DESPUÉS DE LA MEDIA RUEDA

Bitácora nostálgica, de un cubano que vive hace más de dos décadas en Suecia


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Un fin de semana en Londres. Lunes. (final)

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Buckingham Palace Después de la Media Rueda

Tomé el desayuno del hotel, incluido en el precio. Pregunté al cingalés de la carpeta cómo llegar al Palacio de Buckingham. Al describir el Monumento a la Reina Victoria desapareció su sonrisa. Comprendí. El mismo efecto me causa la mención del cruel Valeriano Weyler.

Salí corriendo a visitar la residencia de los reyes por fuera, con cierta desazón. Era mi última mañana en la ciudad.

Las cortes y la nobleza me importan un pepino. Me animaba el recuerdo de Milady De Winters, visitando al amante de la reina francesa en «Los tres mosqueteros» de Dumas. Es uno de los personajes de la literatura de aventuras que más me ha atraído desde la niñez. Una bella malvada con historia.

Llegué en metro a St. James’ Park, que colinda con el Palacio. En la estación una empleada caribeña me trató de darling y me indicó el camino con gestualidad exagerada. Me acerqué al edificio por Birdcage Walk, al borde del parque. Un paseo delicioso, me acompañaba un sol de primavera. Londres me despedía con luz.

Exploré Queen’s Garden con libertad y me llamó la atención el Victoria Memorial. Dos nietos de la reina se gastaron un dineral en mármol y en la escultura de bronce. Cuando me acerqué a la imagen dorada, la sonrisa del joven de Sri Lanka se me metió en la cabeza. En la época victoriana florecieron las artes, la literatura, las ciencias y la industria en aquella isla. El Imperio fue más poderoso y rico que nunca. Las riquezas salieron de sus dominios coloniales y se repartieron entre unos pocos. No entre los ancestros del carpetero del hotel ni entre las posibles víctimas de Jack el Destripador que sobrevivían en la pobreza de Whitechapell.

El parque fue todo mío, y de mis reflexiones, a esas horas tempranas, hasta que se me acercaron tres jovencitas, gritando al viento con su acento y sus frases coloquiales que eran sudamericanas. «¿Si les hago una foto a las tres, me tomarían una a mí?» Les propuse y accedieron. Una de ellas soltó. «Llegamos hoy mismo. Nos habían dicho que este era un lugar muy animado, pero todo está desierto…» Habían sobrevolado el Atlántico y sospeché. «Son las siete de la mañana. La gente está todavía durmiendo. ¿Adelantaron los relojes?» Por su expresión de asombro, descubrí que no. Sus padres tenían dinero para pagarles el viajecito, no para enviarlas a una buena escuela. Les deseé un buen viaje y me alejé.

Continué curioseando por Green Park y los Jardines del Palacio. El sol y el verde seguían alegrándome.

Un poco antes de las diez tomé el metro otra vez en Hyde Park Corner para ver el Tate Britain Gallery, en Millbank. Admiré las obras de pintores ingleses, como Reynolds, Constable y William Blake, con sus enigmáticas oscuridades. Me detuve en los dos salones con esculturas de Henry Moore, en ellas recordé al cubano Manuel Carbonell. Otro museo gratis.

Después de entregar mi habitación, tan desconchinflada como la encontré, almorcé en Angus Steakhouse, un restorán de la cercana Praed Street, donde casi me golpeó el taxi el primer día. Una taberna muy británica, con filetes de la mejor carne argentina. Me atendieron muy bien, sirviéndome un jugoso bisté en una tabla, con unas papas asadas que sabían a gloria.

Con flema inglesa recogí mis matules y regresé a la nevada, silenciosa y tenebrosa Suecia.

Disfruté la parte de la capital británica que recorrí, no solo por las muestras de arqueología del British Museum, los cuadros de la National Gallery o las funciones teatrales. Me regocijaron los conductores del metro y los ómnibus, el amistoso carpetero del hotel, las madres de familia italianas, francesas o inglesas explicando a sus hijos los cuadros en los museos repletos. Me asombraron la locura arquitectónica y los olores de comida china, india, caribeña o thailandesa en cualquier esquina; el encuentro con un taller de artesanía africano; un grupo de taxistas colombianos tomándose un café; un pub irlandés; una mezquita musulmana o una sinagoga hebrea cerca de una iglesia protestante o católica. Hipnotizado anduve sus mercados callejeros donde se venden narguiles árabes, máscaras canadienses, monedas de coleccionistas neozelandeses, discos de calipso trinitario o trajes típicos pakistaníes. El Londres turístico es un rompecabezas donde conviven cultos, religiones y culturas muy distintas. Todo un mundo. Allí los barrenderos cantan mientras trabajan, los empleados públicos sonríen y nos tratan de sir o darling.

No sé si a punta de espada, al ser tan diferente a Estocolmo y sus herméticos habitantes o a golpe de impresiones, la capital del Imperio Británico terminó por conquistarme. Claro que regresaré.

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Baker Street 221b  Después de la Media Rueda


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Un fin de semana en Londres. Domingo

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Museo Británico. British Museum. El fotógrafo olía a curry.

Bien temprano, dejé que los carbohidratos y el colesterol del desayuno inglés del hotel me cargaran de energías.

Partí, haciendo cambio de tren y linea en Oxford Circus. Quería ver Whitechapel antes de que el mercado de Petticoat Lane abriera.

Ese lugar es muy importante para mí, en su callejón Brick Lane puse a vivir a Bill Collazo, héroe de una serie de novelas sin terminar.

En el mercado de Petticoat Lane, ahora Middlesex Street, se vende muy barato. Sospecho que la mayoría de la mercadería de marcas conocidas son copias. A pesar de los intentos del gobierno por impedirlo, la venta continúa desde hace casi trescientos años.

Recorrí aquella parte del East End bajo una llovizna insistente, pero poco encontré del ambiente que esperaba. Alguna esquina con una casa de piedra oscura, algún pub con el encanto de lo vetusto. Los nazis bombardearon la zona sesenta años antes. La mayoría de los oscuros callejones donde Jack el Destripador y otros malucos merodeaban en busca de sus víctimas, desapareció con las bombas alemanas. Alrededor de mil doscientas prostitutas procuraban también allí su clientela, obligadas por la pobreza extrema, la mayoría inmigrantes irlandesas o judías.

Dorset Street, conocida en la época victoriana como lo peor de Londres, es ahora privada, sin acceso al público. Me contenté con un paseo por Whitechapel Road, evocando las lecturas de Dickens, las travesuras del joven Lenin y «La gente del abismo« del norteamericano Jack London.

Visto Whitechapel, me marché a la casa del Parlamento tomando el metro. Subí las escaleras de la estación. Miré arriba y allí estaba el famoso edificio. Recorrí de orilla a orilla el puente de Westmister. Observé desde diferentes distancias la torre con su reloj, la que se conoce en medio mundo con el nombre erróneo de Big Ben. Se llama en realidad Saint Stephen o Clock Tower. Cuando se construyó el campanario, el comisario de las obras era un sir gordo llamado Benjamin Hall. La campana mayor es tan gruesa como lo era él. Por eso recibió el apodo de Big Ben, Benjamin el gordo. Así que no es el reloj o la torre, si no la campana más gruesa y pesada la que lleva tal apelativo.

Estuve casi una hora observando el Parlamento por todos los ángulos posibles. Es el símbolo indiscutible de la ciudad. Quizás haya otros edificios más interesantes pero el hogar del Big Ben y de las chusmísimas discusiones del Parlamento se impone.

De allí casi salté hacia la Plaza del Parlamento, con su monumento a Winston Churchill y otros estadistas, quizás todos personajes de ficción para los escolares británicos.

Antes de entrar a Westmister Abbey o colegiata de San Pedro, me enamoré de su portón norte. Sólo pude fotografiar por fuera. Se estaba oficiando la misa del Domingo de Ramos y los turistas no debíamos molestar a los parroquianos con nuestros flashes. En esta iglesia se coronan y entierran los monarcas británicos. Muchas intrigas, mucha habladuría, mucha conspiración y mucho veneno han encontrado hogar entre esos bancos y debajo de esas bóvedas góticas.

La próxima parada en el metro fué la City, la llamada milla cuadrada. Allí los romanos fundaron Londinium hace más de dos mil otoños. En ella se mezclan ahora bancos y compañías de seguros con edificios viejos. Entre ellos la más destacable es la catedral de Saint Paul, proyectada por el arquitecto Christopher Wren, tambien Sir, pero no como yo que solo soy de mentiritas, turístico.

Estaba fotografiando la construcción por fuera, cuando una guagüita coloradita de dos pisos se detuvo. El chofer bajó muy sonriente y, para mi sorpresa, me preguntó si quería una fotografía. Los turistas japoneses que abarrotaban el ómnibus, tan desconcertados como yo, nos tomaron un montón de instantáneas, desde las ventanas donde se acumulaban como sardinas en lata. El adorable chofer, un oso al que debí darle el teléfono del hotel, me hizo fuera de Saint Paul una de las dos únicas imágenes en que salgo de cuerpo entero en el viaje. La amabilidad inglesa con los turistas no tiene comparación. Y eso que mi inglés debe sonar muy raro en los oídos británicos. Si los cubanos destrozamos el castellano… ¡Imaginen el ingré!

Saint Paul Cathedral es bellísima, construida con una mezcla afortunada de estilos, clásico y barroco. Tampoco pude tirar fotos adentro, el Obispo de Londres que tiene su sede en esta iglesia, oficiaba misa. Compré dos velas y las encendí, como suelo hacer en los templos cristianos que visito, para desearle cosas buenas a mis seres queridos, familia y amigos.

Luego de deambular por St. Paul emprendí el camino de Canon Street hasta Tower Hill. Paseé por la Torre Blanca, la fortaleza de historia tenebrosa y sangrienta. Fue construida por Guillermo el Conquistador, que seguro mató más gente que Jack el destripador, pero nadie lo recuerda ya. Recorrí el museo de su interior, acongojado. Olía a traición, asesinatos y a la corrupción absoluta de los poderes absolutos, incluso en la sobria capilla de St. John.

En el patio Tower Green ponían un cadalso para evitar el escarnio público en las ejecuciones de los nobles. Enrique VIII se quitó de encima a tres de sus esposas decapitándolas allí. Así fueron los fundadores de las casas reales de Europa.

Dicen que la desaparición de los cuervos que habitan la Torre de Londres marcará el final del Imperio Británico. Hay pájaro negro para mucho rato en sus muros. Tranquila reina Isabel, te sobrevivirán…

Merodeé como hipnotizado por la orilla del Támesis, con el Puente de la Torre frente a mí. Lloviznaba casi con ternura. Creo que fue el momento más mágico del viaje.

Atravesé debajo del puente hasta St. Katharine’s Docks. Es una especie de marina, construida en el siglo XIX. Allí está la Dickens Inn, antes de llegar al pedacito de tierra donde estuvo el hospital que le da nombre. Lugar casi desconocido para los turistas y lleno de significación para mí. Juega un papel fundamental en «Bill Collazo y el tesoro de los Argonautas», la primera novela de la serie.

Después de St. Katharine’s Docks, me fui a zapatear el Tower Bridge por el solo hecho, banal y egoísta, de saberme paseándolo. El pobre inmigrante cubano caminó por el Puente de la Torre en Londres, a unos metros sobre el Támesis. Otro sueño cumplido.

Bajé al metro, viajando hasta la estación de Tottenham Court Road. Comí por siete libras en un restaurante indio con buffé, dándole pérdidas al dueño.

Busqué en mi plano y seguí una calle. Iba nervioso por la expectativa y oliendo a curry. Lo primero a admirar en el Museo Británico es la piedra de Rosetta, en las salas de Egiptología. Sin esta piedra y Napoleón Bonaparte, todavía estuviéramos sin saber nada de historia antigua. En lo que él llamó su campaña de Egipto, llevó al Cairo decenas de matemáticos, historiadores y dibujantes, para que documentaran todo lo que pudieran encontrar sobre la historia del sitio, inventando la egiptología.

Unos soldados franceses hallaron en una ciudad cercana a Alejandría, la piedra de la que les cuento. En ella estaban escritos nombres de faraones en griego, copto y jeroglíficos antiguos. Jean Francois Champolión notó que los datos se repetían en los dos idiomas conocidos e infirió (divino verbo) que los jeroglíficos significaban lo mismo, descifrándolos. Le tomó años hacerlo. La piedra Rosetta es por ello un hito en la egiptología, la arqueología y la historia en general. A mí me parece una prueba irrefutable de la voluntad humana, de su hambre de conocimientos.

Un montón de objetos forma la colección: los polémicos mármoles de Lord Elgin, los relieves de los frontones del Partenón que compró en Grecia para protegerlos de la destrucción turca; el monumento de las Nereidas, la única estatua colosal que queda del mausoleo de Halicarnaso, una de las siete maravillas del mundo antiguo; dinteles de piedra mayas; estampas de Katsushika Hokusai, el dibujante japonés de «La ola»; la gigantesca cabeza de Ramsés II, etc.

Me detuve en las muestras de Mesopotamia, Asiria y Babilonia, sobre todo las estatuas y relieves de los palacios de Nínive y Nimrud. La ceguera del mundo islámico a la belleza anterior a su cultura, ha hecho posible que los ingleses se hayan apropiado de tales tesoros, aparte de lo bondadosos que sabemos que son. Deambulaba maravillado cuando la campanada de cierre advirtió: mi tiempo entre aquellas reliquias debía terminar.

Monté otra guagüita coloradita de dos pisos. Como la noche estaba despejada, subí a disfrutar del viaje hasta Piccadilly Circus. Decidí dar todo el recorrido de ida y vuelta, para ver parte de la ciudad desde un lugar privilegiado. El núcleo de París es menos viejo y está bien planeado por Hausman, se mantiene entre neoclasicismo, art noveau e imperio. Siempre romántico, amoroso y elegante en su homogeneidad. En Londres existe un edificio art deco al lado de uno gótico, un palacio renacentista pared con pared con una iglesia del barroco inglés, un museo neoclásico, casas de vivienda victorianas o georgianas circundando un banco post moderno. Una ciudad donde la arquitectura se enmaraña, desconcertando siempre. Sin patrón. Quizás por eso algunos no le ven el alma. A mí ese caos me conquistó a la fuerza. Quizás por vivir tantos años en una Estocolmo que sólo tiene dos entornos: gótico gris en el centro, concreto gris en las afueras. Todo sigue siendo relativo, más que nada la belleza.

Terminé la velada de tiendas en la City, comprando los regalos que me hago y hago a algunas amistades como recuerdo de mis viajes. Anduve divertido entre jóvenes y no tan jóvenes jugando el deporte de la conquista sexual. De regreso al hotel preparé el itinerario de mi última mañana londinense. Me había resignado ya a dejar muchos lugares de interés para próximas visitas.

continuará…

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Piedra Rosetta en el Museo Británico. El fotógrafo seguía oliendo a curry.


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Un fin de semana en Londres. Sábado.

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National Gallery. Después de la media rueda.

Desperté temprano. A las siete ya estaba desayunando en el restorán del hotel: dos huevos fritos, tres tipos de salchichas tambien fritas, bacon, de más está decir que frito, cuatro tostadas con mantequilla, judías blancas con salsa de tomate y té con leche. Rara combinación. Típico desayuno inglés.

Tomé el tren urbano subterráneo, the tube, como ellos lo llaman. El metro londinense es el más viejo del mundo, construido hace más de un siglo y medio. Sus galerías bajo tierra son más estrechas que las de Estocolmo.

Llegué a la estación de Baker Street, doblé una calle y encontré la casita museo del genial detective creado por Arthur Conan Doyle. Allí estaba el guajirito de Cruces frente al hogar ficticio de Sherlock Holmes, el más grande, más suspicaz e inteligente de los sabuesos del mundo literario. Como Conan Doyle inventó la dirección, el número no existía y lo intercalaron, rompiendo la progresión numérica. El lugar parecía sencillo, con una tienda de souvenirs debajo y encima las habitaciones del amigo del doctor Watson, decorado todo según la descripción del escritor. Demasiado temprano para poder entrar, lo sabía, mas la sensación de caminar por el sitio que tanto había imaginado desde adolescente no tenía comparación. Me parecía estar oliendo el tabaco en la pipa de Sherlock y hasta escucharlo desafinando su violin.

Al alejarme, volví a mirar la casa en la distancia. Recordé que por aquellos días, en una encuesta de las escuelas británicas, la mayoría de los estudiantes aseguró que Winston Churchill era un personaje ficticio y Holmes era real. Algo para levantarle la autoestima a todos los pichones de escritor.

Tomé el metro y continué viaje hasta Piccadilly Circus. A esas horas, sin turistas ni luces, era un lugar sin magia alguna.

Disfrutando un Londres que despertaba, caminé despacio por la zona curioseando hasta Trafalgar Square, donde está la columna con la estatua del almirante Nelson, vencedor en la batalla del mismo nombre. Los relieves que la rodean están hechos con el bronce de los cañones de las armadas vencidas, la francesa y la española. Todo un detalle del poder del Imperio Británico.

La plaza insinúa a los visitantes que los ingleses tuvieron el imperio colonial más poderoso de la tierra. En todos los continentes, sin excepción, existen países que fueron colonizados por los británicos. Eran y son muy bondadosos. Lo pueden atestiguar los nativos de las tierras «descubiertas». No los que murieron masacrados, claro, los descendientes de los sobrevivientes.

En Trafalgar Square comencé a sentirme conquistado, entre las palomas, las dos bellas fuentes, los leones, la llovizna, la entrada de la National Gallery, pero sobre todo porque, a una distancia caminable, se puede ver la Torre del Parlamento. Recordé a Samuel y a Bernardo, mis amigos de hace tantos años. En los terribles días de mayo de 1980, cuando más de 116 000 cubanos abandonaron la isla por mar, salíamos de Playita 16 los tres. Íbamos comentando nuestra falta de cojones, cuando escuchamos las campanadas de la réplica del Big Ben en la habanera 5ta Avenida. Bernardo se detuvo aparatoso. Con un gesto teatral que envidiaría Sarah Bernhard, dijo: «At last, London.» Nos carcajeamos los tres, pero la frustración nos minaba. Dos semanas después Bernardo escapó de la isla. Al fin Londres, me dije, deseando que tanto Samuel como Bernardo estuvieran conmigo. Recordándolos, sonó la campana de la torre, eran ya las diez.

Corrí al quiosco del TKTS en Leicester Square. Ya había una larga cola. Cuando llegué a la taquilla no tenían entradas para «Hairspray». «La ratonera» de Agatha Christie costaba un Potosí. Lo único disponible era ”Wicked” en la función normal y el musical de «El Señor de los Anillos» en la matinée. Algo que me negaba a ver, comprimir tan extensa historia en una pieza teatral de tres horas me parecía absurdo, pero no me quedó otro remedio que sacar las entradas para las dos de la tarde. Once libras esterlinas por un asiento en la sexta fila. Vería a las siete y media ”Wicked” el cuento de las brujas de Oz antes de que llegaran Dorothy y Toto al país maravilloso.

Regresé a la cercana National Gallery. Maravillosos cuadros : Corregios, Tizianos, Canaletos, Da Vincis y como es lógico los Hogarth, Turner y Gaingsbourough. Lo que más me impresionó fué el cartón de Leonardo Da Vinci: «La virgen y el niño con Santa Ana y San Juan Bautista», «La dama de pie ante la espineta » del gran Vermeer y «La venus del espejo» de Velázquez. Esta galería es menor, menos aplastante que el Louvre y por ende más absorvente que el museo parisino. Me entretuve, mirando cuadro por cuadro, analizándolo todo.

La realidad me despertó con un campanazo del Big Ben. Miré mi reloj: la una y cuarenticinco. La función comenzaba en un cuarto de hora.

El area del West End es enorme. Los teatros se pegan unos con otros, pero están dístribuidos entre callejones y calles difíciles de encontrar. A las dos menos cinco estaba tan perdido como Colón en 1492, cuando se creía en las Indias mientras desembarcaba en Cuba.

Detuve un taxi de los negros y le enseñé la entrada al chofer. Me sentí estrella de alguna vieja película de la Rank Organisation.

Por favor, lléveme a este lugar, ahora mismo.

Monté detrás. El auto era espacioso, más que la cama del hotel. El chófer sugirió explicarme el camino, en vez de cobrar por llevarme. Insistí. Jamás habría encontrado el edificio. Estaba a un costado del Covent Garden. Era el Theatre Royal Drury Lane, el más viejo de la ciudad y de donde sale el profesor Higgins la noche que se encuentra a Eliza Doolitle vendiendo flores en «My fair lady».

Ya había comenzado la función. El portero, derrochando simpatía y haciendo revolotear sus pestañas bajo unas cejas bien depiladas, respondió a mis disculpas y a mi expresión de Charles Chaplin en «La quimera del oro» con una sonrisa. «Haré una excepción, sir, pero nadie puede entrar después que el espectáculo haya comenzado.»

Abrió una puerta colateral. Salimos por un costado de la cabina de audio. Acomodó al guajiro en una de las filas de atrás y explicó que no podíamos molestar a nadie en ese momento. En el intermedio me buscaría para llevarme a mi asiento.

Frodo estaba cantando algo con Gandalf. Fue difícil engancharme en la trama. Cuando los cuatro hobbits cantan The road goes on el niño Ernán se maravilló. «Bajo las estrellas y la luna, toma el camino, no importa cuán lejos. A dónde lleva, nadie nunca sabe. No mires atrás. Sigue por donde te lleve, lejos del sol. Toma el camino, te lleve a donde te lleve.» Ese día cumplía catorce años de mi drástica decisión, la canción era una ilustración del resultado. Adiós Cuba, bienvenido mundo.

La puesta en escena era una mezcla de circo, canción y bailes apoyando la trama. Supongo que si había lagunas lógicas el subconsciente las llenaba con lo leído y visto en el cine .

Llegó el intermedio. Salí a comprarme un programa y el cd con la música de la puesta. El portero, sonriendo con displicencia, me llevó a mi privilegiado asiento. De pronto estuve rodeado de temibles orcos que corrían por los pasillos de la platea. Casi frente a mí, Gollum descendía cabeza abajo por un telón, preludiando el segundo acto. Resolvieron las batallas con mucha ingeniosidad. El tercer acto es más emotivo. Las canciones son más complicadas vocalmente. Un musical que desconocía.

Después de los aplausos salí por un costado del teatro, sorprendido y satisfecho. Exploré un rato el bello Covent Garden, que antes fuera el Apple Market, un mercado de flores y frutas, ahora convertido en un mercado de artesanías y repleto de bares y restoranes. Visité la Iglesia de San Pablo, diseñada por Iñigo Jones, llamada tambien la Iglesia de los Actores, por las tarjas de numerosos histriones de todas las épocas que la adornan.

Los muchos artistas callejeros que actúan en el lugar tienen un público muy receptivo y bullicioso, quizás turistas. Londres es una urbe cosmopolita de seis millones de gentes muy vivas y ambiente mundano. Aún así unos españoles que conocí allí encontraban la ciudad y sus gentes muy frías. Sin dudas no han estado en Estocolmo. Todo es relativo.

Busqué un lugar donde vendieran fish and chips, quería probar la comida basura londinense. Hallé el Golden Union Fish Bar cerca de Oxford Street. Sirven una porción abundante en una caja de cartón para llevar. Pescado crujiente por fuera, jugoso por dentro y muchas patatas fritas. Los salpiqué con vinagre, como se hacía en el siglo XIX y no con ninguna salsa moderna. Delicia para mi paladar criollo.

Caminé hacía el Thamesis, por la City. Noté que a mi alrededor no había turistas. Me asusté. Creía que la burbuja reventaría, sabía que la cara de la ciudad que estaba viendo era la agradable, la que se vende a los viajeros. Mucho más allá existe un Londres pobre, lleno de pandillas e injusticias, como cualquier ciudad grande en este planeta revuelto.

Descubrí el sitio que ven los políticos y los hombres de negocios. Edificios modernísimos que contrastaban con todo lo que había visto antes. Andaba por la calle Strand y los alrededores del Embankment, donde los restaurantes son de diseño, con decoraciones en beige, blanco y negro, vajillas en beige, blanco y negro y clientes vestidos en beige, blanco y negro. Jamás me alcanzaría ni para pagar un entrante en aquellas tabernas de lujo.

Subí a la primera guagüita coloradita de dos plantas que vi acercarse, tomé el metro en la primera estación que hallé y regresé al West End, a tiempo para ver ”Wicked”.

No había pérdida, el teatro era vecino al de Billy Elliot, el Apollo Victoria Theatre con su inconfundible fachada art deco. No es un musical superficial, es una parábola sobre la sociedad actual de triunfadores y perdedores. Hellen Dallimore como Glinda, el atractivo Adan García en Fiyero y Nigel Planer como el mago de Oz, muy convincentes. La sorpresa fue el vozarrón y la presencia escénica de Idina Menzel como la verde y fea Elphaba. En Defying gravity pone al público de pie. ”Wicked” no me decepcionó en lo absoluto pero me dejó con el disco duro repleto. Son casi tres horas de espectáculo cargado de drama y giros. Necesitaba dormir y para eso estaba el hotel. El metro bullía de jóvenes, que comenzaban su cacería del week end.

Ya estoy mayor para esos rituales. Subí a mi cuarto, puse la cabeza en la almohada y comencé a roncar un segundo después. El domingo sería un maravilloso día, aunque echaría de menos las funciones de teatro.

continuará…


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Un fin de semana en Londres. Viernes.

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Quiosco TKTS. Leicester Square

Viernes Santo 2008

Desde que puse el primer pie en la terminal aérea de Heathrow sentí la eficiencia inglesa. Señales indicativas por todas partes, empleados atentos y políglotas. Hice un par de preguntas en un buró de turismo. Me orientaron y tomé el Heathrow Express, un silencioso tren que conecta el aeropuerto con la ciudad. Llegó en quince minutos a Paddington, una estación aburrida e impersonal. Salí de allí por un callejón, tan aburrido e impersonal como la estación.

Al intentar cruzar la calle, Inglaterra me gritó con el sonido de un claxon. Un taxi negro casi me envistió como un toro. Mirar para el lado erróneo fue mi primer encuentro con la diferencia. Había olvidado que en la rubia Albión el tráfico circula en sentido opuesto.

Después de caminar unas cuadras, hallé el Royal Cambridge Hotel de Sussex Gardens. Rimbombante nombrecito. Me recibió una sonrisa encantadora en un rostro de Sri Lanka. Me registré y subí a mi habitación. Le faltaba una bisagra a la puerta del armario, la luz del techo no funcionaba y el control de la televisión exhibía sus baterías envueltas en cinta adhesiva transparente sin pudor alguno. Al lado de la ducha yacía una toalla. Este robusto guajiro de Cruces fue a bañarse y puso el pie sobre el rectángulo de felpa. Bajo la tela, una tabla suelta se hundió casi medio metro con mi peso. Reaccioné con un pasillo de guaguancó que me salvó la vida. Me imaginé cayendo, con una sección del techo, sobre los hombros del desdichado carpetero. A partir de ese momento, cada vez que me duchaba, recordaba lo que dicen en el Metro cuando uno va a subir o bajar: Mind the gap. Algo así como ponte pa’ las cosas y ten cuidado en no meter la pata en el hueco entre el tren y la plataforma. Seguro que es menos peligroso que el baño de mi cuarto. Era el precio de ver Londres a lo barato.

Sin descansar un segundo salí, aliviado de mi equipaje y del polvo del camino. Compré mi Travelcard por tres días, para usar en el metro y las guagüitas coloraditas de dos pisos. Un empleado de la estación subterránea, a un costado del callejón aburrido e impersonal, me indicó cuando pregunté: «Sir, tome la linea Bakerloo hasta Piccadilly Circus y entonces, si usted no es vago sir, camine quince minutos hasta Leicester Square.» Trás un vuelo de dos horas con la Brittish Airways, yo ya era sir. ¡Si la reina Isabel se entera!

Cuando desembarqué en la estación de Piccadilly me sentí mareado viendo tanta gente. Desorientado, estuve casi diez minutos haciendo círculos como el contenido de una batidora. Aburrido de mirar la estatua de Eros y el anuncio lumínico de la famosa esquina, busqué en un plano la calle que me llevaría al TKTS, el kiosko que vende a medio precio las entradas de teatro para el mismo día. La taquilla cierra a las siete de la tarde. Quedaban tres entradas para «Billy Elliot», basado en la película que tanto me gusta, con música de Sir Elton John. Un billete para la fila catorce del Victoria Palace Theatre. Podría ver al chiquillo que intentando recibir clases de boxeo termina bailando ballet. Regalo de los dioses por quince libras esterlinas.

Tenía más de una hora que matar antes de la función. Me dirigí a Traffalgar Square, pasando por la bella iglesia de St’ Martin-in-the-Fields, hogar de la escuela de música, con su orquesta sinfónica. Recordé que Jorge Pérez Egea mi profesor de apreciación musical, calificaba aquel sitio como un templo del Arte.

Antes de doblar a la plaza Trafalgar descubrí que tanto la National Gallery, como la National Portrait Gallery están abiertas los viernes hasta las nueve de la noche. Decidí entrar en la segunda que es menor y anduve viendo los retratos de Shakespeare, los Tudor, Estuardo y otras familias nobles. Lo interesante de esta galeria está en los personajes retratados y no en los grandes pintores. Todo organizado respetando la cronología. Algunos cuadros llaman la atención, como uno de Eduardo VI, que hay que ver de lado a través de un cristal para restituir la perspectiva, deformada si se observa de frente. La National Portrait Gallery parece más una clase de historia que un museo de arte, no necesité más que media hora para verlo todo. Salí de allí con hambre, ya no de cultura sino de alimentos.

Atravesé parte de Soho hasta el muy cercano Barrio Chino. Los ojos se me pegaron a las vidrieras de los restoranes con patos glaseados colgando, a las tiendas de chinerías baratas, al ambiente asiático y al súbdito del Celeste Imperio que hace noodles de una masa de harina, jugando con sus manos de mago en medio de la acera. Pronto encontré un bufé donde por cinco libras esterlinas podía comer todo lo que quisiera. ¡Y cómo quería!

Cuál no sería mi sorpresa, cuando husmeando en el mostrador me enfrenté a algo muy conocido y para mi muy cubano: una bandeja colmada de humeantes y grasientas frituritas de malanga. Las ataqué con ensañamiento y alevosía.

Con el estómago satisfecho (tambien de otros manjares, que no solo de frituritas vive el hombre) encontré el camino al teatro. La estación de metro se llama Victoria, desde ella se ve a dos cuadras la marquesina con la estatua dorada de la bailarina Ana Pavlova y el enorme afiche de Billy saltando.

Entrada en mano, le sonreí a la portera. «Good evening, sir.» Y me indicó mi asiento. Inmenso coliseo, mármol y dorado decorando por todas partes. El guajiro de Cruces aguantó el llanto hasta el segundo acto. Cuando Trent Kowalik, como Billy Elliot, cantó y bailó «Electricity« no me pude controlar y solté el lagrimón. El resto de la función la pasé en estado de gracia. Si hay un paraíso para Musicales, opino que este no necesitaría ni la entrevista con San Pedro. Directo a la gloria.

No eran ni las once de la noche al terminar la obra y regresé al Soho. Quería caminar esa parte de la ciudad que perdió su sordidez con la modernidad, aunque quedan clubes de burlesque, locales con venta de películas pornográficas, salones de masajes… Restoranes caros, bares gay, salitas de teatro experimental y tiendas de marca van invadiendo el barrio donde Sherlock Holmes perseguía criminales.

No podía dejar de ver el Ronnie Scott’s Jazz Club, donde han actuado Ella Fitzgerald, Oscar Peterson o Stan Gets. Me detuve a escuchar un clarinete improvisando sobre el clásico All the things you are cuando se acercó un hombre mayor empujando un carrito de limpieza. Parecía algún súbdito de las West Indies, como le llaman los íngleses a sus islas del mar Caribe. Se detuvo y se puso a cantar la canción que tocaban en el club, afinado y entonado a la perfección, mientras barría la calle.

Miré a todas partes. Ningún transeúnte le hacía el más mínimo caso. El cantante del escobillón descubrió mi interés, sonrió y me guiñó un ojo antes de continuar su trabajo y su canto. Me alejé del Ronnie Scott’s. Sólo el espiritu de Chet Baker tocando su trompeta me hubiera sacudido el encanto de aquél momento.

De pronto me ví metido en Old Compton Street (la cabra siempre tira pa’l monte) y decidí explorar la parte gay del Soho. Entré a The King’s Arms, el famoso bar de osos, a tratar de cazar alguno. Fueron elegantes y educados, nada más. Llegué a creer que el viaje en avión me había hecho invisible. El turismo sexual y las noches de los pubs no están hechos para mí, así que regresé a dormir.

Londres no se me abrió de piernas desde el primer momento como París lo hizo antes. El día siguiente me demostraría que Paris nos enamora, la parte del Londres que vi… nos conquista.

continuará…