las pausas llenas de expectativa, el dramatismo y el énfasis que usaba el leyente en las galeras tabaqueras la habían hechizado.

«Después me las arreglé para conseguir los libros prestados. Esas vidas de ficción se me hicieron tan necesarias, como las cartas de la baraja para tu abuelo. Mis penas se iban por las noches, leyendo.»

El catalán Jaume Partagás construyó el primer púlpito para un lector de tabaquería en la Habana. Y se convirtió, por transmisión, en el culpable de la pasión de Nené por la lectura, la mía y la de muchos otros criollos.

Se había leído antes para las torcedoras, en las ciudades españolas de Cadiz, Sevilla y Madrid. Desde allí la practica viajó a nuestro país. Al principio los mismos obreros criollos pagaban de sus bolsillos a quiénes les leían. Muchos dueños se opusieron, en más de una ocasión fueron prohibidas las lecturas pero la costumbre se afianzó a finales del siglo XIX.


Mis tíos tampoco se iban a la cama sin un libro, ni mi padre o mi madre lo hacen. Era la manera de su generación y la de mi abuela de conciliar el sueño. Viviendo la venganza de Edmundo Dantés, los miedos de la reina de Francia por perder su cabeza o la ambición arribista de Julien Sorel. Todo, gracias a la voz de un lector de tabaquería en su púlpito, que enseñó a los criollos urbanos la magia de la lectura, más que ninguna escuela, ningún maestro o ninguna campaña de alfabetización masiva.

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Nené y el lector de tabaquería

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No recuerdo haber visto a mi abuela materna meterse en la cama y dormirse de un tirón. Nunca. Desde mis siete años compartíamos cuarto, cada uno en su cama personal. Abuela encendía la lámpara, leía hasta que la vencía el sueño. Una noche tomé el primer libro que encontré. A leer hasta que apagara la luz. Mimetismo infantil. Primero fue una necesidad (el menor asomo de claridad me desvela) luego se convirtió en placer.

Cuando tía Nena notó mi interés, lo alimentó con la colección El tesoro de la juventud, con Verne, Dumas y Salgari. Me rendía soñando con Phileas Fogg, el capitán Nemo o Sandokan.

La madre de mi madre leía cosas como Maria Antonieta de Stefan Sweig, su favorito El conde de Montecristo del gran Dumas o Rojo y negro de Stendhal. Nada de Corín Tellado ni otras novelitas rosas. Era sorprendentemente selectiva. Una mujer que sólo sabía leer, escribir, sumar y restar.

Abuela Nené no había tenido tiempo como tuvo el bisabuelo de Pupito, nuestro vecino de los altos, de detenerse a escuchar embelesado a través de las ventanas en la esquina habanera de Sitios y Ángeles al lector de tabaquería de El Fígaro. Aquel anciano contaba orgulloso su primera impresión, pues fue la fábrica de tabacos donde se inició la costumbre en Cuba, en 1865. Gracias a un asturiano inmigrante: Saturnino Segundo Martínez.

A los catorce años casaron a Nené con un hombre de treinta y cinco. A los nueve meses exactos nació su primera hija. Mi abuelo se jugaba el sobre del cobro diez minutos después de ganarlo. Ludópata empedernido. Era la época de las Vacas Flacas y del Machadato. Estrecheces económicas. Harina de maíz con aguacate. Con mucha suerte: una lata de sardinas y arroz. Con el tiempo, nueve hijos. Pero, como en la vida de muchos cubanos, por su camino se había cruzado un lector de tabaquería.

Durante unos meses, abuela trabajó como despalilladora. Suficiente. Se enganchó en los destinos de los protagonistas de las novelas. La entonación, las pausas llenas de expectativa, el dramatismo y el énfasis que usaba el lector en las galeras eran insustituibles. Como las jornadas de Nené sólo duraban dos o tres horas diarias perdía el hilo. Laito, su tío solterón, no la ofendía dándole dinero. La inundó de libros. Nené se hizo tan dependiente de esas vidas de ficción como mi abuelo de los ases de la baraja.

El catalán Jaume Partagás construyó el primer estrado para un lector de tabaquería en la Habana, el sábado 23 de febrero de 1866. Y se convirtió, por transmisión, en el culpable de la pasión de abuela por la lectura, la mía y la de muchos otros criollos.

Hasta el mismísimo Victor Hugo se enteró del interés causado por sus libros en el gremio de tabaqueros cubanos. Le escribió a los obreros de Partagás, agradeciéndolo.

Se había leído antes para las torcedoras en Cadiz, Sevilla y Madrid desde la década de 1830. La costumbre llegó a la isla. Al principio los mismos obreros criollos pagaban de sus bolsillos a quiénes les leían. Muchos dueños se opusieron, fueron prohibidas las lecturas después que comenzaron las guerras de independencia, en 1868. Pero la costumbre se afianzó en el exilio de Cayo Hueso, donde José Martí leyó con placer confeso y escrito.

Mis tíos Pablito y Nena tampoco se iban a la cama sin un libro. Ni mi padre o mi madre. Era la manera de su generación y la de mi abuela de conciliar el sueño. Viviendo la venganza de Edmundo Dantés, los miedos de la reina de Francia por perder su cabeza o la ambición arribista de Julien Sorel. Y todo gracias a la voz de un lector de tabaquería en su púlpito, que enseñó a los cubanos la magia de la lectura, más que ninguna escuela, ningún maestro o ninguna campaña de alfabetización masiva.

 

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