DESPUÉS DE LA MEDIA RUEDA

Bitácora nostálgica, de un cubano que vive hace más de dos décadas en Suecia


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Una tarde en el desván

un capitán de quince años

Regresé hace tres días de Cuba. Todavía mi cabeza anda loca, mas tengo bien claro un encuentro especial.

Quince años atrás los techos de nuestra casa, construida en 1902, se llenaron de goteras. Mi padre empacó centenares de volúmenes para protegerlos antes de reparar las filtraciones. No todos volvieron a sus estantes. Dos de mis novelas favoritas: Las honradas y Las impuras de Miguel de Carrión, estarían dentro de alguna de las diez o doce grandes cajas de cartón apiladas en el cuarto de desahogo. Quise subir a buscarlas el primer sábado de mi estancia.

Recordé mis viejas ediciones de Verne, Salgari y Dumas, me pareció lógico regalarlas a Jorge, el más joven de mis parientes, ya quinceañero y buen lector. No quería que mi colección continuase acumulando polvo. Pedí su ayuda y la de su hermano mayor, Javier. Me fue fácil encontrar lo que buscaba, algunos títulos hallados antes me impidieron parar.

¡Tres titanes de Emil Ludwig! Miguel Ángel, Rembrandt y Beethoven. Hay mucho que aprender de ese trío. Ya tendrás tiempo de leerlos, ponlo también en tu montón. Dije a Jorge.

Quizás me educaron mal; pero para mis abuelos los verdaderos ejemplos a seguir no eran los héroes, imaginarios o reales, de batallas y conquistas, sino los artistas, inventores y científicos, esos que parafraseando a José Martí, construyen, no los que destruyen y matan. No recuerdo en que momento de mi adolescencia pasé de Un capitán de quince años de Jules Verne, La cabaña del tío Tom de Harriet Beecher Stowe o Tom Sawyer de Mark Twain, a las biografías de hombres o mujeres admirables. Comenzaron a resultarme igual de interesantes que las narraciones de capa y espada.

En medio de nuestra búsqueda llegó mi amigo Onelio. Mi viejo le había explicado qué estábamos haciendo y subió. También quería participar en la repartición de mis bienes.

Si encuentro La feria de las vanidades de Thackeray o La barraca de Vicente Blasco Ibáñez, son míos. Dijo Onelio por saludo, arrancándome de las manos un ejemplar de El dios de la lluvia llora sobre México, de László Passuth, dandósela a Javier— Esta es la mejor novela histórica que he leído. Tienes que ojearla, al menos.

Lo miré serio. Nos conocemos desde los siete años y no hace falta hablarnos para entender nuestros estados de ánimo.

¿Qué te pasa, gordo? A la edad de Jorgito nos habíamos leído Nuestra señora de París y Los miserables de Victor Hugo, El retrato de Dorian Gray de Wilde, todo Poe… a la de Javier: Sinuhé el egipcio de Mika Waltari y Los sufrimientos del joven Werther de Goethe. Ya estos dos están para enredarse con cosas como esas.

el joven werther

Asentí. A nuestro inseparable Llamazares, a Onelio, a mi prima María, la madre de Javier y Jorge y a mí, la lectura nos enloquecía. De las Leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer a Corazón de Edmundo de Amicis hasta El maestro y Margarita de Bulgakov o Los episodios nacionales de Pérez Galdós, todo nos parecía bien.

El montón destinado a Javier y Jorgito iba creciendo, Dashiell Hammet, Jardiel Poncela, Alphonse Daudet, Alejo Carpentier, E.T.A. Hoffman, Onelio Jorge Cardoso, Anatole France, Valle Inclán, Tolstoy, Giuseppe de Lampedusa… Onelio y yo fuimos haciendo nuestra columna de ejemplares, aparte.

Mi viejo amigo se fue poniendo serio y callado. Desde muy jóvenes teníamos un buen grupo, aglutinado alrededor de él. Hemos perdido el contacto con la mayoría. Ahora andan regados por el mundo, viven en Miami, México, Argentina, España o Brasil.

Sabes en quiénes estoy pensando. Compartíamos siempre nuestros descubrimientos. No era solo el placer de la lectura, era como una competencia para encontrar un nuevo escritor o una historia de esas que lo marcan a uno… ¿A que no te acuerdas que Llamazares y yo leímos primero Crimen y castigo? Como fuiste siempre el menos acompleja’o de los tres, al terminarla confesaste que habías tenido las fiebres de Raskolnikov, al leer la parte de los remordimientos. Tanto te metiste en el argumento. A nosotros dos nos había pasado lo mismo y no lo habíamos dicho. Dostoievsky es algo muy fuerte y éramos tres adolescentes impresionables. Algo parecido nos pasó mucho antes con H. P. Lovecraft, era la locura de Llamazares. Podía estar comentando Lo innombrable por horas.

No era ese el que lo arrebataba. Era La declaración de Randolph Carter. ¡Imbécil! Warren está MUERTO!

Ese mismo era. El mejor final de un cuento de misterio que se ha escrito. ¡Coño, que memoria tienes!

A mi me asustaba más Otra vuelta de tuerca de Henry James o Rebeca de Daphne du Maurier.

No diferenciábamos literatura femenina de masculina, María nos abrió el camino de Jane Austen, las hermanas Brontë y los cuentos de Colette y Katherine Mansfield.

¡Esos eran cuentos de verdad! Es una lástima que casi no le den importancia a la cuentística ahora. Saki, Guy de Maupassant, Ray Bradbury, Chéjov, Borges, O’Henry… ¿Y cuándo nos dio por Thomas Mann, Erich María Remarque o Herman Hesse? Nuestra etapa existencialista alemana.

—Y la manera que gozábamos la picaresca española. Cómo reimos con La vida del buscón de Quevedo o El lazarillo de Tormes. Sin olvidar los pícaros cubanos :Juan Quinquin en Pueblo Mocho o Wampampiro Timbereta de Samuel Feijoó.

Me dí cuenta que toda la conversación desde la llegada de mi amigo tenía ese tono a lo Huckleberry Fynn, como si de repente tuviéramos la misma edad de los hijos de María. La máquina del tiempo nos estaba escuchando, acomodada en la montañita que se llevarían Jorge y Javier. ¿Habríamos viajado en ella cómo pretendió H.G. Wells? Onelio no me parecía ya un hombre de pelo gris, buen padre y mejor abuelo, sino aquél compañero de lecturas y aventuras cuándo todo nos parecía sorprendente y maravilloso. Cuándo nos perseguíamos poniéndonos traspiés por el parque Manila para sacar primero de su biblioteca alguna de Las aventuras de Tin Tín.

Creo que el sintió lo mismo que yo. Por cada buen libro que encontrábamos le endilgaba un discursito a mis parientes para embullarlos a leerlo. Los muchachos comenzaron a mirarnos como a dos viejos locos, aunque se dejaron llevar por nuestros consejos. Alguna pasión debimos haberle transmitido.

Terminamos cubiertos de polvo. A mi regreso cargué con casi veinte kilos de tesoros en blanco y negro. Mi maleta los trajo a rellenar estantes de IKEA.

De entre más de dos semanas de emociones caóticas, mi primer pensamiento es para el reencuentro con mis viejos libros. Es que ya se confunden con los amigos de la infancia o la adolescencia. ¿Alzheimer? No. Solo son cosas que pasan después de vivir la media rueda.

el gatopardo


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Nené y el lector de tabaquería

lector tabaquería 001

«A los catorce años me casaron con un hombre de treinta y cinco. A los nueve meses exactos parí el primer hijo, con el tiempo nacieron seis más. Tu abuelo se jugaba a los naipes el sobre del cobro diez minutos después de recojerlo. Era la época de las Vacas Flacas y del Machadato en nuestra isla. Comíamos todos los días harina de maíz con aguacate, con mucha suerte: una lata de sardinas para toda la familia y arroz.» Contaba mi abuela materna.

No recuerdo haberla visto dormirse de un tirón. Desde mis siete años compartíamos habitación, cada uno en su cama personal. La lámpara se encendía y abuela Nené leía hasta que la vencía el sueño. Una noche tomé el primer libro que encontré, me puse a leer hasta que se apagó la luz, por puro mimetismo infantil. Primero fue una necesidad (el menor asomo de claridad me desvela) luego se convirtió en placer.

Cuando mi tía Nena notó mi interés lo alimentó con la colección de El tesoro de la juventud o aventuras escritas por Verne, Dumas y Salgari. Me dormía soñando con Phileas Fogg, el capitán Nemo o Sandokan.

La madre de mi madre devoraba cosas como Maria Antonieta de Stefan Sweig, su autor favorito; El conde de Montecristo del gran Dumas o Rojo y negro de Stendhal. Nada de novelitas rosas. Algo sorprendente en una mujer que solo había aprendido a leer, escribir, sumar y restar.

No era tan vieja como el abuelo de Pupito, nuestro vecino de los altos, para haberse detenido a escuchar a través de las ventanas en la esquina habanera de Sitios y Ángeles al lector de tabaquería de El Fígaro. El anciano contaba orgulloso su primera impresión, aquella fue la fábrica de tabacos (puros habanos) donde se inició la costumbre en Cuba. Gracias a un inmigrante asturiano: Saturnino Segundo Martínez.

Como en la vida de muchos cubanos, por el camino de Nené se cruzó un lector de tabaquería, su voz la enseñó a amar las historias que se meten en un libro. Abuela sólo trabajó dos o tres horas diarias por un corto tiempo en una fábrica de tabacos, fue suficiente. Se enganchó en los destinos de los protagonistas de las novelas. La entonación, las pausas llenas de expectativa, el dramatismo y el énfasis que usaba el leyente en las galeras tabaqueras la habían hechizado.

«Después me las arreglé para conseguir los libros prestados. Esas vidas de ficción se me hicieron tan necesarias, como las cartas de la baraja para tu abuelo. Mis penas se iban por las noches, leyendo.»

El catalán Jaume Partagás construyó el primer púlpito para un lector de tabaquería en la Habana. Y se convirtió, por transmisión, en el culpable de la pasión de Nené por la lectura, la mía y la de muchos otros criollos.

Se había leído antes para las torcedoras, en las ciudades españolas de Cadiz, Sevilla y Madrid. Desde allí la practica viajó a nuestro país. Al principio los mismos obreros criollos pagaban de sus bolsillos a quiénes les leían. Muchos dueños se opusieron, en más de una ocasión fueron prohibidas las lecturas pero la costumbre se afianzó a finales del siglo XIX.


Mis tíos tampoco se iban a la cama sin un libro, ni mi padre o mi madre lo hacen. Era la manera de su generación y la de mi abuela de conciliar el sueño. Viviendo la venganza de Edmundo Dantés, los miedos de la reina de Francia por perder su cabeza o la ambición arribista de Julien Sorel. Todo, gracias a la voz de un lector de tabaquería en su púlpito, que enseñó a los criollos urbanos la magia de la lectura, más que ninguna escuela, ningún maestro o ninguna campaña de alfabetización masiva.

lector de tabaquería