DESPUÉS DE LA MEDIA RUEDA

Débil de carácter

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Débil de carácter

Foto: Henrik Kotowski

 

Era un niño bitongo de doce años en mi primera Escuela al Campo. La forma en que los estudiantes cubanos pagábamos nuestra educación, trabajando 45 días en labores agrícolas, cada curso. Estrenaba esa sensación de vacío que trae separarse de los padres durante seis semanas.

Estábamos albergados en el Campamento Las Novedades, entre San Antonio de los Baños y Güira de Melena. Cosechábamos tabaco. Hacíamos fila, brigada por brigada, antes de entrar a almorzar al comedor: arroz, judías blancas y pan. Todos los días.
Había observado un grupo de muchachones pararse detrás de los más pequeños.Varios de ellos levantaban la palma de la mano y la dejaban caer sobre la cabeza del elegido. Cuando este reaccionaba por el dolor, no había sido ninguno de ellos. Erán rápidos y actuaban por sorpresa.
Un mediodía sentí los golpes en mi mollera. Giré ofendido y decidido a reaccionar. Eran muchos y más grandes que yo, de seguro repitentes. Me acobardé, no hice nada ante la actitud amenazante de aquellos tipos. No estaba acostumbrado a defenderme.
Quise saber quién o quiénes habían presenciado mi humillación. Observé los alrededores. Me topé con la mirada fija de un desconocido:
– Usted es un débil de carácter, compadre. – Aquella definición me dolió más que todos los golpes.
– ¿Y qué iba a hacer? Eran como diez.
– Son siete na’ más. Y le van a seguir dando yitis y trajinándolo, hasta que no los pare usted mismo. Actúe como un hombre.
Creo que fue la situación más incómoda de toda mi adolescencia. Me molestaba la forma en que me trataba de usted, la madurez agresiva del tono que usaba, el desprecio con que me miraba. Hubiera preferido otra tanda de yitis en mi testa adolorida.
El domingo llegó mi padre de visita y le conté una variación de la historia, sin incluirme.
– Dile a tu amigo, el más chiquito del aula, que escoja al que le parezca más débil del grupo y le pegue con toda su fuerza. Los otros se apartarán.
– No, papi. Le caerán a viandazos.- protesté, había sido testigo de reacciones semejantes.
– Haz lo que digo y verás que funciona. No dejes que te lo vuelvan a hacer.
Mi padre sabía. Por cualquier bobería se ofendía y me insultaba, pero era muy comprensivo en las cosas serias. Aquello lo era.
El siguiente lunes me volvieron a agredir. El miedo me petrificó. Tanta fue mi demora en reaccionar, que cuando miré atrás ni estaban. Tampoco el desconocido, por suerte.
Después de eso no pensaba en otra cosa. Escuchaba las palabras de mi progenitor y las del compañero de escuela, todo el tiempo. Quería reaccionar, pero el temor lo impedía. Me había convertido en el objeto favorito de los trajinadores.
El miércoles los vi acercarse con el rabillo del ojo. El desconocido, después supe que se llamaba Eliecer, me observaba. No sé si me hizo actuar el terror, el consejo paternal, el amor propio o la mirada persistente de Eliecer. Sentí el primer trastazo y me volteé con rápidez. Le solté un derechazo al más delgado y bajito. Golpeé y volví a golpear. No pude parar. Toda la rabia acumulada, la soledad sin mi familia, el escarnio de las palabras del extraño, la falta de protección por parte de profesores y mayores, me dieron fuerzas. Los demás se apartaron asombrados, como había vaticinado mi papá. Hasta me pareció ver una sonrisa en el mayor, el jefe de la pandilla.
El mismo Eliecer estuvo en el grupo de los que me quitaron de abajo al atacante atacado. Yo gritaba que le iba a sacar los pulmones por la boca a golpes. ¡Mi furia taurina!
Esto, que sucedió varios días después, me lo contó mi gran amigo Onelio hace un año. Yo lo había olvidado. Estábamos él y yo en la puerta del campamento y se acercó el jefe de los pandilleros. Andaba con una navaja en los bolsillos, era de los que picaba. Se me encaró.
– La próxima vez que te tires con uno de los míos, te corto la cara de niñito bitongo.
– Ya veremos que pasa. – dije y sonreí de manera socarrona, práctica que heredé de mi padre.
Me estaba muriendo del miedo, no hay forma mejor de describirlo. Pero tuve que actuar así.
Nadie me puso la mano encima jamás, en los cuatro años de Secundaria Básica. Pero me volvieron a definir como débil de carácter, en circunstancias aparatosas y protocolares. Quizás algún día lo cuente.

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11 pensamientos en “Débil de carácter

  1. Aunque estoy de vacaciones de la cocina, no pierdo ocasión de leer. A mi me pasó algo parecido con un compañero de primaria que me hacía la vida un yoghurt. Un día me cogió con el “moño jorobao” y le di un gaznatón que ni yo me lo creí. Resultó después mi primer defensor jeje (yo creo que lo que estaba era enamorado). Un saludo, espero que el Polo Norte te esté dando un respiro.

  2. Gracias, Magela! Bien hecho.No hay nada mejor que “el día del moño jorobado”, para poner a dichos personajes en su lugar. Deleitanos pronto con nuevas recetas, se te echa de menos. Saludos!

  3. No sé porqué, pero esa historia me suena. A mi no me llamaban débil de carácter, pero pocas veces fui capaz de encararme. No lo hacía por hacerme el fuerte, sencillamente sabía que aquello era un entrenamiento para endurecerme el alma para un futuro.
    Un abrazo

  4. Eso de débil de carácter me lo dijeron muchas veces. Desde la primaria hasta la escuela de economía. Cuando terminé la escuela y me entregaron el expediente, pude leer lo que varios profesores pusieron sobre mi. La profesora que más admiraba, la de historia (La Pompa como la llamábamos) era la tia de uno de mis mejores amigos: Vladimir Pompa. Fuimos amigos desde la primaria hasta la secundaria. Con el pasar de los años, entendí porque me cambiaron de grupo y me separaron de mis amigos. Viví 3 años de infierno en una beca, rodeado de gente mayores que yo, que no tenian que ver nada conmigo, gracias a la Pompa. Una maniobra para alejarme de su sobrino… No sé cuantas veces, hice lo que tú: Irme a los puños con otros. Viví, en una guerra constante, el abuso de los mas fuertes contra los mas indefensos. Ahora le llaman “bullying”. Es algo terrible para el que lo padece.

    • La suerte es que nos hacemos mayores y terminamos por olvidar todo eso. Nos volvemos fuertes de carácter, incluso más fuertes y felices que aquellos, incluyendo a la Pompa, que nos hicieron la vida difícil. Usted Castellanos, siga bailando bien y no deje de gozar la papeleta. Un abrazo.

  5. Lo mejor es olvidar las cosa malas, pero tambien le enseñé a uno de esos chicos malos de apellido Portuondo, que nadie escapa y es infalible. Mi compañero Ruben y yo fuimos a la manigua, buscamos algunas vainas de pica pica y se la pasamos al Portuondo por la cama, la ropa y el pupitre de la escuela. La picazón fue tal, que lo tuvieron que llevar para el hospital, hinchado. Después de eso gritó y amenazó a los que le hicieron aquello. Aprendió que no era intocable. Ojo.. nunca me arrepentí y Ruben tampoco. A algunas personas hay que darle de su propia medicina.

  6. Ernán, me ha gustado mucho tu historia. Yo solo me fui a las manos una vez en mi vida y fue en cuarto grado. Leonardo, un compañero de la clase, no hacía más que llamarme michelana, todos los días con el nombrete, hasta un día que me cansé y le pegué un puñetazo que le partí el tronco de la oreja. Me dolió más a mí que a él. Recuerdo que le acompañé al policlínico para que le cosieran la oreja. Tuvieron que darle tres puntos. Desde ese día todos en el aula querían ser mis amigos, todas mis novias y Leonardo y yo nos hicimos muy buenos amigos desde entonces… y el muy cabrón siguió llamándome michelena… pero nunca delante de los demás jajaja

    • Ari:
      Me da siempre tanto gusto saber de tí y si cuentas algo como esto, más aún.
      En un mundo ideal… Tú lo sabes.
      Un abrazo de oso.

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