DESPUÉS DE LA MEDIA RUEDA

Bitácora nostálgica, de un cubano que vive hace más de dos décadas en Suecia


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No me baño en el malecón…

 

Cuando hice el preuniversitario pasaba más tiempo entre malecón y la Playita 16 que en la escuela. Nunca me escapaba solo. Rosa Elena, Alberto Girona, Llamazares y yo hacíamos novillos para meternos en el agua. Nadábamos hasta el primer canto del veril de la plataforma insular. Más allá acechaban morenas, barracudas, mantas, pulpos y tiburones. No le temíamos a nada. Otra de mis pasiones era bañarme desnudo en Santa María del Mar por la noche. Freud opinaría que yo buscaba aquella sensación de seguridad de mis nueve meses en el vientre materno. Todo oscuro, cálido y líquido.

En 1976 estrenaron Tiburón sangriento. Entonces no sabía quién era Steven Spielberg ni que Jaws ya era un éxito de taquilla en el mundo entero. Huyendo de un turno de Matemática que tanto odiaba, me fui al cine Payret. Me senté en la platea. Sabía la manipulación a la que iba a ser sometido pero la hipnosis fue total. Me había preparado para crudezas y sustos pero una escena me paralizó: cuando Martin Brody, el jefe policía, tiró una cucharada de pescado al mar, el escualo protagonista sacó su cabeza y enseñó los dientes. Pegué un brinco mayúsculo. De haber estado en el balcón, me hubiera golpeado con el techo. A partir de ese momento y hasta el mismísimo final, vi la película con los pies sobre la butaca. Tenía un miedo que ganaría el campeonato mundial de miedos.

© Fidel Hdez Avalos

© Ernán Dezá

Demoré más de un año en regresar a una playa. La primera vez que volví, estuve buscando una aleta dorsal en la orilla durante horas. Cuando intentaba adentrarme en el mar, me parecía ver los dientes del gran tiburón blanco delante de mí, en la espuma, en el reflejo del sol o en el pico de cualquier ola. Y hasta oía el leitmotiv que acompañaba al escualo en sus apariciones en pantalla. Tan…tan. Tan…tan. Tan… tan… tan. Tan… tan…tan…tan. Tan tan tan tan tan tan tan tan tan tan. Tan tan tan.

Mr. Spielberg había estrujado mi valentía como un papel y la había ahogado en la salsa de tomate que usaba para simular sangre. No volví a meterme jamás en las aguas del malecón ni a bañarme de noche, en Varadero, el Mediterráneo, los lagos suecos, ni siquiera en una piscina. Y ha pasado mucho tiempo.

El cine pudo cambiarme la vida. No el bueno que hacen los genios para los intelectuales sino el que hacen los artesanos para entretener a gente como yo.

 


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Lascia ch’io pianga

 

Un conocido mutuo nos había querido presentar. «J. P. Egea imparte cursos gratis de Apreciación Musical Clásica. Te caerá bien.» Yo había rechazado la idea. Aquella música venida de la lejana Europa nada tenía que ver conmigo. Cuando escuchaba un guaguancó, era el primero en salir a bailar con la energía de mis casi veinte años. Aunque fuera tocado con dos palos en una caja de bacalao. Soy barriotero de raíz.

Tanto insistió el amigo, que un sábado acepté. Caminamos hasta Nuevo Vedado y llegamos a la casa. Me pareció espantosa. Ventanas siempre cerradas y figuras de porcelana por todas partes. Egea era un señor dos o tres décadas mayor que yo, muy alto y delgado, con un flequillo que alejaba de la frente a ratos, con un gesto delicado.

Le tengo terror a todo lo clásico. —Declaré. El hombre sonrió condescendiente.

Escucha esto en silencio. La música es un hada muy egoísta. Sumérgete en lo que entrará por tus oídos y olvida el resto del mundo. Ya me dirás después si te asustó.

Nuestro anfitrión me hizo oír Ombra mai fu, del Xerxes de Handel. El aria me fue envolviendo poco a poco. Terminé con los ojos aguados.

¿Que recuerdo triste mordió tu corazoncito dulce? —Preguntó Egea al notar mis emociones.

Estuve a punto de romper a reir por la imagen poética. Soy un llorón imparable pero salto con facilidad de una emoción a otra. «Este habla como un personaje de Moliere. Aquí no vuelvo más.» Sentencié.

A pesar de lo ridículos que me parecieron el léxico y las maneras de J. P., regresé para el curso de los martes. Por aquel entonces yo no sabía diferenciar una sonata de un minuet, creía sopranos a todas las mujeres y tenores a todos los hombres. Tenía una oportunidad gratuita de aprender. Fue la justificación que di a mis socios del barrio. En el fondo Ombra mai fu me había gustado. Quería más.

Disfruté tanto la primera noche de clases, que el viernes volví para la audición de ópera, como él llamaba aquellos encuentros. Tenían mucho más público. Gente interesante. Los asistentes recomendaban libros, películas, exposiciones, descargas de jazz. Me convertí en una esponja.

Durante casi un año jamás falté, ni martes ni viernes. Terminó el curso. Gracias a la voluntad de el Maestro, aprendí cómo escuchar la música. Aquella casona polvorienta se había convertido en un hábito dificil de romper. Repetí el curso. Varias veces.

Aunque mis visitas se hicieron más espaciadas, nunca perdí la costumbre de visitarlo. Siempre ocupado, preparando clases, escudándose en las melodías que lo apasionaban y en las necesidades de los discípulos nuevos.

Nunca conocí al ser humano que estaba detrás del Maestro, ni por qué hacía lo que hacía. Trabajaba en contabilidad por el día, huía de los números y quizás de algo más por las noches. Su único placer era tener la casa llena de alumnos, de los que nunca exigió nada.

¿Sería feliz con el cariño que recibía a cambio? ¿Supo de la admiración y el agradecimiento de los que descubrimos una forma diferente de ver la vida con él? ¿Llego alguien a poder decirle cúanto le debíamos?

Hace tres años supe la terrible noticia: En su casa, siempre abierta para los extraños, se metieron dos jóvenes del barrio. Simularon interés en sus cursos. Durante semanas esperaron a estar a solas con el anciano. Egea murió asesinado por sus inexistentes riquezas. Nada había de valor en aquella casa, él era el único tesoro.

Ahora, cuando la distancia me hace dificil oír un guaguancó tocado en un cajón de bacalao, escucho el Lascia ch’io pianga de Handel. Recuerdo la muerte de J. P. Egea y sobre todo, su vida. Pienso que sino lo hubiera conocido, me habría ahorrado estas lágrimas de rabia.