DESPUÉS DE LA MEDIA RUEDA

Bitácora nostálgica, de un cubano que vive hace más de dos décadas en Suecia


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Pa’ lucirlo en el ojal…

Madrid no es una ciudad hermosa.

No enamora a primera vista como París, Barcelona o Lisboa. Madrid es anárquica, diversa y provinciana. Sin mar.

Fue mi primera impresión hace quince años, cuando llegué emocionada a una ciudad que —ahora lo comprendo— nunca me abrió los brazos, a pesar de quererla como la he querido, incluso antes de conocerla.

Conquistarla ha sido un oficio de años.

Sus cafés, sus rincones… El asombro de un templo egipcio en la suave colina desde donde se ve la puesta de un sol que nunca se hunde en el mar…

Los bares de Galdós, las calles de Tirso de Molina, la iglesia donde reposa Lope de Vega, en una calle que fue mi calle hace ya muchos años, la casa de Cervantes en el Madrid de los Austrias.

La explanada sembrada de dalias junto a la Basílica de San Francisco el Grande… La plaza de la Paja, la del Humilladero, la Puerta de Toledo, las viejas corralas, la Puerta del Sol, que no tiene puerta y muchas veces ni sol…, el parque del Capricho… Sus monumentos, sus fuentes, sus parterres floridos casi todo el año, los tulipanes de abril, la preciosa rosaleda junto al sitio en que Goya pintaba jolgorios de gitanos a orillas del Manzanares… los geranios de julio, el frío intenso y el calor abrumador…

Así vivo y siento Madrid. Como una labor entrañable hecha a retales: pedacitos de colores cosidos entre todos.

No me quiere. Pero me seduce ofreciéndome diminutas dádivas: un escorzo de la Mariblanca, la imagen de la osa trepando al madroño, viejos adoquines, misteriosos conventos, el olor a chocolate con churros, las pregoneras de Doña Manolita, anticipando una suerte que nunca llega.

Pequeña y altiva, como escapada de una novela de don Benito, tropecé una mañana con uno de aquellos regalos. La había visto en el cine y escuchado en la radio pero, de repente, Madrid me ofrecía la réplica en piedra de una canción: la figura grácil y castiza de la violetera.

Me enterneció que estuviera tan compuesta ya a esas horas tempraneras en las que, me permitía el lujo de vagabundear hacia el Retiro, aún en brumas.

Estaba sobre su pedestal en la intersección más importante del centro de Madrid —Gran Vía y Alcalá— con el garbo de una reina. Con el señorío de una emperatriz en Lavapiés o de una princesa en Chamberí…

Los madrileños, acostumbrados a no ver, pasaban por su lado con las prisas de la mañana sin escuchar su reclamo: “Cómpreme Ud., señorito, que no vale más que un real…”

Me encantó verla, hermosa y lozana como el amanecer, con la ofrenda primaveral de un ramito de violetas. Entornando los ojos. Ofreciéndose.

Pero Madrid me da, Madrid me quita.

Y así, como un día la puso para que se cruzara en mi camino, se la llevó y nunca más la volví a ver.

Dicen que fue un rapto. Que fue un duelo de alcaldes, una querella de amores y dinero. Bajas pasiones, ambiciones tortuosas, envidias rastreras… y, al final, el destierro.

Dicen que ahora se deja ver por Las Vistillas, lejos del asfalto y del ruido de la ciudad.

En su esquina, el vacío.

Quizás la levedad de un recuerdo o la nostálgica melodía del organillero, nos la devuelva un día en las notas coquetas de su requiebro:

Cómpreme usted señorito, cómpreme usté este ramito, pa’ lucirlo en el ojal…”

Lourdes Gómez

Madrid 2014


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A Varadero, con el son por puerto IV

Tenía veintiún años cuando pasé en Varadero un mes sin bañarme con agua dulce, usando una casa de campaña por refugio, pescando unas veces y otras andando al pueblo para comer sobras de una pizzería. Rodeado de amigos que leían sus poemas, cantaban acompañados de sus guitarras y nadaban desnudos de noche, cubiertos por plancton fosforescente. Allí probé placeres que avergonzarían a Bocaccio, dormí en una balsa para evitar mosquitos y conté historias de aparecidos en madrugadas de tormenta.

Aún no he visto arenas más finas y más brillantes, aguas más cristalinas ni con un color tan especial, un cielo nocturno tan todo estrellas, aletas de delfines circundando mi lecho o leído un libro con tanta tranquilidad, bajo la sombra de una mata de uvas caletas. La brisa era amiga de mi cuerpo sin ropas, saciaba mi sed con el agua de los cocos y el pescado con jugo de limón, crudo y recién atrapado, me resultaba pecaminosamente delicioso.

Varadero se moja en lo más septentrional de la isla grande, en ese archipiélago que es Cuba. No hay más tierra firme después de Punta Hicacos, Las Morlas, la zona entonces despoblada donde habíamos puesto campamento. Ahora ha perdido el encanto, afeada por hoteles de cadenas extranjeras. Ya el plancton fosforescente ha huido, los hippies también.

Cuando Beny Moré, con letra y música suyas y Rosa Fornés, en una composición de Tania Castellanos, le cantaron, era todavía un tesoro desconocido. Por eso detengo la nave en este puerto y comparto con mis lectores la playa azul y su paz. Quizás puedan correr por su orilla, hacer castillos con sus arenas, catar el sabor de su sal en los labios, esperar por sus luceros al anochecer, palpar la tersura de su arenilla…

Ojalá pudieran percibir Varadero como lo hice entonces, con todos mis sentidos.


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Marcianos en L’abana

Era 1954, tía Nena vio el Objeto Volante No Identificado, se asustó muchísimo y salió corriendo a comprar provisiones para esconderse, con toda la familia. Llamó por teléfono a Cruces para que mis padres, recién casados, hicieran lo mismo. Los marcianos estaban a sólo unas cuadras de casa. La gente se aterrorizó.

¿Seríamos atacados por los hombrecitos verdes?

¿Venían a robar caña de azúcar para dar energía a sus naves?

¿Vendrían a violar mulatonas cubanas para crear una nueva especie de extraterrestes con amplias caderas, que pudieran bailar el cha cha cha haciendo fértil algún árido planeta?

Las expectativas fueron muchas y la noticia se regó en segundos por Radio Bemba, el boca a boca del cubano, sin antenas ni ondas hertz.

Creció la bola de nieve y se reunieron cientos de curiosos en el lugar.

El final quedó en la leyenda y en un delicioso cha cha cha que todavía se baila.