DESPUÉS DE LA MEDIA RUEDA

Bitácora nostálgica, de un cubano que vive hace más de dos décadas en Suecia


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Músicos cubanos III

Ignacio Cervantes Habana 1847-1905

El compositor y pianista cubano Ignacio Cervantes, fue expulsado de nuestra isla en 1875 por sus simpatías independentistas. Lo que sírvió para que paseara la música criolla por Norte y Suramérica.

Este otro Cervantes escribió más de cuarenta danzas, una ópera, varias zarzuelas y obras de cámara. Es un símbolo de cubanía, como lo fue su hija María, a la que recuerdo siempre simpática y dicharachera.

No se puede hablar de música cubana sin mencionarlos a él, a Gonzalo Roig, a Moisés Simons, a Sindo Garay, a Manuel Corona, a Miguel Matamoros y al gran Ernesto Lecuona, entre otros. Ellos abrieron las puertas. 


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Música de Salón

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Carmita Arellano había nacido con el siglo XX. En 1970 llegó a casa, a impartirle clases de piano a mi hermana Carmen y a nuestra prima María, como a toda niña burguesa que se respetaba. Dos veces a la semana de regocijo para mi y de tortura para las hembras de la familia. Carmita terminaba invariablemente sus lecciones complaciendo peticiones. Nunca hizo mucha resistencia. Notábamos la transformación de aquella señora, bajita y vestida con modestia, en una joven apasionada. Hasta sus collares de perlas de cristal, pintadas de color nácar, adquirían el brillo de las verdaderas.

Teníamos un piano vertical en la sala. Un Tony de ojos verdes venía a afinarlo. No había regaño de  mi madre ni batido de mamey, que me hiciera despegar los ojos del instrumento cuando lo afinaba. Ver cuerda por cuerda tensada y sobada, escuchar la paulatina conversión de un sonido quejoso en uno limpio y vibrante, era un acto de magia sin igual en ningún circo. El hechizo se completaba cuando Carmita interpretaba, después de sus clases, “Las perlas de tu boca”, “Martha” o “Tres lindas cubanas”, pieza que aseguraba había compuesto su padre y que Antonio María Romeu había robado. Estábamos emparentados de alguna manera y me enorgullecía que aquél danzón me corriera por la sangre, aunque no fuese de manera oficial. Las señoras de su edad no mentían, ni se quejaban por gusto.

A veces mi padre se nos reunía. “La comparsa” de Ernesto Lecuona llenaba la sala con su “in crescendo”. Carmita hablaba de los tiempos de las tertulias en los salones de su juventud. No eran populares aún el tocadiscos, el cine  o el radio, ni se había inventado la televisión. Las noches libres de los que tuvieran tanto dinero para poder disfrutarlas, se consumían alrededor de un piano. Se leían poesías, se hablaba con elegancia de alguna puesta teatral o de algún libro recomendable.

Las partituras se compraban entonces como ahora se descargan canciones en mp3 o se escuchan en Spotify. Su popularidad era demostrada por las copias vendidas. Tenían preciosos diseños en las carátulas y más de una vez sirvieron de pretexto para el roce prohibido de unos dedos o para decir un piropo al oído, al cambiar la página algún galán servicial. 

En el último siglo Occidente ha evolucionado a ritmo de rock’n’roll. Lo que parecía fantástico y excitante en 1913, es aburrida realidad en 2013. El facebook, el twiter y otras redes sociales han substituído las tertulias de los salones. Ahora pulsamos una tangente, escribimos una contraseña y vemos en la pantallita lo que comió Pepe Carratalá esta tarde, la estancia en el aeropuerto de Rafael Borges o la foto que tiró Gregorio Hagelin ayer. A nadie le hace falta bañarse, vestirse y salir de casa. Algunos satisfacen su escasa necesidad sexual frente a una cámara, otros se prenden a Youtube por horas. Nos comunicamos por mensajes de texto y el salón del hogar es sólo importante, por el tamaño del televisor que lo tiraniza.

Muchas veces me he preguntado si habría cabida para una Carmita Arellano o para un afinador Tony en nuestra época.  Son como los triplesulfas, los parasoles de encaje, los métodos de actuación de sir Lawrence Olivier, las tiendas de cd’s o yo mismo. Elementos anacrónicos.