DESPUÉS DE LA MEDIA RUEDA

Bitácora nostálgica, de un cubano que vive hace más de dos décadas en Suecia


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Un diamante maldito

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Otoño en París, 1919. Isaac Estéfano inhaló de su shisha: humo de tabaco mezclado con té y flores de azahar, un placer que le recordaba su nativo Estambul. No había creído una palabra de lo que el conde ruso dijo pero compró el diamante. La oportunidad era única a ojo de buen joyero. Una piedra de veinticinco quilates que, según el vendedor, perteneció a la corona del recién fusilado Zar Nicolás II. El Ministerio de Recuperación de Valores de Lenin quería recobrar la joya. El aristócrata, al sentirse perseguido, se la vendió al diamantista a un precio por debajo de su valor. Estéfano comenzó a dudar cuando días después se enteró del asesinato del conde, en circunstancias muy raras.

El turco necesitaba alejarse de los buscadores de tesoros del Kremlin. Los periódicos afirmaban que Cuba bailaba una danza de los millones. Hacia allá embarcó de incognito el joyero, con la esperanza puesta en las bondades del Trópico y las llamadas Vacas Gordas.

En La Habana montó su negocio. Su fama de orfebre creció y vendía… Todo menos el diamante. Olvidó la shisha y se entregó a los placeres del habano, el danzón y el mojito. Descubrió pecados nuevos. Se enamoró de aquella tierra que olía a sudores de mulata entalcada y perfumada con agua de violetas. Olvidó que el vendedor le había advertido sobre la piedra: atraía muerte y sufrimientos, desde la época de la decapitación de una de sus primeras propietarias, la atribulada María Antonieta.

Había mucho dinero en aquella capital pero el precio justo de la piedra inquietó hasta a la mismísima María Jaén, esposa del presidente Alfredo Zayas. Como escribió un cronista de la época, ”las mieles de la bonanza de Estéfano tentaron a las abejas”. Isaac soportó sus aguijones: lo apuñalearon en la puerta de su tienda, robaron las prendas de la vidriera, estuvo a punto de caer en bancarrota. Creía ver bolcheviques que lo acosaban por todas partes, noche y día.

Se deshizo de la joya de la manera más fortuita, cuando las Vacas de la mayoría de los ricos habían desmejorado, convirtiéndose a mediados de la década de 1920 en Flacas. Al dictador Gerardo Machado se le había metido en la cabeza construir un inmenso Capitolio. Un metro más alto, un metro más largo y uno más profundo que el norteamericano, para satisfacer sus delirios de grandeza. Convocó a los mejores arquitectos, escultores y decoradores. Casi al terminar el edificio, los obreros hicieron una colecta para comprar la gema de los Románov en doce mil pesos. Señalaría el kilómetro cero de una red de carreteras que enlazaría toda la isla, la Carretera Central.

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El artesano fue invitado a la inauguración del inmueble, a unas cuadras de su apartamento en el Prado habanero. Después de la ceremonia, llegó al centro del Salón de los Pasos Perdidos. Descubrió la estrella formada por seis tipos diferentes de mármol en el piso, rodeando una estructura de bronce empotrada en el suelo. Dentro estaba la gema, engarzada de una manera que no tenía nada que envidiarle a sus trabajos. Si el cristal sobre ella era blindado o no, la majestuosidad de la estatua de la República, hecha por el escultor italiano Angelo Zannelli y cubierta por placas de oro de veintidos quilates, era suficiente para protegerla.

La república

Estéfano no podía creer estar rodeado de tanta suntuosidad. Techos artesonados, bajorrelieves, puertas de bronce y muebles de caoba, a donde quiera que se aventurara la mirada. Lámparas que parecían soñadas por un Tiffany tropical. Machado había hundido en la miseria al país pero el edificio derrochaba opulencia. «Dejará con la boca abierta a muchas generaciones de aquí en adelante.» Intuyó, con toda razón, contento de que la piedra comprada hacía una década en la Ciudad de las Luces, hubiese encontrado un lugar digno de su belleza. «¿A quién afectará su mal influjo ahora?» 

Allí estuvo, segura y admirada por décadas, hasta que desapareció una noche de marzo en 1946. Ningún celador oyó o vio nada. Los ladrones tuvieron el descaro de escribir en el piso el tiempo que les había tomado sacar la piedra del agujero. Un claro reto a las autoridades, más corruptas que los cacos, para no variar.

Unas fuentes dicen que fueron dos mil, otras que cinco mil los agentes, uniformados y secretos, que rastrearon la gema durante meses sin éxito. ¿Las únicas pistas? Manchas de sangre en el vidrio roto, huellas dactilares, restos de un sombrero y la letra del delincuente.

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Se rumoreaba que un teniente de policía, Abelardo Fernández González, alias «El Mosquito«, había cometido unas cuantas indiscreciones tratanto de vender la joya. El bandolero era un protegido de José Manuel Alemán, Ministro de Educación asociado a la primera Dama de la República en oscuros negocios. Quince meses después de esfumarse el diamante, Grau San Martín, el presidente electo en funciones, se reunió con su ministro. Discutieron largo rato a puertas cerradas. Luego Grau convocó una conferencia de prensa donde contó como la gema había aparecido en un sobre, en su despacho.

En su balcón de la calle Prado, con vista a la bahía y disfrutando la brisa salobre de la tarde, Isaac Estéfano sacudió la ceniza de su Montecristo y tiró el periódico. No se había creído el reportaje del Diario de la Marina. El Capitolio le olía a nido de pandilleros. Cualquier senador o representante podría estar metido en el robo, pocos de ellos serían capaces de reprimirse semejante tentación.

Antes de abandonarse a la modorra de la siesta, llegó a pensar que era un piedra mágica. Se desvanecía y materializaba con un chasquido de dedos. «Si hubiera sabido que era tanto el relajo, la hubiera vendido más caro.» Soñó con el diamante cedido a biznietos de bolcheviques y sustituido por una réplica. Desde la cúpula del edificio que debía hospedar el brillante, vio una Habana en ruinas, rodeada de ojivas nucleares impuestas por el nuevo zar de todas las Rusias. Por alguna razón fechaba la pesadilla muchas décadas después.

Despertó cubierto de sudor. Se detuvo en la puerta, a la entrada del comedor amueblado con sillones de fresco mimbre, miró al Capitolio y recordó que la piedra de los Románov ya no estaba allí. «¿La echaría de menos tanto como a la decadencia de aquella ciudad?» Esta vez, razonar le tomó menos tiempo que antes de abandonar París. «Hora de preparar las maletas. Adios Cuba, tu posición estratégica será siempre una maldición. Peor que la de mi diamante.»

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Fuentes: José Antonio Fornaris, Jorge Oller, Narciso Báez, Prensa Libre, Argelio Santiesteban…