DESPUÉS DE LA MEDIA RUEDA

Bitácora nostálgica, de un cubano que vive hace más de dos décadas en Suecia


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Rumbo al Cairo III En el templo de Karnak

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Nos despertaron unas voces. Corrí las cortinas de la ventana del camarote: unos hombres en barcazas aprovisionaban el Helios por estribor. En la zona de Lúxor el Nilo es muy ancho, en la lejanía, la ribera occidental parecía una postal antigua, una imagen desleída con la luz del amanecer.

Al desayunar, fuimos a sentarnos con las señoras simpáticas de Malmö, con las que habíamos almorzado el primer día y cenado la noche anterior. El capitán del salón restorán se nos acercó y nos dijo: «la etiqueta del barco exige que en cada ocasión nos sentemos con viajeros diferentes, para poder conocernos todos.» Me pareció algo genial, me acomodé con un matrimonio danés y su hija adolescente, una futura egiptóloga, por sus conocimientos.

¿Son las primeras impresionan las que duran? En algo tan relajado como un crucero con cincuenta camarotes se nota. Las personas con quienes nos relacionamos en la playa de Hurgada, continuaron siendo nuestros favoritos en todo el viaje. Simpatía a primera vista.

A las siete de la mañana el autobús nos llevó a la cercana población de Karnak, unos dos kilómetros bordeando el río. Caminamos desde la entrada enrejada hasta la primera construcción.

El sitio es un complejo enorme de santuarios. Treinta faraones, uno tras otro, alimentaron su ego poniendo estatuas y cartuchos con sus nombres en las paredes, levantando grandes estatuas, ampliando y adaptando. El final resultó algo grandioso pero confuso. Si lo erigieron esclavos o no, queda por aclarar pero las condiciones de una civilización durante quince siglos, en una región dependiente de las crecidas del Nilo, están muy lejos de ser oportunas siempre para tanta grandeza. Acarrear piedras bajo el sol no me parece una opción voluntaria en aquellas épocas. La obligación por el látigo y el cautiverio: si.

Lúxor y Karnak son una fiesta para los ojos. Ahora que ha pasado el tiempo y releo estos apuntes recuerdo mis impresiones. Una noción perseverante: lo pequeño que se siente uno ante la exagerada majestuosidad de todo: columnas, muros, estatuas y obeliscos.

Después de recorrer la avenida con su doble hilera de esfinges con cabeza de carnero y pequeñas estatuas de Ramses II (el modesto padre de Merenptah), la entrada construida por el faraón Nectanebo I nos preparó para el patio del templo de Amón y la estatua colosal de Pinedyem I. ¿Tal cantidad de piedra para inmortalizar a un señor que solo fue Sumo Sacerdote? ¿Eran tan importantes?

La bella Marianne nos estuvo explicando detalles de una manera muy suya, desde nuestra llegada hasta el final del recorrido. Era muy difícil desviar la atención de lo que lo nos rodeaba y escucharla pero era la mejor opción.

En la zona abierta al público, Karnak está dedicado al dios Amón, el sol. En Cuba nunca le di importancia al astro, está ahí siempre, garantizado e implacable; en Estocolmo aprendí a amarlo. Los egipcios lo reconocieron como signo de vida y lo adoraban. En los bajorrelieves de los frisos se repite la imagen del dios, acompañado de Ramsés II, quién hizo pulverizar los de su padre para poner los suyos. La guía contó que todas las imágenes estaban coloreadas, provocando un efecto más impactante.

Entramos a la Sala Hipóstila, con un montón de altísimas columnas. En una de ellas se ve la firma de un Rimbaud, podía ser la del poeta francés, allí estuvo. El arquitrabe que sostienen los pilares pesa setenta toneladas. ¿Cómo lo encaramaron allí y se mantiene aún en pie? Varias especulaciones lo explican, nadie lo sabe con certeza. Infinidad de persianas verticales refrescaban la estancia, que se mantuvo techada por más de mil años, hasta que la Iglesia prohibió el culto a otros dioses.

Imposible describir Karnak. Lo recorrimos por horas. Deberíamos haber terminado en el Lago Sagrado, en donde se celebraba hace un par de milenios una gran ceremonia para «recargar las baterías de los dioses«. La estatua de Amón, vestida en oro y plata, navegaba las aguas del Nilo; el río que con sus inundaciones puntuales se considera el origen de Kemet o la tierra negra, como los antiguos llamaban a su país.

Cerca del embalse este gordo torpe estuvo a punto de causar una catástrofe. Ybarra y yo, siempre los últimos y entonces aislados del grupo, deambulábamos por las edificaciones. Vimos algo que nos llamó la atención. Un guardián nos hizo señas. Frenamos ante el cartel de no access. El sitio no estaba abierto para turistas «pero si me ayudan con algo de dinero, los dejo entrar.» Cinco libras egipcias después, estábamos dentro de un pequeño santuario, frente una estatua de la diosa leona Sejmet, la de la ira terrible. Unas lámparas en el piso, apuntaban a la talla. Supusimos que algunos arqueólogos trabajaban en el lugar.

«Si quieren les hago unas fotos.» Soltó el centinela, señalando a la cámara fotográfica y haciendo la señal de dinero con sus dedos. Un billete de otras cinco y nos colocamos en pose, a ambos lados de la talla de Sejmet. El egipcio nos indicó que nos acercásemos a la escultura. Mi pie derecho se enredó con el cable de una de las lámparas. Se armó el desorden. Con un desesperado paso de cha cha cha, para no caer sobre Sejmet y ganarme su espantosa venganza, me apoyé en el hombro divino y me embrollé con otros cables. De pronto estábamos a media luz. El guardián se llevó las manos a la cabeza.

Mi susto era notable. No sabía hasta que punto mi descalabro había afectado el mini templo. «Tranquilo, la diosa está en pie y aquí parece que todo se arregla con un poco de dinero.» Era la voz de Jorge, haciéndome razonar. Me desenredé, le metí dinero en el bolsillo al conmocionada guardia y huimos. Nos encontramos casi de sopetón con Marianne que nos buscaba. Era hora de irnos a almorzar. Me hubiera dado una pataleta por quererme quedar. La noruega dijo que el almuerzo era en el Hotel Winter Palace. Agatha Christie escribió allí Muerte en el Nilo. ¿Haría falta más para querer visitarlo?

Al encanto colonial del Winter Palace se le puede llamar decadente. Recorrimos el lobby y los jardines del edificio original, boquiabiertos por el lujo. Comeríamos en el bar restaurante, junto a la piscina de la parte nueva: el Pabellón, donde no se exige código de vestuario. Nos esperaba una mesa buffet con mariscos y pescados. Terminamos nuestra mitad del día, como aristócratas de una novela romántica, rodeados por palmas datileras en un jardín sacado de mi idea del paraíso. En la tarde nos esperaban el templo de Lúxor, a dos cuadras del hotel y el museo de la Momificación. ¿Revelaciones vespertinas? Algunas que me llegaron a encandilar.

Las compartiremos el jueves, lo prometo.

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